viernes, 18 de diciembre de 2020

Adviento con María y José (20 de Diciembre)


Todos los años, a estas alturas del Adviento teníamos todo programado. Habíamos elegido dónde pasar  la nochebuena, con quién cenar, cuántos estaríamos en la mesa, … Todo preparado a nuestro gusto con minuciosidad. 

Este año las restricciones de movilidad y los consejos sanitarios que recibimos por el covi-19, dan menos margen para la logística externa de las fiestas. Pero eso no debería afectar a la vivencia espiritual de las mismas; incluso podríamos mirar los inconvenientes que se nos presentan como una oportunidad para vivir la Navidad en una dimensión más espiritual. No podemos olvidar el motivo principal del día: nacimiento de Jesús; un acontecimiento que se dio en una situación de carencia mayor que la que nosotros vivimos hoy.

Nuestra sociedad ha ido tendiendo a celebrar una Navidad sin nacimiento, una buena noticia sin contenido espiritual alguno, sin  novedad; como si la Navidad fuera solo una construcción social espiritualmente vacua y sin sentido, y más en sintonía con  los intereses del dios-dinero. No hay que ser muy observador para comprobar que la lectura económica de estos días prima sobre cualquier otra.  

Estas navidades no pintan bien para el consumismo;  pero, sin minusvalorar la importancia de la economía en la vida de las personas, no deberíamos entristecernos por ello. Tampoco deberíamos vivir como tragedia el hecho de tomar medidas sanitarias que afecten al encuentro familiar. Ciertamente todo esto es causa de desconcierto, pero no tanto como para hundirnos. Como se viene haciendo desde el principio  de esta pandemia, se han de armonizar con la salud tanto el crecimiento económico como los encuentros familiares.  Este año hay que asimilar aquello de que "me distancio físicamente de ti porque te quiero";  el mejor abrazo en este caso es la distancia física. Por mi bien y por el de todos.

Tendremos, pues, una Navidad más vacía de folclores, pero no por eso menos relevante para nuestro gozo espiritual. Para no caer en la rutinaria Navidad de todos los años, te propongo un poco de interés por aquello que no se ve, pero se siente y se puede saborear: la presencia de Dios en Jesús y sus sacramentos, la contemplación de María y José como puntales de un buen Adviento, y la reconciliación contigo mismo, con tus hermanos y con toda la creación como aspiración navideña. 


El Niño Jesús, sacramento de Dios

En estas fiestas se va a cumplir la profecía de Isaías que habla de una “señal”: “Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel (Dios con nosotros)” (Is 7,14). En la nochebuena, los pastores también recibirán del ángel una Buena Noticia: “No temáis, os traigo la Buena Noticia... hoy os ha nacido un Salvador... Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (cf Lc 2,10-12). 

Una señal, un signo; la teología me ha enseñado que un sacramento es un “signo de encuentro con Dios”. Y el signo por excelencia, la señal de que ha llegado Dios a nosotros, es este Niño envuelto en pañales. Cuando entendí esto se abrió para mi vida sacramental un sentido nuevo. Supe que acercarse a los sacramentos (sobre todo a la Eucaristía) es acercarse a Jesús como se acercaron los pastores al establo de Belén. Comprendí también que los Sacramentos, como Jesús, son para el hombre, y no el hombre para los sacramentos; porque Cristo, sacramento por excelencia, no vino para ser servido, sino para servir.

Lo que los pastores encontraron no fue un signo esotérico (oculto) o extravagante, sino un signo tan simple y normal como una familia: un padre (José), una madre (María) y un hijo (Jesús). Cuando pensamos en Jesús olvidamos con frecuencia que la mayor parte de su vida la pasó en el anonimato de su pueblo, sometido en obediencia de amor a sus padres, trabajando y festejando con sus vecinos. La salvación da sus primeros pasos en una sencilla familia de Nazaret. 


María y José

De la familia de Jesús forma parte JOSÉ, que acoge a María en su casa (y con ella al misterio que lleva en su seno) no sin antes poner por medio una gran dosis de misericordia. Con motivo del inesperado embarazo de su prometida se dice de él en pocas palabras lo esencial de su personalidad (santidad): “era bueno y no quería denunciarla” (Mt 1,19). 

