viernes, 20 de marzo de 2020

Todo irá bien (22 de Marzo)

Reflexión sobre la epidemia del covid-19 a partir del Evangelio del quinto domingo de Cuaresma, curación del ciego de nacimiento (Jn 9)

El relato de la curación del ciego de nacimiento es el relato de una visión,  ejemplo emblemático de una ceguera que es sanada, pasando así de un “modo oscuro” de ver a una “visión clara” de la realidad. 

 Algo similar  estamos necesitando estos días, una conversión, un giro que nos ayude a vivir como un tiempo de gracia lo que sólo percibimos como tiempo de desolación.

Se puede vivir la vida desde dos puntos de vista distintos, aunque no totalmente diferenciados: con los ojos abiertos a la realidad, o negándonos a verla.  Ya se sabe: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Ésta ceguera autoimpuesta, la mayoría de las veces fruto de la manipulación o la ignorancia, es la más difícil de curar, porque la tela del engaño  que cubre los ojos se confunde interesadamente con la verdad.

Y es que la vida es como un juego de claroscuros, un espacio en el que la luz y la oscuridad, el amor y el odio, la vida y la muerte, sabiéndose mutuamente incompatibles, luchan por imponerse.  En este juego de sombras y de luces en que vivimos personal y socialmente, donde el pecado y la gracia, la luz y las tinieblas, habitan y a veces parecen fundirse, los acontecimientos nos invitan  a discernir.

Con la aparición del  contagio del coronavirus y el decreto del estado de alarma que en mayor o menor grado nos está afectando a todos, estamos viviendo la experiencia del enfrentamiento entre la luz y las tinieblas, opuestos que por definición no caben en un mismo espacio.

Estamos en lucha; una batalla cuyos partes de guerra no se plasman sólo en  estadísticas de diagnósticos, ingresos y altas hospitalarias, o decesos, sino también en situaciones dolorosas y ejemplos heroicos que nos mantienen firmes y en esperanza. Es esta una lucha física y estratégica contra la enfermedad, pero también una batalla emocional y espiritual contra todo aquello que amenaza nuestra estabilidad psíquica y nuestra fe. 
  
Por todos los medios llegan noticias, unas trágicas, otras esperanzadoras, la mayoría inciertas, muy luminosas pocas. Atravesamos un valle oscuro, una pandemia que nos ha venido por sorpresa, como nubarrones de tormenta en días diáfanos y soleados. La muerte, la enfermedad, el temor al contagio por el covid-19, se perciben como negra sombra que se abate sobre nosotros. Ciudad, pueblo, barrio, familia, trabajo, convicciones, economía, prácticas religiosas, etc., todo parece estar en peligro.

Muchas de las cosas materiales y espirituales que teníamos hábilmente encajadas en el puzzle de nuestra vida se van descolocando con los acontecimientos. Y con ello entra en crisis la fe en un sentido amplio: fe en la capacidad y eficacia de la ciencia, fe en la  fortaleza de las personas, de las instituciones sociales y políticas, fe en la posibilidad humana para afrontar comunitariamente el problema, y fe en Dios.

Ocupémonos de esta última crisis, la de la fe religiosa, aunque los otros campos no son ajenos a la misma.


¿DONDE ESTA DIOS?
¿DONDE ESTAMOS NOSOTROS?

Una pregunta necesaria: ¿Dónde está Dios en todo esto? Acostumbrados a la fe luminosa de la resurrección toca encajar ahora la fe incierta de la pasión. ¿Qué sentido tiene el sufrimiento de un pueblo? ¿Dónde está el Dios Padre que nos ama? Es el grito en forma de pregunta  que  Jesús lanzó desde su Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,45).

¿Nos introduce Dios en la oscuridad para abandonarnos en ella? Las Sagradas Escrituras nos dan a entender que Dios no abandonó a su Hijo en la Cruz, que el mismo sentimiento de ausencia está preñado de presencia; un estar del Padre en el Hijo que mostrará su potencial en la resurrección.

 Aunque no lo veamos, en la cruz el Padre sigue amando, acariciando en el dolor, como madre junto al hijo enfermo: "todo irá bien". Pero a esa fe sólo se llega atravesando la noche, como llegó Abrahán subiendo con su hijo Isaac al monte Moria. Dios proveerá. "Todo irá bien" (Gn 22). 

Dios no ha dado la espalda a su pueblo, ni lo ha desterrado al reino de las tinieblas. ¿No habremos sido nosotros, con la torpeza que da la prepotencia, los que a ciegas y faltos de la debida luz nos hemos ido adentrando en tierras de oscuridad?  

