sábado, 7 de julio de 2012

Nadie es profeta en su tierra (Domingo 8 de Julio)

Hace dos domingos, al narrarnos el evangelista Marcos el milagro de la tempestad calmada, concluía la narración con esta enigmática pregunta “¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4,41). Hoy, la liturgia nos presenta en el evangelio la misma reacción de sorpresa; esta vez en boca de sus paisanos: ¿Quién es este? ¿De dónde ha salido esa sabiduría que muestra? ¿No es el hijo de José, el carpintero, y de de María? ¿No ha vivido y se ha criado entre nosotros? (Mc 6,2-3).
¿Quién es este?
Los paisanos de Jesús pasan del asombro (reconocimiento de la sabiduría de sus palabras en la sinagoga) a la desconfianza (¿qué nos puede enseñar el hijo de un artesano?). Si en multitud de pasajes evangélicos podemos observar cómo la fe propicia el milagro -recordemos la curación del a hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo, el domingo pasado-, también en otros lugares se nos ofrece la otra cara de la moneda: la desconfianza del hombre bloquea la eficacia del amor de Dios: “No pudo hacer ningún milagro por su falta de fe” (Mc 6,5). Sin el concurso de la fe del hombre a la Palabra de Dios no hay salvación (milagro).

Jesús resume la actitud de sus paisanos echando mano de un dicho, de un refrán corriente en su tiempo y que ha pasado desde el evangelio hasta nuestros días: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre los suyos y en su casa" (Mc 6,4). Nadie es profeta en su tierra. Sus paisanos se habían acostumbrado a él. Le habían visto crecer, conocían a sus padres y parientes. ¿Qué se puede esperar de este carpintero?

Es la actitud de ceguera para ver la realidad fruto de la rutina que va empañando los ojos y tergiversando la visión clara de las cosas. Nos acostumbramos de tal manera a las cosas, incluso a las de Dios, que nos cuesta verlo aunque lo tengamos delante. Por eso, tal vez la primera enseñanza de este evangelio sea la de no acostumbrarnos nunca a nada. Es triste encontrar un marido que se ha acostumbrado a su mujer, o la esposa que se ha acostumbrado a su marido (¿qué me va a enseñar? ¿qué voy a esperar ya de él?), o un sacerdote acostumbrado a su oficio (¿no percibes su rutina y frialdad celebrativa?), o el cristiano que se ha acostumbrado a la misa, a la participación rutinaria en los sacramentos, a la doctrina bien estudiada o a la teología perfectamente estructurada, de forma que ya no se encuentra novedad alguna en las cosas y las personas. Es el pecado de los fariseos, tan seguros ya de estar en el buen camino y en la posesión de la verdad que sus oídos y sus vidas quedan impedidos para percibir la presencia de Dios en su historia.

Ser en la vida “romero”.

Dios no admite “acostumbrados”. El acostumbrado es un muerto a la fe. Ya no espera nada, todo lo tiene situado en su lugar. No es capaz de ver la “novedad” de Dios, su profecía, su milagro, que le llega a través de la naturaleza, de la historia, de los acontecimientos que vive con parientes y vecinos. ¡Cuántos profetas nos manda el Señor! Cada consejo de un buen amigo, cada verdad que nos dicen con ánimo de convertirnos, de que cambiemos nuestras actitudes negativas, cada testimonio de paciencia, de entrega al enfermo, al abandonado, cada gesto de solidaridad son voces proféticas que nos llaman a descubrir la fuerza de Dios escondida en la debilidad de los hombres (cf 2 Cor 12,9-10).
El remedio está en romper esquemas, en esquivar la tentación de la “costumbre”, del acomodo en lo fácil, en abrir la mente para superar el "escándalo de Dios". El poeta León Felipe canta que hay que ser “romeros”, peregrinos que no se instalan en un lugar apacible, que no dogmatizan su fe, sino que se ponen cada día en marcha no dejando que el alma sientan la tentación de instalarse en ideas e imágenes prefabricadas y fijas de Dios y de la vida. Cuando hacemos de Dios una idea lo transformamos en un ídolo. El Dios verdadero no se deja encerrar ni en ideas ni en imágenes. Para acercarnos a Jesús, para crecer en la fe, para no perder la sorpresa de Dios, hay que ser romero que busca siempre caminos nuevos, romero con el corazón abierto a la noticia de Dios.
Ser “romero” es todo un estilo vida que facilitará el reconocer a Jesús entre nosotros y alimentará la fe. A Jesús le sorprende el rechazo de sus vecinos, “y se extrañó de su falta de fe” (Mc 6,6). Los más cercanos, los más allegados, los más seguros de sí, fueron incapaces de ver al “profeta” que vivió entre ellos; estaban hechos a una imagen concreta de Jesús (¡qué nos vas a decir que ya no sepamos de ti, carpintero!) y de Dios (¿cómo Dios se va a rebajar tanto como para colocarse al nivel de los hombres?) difícil de desmontar.
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No es fácil asimilar el hecho de que Dios se haga presente en la debilidad de la carne. Se es Dios o se es hombre, ¿acaso se pueden ser las dos cosas a la vez? Con la encarnación, y más aún, con la muerte en cruz, el escándalo está servido. Los paisanos de Jesús se escandalizaron de él. Esperaban un Mesías más divino, no tan humano como el hijo de María y José. Esperaban que la fuerza de Dios se revelara de manera portentosa y espectacular. Pero Dios no usa del poder y el espectáculo para imponerse, sino que muestra su fuerza en la debilidad (cf 2 Cor 12,9-10). ¿Quién creerá en un Dios así?
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Casto Acedo. Julio 2012. paduamerida@gmail.com.  24325

viernes, 22 de junio de 2012

Que yo disminuya para que Él crezca (San Juan Bautista. 24 de Junio)

Todos los que oían cómo Zacarías, padre de Juan, bendecía a Dios por haberle dado a su hijo  reflexionaban diciendo: “¿Qué va a ser este niño?”. Porque la mano del Señor estaba con él” (Lc 1,66).