Podría denunciar la supuesta infidelidad de María, podría haberla repudiado según la ley, pero es un hombre justo, y no quiere hacer daño. José es de los que ponen la misericordia por encima de la ley; luego, tras aclararle el ángel la situación de María la acoge con un respeto sagrado. Solo la gente sencilla y buena, como José, como los pastores, están capacitados para aceptar y vivir el misterio; sólo los limpios de corazón verán a Dios (cf Mt 5,8). Sólo donde la bondad del hombre se abre al don de Dios se produce el milagro de la encarnación, del sacramento, del “Dios-con-nosotros”. Encuentra aquí eco el salmo 23: “¿Quién puede subir al monte del Señor? / ¿Quién puede estar en el recinto sacro? / El hombre de manos inocentes / y puro corazón” (3-4). José es un buen modelo-guía para una Navidad con hondura.


Y con José, MARÍA.  El pueblo de Israel había recibido una promesa: de una virgen nacerá el Mesías (Is 7,13). La Iglesia desde sus orígenes entendió que esa virgen era María; con su “sí” hizo posible la llegada del Mesías esperado. Ella es señal donde se manifiesta Dios. Si decimos que la Iglesia es sacramento, signo de Dios en medio del mundo, ¿no lo será también María? Porque Dios refleja su gracia en ella, y su maternidad es una bendición para todos los hombres. 

María dijo “sí” a Dios y “sí” a José, su esposo. Y no hubo contradicción ni conflicto a causa del doble "sí", porque el amor a Dios no anula ni empobrece el amor matrimonial y familiar. Dios enriquece todo lo que toca. Con Dios la libertad del hombre está garantizada. Cuando el demonio entra en la vida de una persona decimos que toma posesión de esa persona; por eso a los endemoniados se les llama “posesos” o “poseídos”, que no es otra cosa que decir “esclavos del mal”. 

Dios no actúa así. No se apodera con violencia o engaño del corazón de los hombres, sino que obra con dulzura, pidiendo permiso. Así lo hizo con María en la Anunciación (cf Lc 1,26-38), y así lo hizo con José: “No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20). La feliz pareja se vio sorprendida por un gesto de amor inesperado de parte de Dios. Situados ante la vocación a la que Dios les invita imagino en ellos una mezcla de sentimientos de gozo, responsabilidad y temor. 

Su vida debió de cambiar mucho a partir del día en que con su matrimonio asumieron la tarea de formar una familia que acogiera al niño que ella esperaba. El “sí” de su amor mutuo se fundió con su “sí” a Dios. ¡Hermoso programa de vida familiar! Con su amor hicieron visible el amor de Dios incluso antes de que naciera Jesús; ellos mismos se hicieron sacramento de Dios, porque donde hay amor, allí está Él (cf 1 Jn 4,7-21).


Dios quiere entrar en tu vida

También hoy, ya cercana su venida, Dios pide permiso para entrar en tu vida. ¿Estás dispuesto a acogerlo? En la preparación inmediata a la Navidad no debería de faltar una buena celebración sacramental de la penitencia; celebración que no ha de quedar reducida a un rito, un “cumplimiento” (¡ay si José hubiera limitado a cumplir la ley!: María habría sido juzgada y condenada), sino que te disponga a ser bueno, acogedor, misericordioso, cercano al pobre y desvalido, abierto a Dios y a los hombres. 

Ser penitente no es solo confesar tus pecados, es también ser nuevamente tierno con los miembros de tu familia (o los compañeros de trabajo, o los vecinos) con los cuales tal vez se ha endurecido tu corazón a causa de los pequeños y grandes roces de la vida cotidiana. La conversión de Adviento es reconciliación, encuentro contigo mismo, con la humanidad y con toda la creación; una vuelta a la sensibilidad personal, religiosa, social,  familiar y ecológica. Y así, con el cambio de vida que acompaña a la reconciliación, también nosotros nos hacemos sacramento-señal de Dios. 

No debemos reducir el sacramento a un simple rito mágico. Celebrar la penitencia es darle permiso a Dios para que disponga de nuestra vida y ablande las durezas de nuestro corazón. Si le dejamos será Navidad para nosotros, como lo fue para José y María; y los que sinceramente buscan a Dios podrán verlo en su Iglesia.