No hay peor ceguera que la de quien no quiere ver. Hay que ser ciego para no ver que hemos elegido un modo de vivir donde, con mayor o menor intensidad, se genera sino el coronavirus al menos las condiciones propicias para su expansión. Damos alegremente la espalda al anciano, al emigrante, al débil,  y a muchas cuestiones y compromisos que, para no complicarnos la vida, nos esforzamos en situar lejos. ¿No resulta paradójico que el consejo para protegernos sea la distancia, cuando posiblemente sea la distancia la que nos ha enfermado?

Enrocados en nuestros egoísmos personales y sociales nos hemos hecho incapaces de ver la realidad que tenemos delante de la nariz. ¿Cómo no vemos la pandemia de odio que sigue expandiéndose en Siria? ¿Cuántas víctimas -muchas de ellas niños- han muerto en esa guerra? ¿Cómo suenan esas estadísticas en nuestras conciencias?  ¿Cómo es posible que no viéramos lo que ocurría en China o, más cerca, en Italia?¿Cómo no supimos ver hace sólo dos semanas, lo que ocurriría hoy en España? ¿Cómo no nos dimos cuenta de que los recortes en sanidad tarde o temprano pondrían en peligro la salud y la vida de los españoles? Tan listos como somos en tantas cosas, ¡qué torpes somos cuando no nos interesa ver!

Lo más fácil en todo esto es echar pelotas fuera: responsabilizar de todo a los políticos, a los empresarios, a los técnicos, a la suerte, o a Dios. Pero creo que la respuesta a la pregunta acerca de cómo hemos llegado hasta aquí tiene una respuesta muy simple: nos ha faltado “proximidad”, no hemos sentido a los hermanos chinos o italianos como “próximos” (prójimos). 

Es una tónica de nuestro tiempo, como una consigna, alejar el sufrimiento. Ni pensarlo queremos. ¡No me hable de la muerte, por favor! Incluso las víctimas del virus quedan en el anonimato, reducidas a un número variable. Conscientemente ocultamos todo lo que nos duele. Lo hacemos no dejándole siquiera un rinconcito en facebook o demás redes sociales;  recluimos lo feo y doloroso en hospitales, residencias para ancianos o personas con necesidades especiales, en clínicas abortistas, centros de menores, cárceles, etc. Aún más: hemos hecho de la desgracia cosa de parias, de desgraciados que no tienen cabida entre nosotros y que sólo merecen nuestra lástima. La sociedad del triunfo no admite perdedores. ¿No es vergonzoso que haya quien, por miedo al rechazo, oculte la enfermedad?

Al cerrar los ojos a la realidad, nos hemos convencido de que el sufrimiento del otro no tiene nada que ver conmigo; y a fuerza de negarla, la misma realidad se ha vuelto enemiga. Cuando la oscuridad aparece y miramos para otro lado no hacemos sino aumentarla; al final los hechos son tozudos y suelen seguir su marcha sin que lo remedien nuestras omisiones. La injusticia arraiga con fuerza donde encuentra un silencio cómplice. Tal vez la “gran sombra” del coronavirus no sea más que la suma de muchas otras sombras a las que no le dimos importancia.



¿HEMOS OLVIDADO A DIOS?
La primera lección que nos da el problema en que estamos es que nos hemos olvidado de los pobres, o en un lenguaje más propio de profetas: nos hemos olvidado de Dios (Am 2,4-6; Jr, 8,15). Sí, de Dios. Los profetas, cuando denuncian las injusticias que los poderes del momento cometen contra los pobres, no lo hacen con intenciones políticas, sino teológicas. 

El gran pecado no es la injusticia, sino el olvido de Dios, que conduce a ella. La vuelta a Dios es para los profetas el cimiento de cualquier mejora. Sin el “pegamento” que es Dios los profetas bíblicos ven difícil la restauración de un orden justo que  fundamente al pueblo en la unidad respetando la diversidad, es decir, un orden democrático (unidad del pueblo) y plural.

En nuestra sociedad secular se suele decir que Dios no existe, se niega su “existencia”; pero la verdadera gravedad está en olvidar su esencia, el “ser de Dios”. El olvido de Dios no esta en el hecho de que los templos estén vacíos, sino esencialmente en el hecho de haberlo expulsado del corazón del hombre y de la sociedad. 

