viernes, 17 de agosto de 2012

Recibir a Cristo y ser como Él (Domingo 19 de Agosto)

NOTA INFORMATIVA

Antes del comentario evangélico de este domingo, comunicar a los seguidores del blog que se une a él, con su visión desde latinoamérica, un sacerdote peruano, en concreto de la archidiócesis de Huancayo: el padre Javier Castillo Arroyo . Tuve la oportunidad de conocerlo hace unos años y le invité a colaborar en un blog que, por circunstancias ajenas a nosotros, ha sido eliminado, "San antonio de Mérida 2009". A raíz de esta circunstancia le he pedido que escriba sus reflexiones en esta página. Espero que con ello se enriquezca nuestra profundización en el Evangelio, en este caso con una visión desde la realidad peruana. El primer comentario del padre javier lo tenéis en la entrada anterior a ésta.
P. Javier,  ¡Bienvenido a este blog!

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¿Qué sucede con el pan cuando es llevado sobre el altar y es consagrado por el sacerdote? La doctrina católica lo expresa con una palabra difícil: transubs-tanciación.  Una palabra con la que se quiere decir que en el momento de la consagración el pan deja de ser pan y llega a ser cuerpo de Cristo. No se trata de una simple transformación(“cambiar de forma”, como cuando alguien cambia su imagen y decimos ¡qué transformado estás!; pero en el fondo sigue siendo la misma persona, con su misma inteligencia, su misma personalidad; en “esencia”, decimos, es la misma persona); con la palabra transubstanciación ocurre todo lo contrario: cambia la sustancia (la esencia), pero no las apariencias (forma, sabor, color, peso); se ha realizado la promesa de Jesús. “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51).

Eucaristía y vida

A nuestra cultura, laica, secular y cientificista, la doctrina de que el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo, no puede menos que sonarle a fantasías y supersticiones propias de crédulos. Pero, ¿qué nos dice el misterio eucarístico a los que nos consideramos creyentes? Porque tal vez no hace mucho tiempo, el respeto a las especies consagradas era obsesivo, y sin embargo, parece que hoy pecamos de superficialidad a la hora tanto de comulgar como de considerar lo que tenemos entre manos cuando recibimos el pan eucarístico.

No hay duda de que para los primeros cristianos la participación en la eucaristía -entendida ésta no sólo como el acto de comulgar sino toda la celebración del día del Señor, que suponía la escucha de la Palabra, las oraciones,  la comida fraterna (ágape) y la participación del Pan Eucarístico- era un signo evidente de su identidad. San Justino nos cuenta cómo eran las misas de las primeras generaciones cristianas:
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“El día que se llama del sol, se celebra una reunión de todos los que viven en las ciudades o en los campos, y se leen los recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas, mientras hay tiempo. Cuando el lector termina, el que hace cabeza nos exhorta con su palabra y nos invita a imitar aquellos ejemplos. Después nos levantamos todos a una, y elevamos nuestras oraciones. Al terminarlas, se ofrece el pan y el vino con agua, y el que preside, según sus fuerzas, también eleva sus preces y acciones de gracias, y todo el pueblo exclama: Amén. Entonces viene la distribución y participación de los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envío a los ausentes por medio de los diáconos. Los que tienen y quieren, dan libremente lo que les parece bien; lo que se recoge se entrega al que hace cabeza para que socorra con ello a huérfanos y viudas, a los que están necesitados por enfermedad u otra causa, a los encarcelados, a los forasteros que están de paso: en resumen, se le constituye en proveedor para quien se halle en la necesidad.” (San Justino, Primera apología,67).

Analizando este texto de mediados del siglo II podemos apreciar que ya para los cristianos  de entonces había una relación intensa entre lo que era el misterio eucarístico y la vida, es decir, había conexión entre la experiencia cristiana vital y la celebración dominical. La asistencia a la reunión del domingo era un signo de identidad para los creyentes en Jesús; a ella sólo podían acceder los iniciados, aquellos que habían alcanzado la fe, recibido el bautismo y que vivían conforme a lo que Cristo enseñó. Cuando se cumplían estos requisitos se consideraba que  estaban preparados para entender lo que era el “misterio” eucarístico:

“A nadie le es lícito participar (en la Eucaristía) si no cree que nuestras enseñanzas son verdaderas, ha sido lavado en el baño de la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos enseñó” (San Justino, Primera apología,65)


Somos lo que comemos

Hoy estamos sensibilizados acerca de los alimentos que tomamos. Hay quien se toma muy a pecho ese eslogan de la dietética que afirma que “somos lo que comemos”. Pues bien, algo así, aunque en un plano más espiritual y con matices distintos, dice san León Magno acerca de la comida eucarística: “La participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos”. Es decir, al recibir a Cristo pasamos a ser “otros cristos”, dispuestos también para ser comidos por los hermanos. La diferencia está en que la comida material con que nos alimentamos se transforma en lo que somos, mientras que el Pan Eucarístico nos transforma a nosotros en lo que Cristo es. Por otro lado, no comer el Pan de la Vida nos aleja de Dios y nos lleva a la experiencia de hijos pródigos: "¡Cuántos jornaleros de mi Padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre" (Lc 15,17). 
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Comer la carne y beber la sangre. ¿Canibalismo y vampirismo? No. Amor. La comunión eucarística nos nutre del amor de Dios, de su vida inmortal; y cuando se recibe el amor de Dios ¿qué más se puede tener? Si el discurso del pan de vida lo leemos intercambiando las palabras “carne” y “sangre” por la del “amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” adquieren esos elementos un sentido pleno. Si comemos el “amor de Dios”, si nos llenamos de él, viviremos con Él, por Él y en Él (cf Jn 6,57). Nos transformamos en lo que comemos, en portadores de vida eterna.

Por la participación en Cristo, por la comunión con Dios, viene la sabiduría y la vida. La participación en el banquete de la Eucaristía nos hace sensatos y equilibrados psicológica y moralmente. Frente a la superficialidad de los que “se emborrachan con vino y se dan al libertinaje” (Ef 5,18), está la profundidad de los que beben la copa de la sabiduría que es Cristo, el saber ser de los que se llenan de su Espíritu  y alcanzan aquella libertad  que nos redime de ser esclavos del mundo.  Para llegar a ello no basta una participación rutinaria y ritual en la misa, porque un sacramento no es un acto mágico  sino un encuentro entre dos: el hombre y Dios: “el que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (Jn 6,57).