No dejes pasar este Adviento sin vacunarte, sin crear anticuerpos que  te curen de la dureza de corazón y de la falta de amor. Para ello nada mejor que un buen examen de la propia vida, una decisión de amar por encima de todo, y un chute de gracia de Dios recibiendo el sacramento de la reconciliación. 

Casto Acedo. Diciembre 2020.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Alegría (Domingo 13 de Diciembre)


«Mirad a los cristianos. Siguen a un resucitado, pero sus caras son de muertos. ¿Cómo voy a creer a estos cristianos que, siguiendo a un salvador, no tienen cara de redimidos?». Lo dijo Nietzsche, nihilista y ateo confeso, hace más de un siglo; ha pasado el tiempo y hace u nos años esa misma idea la volvimos a ver promovida por grupos afines al nuevo ateísmo de Oxford, que hicieron campaña anti-religiosa con un eslogan que pasearon en autobuses urbanos de algunas ciudades: «Probablemente Dios no existe. No te preocupes. Disfruta de la vida». 

Estas afirmaciones esconden una concepción de Dios y de la fe como algo oscuro y triste. No son pocos los que consideran la religión como un código de prohibiciones que limitan la felicidad del adepto. Pero ¿responde esa apreciación a la realidad del cristianismo de hoy? Muchas veces hemos escuchado aquello de que un cristiano triste es un triste cristiano, bonita frase, que expone el problema y nos obliga a pensar cómo vivimos cada uno nuestra fe personal y comunitaria. Y no solo se trata de pensarlo de cara a la galería, sino sobre todo de cara a uno mismo. ¿Merece la pena engañarnos poniendo cara sonriente si de veras la felicidad no riega nuestras entrañas?

Domingo de la alegría

El domingo tercero de Adviento es conocido como el domingo gaudete o de la alegría: “Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios” (Is 61,10), “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,47). “Estad siempre alegres” (1 Tes 5,16) Juan “venía como testigo, para dar testimonio de la luz” (Jn 1,7). Estos textos escogidos de entre los propios de la liturgia de este domingo ponen de manifiesto que lo propio de quien cree en el Dios de Jesucristo es el gozo, la alegría, la luz. Sin embargo ¿por qué a veces damos la impresión contraria? 

Cuando nos reunimos en asamblea (iglesia) para la misa podemos observar que para muchos de los asistentes ésta no pasa de ser un acto legalista (cumplimiento de un precepto) e individualista (justificación personal).

 Aunque las normas sanitarias con motivo del covid nos exigen estar separados en el templo, lo cierto es que, antes de la pandemia, cuando la asistencia a misa no cubre ni medio aforo, la dispersión de fieles en el templo enfría los ánimos; por otro lado los rostros serios y ademanes endurecidos dan la sensación de severidad; los asistentes intercambian alguna sonrisa de cortesía, pero sin el calor propio de quienes participan de la misma alegría pascual. Recordemos cómo los primeros discípulos al encontrarse con el Resucitado "se llenaron de alegría al ver al Señor" (Jbn 20,20).  ¡Qué poco nos parecemos al  carcelero de Pedro, que tras su bautismo y el de los suyos “llevó a Pablo y Silas a su casa, preparó un banquete y celebró con toda su familia la alegría de haber creído en Dios”! (Hch 16,33-34).

Tal vez el problema de la imagen gris que mostramos venga de la educación religiosa recibida, más centrada en el cómo (moralidad, ascética) que en el qué (teología mística, experiencia viva de Dios) de nuestra fe; rfalta vivencia interior, y como no se puede dar lo que no se tiene, no hay manera de plasmar en nuestros rostros la alegría de la Pascua.

 ¿No resulta absurdo hablar de “obligación” cuando nos referimos a la participación en el gozo de la Eucaristía? ¿Tendría sentido una ley que obligara a una madre a amar a su hijo? La religión, y dentro de ella sacramentos de gozo como la Eucaristía y la Reconciliación, más que una ayuda para encarar la vida con alegría son entendidios por muchos creyentes como una sobrecarga añadida a sus múltiples quehaceres. Por eso la impresión que damos es la de personas más encadenadas a Dios que liberadas por Él. ¿Tendrá razón Nietzsche?


La alegría nace de la esperanza

Se acerca la fiesta de la Navidad. Y en estos días de Advierto, cercana ya la Navidad, se nos invita a redescubrir y vivir la alegría como regalo de Dio y virtud del creyente. Las almas sencillas saben mejor que nadie que el nacimiento de un niño no puede generar sino alegría: “el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos” (Is 61,11). Situarse en el camino cristiano es adherirse a esta espera con alegría. 