Son muchas las personas que no quieren saber nada del “Ser” que les confiere unidad, y pretenden sustituirlo por cosas que no tienen la suficiente consistencia para mantener el esqueleto de la vida personal y comunitaria. Así, cuando llegan situaciones límites, apelamos a la solidaridad de un pueblo disperso cuyo referente esencial de unidad (todos hijos de un mismo padre, todos en Uno)  se niega. ¿Dónde encontrar la unidad? ¿En las ideas? Ya vemos cómo cada uno tiene las suyas. ¿En los sentimentalismos? No deja de ser un parche oportunista. ¿En los proyectos políticos? Más de lo mismo. ¿En la territorialidad? Más división. ¿No habrá algo que nos una? ¿Dónde hallar el Espíritu de la unidad?

La respuesta a las cuestiones fundamentales,  cuando sólo vemos división,  multiplicidad y dispersión en todo, sólo se puede dar contemplando lo que vemos  con una mirada distinta, más elevada,  una visión desde Aquel en quien “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,8). 

Desde la mirada de Dios (contemplándonos y contemplando el mundo desde Él) observaremos que en las tinieblas del egoísmo brilla la luz de su amor. "Todo irá bien". Esa mirada y consuelo de Dios-Madre la hallamos en quienes están ofreciendo su servicio a favor de los damnificados por el virus.  Esa luz de amor no dimana del discurso intelectual, político o religioso. Los discursos -y éste mismo escrito como tal-  pueden ofrecer pistas para acercarse a la luz, pero, propiamente, la luz sólo puede venir de la vida, de la acción concreta, del amor que se compadece.

A quienes tocando suelo se preguntan dónde está Dios en esta oscuridad,  hay que decirles que está ahí, enfundando la bata, paliando la fiebre, consolando al enfermo, manteniendo vivos los engranajes de la sociedad del bienestar para que no falte lo necesario. 

A los que hacen de los problemas sólo un juego de palabras, y desde su “racionalidad fanática” se hacen la pregunta acerca de qué hace Dios para sanar esto, es de rigor responderle: ¡Claro que Dios hace algo!,  te ha hecho a ti. ¿a qué esperas? Tú puedes ser luz de Dios. ¿O vas a quedarte ahí, toda tu vida en tinieblas, ciego, como los fariseos, que como dicen que ven, no logran salir de las tinieblas? (cf Jn 9,40). 

A pesar de nuestra posible culpa, hay que decir que el Padre sigue estando con nosotros. Dios no abandona a sus hijos. Los acontecimientos que estamos viviendo, los podemos leer como  barro ungido por la saliva de Jesús que, untado en nuestros ojos ciegos, nos permite ahondar en la oscuridad en que vivimos y nos mueve a lavarnos para ver y cambiar la realidad: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé" (Jn 9,7). Dice Jesús: “He venido para abrir un proceso; para que los que no ven, vean, y los que ven queden ciegos” (Jn 9,39). Primer paso para abrir nuestros ojos a la luz de una vida nueva: creer con el Maestro que "todo irá bien".  

En una lectura creyente de los acontecimientos que vivimos, podríamos aprender mucho acerca de nosotros mismos y acerca de Dios. En la segunda carta de san Pedro se dice, aludiendo a los tiempos escatológicos (capítulo 3), que “cuando todo está a punto de derrumbarse” la pregunta pertinente debe ser  “qué clase de personas deberíais ser”. Y el mismo texto responde que deberíamos ser personas que ante todo miráramos la paciencia y misericordia que Dios tiene con  nosotros, de donde se induce que esa misma compasión de Dios por su pueblo nos debería mover a la práctica de la misericordia,  mientras esperamos de su gracia  “un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habite la justicia”.





TODO IRÁ BIEN

Muchas personas buscan una luz que les ayude a encajar  lo que está pasando. Hace unos días me decía una persona que viendo las calles vacías y el silencio que se palpa, le daba la impresión de estar viviendo en la irrealidad. Y yo creo que no es así, sino que se nos está dando la oportunidad de ver la realidad que se esconde tras la celeridad de la vida. 

La multiplicidad de actividades que agobian cuerpo, mente y espíritu, no nos deja ver la unidad que las sostiene. En el trasfondo de nuestras prisas y ruidos está la quietud y el silencio. La multitud de cosas que nos ocupan sólo encuentra solidez en la unidad que somos. También esto lo podemos aprender estos días. Cuando la exterioridad nos abandona nos queda el tesoro de vida que tenemos dentro. 

Acostumbrados a vivir hacia fuera nos cuesta estar con nosotros mismos. A la pregunta sobre qué está pasando, siempre le sigue otra: y yo ¿qué pinto en esto? 