   Aprender, celebrar y vivir.

La Eucaristía, sacramento de encuentro con Dios, logra su plenitud si atendemos a su riqueza, de la cual podemos destacar tres dimensiones:  

1.- Una dimensión docente: La liturgia de la Palabra, nos enseña la prudencia, nos da sabiduría para sopesar las cosas de este mundo. Y lo hace primeramente con el banquete de la Palabra,que alimenta nuestra mente y a través de ella nuestro corazón; también nos da Dios en la misa la lección crucial de la entrega, muerte y resurrección de Jesús hecha acto sacramental.

2.- También tiene la misa una  dimensión celebrativa (experiencial): “Venid a comer el pan y beber el vino ... dejad la inexperiencia y viviréis”. (Prov 9,5-6). “¡Gustad y ved que bueno es el Señor!” (Sal 34,9). La experiencia es la madre de la sabiduría. Vivir la misa es revivir (sentir en mí mismo) el acontecimiento pascual de la muerte y resurrección de Jesús. Nuestra experiencia de Dios determina nuestro conocimiento acerca de Él e influirá decisivamente en nuestras acciones. La Eucaristía vivida con corazón despierta nuestros sentidos espirituales y nos transforma en apasionados de  Jesús y de la causa del Reino.

3.- Finalmente no podemos olvidar la  dimensión existencial: comer la carne y beber  la sangre del Señor es vivir como él vivió, participar de su obediencia al Padre y su entrega a los más débiles, vivir sus mismas experiencias de abandono a manos de Dios. ¡No basta con repetir el gesto de la última Cena, hay que vivir lo que ella significó de entrega generosa! Vivir la misa es revivir el acontecimiento pascual de la muerte y resurrección de Jesús. Para "hacer memoria" recordando (ayer), celebrando (ahora) e imitando (futuro). Junto a la misa del ritual va la misa de la vida que ofrece al Padre con Jesús todo lo que hace y vive, la que imita al Maestro  haciéndose comida y bebida para el hermano. Una vida desplegada al modo de la de Jesús de Nazaret garantiza la autenticidad de la fe y la digna participación eucarística.


“La sabiduría se ha construido su casa… Los inexpertos que vengan aquí: Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia” (Prov 9,1-2.6). Experto es “el que ha experimentado”. Experto en Jesús ¿quién es?, ¿el que sabe mucho de Él?, ¿el que ha escrito libros de cristología?, ¿quién ha llegado a entender los entresijos filosófico-teológicos de la transubstanciación?  Nada de eso. El verdadero experto en Jesucristo es el que ha gozado y sufrido en su propia carne la sabiduría del evangelio, el que ha sabido aprovechar el momento y la ocasión para acercarse a Dios demostrando así su sensatez: “No seáis insensatos, sino sensatos. Sabed comprar la ocasión, porque vienen días malos” (Ef 5,15-16). Experto es el que come y bebe la sangre de Jesús discerniendo, es decir,  encarnando el evangelio en su vida (cf 1 Cor 11,27-29); experto es el que habita en Dios y Dios en él (Jn 6,56).

El lenguaje de la posmodernidad no es el de los conceptos sino el de la imagen y los sentimientos. El misterio de la realidad de Cristo en las especies consagradas no es accesible a nuestra inteligencia racional; sólo lo podemos intuir y transmitir por las emociones, por el sentimiento hecho vida. Podemos decir que sólo desde la inteligencia emocional podemos valorar convenientemente la riqueza del sacramento. ¿Cuál es tu experiencia eucarística? ¿Cuáles tus sentimientos hacia Jesús? ¿Y tu experiencia de amor al prójimo con Cristo? ¿Qué emociones -sentimientos que estabilizan la vida y mueven a la acción- crea en ti la participación en la misa dominical? No permitas que misa y vida vayan por caminos distintos; si es así es que no has entendido nada.

Casto Acedo Gómez. Agosto 2012. paduamerida@gmail.com. 26401

miércoles, 15 de agosto de 2012


Domingo XX, Tiempo Ordinario (ciclo B)

*Coman el pan y beban el vino que he preparado (Prov 9,1-6)
*Den siempre gracias a Dios Padre por todas las cosas (Ef 5,15-20)
*Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn 6,51-58)

En la sinagoga de Cafarnaún, Jesús sigue enseñando a los judíos, diciéndoles: El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. Al escuchar estas palabras, los judíos se ponen a discutir y preguntan: ¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne? Fue entonces cuando Jesús responde con siete afirmaciones, que vienen a ser el núcleo central de todo el discurso eucarístico. En cada afirmación no falta la palabra comer que significa: asimilar, alimentarnos de Jesús, comulgar, encarnar en nosotros a Jesús.

*Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre no tendrán vida en ustedes.
Para tener vida y vida en abundancia (Jn 10,10), es necesario pasar: de condiciones de vida menos humanas (multiplicación de los panes), a condiciones más humanas, hasta llegar a creer en Jesús, quien nos llama a participar en la vida de Dios (PP, 1967, n.20-21). Los cristianos/as necesitamos alimentarnos de Jesús, Hijo de Dios, que se hizo carne -hombre- y vivió entre nosotros (Jn 1,14).

*Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día.
Los cristianos vivimos solidarios con todos los hombres y mujeres, y también con los que murieron en la esperanza de la resurrección: Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. Al respecto, recordemos lo que dijo Jesús a Marta: Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11,25).

*Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
Para el ser humano pan significa: alimento, vida, trabajo, educación… Por eso, al ofrecer sobre el altar el pan y el vino, agradecemos a Dios porque el pan y el vino -fruto de la tierra y del trabajo del hombre- se van a convertir en pan de vida y en cáliz de salvación. Los cristianos, cada vez que participamos en la Eucaristía, encontramos ahí: verdadera comida y verdadera bebida. Por eso, estamos obligados a cuidar la tierra, mejorarla, trabajarla… y jamás explotar a los trabajadores con salarios de hambre.

*Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él.
Hace algunos años, eran pocos los que se acercaban a comulgar. Actualmente, en cambio, son pocos los que se quedan sin hacerlo. Este cambio no producirá vida y vida plena en nosotros los creyentes, si no renovamos nuestra fe en la presencia de Jesús: -en la Eucaristía… -cuando dos o tres nos reunimos en su nombre (Mt 18,20)… y, sobre todo, -en los hermanos de Jesús: los que tienen hambre y sed, los forasteros y desnudos, los enfermos y encarcelados (Mt 25,31-46).

*Como el Padre que me ha enviado tiene vida y yo vivo por Él, así también quien me come vivirá por mí.
En Jesús, el enviado del Padre que tiene vida, no vamos a encontrar: -la doctrina enseñada por los maestros de la Ley o por los fariseos; -ni aquel culto convertido en negocio por parte de los sacerdotes. En Jesús, vamos a encontrarnos con Alguien que da Vida plena: Padre, la vida eterna consiste en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado (Jn 17,3).

*Este es el pan que ha bajado del cielo, y no es como el pan que comieron sus antepasados, y murieron.
Hay una gran diferencia entre el pan bajado del cielo que es Jesús, y el pan o maná que comió el pueblo de Dios en el desierto (Ex 16). Hoy, cuando se celebran ‘misas’ como si fuera negocio (Cn 947), cuando predominan los adornos superfluos en vez de ayudar al pobre, ¿podemos decir que la Eucaristía es sacramento de amor y de entrega?

*Quien come de este pan, vivirá para siempre.
Sobre esta afirmación, recordemos lo que dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien cree en Él no muera, sino tenga vida eterna (Jn 3,16). Por eso, alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, digamos con San Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).
J. Castillo A.

martes, 14 de agosto de 2012

¡Eres grande, pequeña! (15 de Agosto. Asunción de Ma´ría)

¡Eres grande, pequeña! Un piropo para la Virgen  María. Porque ella fue grande cuando se reconoció esclava del Señor, cuando gritó con júbilo que “Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 2,52);  grande cuando insiste ante su Hijo en las bodas de Caná: “no tienen vino” (Jn 2,3); cuando, asunta al cielo, coronada de estrellas, sigue abajándose a escuchar la plegaria de sus hijos.

La grandeza de María no es suya, es participada. Quien es realmente grande es Dios, y su Hijo Jesucristo. Ella no se proclama importante, no hace un elogio de sí misma, sino que su grandeza la pone en el Todopoderoso “que ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo”  (Lc 2,49). La fe hace que María se evalúe y considere a sí misma en su justa medida: como criatura. Cumple ella lo que san Ignacio de Loyola enseña en el principio y fundamento de sus ejercicios espirituales: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor“. En todo amar y servir. Ella, mujer de nuestra raza, tuvo muy claro que su realización personal sólo era posible por el servicio a Dios, inseparable del servicio a la humanidad. Entendió María con claridad la paradójica Palabra de su Hijo: "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos" (Mc 10, 43-44).

La auténtica grandeza no está fuera del hombre, sino dentro, en su corazón. A veces sólo Dios ve esa grandeza. Por eso, como enseña san Agustín -“yo te buscaba fuera y tú estabas dentro”-,no busques la vida fuera de ti  sino en tu interior; serás grande si tienes un corazón grande, serás grande no por tu ciencia sino por mantener la humildad en el pedestal de la ciencia, no por tener autoridad sino por ejercerla como un servicio a la justicia, no por lo que haces (una obra de arte, un premio  literario, una investigación científica de alto nivel)  por muy importante que sea,  sino por hacerlo con un corazón agradecido, de niño.

La verdadera grandeza no está reñida con la humildad, ni con la obediencia, ni con la vocación de servicio. Más bien, en todo ello encuentra la excelencia cristiana su pedestal y la base auténtica del humanismo cristiano. ¿No es María, asunta al cielo, un magnífico ejemplo de la verdadera grandeza? ¿Acaso María, coronada por reina del universo, ha renunciado a ser la esclava del Señor? María es la síntesis más perfecta de grandeza en la pequeñez y de pequeñez en la grandeza.

La asunción de María es la fiesta que canta con ella y en ella  la grandeza de los cristianos que siguen los pasos de Jesús, siervo de la humanidad. El triunfo de la Asunción es la victoria de los que siguen los pasos de Jesús: “ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada, ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra” (Prefacio de la Asunción). Mirar a María en esta fiesta, celebrarla, es afianzarnos en el optimismo cristiano, convencernos de que merece la pena ser el último de todos, porque la humildad  es la virtud primera, y "el que se humilla será ensalzado" (Lc 14,11). 

Los cristianos, tenemos mucho en qué imitar a María para alcanzar con ella su mismo destino glorioso. Tal vez la vida no nos dé la oportunidad de realizar obras espectaculares; pasarán nuestros días en el anonimato de un trabajo poco relevante socialmente y en la rutina de una vida sin publicidad. Pero si en la sencillez de todo eso ponemos amor, habremos encontrado el quid, la esencia de la vida. ¿Qué otra cosa hizo María que poner el amor (Dios) en el centro de todos sus actos?

A santa Teresa de Lisieux la solemos citar como  “santa Teresita” (Teresa la pequeña), para diferenciarla de la otra, la gran mística y escritora:  santa Teresa de Ávila; pues bien, santa Teresita no se consideraba ella misma digna de grandes obras misioneras como la de san Francisco Javier, ni de grandes obras teológicas o doctrinales  como san Agustín o santo Tomás de Aquino. No se creyó nunca en posesión de la elocuencia de san Francisco de Sales o de san Antonio de Padua. Tampoco se veía a sí misma merecedora de  entrar en la lista de los grandes mártires de la Iglesia.  Y pidió a Dios en la oración que le indicara el camino de santidad que había elegido para ella; y lo encontró: “comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que este corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor era el que ponía en movimiento a los miembros de la Iglesia… Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones, que el amor lo era todo… Entonces, ene l exceso de mi alegría delirante, exclamé: ¡Oh Jesús, amor mío! … por fin he hallado mi vocación: ¡mi vocación es el amor! … ¡en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor!”. La mayoría de la gente de Iglesia no tendrá nunca la oportunidad de hacer  “grandes cosas” que le den reconocimientos mundanos, aunque estos sean religiosos, pero nadie les impedirá  poder amar, caminar por las sendas del amor día a día, con sencillez. ¿Acaso no fue eso lo que hizo María? Porque supo ser la última es ahora la primera, “la primicia de la Iglesia que un día será glorificada” (Prefacio de la fiesta).