Tras estas palabras, y antes de afirmar que “el niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; y vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel” (Lc 1,80), el Evangelio de san Lucas coloca el canto del Benedictus; Zacarías, padre del Bautista bendice al Señor, Dios de Israel, porque no se olvida de su pueblo (ya se espera el nacimiento del Mesías; María estaba en su sexto mes): “Tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación, por medio del perdón de los pecados” (Lc 1,76-77). Para Zacarías el nacimiento de su hijo Juan es ya un anuncio de la llegada del Salvador: “nos visitará un sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78b-79a). Juan Bautista viene para disponernos a la luz, para que, cuando llegue, no nos sorprenda en la ceguera y nos perdamos sus beneficios. “Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz,… No era él la luz, sino testigo de la luz” (Jn 1,6-8).

Juan Bautista, precursor de Jesús.

Son muy numerosos los textos del Nuevo Testamento que nos hablan del Bautista; incluso el mismo Jesús se dispendia en alabanzas hacia Él:  « ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre lujosamente vestido? ¡No! Los que visten con lujo están en los palacios de los reyes. ¿Qué salisteis, entonces, a ver? ¿Un profeta? Sí, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti, él te preparará el camino” (Mt 11,7b-10).

Juan Bautista no es nada sin Jesús. La grandeza de Juan, de hecho, está en su pequeñez, en su “dependencia”, en su papel de “segundón, en su apagarse para que el Otro luzca. Vino para ser “testigo de la luz”, y él mismo no es nada sin la Luz. Su vida está íntimamente unida a la de Cristo, vive por Él y para él, hasta sufrir como Cristo el martirio. Jesús, al decir que le miremos nos incita a que le imitemos: “Os digo que entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él” (Lc 7,27). La grandeza moral de Juan es tanta, a pesar de su pequeñez humana, que el mismo Jesús lo compara con el profeta Elías: “Elías tenía que venir a disponerlo todo. Pero os digo que Elías ha venido ya y no lo han reconocido, sino que han hecho con Él lo que han querido. Del mismo modo van a hacer padecer al Hijo del hombre. Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista”. (Mt 17,11-13).

Juan, el profeta

Juan es un profeta, el último profeta de la Antigua Alianza. Invita, como todos los profetas de Israel, a la conversión; prepara los caminos para que el Señor pueda nacer en el seno de su pueblo. Son características del profetismo su vocación específica (cf relatos de vocación profética), y su predicación sin miedos anunciando la cercanía actual o la llegada inminente de Dios, y  denunciando todo aquello que impide la instauración del Reino.
-Profeta es el que ha experimentado a Dios en su vida, el que se ha encontrado con él. De Juan Bautista se dice que ya saltó de gozo en el seno de su madre cuando María la visitó (cf Lc 1,44).
-Profeta es el que Dios llama para dar la vuelta a la realidad anquilosada; con el llega la contracultura, la toma de conciencia de la marginalidad frente a los poderosos. El profeta anuncia el cambio de las estructuras de pecado por estructuras de gracia. Si de algo tiene necesidad un mundo-pueblo desorientado, aburguesado y capitalista, es de profetas como Juan que pongan en entredicho la vacuidad e injusticia que supone vivir de espaldas a Dios y al prójimo.
-Profeta es el hombre capaz de acercar a los hombres el consuelo de Dios. "...Viene el que es más fuerte que yo, Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. ... Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio" (Lc 3,16.18).

Juan Bautista es profeta cabal,
-con su estilo de vida austero, “iba vestido con pelo de camello, llevaba una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre” (Mc 1,6), muestra la relatividad de las cosas de este mundo, su transitoriedad, y su poca importancia ante la “nueva luz” que nos espera;

-con su palabra anuncia dónde está la verdadera vida: en el seguimiento de Jesús: “Juan se encontraba con dos de sus discípulos, y “de pronto vio Jesús que pasaba por allí y dijo: -Este es el cordero de Dios. Los dos discípulos le oyeron decir esto, y siguieron a Jesús” (Jn 1,36-37). Así nos lo presenta el evangelio, como el que señala a Jesús; el arte lo representa siempre o bien con un cordero en sus brazos o a su lado,  o señalando con su dedo al Cordero que quita el pecado;

-también con su palabra denuncia las situaciones injustas, los pecados, tanto sociales: “El que tenga dos túnicas que le de una al que no tiene ninguna, y el que tenga comida que haga lo mismo … a los cobradores de impuestos: no exijáis más de lo establecido… a los soldados y funcionarios: no uséis la violencia, no hagáis extorsión a nadie y contentaos con vuestra paga” cf Lc 3,10-14) como personales; y en esto chocó con Herodes, “el tetrarca, que debido a sus relaciones con Herodías, la mujer de su hermano, y a todos los crímenes que había cometido, era severamente censurado por Juan. Así que a todas las tropelías añadió Herodes la de encerrar a Juan en la cárcel” (Lc 3,19-20). Más tarde sería decapitado por Herodes a petición de Salomé y su madre, Herodías (cf Mc 6,14-19).