A esta pregunta se le pueden dar respuestas de fe y respuestas de razón. Y ambas son totalmente necesarias y complementarias. La fe no es irracional; tampoco la razón es por definición negadora de la fe. Nuestro mundo ha generado una tremenda confusión al oponer fe y razón, como si la fe fuera irracional y la razón el único consuelo de la persona; lo contrario de la razón no es la fe sino la irracionalidad, y lo opuesto a la fe no es la razón sino la increencia.

Ambas, fe y razón, pueden entenderse perfectamente cuando convergen en un tercer elemento: la vida, al servicio de la cual están. En estos días de oscurecimiento, tal vez nos vendría bien no olvidar que lo importante no son nuestras ideas y creencias sino la vida que tenemos entre manos. Esta es la prioridad, este el punto de encuentro con Dios y con los no-creyentes. Se necesita en estos momentos echar mano de la razón científica, filosófica y política; pero no menos de la fe. Eso sí, se mire como se mire, desde la fe o desde la razón,  lo que no debe fallarnos es el culto a la vida, con la seguridad de que, invirtiendo la frase de la carta primera de san Juan, quien ama su hermano a quien ve ama a Dios al que no ve (cf 1 Jn 4,20). 
Muchos cristianos habituados a las prácticas religiosas en los templos, especialmente aquellas personas “que han hecho de su fe una costumbre atávica” (la expresión es de D. Antonio G. Cantero, obispo de Teruel), andan desconcertados estos días. No hay motivos para ello. El optimismo nos dice que tal vez sea esta una oportunidad para dar cabida en nosotros a una fe más cercana a la vida. Una fe que no va a venirnos por un camino fácil y barato.

Aunque nuestra cultura –y damos gracias por ello- está erradicando mucho dolor, sin embargo, no conseguirá erradicar totalmente el sufrimiento. Éste no reacciona a fármacos o vacunas sin que se pierda algo de la esencia humana. El sufrimiento es un misterio. No logramos explicarlo ni racional ni teológicamente. Lo único que nos queda es la fe en que “si el grano de tierra no cae en tierra y muere” no puede fructificar (Jn 12,23). Maduramos en la experiencia de la noche.

Días atrás recibí uno de esos memes de wasap en los que se decía que durante el confinamiento con motivo de un estado de alarma intuyó A. Einstein la teoría de la relatividad. Me sonó a falso, pero me recordó que san Juan de la Cruz compuso su Cántico Espiritual en una dolorosa y oscura cárcel. ¿Cómo logró eso? Él mismo da a entender que eso sólo puede ser fruto de la fe; no de una fe infantil interesada, sino la fe madura que entronca con la Cruz e intuye que por muy oscura que sea la noche, no tardará en llegar la aurora. "Todo irá bien".


¡Que esta sea hoy nuestra esperanza! ¡Yo me quedo en casa!. Y no hablo de una vivienda con muros de hormigón, sino en la casa del Padre, donde encuentro luz para mi oscuridad. Como decía la mística inglesa Juliana de Nordwich, en expresión que he ido citando en este texto, All shall be well, todo irá bien. Esta  expresión  se ha hecho viral en Italia y parece que también entre nosotros. "Todo irá bien"; lo dice el salmo 23: aunque camines por cañadas oscuras Dios no te abandona, porque está contigo. Confía, con Él "todo irá bien".

Casto Acedo. Marzo 2019

jueves, 16 de enero de 2020

¡He visto y doy testimonio! (19 de Enero)

 
 
La liturgia del segundo Domingo del Tiempo ordinario enlaza con la fiesta del Bautismo del Señor que se celebró el pasado domingo. Al presentarse Jesús para ser bautizado, el Bautista toma la Palabra; primero para constatar la personalidad del que se acerca: es el Mesías, dato sobre Jesús que el Bautista recibe por revelación: “Yo no le conocía … pero he visto que bajaba una paloma del cielo y se posó sobre él” .Jn 1 31.32); luego sigue hablando para exponer su toma de postura fruto de la experiencia del momento: “Lo he visto y he dado testimonio” (Jn 1,34). La iluminación conduce a la misión.


“Lo he visto…”

Lo que Juan vive en la teofanía del bautismo es su cumbre espiritual, su iluminación,  el encuentro y cercanía de Dios en Jesús; ahora sabe que todo su trabajo preparatorio llega a plenitud. Ahora toca dar paso al Otro.