Casto Acedo Gómez. Agosto 2012. paduamerida@gmail.com. 26222

jueves, 9 de agosto de 2012

"Yo soy el pan de vida" (Domingo 12 de Agosto)

He de confesar que cuando me veo, como ahora, en la necesidad de comentar textos como el discurso del pan de vida (Jn 6) me siento un tanto azorado; y creo que tal cosa no me ocurre solo a mí sino también a todos aquellos que, debido a la educación moralista recibida, tendemos como por inercia a extraer consecuencias prácticas de los pasajes evangélicos, considerando su mayor o menor valor sólo a partir de su funcionalidad moral. Parece como si sólo nos interesase el qué me manda hacer Dios, minimizando lo que pueda aprender sobre Dios y mi condición humana. Y el pasaje que hoy toca comentar parece prestarse más a la contemplación espiritual que al ejercicio de extraer tareas para la acción. Basta con que releas el texto y subrayes alguna de sus frases parándote luego en cada subrayado, repitiendo el texto elegido, dejándote llenar del contenido al ritmo de la musicalidad de la palabra pronunciada física o mentalmente: “Yo soy el pan bajado del cielo” … “Nadie pude venir a mi si no lo trae el Padre que me ha enviado” … “Yo lo resucitaré en el último día” … “El que cree tiene vida eterna” … “Yo soy el pan de la vida” … “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” ( Jn 6, 41.44.47.48.51). Párate, escucha, deja que penetre en ti cada una de estas verdades de fe. Gozar de ello es recibir la buena noticia que alimenta el espíritu.

¡Levántate, come! (1 Re 19,5)

Tres son los alimentos de los que habla san Juan en su evangelio: la voluntad del Padre (“Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” Jn 4,34), la Palabra de Dios (“El que escucha al Padre y aprende viene a mi” Jn,6,45; "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él". Jn 14,23) y la Eucaristía (“Mi carne es verdadera comida” Jn 6,55), tres realidades tan íntimamente unidas entre sí que no pueden separarse y que cada domingo procuramos revitalizar. Se trata, en definitiva, de alimentar nuestra vida de fe, que no es sólo el aprendizaje de teorías religiosas y el goce de sentimientos místicos, aunque también necesita de ellos. Todos sabemos que una buena teoría sin práctica es fariseísmo, pero también es verdad que una práctica sin buena teoría que la alimente y promueva puede ser nefasta. Decía Sócrates que “una vida sin examen no tiene objeto vivirla”; también una vida cristiana sin inteligencia a la luz de la Palabra y sin el merecido disfrute de la celebración eucarística y los demás sacramentos carece de sentido y está abocada al fracaso.

El creyente necesita alimentar constantemente el espíritu y la inteligencia. Sin ese ejercicio de manducación (rumia de la Palabra) se le hace imposible el Camino y tiende a caer en el desánimo y la desesperación. Esa fue la situación a la que llegó Elías en el desierto cuando huía de la reina Jezabel; llegado un punto su interioridad pierde fuerza y confiesa su abatimiento: “Basta ya, Señor, quítame la vida” (1 Re 19,4). Pero aunque el sentimiento de abandono de Dios envuelva al hombre la revelación deja entender que Dios no lo abandona nunca. Podemos verlo restaurando las fuerzas de Elías ofreciéndole pan y diciéndole: "Levántate, come, que el camino es superior a a tus fuerzas" (1 Re 19,5).

Son numerosos los textos evangélicos que contienen una invitación a levantarse. ¡Levántate! Así invita Jesús al paralítico que le llevan para ser curado (Lc 5,24), al hombre que tenía la mano seca (Lc 6,8), al ciego Bartimeo (Mc 10,49). al difunto hijo de una viuda (Lc 7,12), al leproso agrad,cido de su curación (Lc 17,19) o a la fallecida hija de Jairo (Mc 5,41). ¡Levántate! Cuando el hombre acude a Jesús en situaciones de abatimiento Jesús le da ánimos, alienta su caminar, infunde fuerzas a su espíritu. Hay en este hombre de Nazaret una personalidad excepcional que va más allá de las palabras, un poder que trasciende lo humano, hay en él una fuerza que no es de los hombres sino de Dios.


Creer y recibir el poder de Dios

Lo que diferencia al creyente cristiano del simple admirador de su enseñanza y su vida es que se ha adentrado en la excepcional personalidad de Jesús. A Jesús los judíos le critican porque lo consideran como un maestro o profeta entre muchos, pero no llegan a aceptar el misterio de su divinidad. Sólo conocen de Dios su origen terreno: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” (Jn 6,42). La pretensión inaudita de Jesús, su insistencia en igualarse a Dios, les resultaba tan escandalosa a los judíos de su tiempo Jesús como a los hombres de nuestro tiempo, dispuestos a transigir con un Jesús profeta de la misericordia pero reacios a postrarse ante Él como Dios. ¿Qué decir de arrodillarse ante el Sacramento Eucarístico? ¿Dios en el pan y el vino? ¡Escándalo también para el hombre contemporáneo! Es una suerte haber sido elegido por Dios para ser introducidos en este misterio del Dios humanado: “Nadie puede venir a mi, si no lo trae el Padre que me ha enviado” (Jn 6,44). Ninguno de nosotros estaría aquí en este momento, celebrando la Eucaristía, si Dios no nos hubiera traído; tampoco creeríamos en la divinidad de Jesús, ni en su presencia en el Sacramento, si no se nos hubiera revelado, porque “nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. (Mt,11,27; cf Mt 16,17).


