martes, 19 de marzo de 2019

San José (19 de Marzo)

Hace ahora 25 años, Don Oswaldo Ordoñez (DEP),  en aquel momento párroco de Calamonte, donde ejercía el ministerio junto con su hermano Néstor, me pidió que predicara en el día de la fiesta patronal de san José. Y rebuscando qué decir de este santo en este blog, se me ocurre la idea de transcribir la homilía que hice en la ocasión. Por si nos sirve de reflexión en el día de san José, aquí va. Y de paso felicidades a los que celebran hoy su onomástica, a los seminarios que celebran su día, a las demás instituciones que están bajo la advocación de san José, ... y a toda la Iglesia por tener un patrón tan discreto.
 
  

HOMILIA PARA LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSE
 CALAMONTE (Badajoz)
19 de Marzo de 1996

Queridos hermanos:

Invitado por vuestro párroco, D. Oswaldo, me encuentro aquí compartiendo con vosotros el pan de la Palabra y la Eucaristía en este día tan importante para la comunidad cristiana de Calamonte.
 
Y aquí estamos, reunidos en torno a la mesa común, una mesa que siempre preside nuestro señor Jesucristo, pero que en el día de hoy tiene un invitado especial: san José. Su presencia queda patente en su imagen, pero donde se muestra de forma más patente es en la devoción que profesáis al santo. Los cristianos adoramos a un solo Dios, al Dios trinitario, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero ese culto de adoración no nos impide darle gloria recordando y venerando las maravillas que ha hecho en medio de su pueblo. Y una de esas maravillas ha sido el seguirse manifestando a nosotros por medio de hombres santos que han dado testimonio de Dios con su vida.

Los santos, y entre ellos la Virgen Santísima y  san José, son para nosotros motivo de alegría y de esperanza, porque en ellos contemplamos la obra de Dios, lo que Dios ha obrado en medio de nosotros. Hoy, la Iglesia entera, y de una forma particular el pueblo de Calamonte, venera a san José. Tenéis el orgullo de tener por patrón al patrón de la Iglesia, al hombre al que Dios confió los primeros misterios de la salvación de los hombres (Oración colecta)

Patrono de la Iglesia

La oración de la misa nos ha dado la primera clave para comprender bien nuestra devoción a la persona de san José: ...haz que por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora.  Ser devoto de san José es continuar su tarea, la tarea de mantener viva la fe en Jesús, el Hijo de Dios, y de entregar esa fe a todos los hombres para su salvación.
 
Nuestro Dios se ha ido revelando a los hombres a lo largo de la historia. La Palabra de Dios en la Biblia recoge la historia de la acción de Dios dirigida a un pueblo y unos hombres concretos: Abrahán, Moisés, los profetas, María... A su vez, la respuesta de estos hombres a Dios, su fe, sus buenas obras, se han hecho también revelación para nosotros. Dios no habla solo con Palabras, sino también con hechos. Los grandes hombres de la Biblia, su actuación, también son palabra de Dios, evangelio, buena noticia. El cúlmen de esta revelación, su plenitud, se nos dió en Jesucristo: reflejo de la gloria del Padre. Palabra y vida se han fundido en Él. Cristo es la Palabra hecha carne, Dios dentro de la historia.
 
A san José, hombre de fe, conocedor de las Escrituras, lo elige Dios para ser un fiel custodio del misterio de Cristo. Y, no sin dificultades, aceptó el encargo, la misión de facilitar la salvación de Dios a la humanidad .
 
Hoy la Iglesia tiene esa misma misión. Y al hablar de Iglesia, no quiero que penséis en el clero, en la jerarquía. Pensemos hoy en la Iglesia de Calamonte, en su comunidad cristiana. Hemos recibido una tradición. Y esa tradición no son unos ritos, ni unas prácticas rutinarias de fe. Una tradición es un hilo de vida, unos valores humanos (solidaridad, bondad, honradez, espíritu de sacrificio, etc.) y divinos (una fe viva y una esperanza ardiente en el Misterio de Dios), que se transmite de padres a hijos, de generación en generación.
 