Y nos alegramos porque si hay algo claro es que Jesús viene a traernos felicidad para la vida, no sufrimiento y dolor. Cuando nos invita a tomar la cruz no hace una llamada a tomar cruces extraordinarias, como si la renuncia y el dolor fuesen valores en sí mismos. Esto es falso. La cruz es para nosotros, como lo fue para Jesús, algo inevitable para quien dedicó y dedica su vida al servicio de la vida. Jesús no vivió para la cruz; si así fuera, la vida cristiana sería agobiante. La cruz de Jesús fue solo una consecuencia del mal que anida en el corazón del hombre, a la que dio respuesta el amor desbordante de Dios. El primer plano de la fe no lo ocupa la  muerte como derrota sino la resurrección como victoria.

El Adviento es tiempo de conversión a la alegría, una oportunidad para cambiar el chip de tu religiosidad rutinaria y aburrida. Puedes vivir como un legalista que hace del sufrimiento y el dolor la clave esencial para alcanzar la salvación; o bien puedes alinearte en el grupo de los que viven felices porque han entendido la venida de Cristo como un gozo inenarrable. Y desde esa experiencia hacen visible la enseñanza de san Pablo:  “en todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Tes 5,18).

La perfecta alegría

¿Cómo definir qué es la alegría? ¿No tendemos a confundirla con el placer efímero o la satisfacción espiritual ególatra? Hay una florecilla de san Francisco que me impresionó desde el momento en que tuve noticia de ella y que nos puede servir para entender cuál es la verdadera alegría. 

El bienaventurado Francisco, en Santa María de la Porciúncula, llamó a fray León, que acudió a su lado y se dispuso a escuchar y escribir:

-Héme aquí preparado.

-Escribe –dijo– ¿cuál es la verdadera alegría?.

Imagina que viene un mensajero y dice que todos los maestros de la universidad de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría. 

Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra entran a formar parte de nuestra hermandad. Escribe: No es la verdadera alegría.

Imagina también que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; o que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.

Pero, entonces, ¿cuál es la verdadera alegría? -repuso el hermano León-.

Piensa, hermano, que volvemos de Perusa y en mitad de una noche oscura llegamos aquí, a nuestra casa. Es tiempo de invierno, de lodos y de frío, hasta el punto de que se forman canelones de agua congelada en las extremidades de la túnica que hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.

Envueltos en lodo, frío y hielo, llegamos a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, molesto por lo intempestivo de la hora, acude el hermano portero y pregunta: -¿Quién es? Yo respondo: -El hermano Francisco y el hermano León. Y él dice: Fuera; no os conozco, melindres, no es una hora decente para andar mendigando por los caminos; no entraréis. E insistiendo yo de nuevo, me responde otra vez: no os conozco, no os puedo abrir a esta hora.

Y yo de nuevo de pie en la puerta le digo: Por amor de Dios, abridnos. Y él responde: No lo haré. Iros al lugar de los Crucíferos y pedid allí.

Sigo insistiendo, y el hermano portero, perdida la paciencia, con un palo nudoso en sus manos, sale afuera y nos apalea a los dos dejándonos ensangrentados, bañados en lodo y ateridos de frío en la oscuridad de la noche.

Si en esas circunstancias, hermano, hemos tenido paciencia y no nos hemos alterado ni siquiera un ápice, y no hemos proferido palabra de reproche o deseado mal alguno al hermano portero, ahí está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la verdadera caridad.

Escribe, hermano León.
En esta florecilla queda claro que la verdadera alegría no es algo que nos pueda llegar desde fuera, sino algo que nace de dentro. Hay cierto gozo en que ocurran cosas buenas, como sería el hecho de que la orden franciscana tenga éxito o que todos los infieles se conviertan; pero a esos toques de gozo externo carecen de la firmeza que pide la perfecta alegría. ¿Qué ocurre si cambian las condiciones externas y no hay ni conversión de infieles ni éxito de la orden franciscana? Si la felicidad es causada desde el exterior la alegría mostraría su imperfección. 