-como profeta, su mensaje es universal, no se cierra en los límites nacionalistas, sino que se abre a todos los hombres de todos los tiempos, ya que su fin último no fue crear escuela, hacer un grupo propio, sino abrir los ojos de todos los hombres para que puedan encontrar el camino hacia Dios.

“Es preciso que Él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30)

Patrono de nuestra archidiócesis, de su vida y de sus enseñanzas evangélicas podemos extraer pautas importantes para nuestra renovación personal y eclesial. Y tal vez la primera enseñanza evangélica que nos da Juan sea la de saber esperar. La esperanza está íntimamente relacionada con la alegría, quien espera, goza ya de lo que espera. Junto con la Virgen María, Juan es protagonista del Adviento cristiano. Ellos vivieron con intensidad y alegría los momentos previos de la venida del Mesías; María (“la primera entre las mujeres”) con la fe puesta en la promesa del angel de que en su seno vendría el Salvador del mundo, Juan Bautista con su invitación a “preparar el camino al Señor” y la llamada al cambio: “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 3,2-3).
Ser devoto y celebrar a san Juan Bautista supone, también, vivir en la austeridad, siendo “testigo de la luz”, profetizando en el mundo, anunciando el amor de Dios y desvelando la injusticia del hombre. Todo ello comporta, hoy como entonces, el riesgo de la persecución, e incluso el martirio. La valentía del testimonio cristiano, tan necesaria hoy como siempre.


Como Iglesia diocesana y como comunidad Parroquial, no podemos celebrar dignamente a san Juan Bautista sin sentir como nuestra su tarea de “preparar el camino al Señor”, dando testimonio de fraternidad, evangelizando sin buscar ningún protagonismo personal ni de grupo, procurando que sea la luz de Cristo la que brille en las tinieblas, aceptando que “es preciso que él (Cristo) crezca y que yo disminuya” (Juan 3,30). La Iglesia no debe caer en el error de predicarse a sí misma sino a Jesucristo. San Juan señala con su dedo la cruz de Cristo, su seguimiento, ¿hacía donde nos dirige nuestra diócesis? ¿Hacia dónde camina nuestra parroquia? ¿Hacia dónde vamos?

En esta solemnidad, deseemos fervientemente que la personalidad del Bautista cale en la Iglesia de Jesús; pidámosle que nos enseñe qué tenemos que hacer, sobre todo cuando haya peligro de división entre nosotros; Juan nos aconseja entonces que disminuyamos nosotros para que crezca Cristo, que relativicemos nuestros grupúsculos y partidos eclesiásticos y absoluticemos sólo al Salvador. Poner a Cristo en el centro de nuestra vida personal y eclesial, por encima de nuestras pertenencias a grupos o movimientos, no es signo de falta de devoción al santo, sino todo lo contrario, la señal más evidente de que hemos comprendido su misión y su mensaje.

Casto Acedo Gómez. Junio 2012.  paduamerida@gmail.com. 23561

lunes, 28 de mayo de 2012

El Ciego Bartimeo (Charla-reflexión sobre Mc 10,46-52)

El pasado 27 de Mayo, fiesta de pentecostés, se celebró en Don Alvaro la Asamblea regional de la Reonovación Carismática Católica (RCC). Me pidieron que les diera una enseñanza sobre el texto "Ánimo, levántate, que te llama", incluido en Mc 10, 46-52, que narra la curación del Ciego de Jericó. Pata la preparación usé de notas tomadas de la  Web Mercabá ( http://www.mercaba.org/) , donde se comenta ampliamente este evangelio del trigésimo  domingo  del cilo B. Asimismo me sirvieron de ayuda el comentario y la canción de Martín Valverde que podéis encontrar en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=SmxC9OMKAds audición que recomiendo por la vivacidad que tiene. Partiendo de esos apoyos y con  el bagaje que uno ha ido adquiriendo con los años construí esta charla-meditación que ahora pongo en esta página. Es un poco extensa, pero espero que eso no sea obstáculo para meditar.  

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CHARLA SOBRE LA CURACION DEL CIEGO BARTIMEO.
EVANGELIO
Como siempre, es la fe la que únicamente puede captar el sentido de un signo milagroso: el ciego Bartimeo no creyó porque fue curado, sino, al contrario, fue curado porque tenía fe.
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10,46-52
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
- Hijo de David, ten compasión de mí.
Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
- Hijo de David, ten compasión de mí.
Jesús se detuvo y dijo:
- Llamadlo.
Llamaron al ciego diciéndole:
- Ánimo, levántate que te llama.
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo:
- ¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó:
- Maestro, que pueda ver.
Jesús le dijo
- Anda, tu fe te ha curado.
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

UNA REFLEXION INICIAL SOBRE RAZÓN Y FE

 Razón y fe; hay creyentes convencidos de que lo principal es la fe y la razón es subsidiaria (incluso quienes llegan a decir que para creer hay que prescindir de la razón), y hay quienes lo subsidiario es la fe y lo importante la razón (escamados del dogmatismo intransigente).

