Hay una innegable relación entre Dios y el amor; “Dios es amor” (1 Jn 4,8), pero ¡cuidado!, no apliquemos las leyes de la lógica a esta afirmación diciendo que "el amor es Dios". Cometeríamos entonces la equivocación de encerrar el ser de Dios en un concepto o, lo que es peor, en un precepto, error que cometen todos aquellos que, huyendo de la realidad-personal-Dios, reducen la religión a una doctrina o una serie de leyes, entre las cuales el "amarás" sería lo primero y principal de todo. ¿No caemos a menudo en una teología o una una moral sin Dios?
Tener conocimientos teológicos no es conocer a Dios; cumplir un precepto tampoco. Ambas cosas son medios para conocer y acercarnos a Dios, pero el mirar de Dios, como deja ver san Juan de la Cruz, es "amar" (acción) , que es una palabra más acertada que "amor" (concepto) para definirle.
San Agustín dijo en su momento aquello de “ama y haz lo que quieras”. Hermoso, ¿verdad? Y lo sería aún más si todos tuviéramos claro qué es eso del amor, porque hay amores que matan. ¿Recordáis aquella friki gritando: “¡yo por mi hijo, mato!?”. Pues el amor no mata, el verdadero amor da la vida, y no la da matando sino muriendo, así pues, si fuera cristiano el grito de la friki habría de decir: “yo, por mi hijo, ¡muero!”. Entre matar o morir por amor hay un abismo, tan profundo como el existente entre el supuesto amor a Dios del terrorista suicida islamista y el amor de quien da su vida por salvar a otros; es la distancia entre el amor falso y el verdadero.
Un prefacio básico: "escucha"
Cada vez que tengo que decir algo acerca del primer mandamiento tal como aparece en la Escritura, me gusta poner en evidencia que antes definir el mandamiento principal de la ley se invita a prestar atención, a abrir los oídos del corazón: "Escucha, Israel" (Dt 6,4). Escuchar es el primer mandato. Porque si no escucho la enseñanza, si me limito a dejarla resonar en mis oídos como música celestial sin una actitud de apertura interior que facilite su arraigo en mi mente, en mi corazón y en todo mi ser, de nada me sirve.
Es importante escuchar, dar audiencia a Dios, hacer silencio para que su palabra arraigue en el corazón y mueva a la obediencia debida a sus mandatos. Sin escucha no hay salvación, con escucha todo renace, porque la Palabra que cae en tierra buena, trabajada para la escucha, da fruto abundante (cf Is 55,10-11; Mt 13,23).
Tenemos un modelo privilegiado de escucha en María de Nazaret, nuestra Madre; sólo desde la escucha pudo decir "aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). María fue oyente de la palabra; guardó silencio ante el misterio del amor de Dios, se vació de ruidos, y la Palabra-Dios-Amor, se hizo carne en su seno (Jn 1,14).
Amar a Dios (Dios primero)
Indicada la importancia de la escucha, anotemos que el texto evangélico no comienza pidiendo amor al prójimo, sino amor a Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser” (Mc 12,30). Éste es el primer mandamiento, y conviene recordarlo en una sociedad como la nuestra donde el hombre acostumbra a "okupar" el lugar de Dios, y tiende a considerar el amor al prójimo como primero y sustituto del amor esencial a Dios.
“Dios es amor” (Jn 1,8), la fuente misma del amor. Por pura gratuidad de amor crea al hombre a su imagen y semejanza; lleno de amor y capaz de amar. Y cuando Adán da la espalda al amor de Dios y rompe la imagen de Dios que era, el mismo Dios le redime por puro amor (cf Ef 2,8). ¡Qué importante es tener conciencia del amor de Dios! En Él encuentra el hombre no sólo el origen y modelo del amor (¿cómo amar? Como Dios), sino también su fin último. ¿Para qué amar? Para alcanzar la plenitud de la vida (amar), para llegar a la unión con Dios.
Este amor de Dios se aprende en la audiencia de la Palabra: “Escucha, Israel, el Señor es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón” (Dt 6,4). "Amarás a Dios sobre todas las cosas", dirá el enunciado del catecismo; Él, Dios, es el objeto primero -mejor decir el sujeto- del amor. Y, aunque nuestro mundo paganizado no lo entienda, Dios es la condición del amor; si “Dios es amor” sin Dios no hay amor; Dios es la fuente de la que brota todo amor. Dios primero. Si Dios es la fuente del amor, ningún amor es sin Dios: "todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios" (1 Jn 4,7), aunque no lo sepa.
Amor al hermano
El segundo mandamiento es prolongación del primero, y muy importante para verificar la autenticidad del amor a Dios, “porque quien dice que ama a Dios a quien no ve y no ama al prójimo al que ve, es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn 4,20). Tal vez habría que añadir a este mandamiento la coletilla del primero: “amarás a tu prójimo sobre todas las cosas”, porque hay muchas cosas que ponemos por delante del amor al prójimo: riquezas, honores, estructuras, proyectos materiales, intereses propios etc.