La devoción a san José  es una tradición propia de esta comunidad. Y os toca ser garantes y fieles conservadores y transmisores de ella.  Ser devotos de san José es un gran privilegio, pero también un compromiso: imitar sus virtudes, procurar vivir en la fe como vivió él, dejarse arrastrar por el amor de Dios como él hizo. Mantener la celebración externa, la apariencia, sólo será posible si ésta responde a una interiorización de los mismos valores que vivió nuestro santo.
 
¿Cuáles son los valores concretos que sobresalen en san José?  La Palabra de Dios no nos dice gran cosa sobre Él. O mejor, nos dice mucho, pero con pocas palabras: “José...que era bueno”. De Jesús se decía: “todo lo ha hecho bien”. De José, su padre, que “era un hombre bueno”. Y, hermanos, la bondad es el mayor de los valores a los que uno puede aspirar. Ser bueno es ser santo. En estas palabras del evangelio, san Mateo está canonizando al esposo de María. Era bueno a los ojos de los hombres, y bueno a los ojos de Dios. Su santidad-bondad se nos manifiesta en sus virtudes. Comentemos algunas de ellas.

La virtud de la fe.

En la segunda lectura de la litúrgia de hoy san Pablo nos dice de Abrahám: No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para  Abraham y su descendencia  la promesa de heredar el mundo. (Rm  4) Estas mismas palabras las podemos aplicar a José. Dios llamó a Abraham para una misión, también a san José . A ambos se les pidió confiar, creer, abandonar  sus  propios proyectos y abrazar los de Dios. Dios los eligió, los apartó, para ser santos.  Y ambos se lanzaron a vivir las pruebas de la fe, crucificando la razón, poniendo el amor a Dios sobre todas las demás cosas.
 
También a nosotros nos ha llamado Dios. También nos ha elegido por el bautismo «para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor».  También a mí y a ti, nos ha elegido el Señor, y nos ha traído esta mañana de san José a este lugar para aumentar nuestra fe y edificar nuestra vida con la contemplación de su obra: la obra que Dios hace en san José.
 
Es el Señor quien nos convoca. Nosotros solos no habríamos podido venir. Estaríamos mejor en casa, descansando, reponiendo fuerzas para seguir la fiesta... Hay que dar gracias a Dios, porque es el que llama, pero también,.  junto con la llamada, da la fuerza para responder.  Como todo depende de la fe, todo es gracia .(Rm 4) Lo mismo hizo con san José. Le llamó para una delicada tarea, para una paternidad un tanto irregular, y él aceptó fortalecido por la gracia que le vino por  la fe. Por eso estamos de fiesta; porque Dios se fijó en san José y lo bendijo.

Obediencia.

La fe es un don de Dios, una llamada que pide una respuesta: la obediencia. Dios no se entromete en la vida del hombre sin su permiso. Tal vez pensemos que José fue un «pobre hombre» al que Dios le fastidió sus planes, una víctima de la elección de Dios, uno al que le tocó el papel del feo de la fiesta.  Pensar así es minusvalorar a Dios, o, peor aún, entender a Dios como enemigo nuestro. Y Dios no es así. Él no viene a robarnos la vida, sino a dárnosla, a planificárnosla. Dios no destruye en nosotros lo humano, sino que lo potencia.
 
José podría haber actuado denunciando a María, y dejándo que fuera condenada a muerte. Si así lo hubiera hecho sus paisanos le hubieran considerado un hombre de honor amante de las leyes. Sin embargo, respetó el misterio, creyó la Palabra que le anunció que lo que llevaba María en su seno era cosa de Dios y aceptó el compromiso. Su respuesta estuvo preñada de amor a Dios y, cómo no, de amor a María.  Obró valientemente. Pudo más en él el amor que el odio, la fidelidad interna que la «honra externa».
 