Lo normal es que preguntemos qué tenemos que hacer para ser buenos cristianos. ¿Qué pasos concretos hemos de dar en nuestra vida? Es la pregunta que le dirigieron varios oyentes al Bautista (Lc 3,10-14), la misma que el joven rico hizo a Jesús, aunque con matices, porque éste no tenía mucha intención de seguir a Jesús sino de “ganar la vida eterna” como si de un negocio se tratara (Lc 18,18 ). ¿Qué hemos de hacer? La respuesta es tan complicada y tan simple como lo es el signo del pan. Puesto en la mesa tiene como función el servir de alimento para los comensales, sin ese pan morirían. El destino del pan es ser engullido, desaparecer para que otros sigan viviendo. Ese mismo fue el destino de Jesús: morir para dar vida. Y ese es el Camino cristiano: ser pan con Cristo, hacerse Eucaristía con Él, darse como alimento a los demás. Contemplar a Jesús como pan de vida, celebrar la misa y comulgar con Cristo es, pues, un deleite porque comemos un alimento inmerecido, y una responsabilidad porque al participar del “cuerpo de Cristo” nos hacemos uno con él y aceptamos el seguirle en su destino.

Al final, como siempre, me ha salido la vena moral, el compromiso deducido del texto: seguir a Jesús en su destino de amor. La carta de san Pablo a los Efesios (4,30-5,2), proclamada también hoy, va más a lo concreto: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, personándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo”. Brevemente se describen dos modos de enfocar la existencia muy distintos y opuestos: el primero, repudiado por el evangelio, viene dado por el deseo de imponerse a los demás, y conduce a la amargura, la violencia y la maldad, a la excomunión con Cristo y la muerte; el segundo, acorde a las enseñanzas de Jesús, invita a la comprensión y el perdón mutuo, y nos lleva a la felicidad, la comunión con Cristo y la vida. Hay que elegir. Vivir en comunión, comulgar con Cristo en el amor o darle de lado siguiendo la senda de la maldad. Para esto último basta con dejarnos llevar por la corriente de las pasiones (ira, gula, soberbia, lujuria, avaricia, pereza, envidia), tan humanas que nuestro mundo en cierto modo las considera justificables. Pero si queremos seguir los pasos de Jesús podemos hacerlo. Y no estamos solos para ello. A Elías le socorre Dios: “Se levantó Elías, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Horeb, el monte de Dios” (1 Re 19,8). La Iglesia, desde antiguo, ha visto en la comida ofrecida a Elías una imagen de la Eucaristía. En ayuda nuestra viene nuestro Señor Jesucristo, Palabra y Pan de Vida. Con Él podemos ser “imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor” (Ef 5,1-2). Con Él. Sin Él lo veo difícil, por no decir imposible.

Casto Acedo Gómez. Agosto 2012. paduamerida@gmail.com. 56061

jueves, 2 de agosto de 2012

Creer en Jesucristo (Domingo, 15 de Agosto)


Cuando la Iglesia gozaba en España de poder e influencia social no le faltaron acólitos que se arrimaran a ella en busca de beneficios que iban más allá de lo religioso. Los tiempos han cambiado, y la Iglesia no goza hoy de una buena apreciación por parte de la sociedad española. El fenómeno de la secularización, con las secuelas del ateísmo e indiferentismo religioso, sitúan a la Iglesia en la lista de instituciones menos valoradas. Como consecuencia de ello, son muchos los advenedizos de antes que han desertado de sus filas. Sin embargo, no podemos ver en esto un motivo para el desánimo, sino más bien para la reflexión y la esperanza. El Concilio Vaticano II al promover la separación entre la Iglesia y los poderes fácticos sentó las bases para una reforma. El primer paso es el desmonte de todo lo viejo, de lo superficial, de lo podrido que hay en el edificio. Todo proceso de purificación trae consigo el despojo de lo superfluo. Es condición necesaria ir ligero de equipaje para salir de Egipto y adentrase en el desierto. Allí, en la purificación de la travesía, vive el creyente “la noche oscura del sentido”, noche del dolor y del vacío, cuando surgen las preguntas más dolorosas: ¿Por qué nos haces pasar por esto? ¿Nos has traído a este desierto para hacernos morir de hambre y sed? (cf Ex 16,2). Detrás del hambre se esconde un problema de fe.

La obra que Dios quiere es que creais (Jn 6,29).

“Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros” (Jn 6,26). Jesús conoce el corazón del hombre, sabe de su infantilismo que le lleva buscar el placer sin esfuerzo, la satisfacción sin mortificación. Y en la dimensión religiosa no está exento de esa tendencia a inclinarse por un dios funcional. Dios en función de mis necesidades. Jesús sabe de eso, y nos previene: no ha venido a darnos de comer sino a enseñarnos a compartir; no está la fe en servirse de Dios sino en servirle. “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre” (Jn 6,27). Jesús dará un sentido nuevo a la vida, una lección que no conviene olvidar

A pocos meses del inicio del “año de la fe” viene muy bien la llamada de Jesús a renovar nuestra adhesión a su persona. Tal vez hemos caído ingenuamente en la trampa de definir nuestra identidad cristiana con una vaga referencia al mandamiento del amor: ser un buen cristiano es amar, obrar el bien, ayudar al necesitado, etc… palabras fáciles y hermosas que también definen al buen musulmán, al buen judío, budista o hindú. Con esa reducción moral del cristianismo (ser cristiano es “obrar el bien”) hemos disuelto la identidad propia de nuestra religión. ¿No lo notáis? Cualquiera se llama hoy cristiano apelando simplemente a lo bueno que se considera a sí mismo. Incluso se atreve a juzgar a los que practican los ritos católicos tildándolos de falsos.