Cuando el Señor une el mandato de amar al prójimo al más sagrado de amar a Dios está dándonos a entender que el cristianismo es un humanismo excelente, porque sitúa al hombre y sus relaciones de amor como pieza clave para la verificación de la fe. Sin amor al prójimo (compasión) no hay amor real, tendríamos una religión desconectada de la realidad.
Por el misterio de la Encarnación “la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). La divinidad se ha unido a la humanidad de tal forma que no es posible amar a Dios sin amar al hombre. Es un error amar en Jesucristo su divinidad dando de lado a su humanidad; y un imposible amar la humanidad despreciando la fuente de amor que es la divinidad.
"Lo que se subraya (en la revelación bíblica acerca del amor) es la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, (de modo) que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia. … El amor al prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios”. (Deus Caritas est, 16).
Hermosas, edificantes y orientadoras palabras del papa Benedicto XVI que ponen de manifiesto la unidad del amor a Dios y al prójimo y su importancia para el crecimiento espiritual del hombre y la salvación integral de la humanidad.
Hoy más que nunca hemos de entender que viviendo cerrados al mundo en que estamos y de espaldas a los hombres con quienes vivimos, no es posible conocer a Dios; y mucho menos anunciarlo. Sin amor al prójimo no hay evangelización posible. Merece la pena pararnos aquí y preguntarnos si aún seguimos amando a todos los hombres, o si, por el contrario, hemos pasado peligrosamente del rechazo del pecado al rechazo al pecador. No fue esa la actitud de Jesús, que “pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38).
Amor a uno mismo
Y finalmente, la coletilla: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El amor a uno mismo suele ser malentendido. Amarse a sí mismo no es egoísmo. Se habla mucho de autoestima, algo positivo siempre y cuando no se caiga el error de alimentar la sobreestimación personal, una imagen distorsionada de sí mismo, hasta el paroxismo del endiosamiento. Amarte a ti mismo es sencillamente quererte tal y como Dios te quiere, con tus cualidades y defectos, amar tu vida como don de Dios, aceptar la historia que Dios te va dando como camino de salvación, reconocer en ti unos talentos que te han sido dados y que tienes que negociar (cf Mt 25,14-30 ).
Si amar a Dios es una mentira sin amar al prójimo, amar a ambos es un imposible sin un equilibrado amor a uno mismo. Quienes se desprecian por su mala suerte, quienes reniegan de Dios y contra Dios por insatisfechos o caprichosos, quienes no se soportan a sí mismos, quienes no se respetan, ¿serán capaces de amar? ¡Desde luego que no! Pensemos en el alcohólico o el drogadicto incapaz de superar su adicción, o en aquellos que no aceptan su propio cuerpo, o su situación social o familiar, etc. En estos casos, la propia insatisfacción les lleva a reaccionar violentamente contra Dios, contra el hermano y contra su misma persona.
Por el contrario: quien asume su realidad con cariño y determinación, quien valora sus capacidades y posibilidades, quien vive confiado en avanzar en su desarrollo espiritual y material, quien ha descubierto el tesoro del agradecimiento y abandona el mundo de la queja sistemática, tiene en "el amor a sí mismo" el terreno abonado para amar a Dios y al prójimo.
Tengamos esto en cuenta a la hora de juzgar al prójimo. Al drogadicto, al violento, al constante insatisfecho, al decepcionado de la vida, etc. hemos de mirarlo con los ojos de Jesús; para Él son personas más dignas de compasión y misericordia que de odio. Y sólo desde al amor misericordioso les podremos ayudar a conocer a Dios, amar al prójimo y respetarse a sí mismo.
Tengamos esto en cuenta a la hora de juzgar al prójimo. Al drogadicto, al violento, al constante insatisfecho, al decepcionado de la vida, etc. hemos de mirarlo con los ojos de Jesús; para Él son personas más dignas de compasión y misericordia que de odio. Y sólo desde al amor misericordioso les podremos ayudar a conocer a Dios, amar al prójimo y respetarse a sí mismo.
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“Que todo lo vuestro se haga por amor”(1 Cor 16,14). El amor nos hace fuertes. Quien ama fortalece su vida más allá de lo esperado. Ayer, hoy y siempre, el amor es la clave de todo. Sin amor todo queda a oscuras: Dios queda reducido al papel de creador caprichoso y juez implacable, el prójimo se transforma en competidor y uno mismo se siente perdido en un mundo sin hogar.
Cuando el amor entra en escena todo se ilumina: Dios es el Padre y el Amigo que siempre ha estado, está y estará ahí; la familia, los vecinos, los amigos, los compañeros de trabajo y todos los demás, son vistos como compañeros con los que compartir la maravillosa aventura de la vida; y a mí mismo me veo en mi sitio, no en el ombligo del mundo sino girando con mis hermanos alrededor del único Sol del que procede todo amor. Amando me hago fuerte, porque “el amor es más fuerte que la muerte” (Cant 8,6 ), y tiene garantía de eternidad: “El amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 8).
Casto Acedo. Noviembre 2021. paduamerida@gmail.com