Y presenta a ese Otro, a Jesús, con el título de Cordero, palabra cargada de un simbolismo excepcional en el Antiguo Testamento. La expresión recuerda

*el sacrificio de Abrahán, donde un cordero enredado entre las zarzas sustituye a Isaac en el sacrificio (Gn 22,13);

*el cordero cenado  en la noche de Pascua y que sirvió para ser librados de la muerte por la sangre untada en los dinteles de las puertas ante las cuales  pasó el ángel exterminador (cf Ex 12,22-23); y a su vez fue alimento para  iniciar con energía la marcha hacia la libertad;

* también nos remite los corderos sacrificados cada Pascua judía en el templo, animal sacrificado y comido que renueva la alianza.

Cada año, en el templo de Jerusalén, durante las Fiestas de Pascua, se sacrificaban corderos para recordar aquel acontecimiento fundador del pueblo, que fue la Pascua. Participar en el rito del sacrificio del cordero suponía para el creyente judío, un acto de fe, de purificación y reparación de los propios pecados.

El animal ofrecido y sacrificado significaba simbólicamente al  donante, que se consideraba digno de la muerte a causa de sus pecados; por ello ofrecía el sacrificio de un cordero en sustitución del que realmente merecía la muerte, que era él mismo como pecador. La sangre del cordero era sangre purificadora que quitaba el pecado (cf Lv 12,6.24; Nm 6,12, etc).

El Mesías esperado por el pueblo de Israel es definido en el profeta Isaías como un siervo del que se dice que será “un cordero llevado al matadero” (cf Liturgia del Viernes Santo, Is 53,7).... “y con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos (Is 53,11)”. Hoy mismo, en la segunda lectura -parte de uno de los cantos del Siervo de Isaías-, superando los límites estrechos del pueblo de Israel, muy en la onda que celebrábamos en la Epifanía, se dice del Siervo que vendrá para todos los pueblos: “te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6).

Al decir  este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” Juan Bautista está diciendo muchas cosas acerca de Jesús y de su misión:
 
*1º Dice que Jesús es el Mesías, el enviado definitivo de Dios que el Padre había prometido y que el pueblo estaba esperando.
 
*2º También indica que la misión de Jesús, su tarea de salvar al mundo del mal (la injusticia, del pecado, del sufrimiento...) se va a realizar por el camino de la paz, es decir, de forma no-violenta (como dócil cordero).
 
*3º Su misión será una misión de “servicio” (siervo), que realizará lo que Dios quiere de una forma insólita: enfrentándose a los enemigos con las armas del amor resumidas en “hacer la voluntad del Padre” (cf Salmo 39,9). La misión del Hijo es la de servidor de Dios y de los hombres.
 
*4º Jesús  morirá de muerte cruenta, una muerte que él mismo interpretó como redentora en la Última Cena: mi cuerpo entregado  y mi sangre derramada para el perdón de los pecados (Lc 22,19-20;Mc 14,22-23;Mt 26,26-26; 1 Cor 11,23-25). Jesús pone término a los sacrificios rituales hechos con animales, e invita a que los sacrificios sean existenciales (cf la carta a los Hebreos).



“… y  doy testimonio”

Juan da testimonio de su experiencia de Jesús. Y lo hace de una manera muy discreta: pasando él mismo a segundo plano. “Es preciso que Él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30). Juan era ya maestro de discípulos, y no le importó pasar a ser de nuevo discípulo del único Maestro. Prueba de ello es que invitó a sus mismos seguidores a dejarle a él para que fuesen tras Jesús. El magisterio de Juan se condensa y certifica en su existencia de discípulo;  Jesús dirá de él que "no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan el Bautista" (Mt 11,11).
 
También hoy somos invitados a seguir a Jesucristo al modo de Juan Bautista, que no es otro de aquel estilo de vida que el mismo Jesús escogió con la mirada puesta en el querer  del Padre. La contemplación de Jesús en su bautismo, y el testimonio subsiguiente de Juan  quieren suscitar en nosotros el deseo de la imitación de ambos.   El Salmo 39 nos da la clave de todo encuentro y seguimiento: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 39,9):

*Yo esperaba con ansia al Señor, y se inclinó y escuchó mi grito” (Sal 39,2). Como cristiano he sido iluminado, he experimentado la salvación de Dios, le he sentido cercano, he sido testigo de cómo se ha inclinado y ha escuchado mi grito de auxilio.  Es un buen día hoy para rememorar esa experiencia:  Párate a contemplar y gustar cómo y cuándo te sucedió eso.

*Tu no quieres sacrificios ni holocaustos (viejos rituales), pero, en cambio me abriste el oído; entonces yo digo “aquí estoy, para hacer tu voluntad” (39,7-8) Hubo un tiempo en que mi camino espiritual era un cúmulo de propósitos y sacrificios, de cumplimientos y normas; pero Dios me abrió el oído a su Palabra, me llenó de su Espíritu, me liberó de las leyes que me paralizaban, y saliendo de mí mismo dije: ¡Aquí estoy, Señor, para Ti! Puedo recordarlo aquí y ahora: Señor, ¿qué quieres hoy de mí?  ¿Cuál es tu voluntad concreta para mí en este día?