 Tal vez habría lavado su honra con la denuncia de María y su posterior condena a morir apedreada; hubiera blanqueado la fachada, pero prefirió mantener limpia la copa por dentro, aunque por fuera se le tildara de «deshonrado». Dios no le arrancó su humanidad, sino que lo hizo «más humano» en el más amplio sentido de la palabra: más sensible a su dimensión espiritual, más sensible a la situación un tanto embarazosa de María. Amó a María repetándola sin pedir nada a cambio. Hubo de crucificar su razón,  y hubo de pasar por alto el “miedo al qué dirán”  para dar paso a la obediencia de la fe.
 
Jesús, en un momento de su vida pública dijo : “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado”. En la prueba de la pasión repetirá: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Esa obediencia sin condiciones a los deseos del Padre fueron también una realidad en san José. 
 
La fe gigantesca de José,  y su obediencia a la voluntad de Dios, son, sin duda, sus mayores virtudes. Desde ella hay que entender su vida y los motivos de su patronazgo sobre la Iglesia.
 
Padre y esposo.  
 
Sólo desde la fe podemos entender la paternidad de san José. Elegido por Dios para “aparecer’ como padre de un niño que sabe que no es obra suya. Renunciar a la “bendición”  que suponía para un buen judío de su tiempo, tener una descendencia propia. Aceptar en su casa a una mujer sobre la que pesaba la sospecha de la deshonra. Al aceptar a María, José adquirió una responsabilidad tremenda.

¡Por amor a Dios! -podemos decir. También por amor a María. No se comprendería el uno sin el otro. El amor a Dios no quita el amor a la esposa. José amó respetando el misterio en su esposa. ¡Qué ejemplo para nuestros matrimonios! Amar sabiendo respetar la identidad y originalidad del otro.
 
Como pareja matrimonial un tanto irregular, José y María, son todo un ejemplo a seguir. Esposo-esposa, y Dios en medio. Jesús, el Hijo, que podría haber sido motivo de discordia, por sus orígenes no muy claros, se convierte en motivo de unión, en semilla de amor fecundo.
 
Poner a Dios-en-medio (Dios-con-nosotros) es garantía de fidelidad, de entrega, de proyecto común que no se encierra en las cuatro paredes de una casa, sino que se proyecta hacia metas insospechadas. José es modelo de fidelidad a Dios, y esa fidelidad se manifiesta también en la fidelidad a su compromiso matrimonial vivido con renuncias y sacrificios.
 
Con respecto a Jesús, José debió tener la actitud que a menudo echamos de menos en las relaciones padre-hijo. Él tuvo conciencia de que los hijos no son propiedad de sus padres. A ellos solo les incumbe la tarea de educarlos. Los hijos son de Dios. Son hijos de la libertad. Por eso, tanto ahora, como en cualquier época, la tarea de educar es difícil. Educar para la libertad. Si Jesús se manifestó en su vida pública como el hombre libre por excelencia, san José puso en ello, sin duda, su granito de arena.
 
 
Trabajador.
 
Uno de los pocos detalles que nos desvela la escritura sobre san José es su condición de trabajador. A Jesús le llamaban “el hijo del Carpintero de Nazaret”. El trabajo del santo era, por tanto, un trabajo manual. Por ello es también patrono de los obreros.
 
Su fe no le impidió realizar su trabajo, al contrario, le dió un sentido.  Para un cristiano, para un devoto de san José, el trabajo manual no es un signo de maldición divina. Nuestra fe no dió sus primeros pasos en una familia de aristócratas, sino en una familia de obreros, de pequeños artesanos.  Para José y Jesús de Nazaret, el trabajar con sus manos no sólo fue una necesidad por tener que  ganarse el sustento diario, también fue un medio de santificación. Trabajar es colaborar con el Padre en la obra de la creación. El trabajo bien hecho me santifica y santifica al mundo. Y en esto, san José nos da también un ejemplo. “Un hombre justo”, un “hombre trabajador”.
 
Por ello, privar a un hombre de la posibilidad de un trabajo con que mantener dignamente a su familia y realizarse como ser humano útil a la comunidad, es algo cristianamente inaceptable. No se puede ser devoto de san José sin valorar la dignidad del trabajo ni el derecho de todo hombre tiene a este medio de realización personal y plenitud de vida. El título de “obrero” dado a san José por el pueblo cristiano es una invitación apremiante a reconocer el derecho al trabajo y la obligación de trabajar.
 