Cuando un creyente prescinde de la razón su fe  es ciega; mejor dicho, su fe no es fe, sino ceguera, ofuscación, fanatismo… Tal actitud suele nacer del miedo (¿miedo a que los incrédulos le arrebaten  la fe?) o de la comodidad (mejor no con complicarse con planteamientos complicados) .  Por otro lado,  cuando el hombre prescinde de la fe para ser más racional, se convierte en racionalista, que es otro modo de fanatismo en lo que tiene de fe ilimitada en la razón y rechazo frontal de toda creencia.

No hay nada más hermoso que poder ver: el rostro de la madre, la sonrisa del niño, los ojos de la persona amada, la belleza de la creación, las obras de los hombres  … y para ver nos ha llamado Jesucristo … sentados al borde del camino de la historia estamos aquí, para decirle a Jesús: “Señor, queremos ver” … Porque vivimos en la oscuridad…
·        Hay una oscuridad exterior que requiere de visita al oculista; ¡qué bueno cuando nos gradúa la vista y volvemos a ver como antes! ¡Que alegría de paisajes, de colores, de formas…!
·        Hay otra oscuridad: la del espíritu; también con los años el espíritu se va empañando; perdemos la inocencia y nuestra mirada se vuelve espesa y turbia.: Desconfianza, lujuria, envidias, ambiciones, desengaños, … van haciendo mella en cada uno de nosotros, que seguimos viendo, pero con el enfoque difuso y tergiversado.
·        A los fariseos: “Ay de vosotros “guías ciegos”, que colais el mosquito y os tragáis el camello”  (Mt 23,24; cf 16-38). A los fariseos, a los que obran equivocadamente, Jesús los llama “ciegos”, incapaces de ver, … tanto que Jesús, el mesías estaba ante ellos, pero ellos no fueron capaces de reconocerlo. …
·        «Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor.  La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, también todo tu cuerpo está luminoso; pero cuando está malo, también tu cuerpo está a oscuras. Mira, pues, que la luz que hay en ti no sea oscuridad.  Si, pues, tu cuerpo está enteramente luminoso, no teniendo parte alguna oscura, estará tan enteramente luminoso, como cuando la lámpara te ilumina con su fulgor.  (Lucas 11,33-36).  Hay una oscuridad interior que es peor que la exterior.




VAYAMOS POR PARTES
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó  con sus discípulos y bastante gente.
Jericó, a 37 Kms de Jerusalén, lugar de prosperidad y riqueza, un oasis fertilísimo cuya visión gozó Moisés desde el monte Nebo. En vísperas de Pascua el panorama es fabuloso, paradisíaco… tanto más cuanto que el entorno es desértico y pobre. Un lugar para el descanso; la tentación de quedarse es fuerte. Pero Jesús toma la decisión de salir y ponerse en camino hacia Jerusalén.
Jesús inicia ahí su camino hacia Jerusalén donde será crucificado, y lo hace  seguido de una multitud; cura enfermos, abre los ojos a los ciegos, hecho que recuerda la profecía:  “Entre ellos hay ciegos y cojos… una gran multitud retorna" (Jr 7,8) a Jerusalén después del destierro”. Se va a hacer la luz  sobre Jesús; ya no exige el secreto mesiánico a quienes cura ("no se lo digáis a nadie").
Mucha gente acompaña a Jesús, que triunfaba entonces como predicador y taumaturgo (multiplica panes, cura enfermos,…) Tenía partidarios; unos de su doctrina, otros eran forofos de sus panes, de sus milagros… ¡Qué distintos unos de otros; los que buscan “servir a Dios” y los que buscan “servirse de Dios”… y Él a todos los acoge.
 
El ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna.
         El ciego es figura del cristiano, tu tipo y el mío, como lo es  el sordomudo del “éffeta", aquel a quien Jesús le abrió los oídos y le desató la lengua  (Mc 7,34).  El ciego adelanta y contiene a la multitud de creyentes que hemos pasado de la oscuridad a la luz, y que ahora vamos anunciando por el mundo que Jesús es el Mesías (Salvador)
·        El camino por el que pasa Jesús y junto al que está sentado el ciego, mendigando, es también  todo un símbolo: ese camino es el camino de mi vida, y el camino que es el mismo Jesús:  “Yo soy el camino” (Jn 14,6)…
·        Allí, en su camino, sentado como cada día, este ciego pedigüeño y chinchorrero (se debía de enterar de todo lo que pasaba en el pueblo; y había oído hablar de un tal Jesús, famoso predicador y milagrero). Curioso este ciego que pide limosna, tumbado al borde del camino, sentado sobre su manto, o con el manto extendido… manto que tal vez luego le servía de cobijo en el frío del día o de la noche.  