La explicación de Francisco va más a la raíz. La perfecta alegría no se escandaliza por las dificultades, los rechazos, las tribulaciones, porque su fuente no está en nuestros deseos sino en la adhesión a la cruz de Cristo, en la búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios. "Considerad como perfecta alegría, hermanos -dice la carta de Santiago- el estar rodeados de pruebas de todo género. Tener en cuenta que al pasar por el crisol de la prueba vuestra fe produce paciencia, y la paciencia completará la obra de Dios, de manera que seáis perfectos y cabales, sin deficiencia alguna" (Sant 1,2-4) 

Referida esta florecilla franciscana no podemos dejar de mencionar el evangelio de las bienaventuranzas, que culmina con una afirmación aparentemente contradictoria  "Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos" (Mt 5,11-12). Ésta, como las demás bienaventuranzas, canta la perfecta alegría evangélica. ¿Cómo se puede estar alegre y feliz al tiempo que se sufren persecuciones y calumnias? Es la paradoja de la cruz; nunca se entenderá, y vivirla es un don de Dios. Quien recibe esta gracia permanece firme en las tribulaciones, su firmeza no la puede derribar ni entristecer ninguna tragedia humana, por dolorosa que sea. Quien vive en la perfecta alegría no está libre del dolor, pero el sufrimiento que pueda conllevar es absorbido por la serena alegría interior.  


"Si en esas circunstancias, hermano Leon, hemos tenido paciencia y no nos hemos alterado ni siquiera un ápice, y no hemos proferido palabra de reproche o deseado mal alguno al hermano portero, ahí está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la verdadera caridad". La alegría cristiana está arraigada en el corazón y es el fruto del abajamiento a una humildad extrema capaz de perdonar al hermano portero que te apalea en su ignorancia, y que ve en ese suceso incluso un motivo para dar gracias a Dios, que da en estas cosas la oportunidad para crecer en bondad y misericordia.



No os dejéis robar la alegría del evangelio

La alegría que el Adviento predica es la alegría abierta a la promesa de que Dios siempre está, aunque en ciertos momentos se camine por cañadas oscuras (cf Salmo 22). La alegría y la cruz caminan unidas. El misterio de Jesús en el establo y en el calvario no se puede desligar de la verdadera alegría; esa alegría que sólo es posible en el despojo de todo. "Felices los pobres" (Mt 5,3), los que han renunciado a todo para quedarse con el tesoro del Reino (cf Mt 13,44). 

Ahora bien, la cruz adquiere su sentido en la resurrección. Y la Navidad dice mucho de este misterio de vida y alegría. ¿Qué son los evangelios de la infancia sino anuncios de la resurrección? Las palabras del ángel a los ángeles Belén: “No temáis, os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo. Os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador” (Lc 2,10-11) no son el eco de otro anuncio que explica la razón última de la alegría?: “No temáis. ¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado” (Mc 16,6). 


La Navidad es fiesta de gozo y alegría porque conecta la experiencia de los magos y de los pastores en Belén con la de los apóstoles en Jerusalén; todos se llenaron  “se llenaron de alegría al ver al Señor” (Mt 2,10; Lc 2,20; Jn 20,20).

El papa Francisco, en Evangelii Gaudium habla de la tristeza que arrastra  a muchos hijos de la Iglesia a un estado de tibieza (acedia), a una "tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio". Es una realidad que debemos mirar y corregir entre nosotros. Las críticas que se hacen a la Iglesia de ser aguafiestas chocan con el carácter de su misión que es la de anunciar una buena noticia (evangelio). ¿Qué estamos haciendo mal? Hay una desgana, un desencanto, que nos está privando del gozo de ser cristianos.  ¡Es hora de despertar! Adviento nos dice con el papa que "no nos dejemos robar la alegría del evangelio! (cf EG,83). 

Contra el ateísmo e indiferentismo ambiente que mencionábamos al principio de este escrito no hay mejor arma que el testimonio del amor total y la perfecta alegría. Ese es el fruto que se espera de nosotros en Navidad, a esa meta apunta el tercer domingo de Adviento, "domingo de la alegría". Con armas de amor y alegría, y solo con éstas, podemos responder a los que hablan de un cristianismo aguafiestas y decirles:“¡Es seguro: Dios existe. Alégrate y disfruta de la vida”!.