Ser santo no es sentarse a mirar la inmensidad del cielo esperando que Dios venga a recogernos. Ser santo es tener los pies bien puestos en la tierra, construir aquí abajo el Reino de Dios con la esperanza de que un día se vea cumplido plenamente.
 
Y hay una pregunta que los creyentes que más asiduamente pisamos la Iglesia deberíamos hacernos: ¿porqué el mundo obrero se aleja de ella? San José era obrero.

Conclusión.

Hoy estamos de fiesta. Damos gloria a Dios por el testimonio que san José es para todos nosotros. Somos sus devotos. No olvidemos que esa devoción nos obliga a seguir el camino de las virtudes señaladas por él.

Tampoco olvidemos que la fiesta tiene que crear entre todos los calamonteños, como entre todos los hombres,  un sentido de unidad y fraternidad por encima de ideologías y formas de entender la vida. La fe en el mismo Dios en quien creyó san José nos une por encima de cualquier otra cosa.

Demos gracias a Dios y a san José, y continuemos la celebración eucarística con devoción. ¡Que la protección de san José esté siempre con nosotros!. 
 
Casto Acedo. Calamonte, 1996





sábado, 2 de febrero de 2019

Presentar los niños a Dios (2 de Febrero)

 
Reintroduzco en el blog la entrada que ya existe de fecha 2 de Febrero de 2013. Tal vez interese de cara a reflexionar y celebrar este día de la Presentación del Señor.

UNA REFLEXION
 
 
El día 2 de Febrero, con motivo de la celebración de la fiesta de la Presentación del Señor (cuarenta días después del Nacimiento), está progresando la buena costumbre, cada vez más arraigada entre los fieles, de presentar al Señor a todos los niños bautizados en el último año.

Presentar los niños
 
No vendría mal que consideremos brevemente el significado cristiano de esa “ofrenda”; porque ofrecer los niños a Dios no es un acto baladí sino que, bien entendido, tiene un hondo calado religioso. La palabra “presentar” tiene diversas acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española, y hay algunas de ellas que pueden servirnos para entender la significación de lo que hacemos al llevar a los niños a la Iglesia y presentarlos al Señor.


 Presentar, según el diccionario, es “hacer manifestación de algo, ponerlo en la presencia de alguien”, “dar gratuita y voluntariamente algo a alguien”, “ofrecer, dar”, proponer a alguien para una dignidad, oficio o cargo”, “introducir a alguien en la casa o en el trato de otra persona, a veces recomendándole personalmente”, “ofrecerse voluntariamente a la disposición de alguien para un fin”, “dar el nombre de una persona a otra en presencia de ambas para que se conozcan”, “comparecer ante un jefe o autoridad de quien se depende”. ¿Qué significa, pues, “presentar los niños al Señor”?. Podemos releer las definiciones situando como interlocutor de la presentación a Dios y tendremos una respuesta bastante acertada.
 
Presentar un hijo ante el Señor es llevarlo a su presencia de una manera ritual, pero a una cultura como la nuestra que valora en tan poco lo simbólico, hay que recordarles a los  padres que con ese acto se comprometen a esforzarse para que ese niño o niña vaya acercándose a Dios; se trata, en definitiva, de dar a Dios gratuitamente lo que gratuitamente se ha recibido: nuestro hijo.
 
Presentarlo a Dios es proponer a Dios que le de éxito en su vida, que ocupe en el mundo el lugar que más le dignifique (que no quiere decir el cargo de más poder y prestigio humano, sino el que más le convenga para ser feliz); presentar un hijo al Señor es mostrar interés por introducirlo en el trato con Él por la oración y la escucha de su Palabra; es ofrecernos nosotros mismos para la tarea de acercar a Dios a ese niño; es pronunciar el nombre de mi hijo ante Dios para dárselo a conocer; finalmente, presentar un niño al Señor es comparecer ante Dios sabiendo que tanto la vida del hijo como la propia dependen de él, aspirar a que las cosas no sean como nosotros queremos que sean, sino como Dios las quiere. Tener esto claro es ser un hombre de fe.