·        El ciego, tú y yo; ciegos, y –permitidme- cómodamente sentados junto al camino, esperando que alguien se compadezca de nosotros. … Pidiendo limosna… mendigando amor, suplicando que se acuerden de nosotros, piltrafas humanas marginales y marginadas por el común de los hombres, orgullosos de su visión.
  Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:   “Hijo de David, ten compasión de mí”
Bartimeo, que ha oído hablar del nazareno, no va a dejar pasar la oportunidad que se le ofrece de salir de su postración:   y GRITA.
Ha aprendido a gritar, a orar con el mismo  grito de Job, el grito de Jesús en la cruz; ese grito es un impulso interior, se llama fe, esperanza… y ya son fruto del Espíritu Santo. Tal vez antes fue mudo en su oración, o desconfiado, o ya no esperaba mucho de la vida, pero al oír hablar de Jesús la fuerza del Espíritu lo mueve, se le despiertan los sentidos espirituales y grita;  antes de recuperar la vista Bartimeo ha recuperado el grito; antes de alcanzar a Jesús ha logrado el espíritu de oración; con ello ha vuelto a la infancia; el que no llora no mama; el grito y el llanto  muestra sin tapujos la indigencia, la debilidad, la necesidad. El grito-llanto del ciego es un gesto de humildad, de necesidad, también de rebeldía, como el grito de Job, como el de Jesús en la cruz

Muchos le regañaban para que se callara.
El grito molesta. Que se lo digan a los padres que oyen llorar y gritar a sus bebés en la noche… El grupo de los satisfechos quieren callar el grito del ciego. Se enfurecen contra el ciego que grita su desgracia; le dicen que se calle. Esos satisfechos (tal vez seamos nosotros) son mucho más ciegos que el ciego, porque no quieren ver que hay ciegos: les molesta ver y pensar en las desgracias del prójimo. Muchos más pobres que el mendigo, porque la pobreza de esos no está en sus ropas o calzado sino en su corazón…. ¡Que se calle ese estúpido!, dicen los bien comidos y vestidos de Jericó … Hay que ocultar la pobreza que nos agua la fiesta.
Los listos, los seguros de sí mismos,  que sabían por donde ir (en este momento van por el camino de Jesús no sabemos por qué) enmudeciendo a quien no sabe por dónde tirar ni como vivir, que grita su desorientación. Los que tienen de sobra haciendo callar a los que no tienen. Cállate, escóndete, no me molestes, no molestes a nuestro Maestro…
Parábola de nosotros mismos:
-que vamos satisfechos por la vida,
-que nos juntamos con el grupo en que va Cristo
-que no queremos que se escuche el grito de los necesitados.
¡Que se callen! ¡Que nos dejen tranquilos! … Que nos dejen ir detrás de Cristo, pero sin mirar ni oír al indigente que grita, porque entonces perderemos nuestra tranquilidad de conciencia.
Pero él gritaba más: Hijo de David, ten compasión de mí.
Dicen que San Francisco dictó su cántico al sol cuando ya estaba ciego  y San Juan de la Cruz su cántico espiritual, hablando de “montes y riberas”, de “bosques y espesuras” de “flores y verduras”, en meses de prisión y oscuridad. El anhelo de vivir puede romper la ceguera habitual, del egoísmo que nos corroe. Todos somos ciegos, pero todos podemos hallar luz para caminar. Es preciso anhelar la luz, desearla, gritarla, para acogerla. gritar aunque los que nos rodean nos conminen a que callemos, gritar como israelitas tocando trompetas  frente a Jericó para derribar las murallas que nos rodean. El evangelio no será acogido nunca por los que creen ver sino por los que se saben ciegos, paralíticos, leprosos, y gritan su limitación en espera de socorro.
Hay situaciones familiares, matrimoniales, sociales, mundiales, que parecen cerradas a caminos de mejora. Basta decir “¡como a mi no me afecta...!",  ¡cállate, que me quitas la paz con tus problemas! ¿No sería mejor gritar juntos, ponernos a trabajar abiertos a la esperanza?  Necesitamos superar la ceguera para hallar el camino.  Para ello no basta permanecer sentado al borde del camino, instalados en la dinámica de la queja y la limosna,  hay que levantarse y caminar. No estamos solos, si gritas eres escuchado: “Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá…” (Mt 7,7)
¡Dichoso el que no se cansa de gritar, … porque será escuchado!
 
Jesús se detuvo y dijo: ¡Llamadlo!
Parece que Dios no escucha, que tendrá cosas más importantes que atender, y no tiene tiempo de ocuparse de un pobre ciego marginal  que le suplica. Pero no. Jesús se detuvo. Tendría muchas cosas para ese día, pero lo primero es lo primero: pararse ante quien le necesita. ¿Recordáis la parábola del buen samaritano y cuál fue el pecado del levita y el sacerdote cuando se cruzaron con el que estaba tirado en el camino de Jericó? Su pecado fue pasar de largo.  Jesús se para.
La oración del ciego provoca la respuesta de Dios. A la Iglesia que le acompaña jactanciosa, Jesús le dice (a ti y a mi): “¡Llamadlos!” Dirigíos a los que gritan y traedlos a mi presencia, acercádmelos.… no impidáis que se acerquen a mí; al contrario, facilitadle el que vengan y desahoguen conmigo sus problemas,  porque para esto he venido "para que los que no ven vean y los que ven se queden ciegos" (Jn 9,9)  He venido para sanar a los enfermos; quienes se reconocen como tal y gritan están en camino de curación, pero los que no quieren dar pábulo a su ceguera, los que ya lo tienen todo asegurado y estipulado, los de aquel grupo que no quería dar cabida al ciego  en el grupo de Jesús y le mandaban callarse, esos, que creen ver y no ven, que se niegan a cambiar su vida y las estructuras de su comunidad, esos seguirán presos de su ceguera.
¿Por qué nos empeñamos en hacer una Iglesia de privilegiados? ¿Por qué nos gusta que entren en nuestras iglesias la gente bien y nos molesta que se acerquen los más marginales?  ¿Por qué la misericordia no ocupa el primer lugar en nuestras iglesias? Jesús nos dice: “¡Llamadlos!