El evangelio, sin negar la centralidad del amor para la vida del cristiano, nos pone en guardia ante el riesgo de querer vivir un cristianismo sin Cristo. Los que le buscaban dijeron a Jesús: “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? (Jn 6,28). Y no les contestó que “hay que ser buenos”, sino algo más sorprendente: “la obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado”. Palabras que suenan un tanto extrañas a nuestra religiosidad funcional y práctica, pero que revelan el meollo de la identidad cristiana: ser cristiano es ante todo creer en Jesucristo, creer que es el Hijo de Dios, Dios encarnado; lo que el Padre queire es que pongas a Jesús en el centro de tu vida, que seas un apasionado de su persona; es desde el misterio de Jesús desde donde ama el cristiano. La moral cristiana no viene motivada por una imposición legal (mandamientos), ni por simple altruismo (termina uno por cansarse de ayudar al prójimo cuando no hay reciprocidad) o empatía (“no quieras para los demás lo que no quieres para ti”, ¿no es un poco egoísta esta motivación?); la moral cristiana tiene su fuente en la fe; quien es cristiano es ante todo quien cree en la persona divina-humana de Jesús.

El sentido cristiano de la vida

“Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás” (Jn 6,35). Hay un pan material, como el maná que los israelitas recibieron en el desierto (Ex 16,12-15); pero ese pan es sólo un anuncio, un adelanto, del pan espiritual que es Jesús. El pan material es necesario para la vida; pero no basta. La experiencia nos dice que el hombre, amén de pan, necesita también un sentido para vivir. Y ahí es donde entra en juego la fe. Mientras no tenemos alimentos para sostener el cuerpo solemos vivir buscándolo desesperadamente con el trabajo o recurriendo mágicamente a la religión para conseguirlo. Sin embargo, cuando nuestro cuerpo está saciado -como ocurre en las sociedades desarrolladas y capitalistas- tendemos a la soberbia de la opulencia y el derroche. Descubrimos entonces que el pan no lo es todo.
En su travesía del desierto los Israelitas terminaron por cansarse del maná que tanto apetecieron en un primer momento: “Nos da nauseas ese pan sin sustancia” (Núm 21,5). ¡Qué hermosa descripción de la vida cuando cae en el sinsentido! La rutina de la eterna repetición de lo mismo provocan el hastío, la depresión, la muerte interior. Harto de todo lo deseable materialmente, el hombre sigue insatisfecho. Y es ahí donde se enraíza la importancia de la fe. “No fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo”. ... “Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. … Yo soy el plan vivo bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,32.48.51). Sin Jesús todo se dispersa y pierde sentido, con Él como eje de la vida, todo se unifica.

"No sólo de pan vive el hombre"(Lc 4,4). El hombre necesita también del cariño, de la ternura, de la comprensión, del sentido de las cosas, del amor. Leche y miel. No basta la leche, también la dulzura es imprescindible para el desarrollo de la persona. La fe da sentido a la vida. El creyente, tan débil y limitado como el no creyente, se puede sentir orgulloso del plus de haberes y posibilidades que le ofrece la fe. La fe es el punto de apoyo que necesita la palanca de la vida para desarrollar sus potencialidades (cfd Lc 17,6). Siguiendo a Jesús, poniendo su fe en Él, son muchos los que han realizado grandes obras sin perder ellos mismos la esperanza a pesar de las dificultades. Se acercaron a la Eucaristía, comulgaron con la Palabra y con el Pan de vida. Comprendieron que con la venida de Jesús el Padre “hizo llover sobre ellos maná y les dio pan del cielo”. La clave para edificar la Iglesia del futuro, ¿no está en redescubrir la fe en Jesús como Hijo de Dios? El retorno a Jesús, la importancia que ha adquirido la cristología en la vida de la Iglesia es un motivo de esperanza.
Casto Acedo Gómez. Agosto 2012. paduamerida@gmail.com. 25671

sábado, 28 de julio de 2012

"Comerán y sobrará" (Domingo 29 de Julio)

Comentario al texto evangélico: Jn 6,1-15
Durante cinco domingos vamos a seguir la lectura del capítulo 6 de san Juan: milagro de la multiplicación y discurso del pan de vida. El pan es un símbolo que recoge como ninguno la realidad de las necesidades básicas del hombre: alimento, vestido, vivienda, cuidados médicos elementales, etc. No tener pan es como decir que se está en la más absoluta de las situaciones de necesidad. Así se hallaba ante Jesús la multitud que le buscaba y le seguía: sin pan, necesitada de todo. Consciente de la situación, Jesús lanza una pregunta: “¿Con qué compraremos pan para que coman estos?”. ¿Cómo solucionar esta necesidad?
La respuesta de Jesús a una necesidad

Felipe responde echando cuentas: “Doscientos denarios de pan no bastan”, la situación no tiene salida, no hay fondos económicos suficientes. Andrés, más práctico, deja a un lado los cálculos y se va a la realidad posible, aunque sin mucha esperanza: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces”. Hasta ahora sólo tenemos un problema (hambre de la muchedumbre) y unas especulaciones: unos cálculos, unas esperanzas muy pobres… Oscuridad. “¿Quién quitará la piedra del sepulcro para que entre la luz?”.
Jesús va a dar un paso más; va a poner en marcha el corazón de todos, pondrá una solución que exigirá de sus interlocutores fe y obras: “Decid a la gente que se siente en el suelo”. ¿No sería mejor que cada uno vuelva a su casa a procurarse la comida? Sin embargo, se sientan; y eran muchos; el evangelio, tal vez un poco exageradamente dice que “sólo los hombres eran unos cinco mil”. Creyeron. Y ya es un primer paso: creen en la palabra de Jesús. Pero el milagro pide también un compromiso, que en este caso vendrá de un muchacho que tiene cinco panes y dos peces. Podría negarse a compartir, incluso puede que no fueran suyos. Pero ante la necesidad no se arredra y los pone a disposición del maestro de Nazaret. Y Jesús, “tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo todo lo que quisieron del pescado”. El simbolismo eucarístico es evidente: tomó, bendijo, repartió. El evangelista termina anotando la sorpresa: “cuando se saciaron dijo a sus discípulos: recoged los pedazos que ha sobrado, que nada se desperdicie. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes que sobraron a los que habían comido”. Y ¿cómo reaccionó la multitud ante el prodigio? Quisieron proclamarlo rey. Una tentación para Jesús. Pero no cae en ella, no se deja embaucar por los laureles del triunfo, “y se retiró otra vez a la montaña, él sólo”.