Casto Acedo. Diciembre 2020paduamerida@gmail.com.

jueves, 6 de agosto de 2020

Cuestión de fe (Domingo 9 de Agosto)



"Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. La frase es de Arquímedes, y pone en evidencia la fuerza que puede llegar a desarrollar una palanca. Está físicamente demostrado que cuando encuentra un buen punto de apoyo una palanca es capaz de mover cualquier cosa. 

Pues bien, trasladando la frase y su exégesis al campo de la espiritualidad y la religión, podemos decir que el punto de apoyo capaz de moverlo todo es la fe. Encontramos en los evangelios una afirmación muy cercana a la de Arquímedes: “Si tuvierais fe aunque sólo fuera como un grano de mostaza, diríais a este árbol: ‘Arráncate y trasplántate en el mar’, y os obedecería” (Lc 17, 1–10).

En Europa nos preguntamos el porqué de tanto laicismo. ¿Por qué disminuye la asistencia la misa dominical? ¿Por qué los jóvenes abandonan la Iglesia? ¿Por qué la religión baja no solo en cantidad sino en calidad (poca influencia en la vida personal y social de los que se dicen católicos)? ¿Por qué el descenso tan brutal de vocaciones? ¿Qué pasa con esta Iglesia que parece incapaz de mover los corazones, las conciencias y la vida? Y la razón es más que evidente:  a la palanca de la vida cristiana le está fallando el punto de apoyo: la fe.

¿Qué es la fe?

La fe es capaz de mover al mundo. Pero ¿qué es la fe? Mucha gente que se considera muy cristiana dice: “¡tengo mucha fe en tal o cual cosa!”, pero esto también lo dicen los paganos que ponen su fe en amuletos, sortilegios y embrujos. Ambos creen que realizando tal o cual oración o rito mágico conseguirán lo que piden. Pero ¿es eso la fe? Desde luego no es esa la fe a la que se refiere Jesús cuando habla de mover montañas, la que pide a los que le siguen y la que alaba en quienes acudieron a él pidiendo el milagro.

La fe que pide Jesús no es la confianza ciega en un rito mágico que procura unos beneficios infalibles; eso no es la fe evangélica; en la fe cristiana no se trata confiar en algo (un rito, un objeto sagrado, una imagen, una doctrina, una convicción) sino en alguien a quien abandonarse en la esperanza, y ese alguien es Jesucristo.

Ante situaciones de injusticia y sufrimiento y ante la duda que provocan, la fe te dice que hay Alguien que es Señor del mundo y de la historia, que está ahí y que no te va a desamparar nunca, aunque la encrucijada en que te encuentras parezca no tener salida. Así le ocurrió a Marta: “Jesús le dijo: tu hermano resucitará. Marta respondió: sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mi aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11,23-27). 

Y también Pedro dijo lo mismo:  “¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!” (Mt 16,16). Pedro confió en Jesucristo, aunque también hubo momentos en que dudó de Él, como cuando le negó en la pasión (cf Mt 26,69-75) o aquella madrugada que refiere el evangelio de este domingo en la que, yendo hacia Él sobre las aguas  “al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame” (Mt 14,30).     
La fe de Pedro fue débil también cuando quiso enmendarle la plana al Maestro; Jesús acababa de decirle “tú eres Pedro y sobre ésta Piedra construiré mi Iglesia” (Mt 16,18) y a vuelta de página el recién nombrado primer Papa se escandaliza de la cruz de Cristo y pretende disuadirle de su misión; tan es así que Jesús le recrimina: “Apártate, Satanás. Quieres hacerme caer. Tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mt 16,23). El episodio pone al descubierto que hay una distancia considerable entre como entienden los hombres la fe  y como la entiende Dios.


La fe  es susurro de Dios 
al corazón del hombre

A los hombres nos gustan los triunfalismos; y a esta tendencia no escapa la fe. Nos contagiamos de la farándula política y mediática e imitando sus métodos nos obsesionamos por poner en escena la fe recurriendo a las masas.  ¡Que se vea! Nos sorbe el seso la obsesión por celebrar grandes y ruidosos eventos que hagan visible la presencia de Dios. ¿Son buenas estas dramatizaciones religiosas? Yo diría que ni tan buenas como dicen los que las promueven, ni tan malas como denuncian los que las proscriben; la bondad o malicia está en el lugar que le asignemos a esos actos religiosos espectaculares.