Llamaron al ciego diciéndole: Ánimo, levántate que te llama.
No todos los que le acompañaban eran insidiosos e interesados. También había entre ellos gente obediente que evangeliza y acerca a los hombres a Dios… Han sentido la llamada de Dios (Id por todo el mundo y anunciad el evangelio…) y la hacen extensiva: Ánimo, levántate que te llama.  Casi tres frases en muy pocas palabras: ¡Ánimo! (Ten animo), tú que estás hundido por el peso de la vida, cansado de tu trabajo, de tu espiritualidad rutinaria; tú que vives paralizado por tu miedo a la enfermedad, a perder el trabajo, a que te abandonen,  a quedarte sin nada… ¡Animo!, ¡Levántate! Ponte en pie. Hermoso el gesto de tomar de la mano y sentir que alguien te empuja hacia arriba; Jesús levantó de su muerte a la Hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím, a su amigo Lázaro, a los cojos y paralíticos… “Levántate, y toma tu camilla” (Lc 5,24). Hoy también Jesús te envía su  espíritu y te dice “Ánimo, levántate” … que Jesús te llama.  ¿Para qué te vas a levantar? ¿para desperezarte y volverte a dormir? No. Levántate porque Jesús te llama y quiere cambiar a mejjor tu modo de vida como primer paso para el cambio de tu comunidad y del mundo.
La Iglesia (los buenos hijos de la Iglesia) anuncian al ciego que Jesús le llama. El eco de su grito ha llegado al corazón de Dios. Jesús ama a los hombres; a todos, pero especialmente a los que sufren; tiene una opción preferencial por los pobres;  no ama a la multitud anónima, sino a estos hombres concretos que como Bartimeo no dudan en gritar a pleno pulmón lo que otros no se atreven siquiera a susurrar: “Tú eres el Mesías, tú puedes curarme. Hijo de David, ten compasión de mi” (Mc 10,48).  La multitud se agita, pero no se mueve, está en efervescencia, pero no se decide. Son actitudes estériles que no producen frutos, como la higuera que será por eso maldecida: muchas hojas, pocos higos (cf Mc 11,12-14). Bartimeo sale al descubierto, se mueve, actúa…

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Los técnicos discuten sobre para qué usaba el mando: ¿para abrigarse? ¿Para dormir sobre él? ¿Para recoger la limosna? En todo caso, el ciego deja atrás el manto, su vieja forma de vida. Es un gesto de grandeza; lo deja y que lo recoja cualquiera. Aquel manto representa el espacio que le ha asignado el mundo (ciego que no debe estorbar mucho, que no debe molestar más de lo debido, quietecito al borde del camino. Pero él rompe ese destino y se pone en mitad del camino cuando pasa Jesús. Es la insurrección, la libertad recobrada. Decide correr hacia Jesús; este es el milagro: romper las barreras de la gente, ir contra corriente de un mundo que le da la espalda a Jesús y su Iglesia, cortar  los cordones de las costumbres, erradicar las  espiritualidades acartonadas y formalistas de procesiones y golpes de pecho, derribar las líneas de las convenciones sociales hipócritas;, de  los protocolos vacíos,   rechazar los papeles impuestos .
Toca no ser creyente según la ideología socialmente establecida, pero yo me atrevo a serlo, y entro en escena en el momento no señalado. Me abro paso hasta Jesús y me acerco a Él sin miedo, con decisión, delante de los que tal vez también le siguen, pero con otros intereses y unas miras más  bastardas.
Saltar hacia Jesús. Es el momento de la gracia, del encuentro, que el ciego Bartimeo inicia cuando lanza el manto abandonando, antes incluso de ser curado, las muletas, los bienes,  que le sostenían hasta entonces.  Otros dejaron la barca, su familia, su tierra. ¿Qué has dejado tú para salir al camino (encuentro) con Jesús?
El paso del ciego es el primer paso de toda conversión: dejar atrás el hombre viejo dando cabida así al hombre nuevo. Es el salto de la fe que se arriesga a lanzarse al vacío en la esperanza de que Dios le recoge. No es fácil: ¿cómo y de qué voy a vivir ahora? ¿Me abandonarán mis antiguos amigos? ¿Soportaré las risas de los otros porque me confieso creyente y seguidor de Jesús? ¿No seré rechazado por mi nuevo modo de vida?