Unas enseñanzas para tiempos de crisis
1) Estar abiertos a las necesidades de los hombres. Algo recomendable especialmente a los clérigos (a los de toda la vida, y a los nuevos clérigos de la predicación mediática: contertulios y demás predicadores del espectáculo televisivo, amantes de la solidaridad indolora) muy dados, como Felipe y Andrés, a la información y la especulación, pero cobardes para la acción. Una cosa es predicar y otra repartir trigo. Cuando a la prédica no acompaña el testimonio mejor es callar. Jesús, “se da cuenta”, ve la realidad que tiene ante sí, y, predicador él, yendo más allá del discurso, pone remedio a los males. No pocas veces, dice el concilio Vaticano II, el ateísmo es consecuencia del antitestimonio de los que nos llamamos cristianos. Cerrar los ojos al mal y el sufrimiento de los hombres nos hace ateos y hace ateos.
2) La crisis económica que estamos viviendo (mejor sufriendo) es ante todo una crisis espiritual, tiene sus raíces en la falta de fe; que no es virtud exclusivamente religiosa, sino también humana: confianza mutua, fe en las posibilidades del hombre para salir juntos de situaciones difíciles, etc. Nadie duda de que, amén de lo económico, también lo espiritual se resiente en nuestra sociedad: corrupción económica, narcisismo de las personas y de los pueblos (nacionalismos excluyentes), idolatría del dinero, etc.. “No podéis servir a Dios y al dinero”, “no sólo de pan vive el hombre”. Falta “caridad” en el sentido fundamental del término: amor de entrega en gratuidad total. Sin esto, no hay salida, por muchos recortes que apliquemos a la economía nacional. Recortar no es amar, amar es dar, poner al servicio del prójimo lo mucho o poco que tengo. Recortando esto no se llega a nada. ¡Ay si aquel muchacho se hubiera negado a poner sus panes y sus peces!
3) “Hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces”. Un niño, un joven. Tal vez si hubiera sido un adulto, o un viejo, se hubiera reservado su comida. ¿Por qué precisamente la vejez nos hace más desconfiados y egoístas? ¿No debería ser al revés? Aquel muchacho tuvo el valor de poner todo lo suyo en común, y aquello funcionó. Si miramos su actitud en este tiempo de crisis descubrimos que la solución no está en guardar los ahorros en lugar seguro, sino en ponerlos al servicio del bien común. Mientras los grandes bancos y entidades financieras sigan especulando, mientras lo primero en la escala de valores sea el capital (bienes “pasivos”) y no las personas, no podemos esperar el “milagro económico”; este sólo es posible por la aportación generosa de cada persona e institución. Poner todos nuestros “activos” (dinero, inteligencia, valores humanos, justicia social) en común es la solución.
4) No hacer las cosas para ganar medallas, ni dejarse embaucar por las glorias fáciles. El pueblo, que no es tonto, que no es tonto, “quisieron proclamarlo rey”. ¡Menuda bicoca! Con éste ya lo tenemos todo arreglado; cada vez que tengamos hambre nos socorrerá con un milagro. ¡Ya pueden ir cerrando las panaderías del país! Pero Jesús “se retiró”, rechazó la tentación del poder; podría haber aprovechado su gesto para hacer campaña electoral, pero no lo hizo. Tal vez nos esté diciendo que el auténtico rey debería ser el muchacho que puso los panes y peces. El Reino de Dios está allí donde se comparte se pone en común la vida.
5) Este signo es una catequesis eucarística. El gesto de Jesús al ofrecer el pan y los peces apunta a algo importante para todos: no desconectar la Eucaristía de la vida. La misa no es una celebración para situarnos una hora a la semana al margen de la vida, sino para poner la vida en el centro de nuestra atención. Una oración (fe) que no mueva a la acción (obras) no es propiamente cristiana. Jesús celebró la Cena Pascual, pero ese signo sólo adquirió sentido con su entrega. ¿No crees que hay mucha relación entre la misa y la vida?
¿Qué busco yo en Jesús? ¿Qué espero de la religión? ¿Para qué acudo cada domingo a misa? Seguramente acudimos, como aquella multitud, a “escuchar” a Jesús; o tal vez porque henos visto los signos que hace con los enfermos; hemos visto como algunos han sido curados de sus enfermedades o sus desesperanzas, y nos han dicho que han sanado por mediación divina. Pero ¿vienes sólo a recibir? Pobre de ti. ¿No has descubierto aún que, como dice la oración franciscana, “es dando como se recibe”? Aquella multitud recibió pan un día. Al día siguiente hubieron de buscarse el sustento. Jesús no les dejó instalarse en “la cultura de la subvención”; les enseñó que el futuro de los hombres y de los pueblos pasa por la justicia y la caridad, por poner en común unos bienes que son de todos. “¡Dadles vosotros de comer! Los grandes cambios, las grandes revoluciones, empiezan en el corazón de los hombres. Mientras nuestra despensa esté llena, ¿será digno pedir pan a Dios? Sin ambargo, cuando sigues la Palabra del Señor que te dice: Dale tus panes a la gente para que coma, "comerán y sobrará".
Casto Acedo. Julio 2012. paduamerida@gmail.com. 25376

miércoles, 11 de julio de 2012

Enviados a predicar (Domingo 15 de Julio)


En la última etapa de su vida Jesús se dedicó directamente a la predicación. Los milagros, las parábolas y los discursos que recogen los evangelios, están siempre en función de lo mismo: el anuncio de la paternidad de Dios y su Reino. Desde el principio Jesús fue un incomprendido, un “extraño” (extranjero) en su propia tierra: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿de dónde le viene esa sabiduría? Y se extraño de la falta de fe de sus paisanos (Mc 6,2-6). Pero no se desanimó, asumió el riesgo de ser diferente, de ser distinto en su forma de pensar y actuar. En una palabra: Jesús no se vendió, sino que mostró una libertad inusitada ante quienes querían adocenarle y asimilarle a la cultura y religión del ambiente.