*El hecho de oír la Palabra y cumplirla es ya un testimonio, que se ha de completar con el testimonio de los labios: “He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú los sabes” (39,10). ¡Ay si Juan se hubiera callado su experiencia y la hubiera guardado para sí! No habríamos conocido al Mesías. Pero no: “Yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” (Jn 7,34). ¿Puedo decir lo mismo?
 
* * *
 
Si tú también le has visto, da testimonio. La experiencia de Dios se confirma con el testimonio de la vida de fe; y también con la luz de las palabras que dan razón de las obras.
 
Solemos justificar nuestra vida cristiana apelando a nuestras obras, ¿Puedo decir lo mismo de mis palabras?, ¿puedo decir que mis labios no se cierran cuando tengo la oportunidad de hablar de Dios? ¿Callo mi fe por temor a la crítica malévola y vivo como cristiano voluntariamente confinado a las catacumbas?
 
Un buen propósito para el año que acaba de iniciarse puede ser el de “salir del armario” donde puede que  me esconda como cristiano timorato. Si esta Navidad pasada “he visto”, ahora es el momento de “dar testimonio”, tiempo propicio para dar a conocer sin complejos todo lo que Jesús ha hecho y hace por mi.
 
Casto Acedo. Enero 2020, paduamerida@gmail.com.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Sobre la familia (29 de Diciembre)

 
Hace años, con motivo de la fiesta de la Sagrada Familia escribí sobre lo específico de la familia cristiana; y es para mi un orgullo que sea una de las entradas que más éxito ha tenido en estos dos años. Me remito a ella como esquema general para una reflexión acerca de la identidad de un matrimonio y familia cristianos. Puedes acceder clickando en

Lo que sigue es una reflexión, también publicada en otro año,  muy específica sobre un problema que preocupa a la Iglesia de hoy, y de modo especial a la generación de padres que ven como sus hijos optan por modos de vida familiar que ellos no consideran plausibles.
 
Cambios en el modo de vivir en pareja.

 En estos días de celebraciones tan familiares está más que justificada una reflexión sobre la importancia de la institución familiar. Como cristianos no podemos cerrar los ojos y sentirnos ajenos a los cambios sociales que se están produciendo en nuestro entorno en el modo de entender el noviazgo, el matrimonio y la familia misma. Muchas personas sencillas, sobre todo padres, que recibieron una educación asentada en los principios cristianos de la sacralidad, fidelidad e indisolubilidad del matrimonio y la familia, andan desorientados y no saben cómo reaccionar ante el modo nuevo en que sus hijos enfocan estas realidades.

Relaciones sexuales a temprana edad y sin haber cuajado siquiera una mínima síntesis vital entre sexo y amor, parejas de hecho, divorcio a la carta, generalización de convivencia prematrimonial, unión civil legal (¿matrimonio?) entre personas del mismo sexo, etc., hacen que muchos padres, e incluso la misma jerarquía eclesiástica, se vean desorientados y se pregunten: ¿en qué nos hemos equivocado?, ¿qué hemos hecho mal? ¿cuál es la razón de nuestro fracaso a la hora de transmitir nuestro modelo de familia?


Aunque con matices yo diría, en descargo de padres y prelados que se angustian por su supuesto fracaso, que no se sientan más culpables que víctimas. Nuestros hijos son nuestros, pero también lo son de la libertad; quiero decir con esta frase tan manida que no siguen ni tienen por qué seguir necesariamente los preceptos y esquemas de comportamiento que como padres o Iglesia les hemos querido inculcar. La presión del ambiente social y mediático (cine, televisión, internet, etc) es determinante en la juventud de los últimos años, y por esos medios les ha llegado una visión de la vida muy distinta a la que nosotros recibimos y quisiéramos para ellos.
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Lo bueno y lo malo de la nueva situación.
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La visión de los jóvenes, con las deficiencias de todo lo humano, no deja de tener su parte positiva. Es positiva la apertura que se ha dado en lo referente a la sexualidad y la consiguiente ruptura del tabú que suponía en otros tiempos cualquier tema relacionado con ella. Tal vez ese miedo a hablar de lo afectivo y sexual, propio de la generación de los padres, ha sido un impedimento grande a la hora de dar una correcta educación para el amor a los hijos. ¿Cómo enseñar la riqueza de la sexualidad como expresión del amor total?, ¿cómo transmitir a los hijos una visión positiva del sexo si quienes la han de transmitir no la han recibido  o se les ha tergiversado?