Jesús le dijo:  ¿Qué quieres que haga por ti?
¿Te crees esta Palabra? Cierra los ojos, sitúate ante Jesús y escucha lo que te dice: ¿QUÉ QUIERES QUE HAGA POR TI? Dios hecho hombre, ha venido a servir… “Para servirle a Dios y a Vd.” …¿Qué quieres de mí?, te dice Jesús.   Es demasiado hermoso para creerlo; el mismo Dios que se interesa por ti; el amo que se pone a disposición del criado.  "¿Qué quieres de mi?".
Jesús no es Papa Noël. No le pidas caprichos, porque no ha venido a dar caprichos al hombre, pero sí a cumplir las promesas de Dios. Y Dios a prometido que los ciegos verán, los cojos podrán andar, los pobres se gozarán con la Buena Noticia, (cf Lc 7,22), los arados se transformarán en podaderas (Is 2,4), las colinas se allanarñan (Is 49,10). Párate un momento y encara la propuesta de Jesús con detenimiento, concretando: ¿Qué quieres que haga por ti? No le pidas nimiedades, ve a lo profundo, ahonda en ti y pide lo que realmente te pueda devolver la vida.  ¿Cuáles son tus cegueras? ¿Dónde están tus sufrimientos? ¿Qué es lo que te impide ver y andar? ¿Cuáles son esos miedos que te paralizan? ¿Qué cadenas te impiden moverte como tú quieres? … Tras considerar tus enfermedades corporales y espirituales: ¿Qué quieres que Jesús haga por ti? Él ha dicho: Yo para esto he venido al mundo: para que los ciegos  vean, los cojos anden, los paralíticos se levanten, los esclavos alcancen la libertad…

El ciego le contestó:  Maestro, que pueda ver.
El ciego Bartimeo era dolorosamente consciente de que privado de la luz de los ojos no podía captar el mundo visible. Su percepción de la realidad material era deficiente, y por eso necesitaba ser guiado; necesitaba que le ayudasen a andar por el mundo de las cosas.
Nuestra ceguera no es material. Pero, como los fariseos a los que critica Jesús, a menudo “somos ciegos” y lo que es peor “guías de ciegos” (Mt 6,16); y dice la parábola más corta del evangelio: los fariseos "son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo" (Mt 15,14). Una parábola que nos invita a tomarnos en serio nuestra visión de Dios, nuestra fe.  ¿Somos conscientes de que también hay una ceguera que nos impide captar la realidad (vida, mundo, relaciones, etc…) desde el horizonte de Dios? Si así es, grita: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi! ... Maestro, que pueda ver".
Decía Saint Exupery, en su obra El principito, que “lo esencial es invisible a los ojos”. A los ojos del cuerpo, pero no a los del corazón.  ¡Maestro, que pueda ver! Ábreme, Señor, los ojos de mi corazón y mi conciencia… para verte.  “Dame espíritu de sabiduría para conocerte. Ilumina los ojos de mi corazón para que comprenda cuál es la esperanza a la que me llamas, cuál la riqueza de gloria que me tienes preparada en herencia” (cf Ef 1,17-19).


Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha curado.
Dice san Pablo que “el justo vivirá por su fe” (Rm 1,17), es decir, alcanzará la salvación no por los méritos de sus obras sino por la sinceridad de su fe. ¡Qué importante es la fe para la vida cristiana! Es verdad que el mandamiento principal es el del amor, pero no se puede separar es  mandamiento de aquel otro que Jesús nos da; “Creed en Dios (mi Padre) y creed también e mí” (Jn 14,1), nos dice. Y también: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a esa higuera. Arráncate y plántate en el mar, y lo haría” (Lc 17,6). La curación del ciego es obra de Jesús. Y tasmbién es obra de Bartimeo.  Fijaos en él: tuvo fe (creyó que Jesús era el Salvador, e hizo su profesión, rezó su credo: “Tú eres el Hijo de David”, el Mesías…. Y realizó su obra: a pesar de los que se oponían a que se levantase y se acercase a Jesús, escuchó por encima de ellos a qujienes le animaban, dejó su manto y se puso en manos de Jesús. Cuando la fe mueve el corazón y los pies para ir al encuentro con Dios se produce el milagro.  Por eso Jesús dice: Tu fe te ha salvado.  Sin ella Dios, que respeta profundamente la libertad del hombre, no hubiera actuado. ¡Qué importante es la fe!

Y al momento recobró la vista  y lo seguía por el camino.
Termina el relato de la curación del ciego Bartimeo con un detalle que indica que no todo se quedó en anécdota. La fe incipiente del ciego y su posterior curación maduraron en el seguimiento de Jesús.
El ciego es el tipo del hombre que desde lo profundo de su ser, desde sus oscuridades y contradicciones,  reconoce en Jesús al Mesías y al Maestro. La Palabra de Jesús le devuelve la vista como respuesta divina a la fe que ha puesto en Él. Luego este hombre sigue a Jesús hasta Jerusalén, lugar de la muerte, lugar de la resurrección; es decir, el ciego convertido camina en el mismo sentido que Jesús, une su destino al de Jesús.  ¿Qué hicieron los otros? Posiblemente aquellos ciudadanos amigos del descanso y el ocio acompañaron a Jesús un tramo del camino (hasta que empieza la dura subida a Jerusalén) y luego quedan pocos, entre ellos el ciego curado (recién convertido). Una lección final : la tierra prometida se puede conseguir abandonando pronto Jericó (consumo, instalación, comodidad…) y ambarcándose con Jesús en la tarea del Reino.
CONCLUSION:  Ánimo, levántate que te llama.
La historia del ciego Bartimeo es tu propia historia. Tú eres el ciego. Tú eres la multitud que quiere acallar la voz del ciego. Y tú eres quienes le dan ánimo diciéndole: “Levántate, que te llama”.
Como personas, cada uno debe abrir a Dios el corazón en el día de hoy gritándole por la propia sanación. También por la sanación de los hermanos: "Hijo de David, ten compasión de mi … ten compasión de mi comunidad..., ten compasión de N...." . Hermosa oración, de inspiración evangélica para ser practicada.
Como Iglesia (RCC) somos llamados a seguir los pasos de Jesús, pendientes de los ciegos que andan al borde del camino mendigando sentido para sus vidas. A esos hemos de hablarles de Jesús, para que lo conozcan, para que sientan hambre de Él y para que ellos mismos griten sin miedo llamando a Jesús; nosotros les diremos entonces: “Animo, no tengas miedo, que Jesús te llama”.
Casto Acedo Gómez. Mayo 2012. paduamerida@gmail.com.