Estar con Jesús y anunciarlo

Consciente de que su estar en el mundo era transitorio escogió un grupo de doce “para que estuvieran con él”, para que le conocieran más de cerca y aprendieran con él a ser distintos, para que se empaparan de su personalidad, y poder enviarlos luego a predicar (Mc 3,14) lo que habían visto y oído, lo que contemplaron sus ojos y palparon sus manos (cf 1 Jn 1, 1-4). Les educa para que luego ellos sean educadores (conductores). La formación de esos seguidores no será sólo teórica; tendrá también un componente práctico: ”llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas.” (Mc 6,7-8). En la elección y envío de los discípulos nos ofrece el evangelio un modelo de vida cristiana: hemos sido elegidos para “estar con Jesús”, para “vivir en Cristo”, para gozar la iglesia, los sacramentos y la oración; pero también “somos enviados” a testimoniar, “viviendo” el evangelio.

Y para el testimonio-predicación se nos dan instrucciones sobre el modo e inconvenientes a la hora de evangelizar:
-en comunidad: "de dos en dos", porque quien anuncia un mensaje de comunión no debe hacerlo en solitario, sino con y desde la comunidad.
-desde la pobreza y la sencillez, viajando ligero de equipaje, con sólo lo imprescindible para vivir (un bastón, sandalias y túnica), no sea que las “cosas materiales” oscurezcan y obstaculicen el mensaje;
-también se evangeliza desde el abandono en manos de aquellos a quienes se dirige el apóstol: “Quedaos en la casa donde entréis hasta que os vayáis de aquel sitio” (Mc 6,10), porque no basta el discurso para llegar a los hombres si a éste no le acompaña la comunión de vida con ellos;
- y el apóstol ha de ser consciente de que es posible el rechazo del evangelio, incluso violento; también ante esto da Jesús su consejo: “si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos” (Mc 6,11).El rechazo del evangelio es posible e incluso esperable, ya que forma parte de la vivencia misma del maestro, que “vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). La consigna de “sacudirse el polvo de los pies” viene a decir que la tarea del apóstol es anunciar el mensaje, pero la ausencia de frutos a causa del rechazo no desdice nada de su misión.

Creo que todos los sacerdotes y directores de espíritu han tenido que escuchar alguna vez en coloquio o confesión la queja amarga de padres que lloran el fracaso a la hora de transmitir a sus hijos la fe y la práctica religiosa. “Son buenos chicos, pero a pesar de nuestro ejemplo y de haber procurado darles una formación cristiana adecuada, nos parece que no lo hemos conseguido”. Muchos muestran cierto tono de culpabilidad al decir esto. Y yo les suelo decir que no hay motivos para sentirse culpable. “Uno es el que siembra y otro es el que siega” (Jn 4,37), la semilla se ha sembrado, ¿quién sabe qué cosecha habrá al final? De todos modos, cuando la palabra rebota y sólo encuentra cerrazón y rechazo, acordaos del consejo del Señor: “Si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos” (Mc 6,11). No es que debamos odiar a los que no escuchan ni acogen el mensaje, ¿cómo odiar a nuestros propios hijos?, pero sí debemos alejar de nosotros un sentimiento inmerecido de culpa que termina por hacernos dudar de la eficacia del evangelio dañándonos a nosotros mismos.

Anunciar con valentía la Verdad (parresía)

El rechazo del evangelio no es extraño a la historia de la salvación. La verdad duele y el que recibe la voz profética que denuncia sus injusticias e idolatrías no suele quedarse estoicamente en silencio sino que tiende a reaccionar de modo violento. ¿Quién no ha experimentado nunca el rechazo a causa de la predicación o vivencia de su fe cristiana? Ese rechazo más que motivo de desánimo, ha de ser acicate para, una vez discernido su genuino carácter de persecución por causa del evangelio -no toda crítica a los cristianos ha de ser leída necesariamente como persecución y rechazo- continuar con más empeño la tarea evangelizadora.
Jesús manda a los suyos, (a ti y a mí) a predicar y a sanar. Palabra y acción, verdad y amor. En junio de 2009 el papa Benedicto XVI dio a conocer su carta encíclica Veritas in caritate. Ahí exponía que la dinámica del amor exige no ocultar la verdad de Dios y del hombre: “Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. … Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo”. (nº, 3). Como apóstoles somos envidados a anunciar el amor de Dios, que va más allá de los sentimientos. Ese amor, tal como lo vemos en las Sagradas Escrituras, se expresa unas veces con la dulzura del Padre que alienta el ánimo de sus hijos, y otras con la dureza de quien reprende. En este segundo caso nos cuesta más aceptar la verdad, porque pone al descubierto nuestro pecado.

En los días que vivimos, tiempos de relativismo e individualismo donde cada uno se percibe como centro del universo, se hace más difícil el anuncio y la misma escucha de la denuncia profética. Pero ello no debe impedirnos seguir practicando el profetismo exigente. La caridad pide que miremos al prójimo y al mundo desde la verdad y que no les ocultemos la verdad que no deja de ser tal porque no quiera escucharse. ¿Cómo nos curaremos si no hacemos diagnóstico de nuestros males? ¿Cómo liberarnos de las mentiras que nos atan si no las ponemos al descubierto? Y esto sabemos que crea conflictos y da lugar a persecuciones. El profeta que denuncia la falsedad y la injusticia será invitado, como lo fue Amós, a exponer su profecía en otro sitio donde su voz no sea tan molesta (Am 7,12-15).
Nuestro modelo de apóstol y profeta es Jesús. Él vivió un amor al hombre sin concesiones a la mentira. Habló con “valentía” (parresía) la verdad; “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37). La Eucaristía dominical es la fiesta de los inconformistas, ese momento de la semana en el que nos ponemos en el regazo de Dios dejándonos serenar e interpelar por su voz profética. Aquí tomamos fuerzas, para descansar de la misión, y para salir luego a la calle a seguir dando el testimonio sencillo del Reino. Sin miedos, sabiendo que la fricción, el choque de mentalidad, y la consiguiente incomprensión-persecución, es esencial en la vida del apóstol. Como Jesús fue acogido, así serán acogidos los suyos, y como fue rechazado, también lo serán los suyos: “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán”. (Jn15,20).
 
C. Acedo. Julio 2012. paduamerida@gmail.com.  24581

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...