Por ello, tal vez hay unas preguntas previas que habríamos de hacernos: Los comportamientos sexuales de las generaciones pasadas ¿se asentaban en convicciones morales derivadas de la fe, o eran simplemente convencionalismos?, ¿se guió la generación de los padres por la convicción personal o más bien por el miedo religioso o la presión social existente en su momento? ¿No habrían tomado muchos de los padres de los jóvenes de hoy la decisión que ellos toman ahora si en su día se les hubiera facilitado? El índice actual de separaciones matrimoniales  nos indica que posiblemente sí. Pero, y a lo que vamos, sin duda alguna el hecho de que la elección del modo de vida en pareja sea más libre, es algo positivo. En esto, como en otros ámbitos de la vida (profesión, amistades, etc), las imposiciones suelen ser nefastas.
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Tan malo es pecar por defecto como por exceso. Lo negativo en todo esto que se suele llamar "libertad sexual" puede estar en la sobrevaloración de la cantidad sobre la calidad, en la reducción de lo sexual a lo físico, y en la banalización del matrimonio que, en la mentalidad de muchos jóvenes queda reducido a “matrimonio de conveniencia”. Aunque esta expresión se aplica generalmente a quien se casa por interés económico o social, también me gusta hacer notar que hoy muchos jóvenes buscan la forma de convivencia que más convenga a sus intereses particulares. “Viviré contigo mientras haya amor”, dicen, entendiendo que el amor es un simple sentimiento de bienestar personal ajeno al sacrificio y la renuncia; “viviré contigo mientras convenga a mi gratificación, a mi interés particular”. Matrimonio de conveniencia. 

La propensión a poner como eje de la vida la propia satisfacción material, psicológica y espiritual, idea alentada por el consumismo, y la consiguiente incapacidad para soportar con paciencia los defectos del prójimo o la prójima, abren la puerta al miedo a casarse (entendido en el sentido negativo como "atarse"). Este "miedo al compromiso matrimonial" viene siendo viral en nuestro tiempo. En el fondo ¿no es miedo al amor entendido como donación? ¿No se esconde el rechazo al esfuerzo y sacrificio que supone vivir para el amado o amada?

La mayoría de los jóvenes de hoy, inmersos en el relativismo ambiente, no creen en el “amor para toda la vida”. Pero ¿y los adultos? ¿creen en el matrimonio para todo la vida?, ¿o creyeron en él y ya han dejado de creer? El divorcio es un fenómeno bastante extendido entre los mayores, lo cual quiere decir que muchos de sus hijos han vivido la experiencia de familias rotas y desestructuradas. Muchos recibieron de sus padres la herencia de un fracaso matrimonial mal gestionado del que quieren prevenirse precisamente cerrándose a la idea de casarse.
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Cómo situarnos cristianamente.
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¿Cómo enfocar cristianamente la circunstancia de los hijos que optan por la convivencia en pareja sin compromiso matrimonial ante el altar? Desde luego, cuando se trata de opción por el matrimonio civil habría que considerar que si la experiencia de fe es inexistente es sin duda la mejor opción.  

Cuando algún compañero sacerdote o un cristiano comprometido manifiesta su escándalo por el aumento de divorcios suelo decir que, más que escandalizarnos por ello, deberíamos hacer examen de conciencia, porque a la mayoría de esos que se han divorciado los hemos casado nosotros, ¿con qué discernimiento?; ¿no hemos estado casando en serie “por la Iglesia” a todo el que lo solicitaba, incluso sabiendo de su baja religiosidad? ¿Por qué no nos escandalizó el hecho de que hasta hace poco prácticamente todos los matrimonio se celebraran por la Iglesia y sin embargo las iglesias no se llenaran los domingos?

Me parece lógico el hecho de que los matrimonios por la iglesia hayan descendido alarmantemente en los últimos años; nos hemos dedicado a casar (sacramentalizar) sin molestarnos en acercar la persona de Jesús a las parejas (evangelizar) para que aprendan a leer su relación en clave de amor cristiano. De este modo la identidad cristiana del matrimonio ha quedado muy dañada. Si Jesús y su modo de amar no forma parte de la vida de una pareja, por muy religiosa que sea la ceremonia de la boda, no hacemos sino echar en saco roto la gracia de Dios (cf 2 Cor 6,1-10).