martes, 3 de abril de 2012

Amor, Eucaristía, Sacerdocio, (Jueves Santo)

Celebrar el Jueves Santo es celebrar lo esencial de la espiritualidad cristiana concentrado en un día. En su última cena con los suyos, cuando Jesús ve llegar su hora (Jn 13,1), se comporta como un padre despidiéndose y dando los últimos consejos a sus hijos. En la Cena de Pascua, pues, el Señor dió entonces a sus primeros seguidores y nos da a nosotros hoy su testamento; nos pasa el testigo de un tesoro muy valioso: su modo de vida.

Tres son las cláusulas del testamento de Jesús:

1) "Amaos los unos a los otros como yo" (Jn 15,12). Es verdad que el mandamiento del amor no es una novedad absoluta; ya existía en el Antiguo Testamento ( Lv 19,18) y en los escritos sagrados de otras religiones. La novedad está en el “como yo”, es decir: amad hasta el final, hasta la muerte; amad incluso “a vuestros enemigos, … porque si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? (Mt 5,44.47). Ese amor “como yo”, amor gratuito de Dios, rompe todos los esquemas, porque supone configurarse con el mismo Cristo, vivir como Él vivió. “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15).

2) "Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11,23). ¿Qué es lo que tenemos que recordar y hacer? Sobre todo la vida de Jesús, su misericordia para conmigo y para con todos los hombres, especialmente los más pobres. La misa se llena de sentido cuando se conecta con la vida. Reducir la Eucaristía a la repetición de un rito mágico por el que nos llega la vida de Dios es un empobrecimiento de su sentido. Celebrar la Cena del Señor no es, ante todo, celebrar la comunión (en el sentido en que se hace en las primeras comuniones, o en las comuniones rutinarias de cada misa dominical o de cada día), sino hacerlo dejándose envolver por el significado de ese gesto: “mi cuerpo entregado, … mi sangre derramada” (Lc 22,19). Quien recibe el Cuerpo de Cristo (el pan eucarístico) sin darse a los demás como Jesús, no es digno del Cuerpo y la sangre del Señor (cf 1 Cor 11,28-29).

3) El tercer regalo que nos hace el Señor en la tarde del Jueves Santo es el don del sacerdocio. Se trata de algo especial que no se puede desligarse de los dones mencionados anteriormente porque está íntimamente ligado a ellos. Además, el sacerdocio es inseparable del don mismo de la Iglesia. Algún teólogo ha dicho que al invitar a los suyos a reunirse para repetir el gesto de su vida, y especialmente el gesto de la última cena (“Tomad, comed. … Tomad, bebed”), Jesús está fundando la Iglesia. Y no le falta razón. Por parte de Jesús hay una voluntad de continuidad de su ministerio en el grupo al que le encomienda estos misterios en la Cena Pascual. Podemos decir que la Iglesia se perfila ahí como proyecto de amor, es engendrada en la cruz que reconcilia y atrae a todos hacia Él (Jn 12,32) y ve la luz con la efusión del Espíritu en Pentecostés (Jn 20,22-23; Hch 2). El sacerdocio ministerial es inconcebible sin la comunidad eclesial; el sacerdote consagrado por el Sacramento del Orden no es otro Cristo en medio de la nada, sino insertado (encarnado) en la Comunidad cristiana a la que sirve.

El testamento de Jesús marca unos hitos, unas lugares de encuentro donde el discípulo podrá experimentar su cercanía cuando ya no esté entre nosotros. Como dice el prefacio de la Ascensión, Jesús  "no se ha ido para desentenderse del mundo", sino que  sigue presente a ti en el hermano, especialmente el que necesita más de tu amor, y que generalmente suele ser el menos amable, bien porque la enfermedad, la vejez, la opresión, la pobreza o la violencia han deformado su cuerpo, o porque el sufrimiento le ha agriado el carácter. También se haya presente el Señor en los dones eucarísticos, en el pan y el vino consagrados, presencia real, sacramento, signo visible de lo invisible. Y, cómo no, a Jesús lo encuentras en la Iglesia, comunidad de servicio, presnte allí donde dos o más permanecen unidos o se han reunido en el nombre del Señor (Mt 18,20). También en el sacerdote, enviados a tu comunidad para dinamizar la evangelización,  administrar los sacramentos y promover la caridad, puedes encontrar a Cristo. Dios está, pues, contigo y con todos en este Jueves Santo. Hoy puedes recibir más conscientemente ese amor que derrama sobre ti cada día.

Casto Acedo. Abril 2012.  paduamerida@gmail.com. 18450

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...