 ¿Hacia quienes llevamos a nuestros hijos?

 A lo largo de su infancia le presentamos al niño a muchas personas, buscando lógicamente que el niño capte algo de ellas; normalmente se trata de personas, reales o mediáticas, que son modelo de éxito en la vida según el criterio de los padres. ¿Ante quienes llevamos a nuestros hijos?, ¿a quienes le ponemos delante?, ¿a quienes les ofrecemos como modelos a seguir? Futbolistas, músicos, actores, deportistas, etc. suelen ser idolatrados por nuestros jóvenes. La catequesis mediática (publicidad en TV, internet, radio, prensa escrita, etc) va en esta línea, y las horas dedicadas por los niños a esos medios son abundantes. Nuestros hijos se empapan diariamente de basura televisiva, especialmente los fines de semana, puentes y vacaciones; y además viven entre semana el agobio de las horas extras de kárate, inglés, música, fútbol, teatro, etc. “Es que al niño le gusta”, solemos decir.
 
 


A un niño le puede gustar una cosa u otra, pero los gustos de un niño son muy manipulables, y en la elección de esas actividades extraordinarias de formación me temo que más que los gustos del niño pesan las frustraciones personales de sus progenitores. El padre quiso ser músico y no pudo o no supo, ¡que lo sea mi hijo!, el padre quisiera haber sido un futbolista de renombre, y no pudo, ¡que lo sea mi hijo! … ¿Qué ocurriría si, por un error del destino, poco inclinado a lo religioso, al niño le diera por decir que quiere ser sacerdote, o misionero, o monje de clausura; o que quiere ir a misa?
 
 
Por lo general los gustos del niño en este tema no cuentan, porque, tal como está el panorama, a los padres no les gusta ese camino. Basta ver cómo acercan a sus hijos a la catequesis de Primera Comunión con un enfoque más consumista que religioso, más por costumbre que por convencimiento. Hay que estar ciego para no verlo. Aquí sí que se deja libertad al niño: “Bueno, cuando sea mayor que decida si quiere ir a la Iglesia o no”. Porque eso lo debe elegir el niño -dicen los padres- aunque en el resto de temas solemos decidir los mayores. En el fondo no se hace sino justificar en el niño su propia indiferencia religiosa. El valor dado a la fe es mínimo, y como tal lo perciben los niños.

 No nos vendría mal, en la fiesta de la Presentación del Señor, considerar seriamente qué significa presentar los niños al Señor, que no es otra cosa que hacer pública una opción que ya se hizo en el bautismo: renovar el compromiso de educar a los hijos en la fe. En el día de su bautismo, como en este día los niños fueron presentamos al Señor; pero no termina ahí el compromiso de los padres y padrinos cristianos cuando éstos lo son de veras; ahora toca hacer presente al Señor en la vida y en la inteligencia de ese niño que se presenta; enseñar al niño a leer los hechos desde el evangelio y a vivir en presencia del Señor.

¿Cómo hacerlo? Primeramente procurando los padres y padrinos una vida de presencia de Dios; ser y procurar ser cada vez más personas de fe. En las parroquias percibimos un gran abismo que sufren los niños a la hora de recibir catequesis. Salvo honrosas excepciones se les está proponiendo a los niños como modelo a los ídolos de este mundo, a los “personajes” de éxito fácil y enriquecimiento súbito; ¡ah, si yo tuviera esa suerte!

Los niños, en su ingenuidad, siguen las pautas que los mayores les dan, y cada vez son más los niños que no hacen nada si no es a cambio de algo. El dios-dinero va ganando terreno. ¿Cómo van a entender el mensaje de Jesús de Nazaret que les habla de paciencia, renuncia, generosidad, perdón al enemigo, etc.? A la hora de verdad ¿qué dios presentamos a los niños?: ¿al Dios de Jesucristo o al dios de la buena fortuna que me procure el éxito personal a costa de quien sea, o al que me seduce con sus anuncios consumistas? 