Señalemos algunos principios básicos para recuperar la vida matrimonial y familiar cristiana.
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a) La misericordia como principio. Cuando nos enfrentamos a la opción por la unión  libre, sin compromiso matrimonial ni siquiera civil, que hacen algunas parejas, o a los casos de uniones homosexuales, algo que descoloca especialmente cuando se implican en ello personas cercanas y queridas, deberíamos echar mano de una clave cristiana fundamental: el amor y la misericordia.  Acostumbrados al legalismo nos cuesta mira la vida en perspectiva divina.
 
 

La ley de Dios señala faltas objetivas, pero su misericordia no contempla los hechos sin mirar a las personas (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 1735). El hijo pródigo se marchó, pero el Padre no le impide dar el paso, ni deja de amarle por ello, lo cual facilitó el regreso (cf Lc 15,11-31). La misericordia o mirada desde el corazón supone una gran dosis de humildad, de respeto, de amor y apertura; supone estar siempre abiertos a la escucha de las razones y motivaciones del otro,  disponibles para la acogida. Sin renunciar a juzgar las actitudes y los hechos, debemos evitar el pecado del hermano mayor del pródigo: juzgar al prójimo y tratarlo con desprecio: "ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres". 


Emitir un juicio de valor sobre los hechos es un deber irrenunciable de toda persona y sin el cual renunciaría a su libertad que sin un discernimiento de lo bueno y lo malo, de lo mejor y de lo peor sería imposible ejercerla; pero el juicio sobre los hechos no exige necesariamente la condena de nadie, tal como hizo Jesús con la pecadora que acude a lavarle los pies a casa de Simón (cf Lc 7,36-47), o con la mujer adúltera: "Yo tampoco te condeno, vete y en adelante no peques más" (cf Jn 8,1-11); con esta sentencia Jesús condena el adulterio, pero no a la mujer adúltera, a la que ama e invita a la conversión.
 
Como cristianos nunca debemos emitir sobre nadie un juicio de condenación, porque tal actitud se opone a la mirada misericordiosa de Dios; el juicio a la persona, en última instancia, corresponde sólo a Él: "No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón" (1 Cor 3,5). Y no pienses sólo en tinieblas ajenas.
b) El matrimonio cristiano como alternativa. Sé que esto de respetar y mantener los propios principios y creencias no es fácil, sobre todo cuando del otro lado no se valoran del mismo modo opciones cristianas como la castidad o la fidelidad, o la indisolubilidad y fecundidad matrimonial

 Como en los primeros siglos, la Iglesia está llamada a ser hoy en este campo, como en tantos otros, una comunidad marginal, que no quiere decir marginada. Decir que la Iglesia es “marginal” no es definirla como comunidad que para vivir sus valores haya de huir del mundo o situarse en una esquina; a eso llamaríamos “marginada” por su propia decisión; sociedad ”marginal” quiere decir que vive en la frontera, en los márgenes de su sociedad; ni se integra, ni se evade, ni se encierra, porque presenta unos valores alternativos y no renuncia a influir y cambiar la sociedad.
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Convenzámonos de una vez por todas de que nuestra sociedad no es cristiana, si es que alguna vez lo fue;  ni el Evangelio, ni mucho menos la visión eclesial, son la clave interpretativa de nuestro mundo. La economía y otros poderes marcan el ritmo de nuestros criterios morales y nuestras relaciones. En estas circunstancias nos toca dar testimonio con el ejemplo, profundizando y viviendo la riqueza del amor cristiano en el seno del matrimonio y la familia, donde la persona amada es prioritaria, los hijos no son un capricho sino un don de Dios, y las crisis de convivencia tienden a ser consideradas como oportunidades para fortalecer el amor.
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Como proclama san Pablo en su himno de 1 Cor 13, “el amor es paciente y benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta: no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca” (4-8). Cambiemos en este texto la palabra “amor” por la palabra “Dios”, y releamos el texto. Dios es amor. Si ponemos a Dios en la vida matrimonial y familiar, si nuestra valoración sobre los nuevos modelos de vida familiar se guían por una lectura creyente, con los matices de búsqueda de Dios y de denuncia profética en los hechos que analizamos; si cuando se trata de las personas nuestros juicios rezuman misericordia, estaremos dando pasos para ser levadura en la masa (cf Mt 13,33; Gal 5,9). Ser levadura; edificar familias firmes en la fe, alegres en la esperanza y fuertes en el amor, esa es la alternativa cristiana, la respuesta a los retos que nos plantean las nuevas situaciones familiares.
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Casto Acedo Gómez. paduamerida@gmail.com. Diciembre 2019.

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...