En la Iglesia en los últimos decenios se está hablando de Nueva Evangelización. Evangelizar no es enseñar una doctrina. De doctrinas está el mundo desbordado, y no hablo solo de doctrinas religiosas, también laicas. Basta ver cómo incluso en los centros educativos donde las clases de religión y los actos religiosos no son bien recibidos, las catequesis de “halloween” (que nadie sabe qué significa) o de carnaval (¡vive y no te preocupes de más!) son acogidas con un entusiasmo digno del sinsentido nihilista de la posmodernidad.

Más o menos conscientemente enseñamos a los niños la doctrina del “no hay verdad, hay vida; hay que vivir que son tres días”. Hay algo, no obstante, que estas celebraciones enseñan a los que andamos en religión: su vitalidad, su manera de conectar con el interés de la gente. Bien es cierto que los medios de comunicación ayudan a ello con su publicidad directa o indirecta, pero queda claro que la reacción popular y el éxito no está en la doctrina inexistente en las citadas fiestas: ¿qué enseña halloween en un mundo “desencantado” (desespiritualizado)? ¿qué sentido tiene el carnaval en un mundo de hedonismo y consumismo constantemente? La clave está en la vida. Falsa o verdadera vida, pero vida. ¿Tienen vida nuestras catequesis? ¿Rebasan el nivel doctrinal y llegan a tocar la fibra humana y social? ¿Sigue siendo el evangelio motor de transformación para bien?


Hablar de Dios a los hijos 

 En la fiesta de la presentación del Señor, cuando ponemos a nuestros hijos ante Dios, deberíamos tener en cuenta qué modelos de vida (personal y social) les vamos a ofrecer. Muchos de los que participan en el acto de ofrecer a su hijo en este día al Señor lo harán, como ocurrió con el bautismo, por pura costumbre. Tal vez por superstición, pensando que Dios quiere más a unos niños que a otros y ganarse así su atención sobre el suyo.

La fe es un don de Dios, ciertamente, pero toca a cada uno cultivarla y hacerla germinar en su vida; es como los hijos, son don de Dios, y quien piense lo contrario verá con los años que se equivocaba; a los padres y a la Comunidad Cristiana nos toca cultivar esas vidas y hacerlas germinar en personas alegres y responsables, miembros felices de una comunidad y una sociedad edificada según el modelo de Jesús: libre, unida y esperanzada.  

Para terminar, perdonad mi reiteración: no olvidemos que presentar a los niños al Señor es comprometerse en hacer presente al Señor en la vida de los niños. Hablar de Dios a los hijos. ¿Teoría? No, práctica. Si ayudas a tu hijo a leer su vida en clave evangélica le habrás dado el regalo más grande que un padre puede dar. Le habrás enseñado a vivir centrado en la realidad de su ser, abierto a los otros, inmune a los engaños de los falsos dioses, agradecido de todo lo que tiene, feliz de vivir. Será un buen hijo, insumiso a la violencia y al mal, leal en sus compromisos. Será, en definitiva, un fiel seguidor de Jesús de Nazaret, modelo de excelencia espiritual y moral para un tiempo más amante de ídolos que de profetas.
Reza conmigo:
 
"En tus manos, Señor, pongo a  mi hijo (hija) N.
Tú me lo (la) diste
y ahora lo/la presento y te lo (la) ofrezco a ti.
 
Sé lo que me gustaría para él (ella):
una vida feliz y saludable;
pero ¿cómo poder darle eso?
Ven en ayuda mi ignorancia y debilidad.
 
Dame paciencia para educarlo (educarla) bien.
Que te conozcan Ti como sú único Dios,
el Dios de la vida y el amor,
el Dios de la libertad y la felicidad,
el Dios de la verdad y la vida.
En tus manos pongo a mi hijo/hija
sabiendo que no quedaré defraudado (defraudada).
Amén.
 
Casto Acedo Gómez. paduamerida@gmail.com. Febrero 2019
 




Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...