Cuando a Elías, en momentos difíciles, comenzó a dudar, Dios le ordenó hacer un retiro de silencio en el monte Horeb, situado en el desierto del Sinaí. En el mismo  lugar donde Dios se dio a conocer portentosamente a Moisés,  es conminado Elías a permanecer en una gruta a la espera de noticias de Dios.

Durante su estancia fueron pasando ante él fenómenos naturales espectaculares: un viento huracanado (no olvidemos que el viento es signo del Espíritu), un terremoto (signo de presencia de Dios en algunos salmos), fuego (como el de la zarza ardiendo, o la columna que acompañaba a los israelitas en su camino). Todos estos signos magníficos fueron precursores de la llegada de Dios, pero no su presencia misma. “Allí no estaba el Señor” (1 Re 19,11-12).

Finalmente se escucha afuera el rumor de la brisa, y en ella es Dios mismo quien se presenta. Dios llega en el susurro, en el silencio, en la “música callada” diría san Juan de la Cruz. La brisa es signo del Mesías, el Siervo, que no gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará” (Is 42,2-3). Dios no grita, susurra, acaricia. El susurro es el Siervo de Dios que viene, Jesucristo; en Él pone el Padre su complacencia (fe), y en él también nosotros hemos de poner la confianza (fe), en la dulzura del encuentro con Cristo hallamos a Dios. 

Para escuchar la voz de Dios y afianzar con ella nuestra fe se ha de hacer como Elías, salir de la cueva de nuestras seguridades. "Sal y aguarda al Señor en el monte" (1 Re 19,11), dice Dios. Ahí, en la intemperie puedes discernir la voz de Dios, que no está en el ruido de la tormenta y el terremoto, ni en el fuego cegador, sino en el silencio: "Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva" (1 Re 19, 12b-13).

La revelación de Dios en la caricia del aire nos recuerda los encuentros de Adán con Dios,  "que se paseaba por el jardín a la ahora de la brisa" (Gn 3,8). Para disfrutar de su compañía primero hay que aguzar el oído, afinar el alma para sentir su presencia escondida en las realidades del mundo; algo sólo posible en el silencio. Ahí, separado de todo, se manifiesta Dios mismo, sin un tercero. Es una experiencia a la vez dulce y terrible, por eso se cubre Elías el rostro con el manto, porque esa presencia es excesiva, un don inmensamente grande e irresistible. 



La fe es también un grito 
en medio de  ruidos amenazantes

En el evangelio de hoy vemos cómo Pedro se deja fascinar por el hecho asombroso de poder andar sobre el agua. Asustado por la presencia extraordinaria de Jesús pide un signo para creer: “Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Y, sin apartar sus ojos de Él se echa al agua; pero cuando el ruido y la fuerza del viento distraen su atención empieza a hundirse, y grita: “Señor, sálvame”.Aquí la fe de Pedro pasa de la satisfacción al grito, una petición de auxilio en la debilidad.

La oración de Pedro es un ejercicio de contemplación en medio de los ruidos amenazantes del mundo, un retorno a la mirada de Jesús,  que enseguida extiende la mano, lo agarra y le dice: “¡Qué poca fe!”. ¡Qué poca confianza tienes en mí! ¿De veras creías que iba a dejar que te hundieras? Cuando Jesús, con Pedro de su mano, subió a la barca, amainó el viento. (Mt 14,28-31). ¡Qué magnífica imagen de la vida espiritual!

¡Y qué magnífica imagen de la Iglesia! A los que se amedrentan por las tormentas que envuelven y amenazan con hundir la barca, decirles que ésta se hundirá sólo si no va Cristo en ella; o en otros términos: las cosas no marchan bien para la Iglesia cuando no hay fe, cuando no hay silencio y vuelta de la mirada a Cristo, cuando no escuchamos confiados la voz de Dios: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” (Mt 14,27). 

Cuando el miedo y la desconfianza nos invaden, ¿qué podemos hacer? Postrarnos ante Jesús, como los discípulos en la barca, y renovar nuestra fe en Él: “Realmente eres el Hijo de Dios” (Mt 14,33).

* * *
¿En qué Dios crees? ¿En el Dios de la exhibición y el espectáculo? Ahí no suele estar Dios. A Él se le suele encontrar en el silencio, en el susurro del Espíritu. A Dios lo podemos situar "fuera de nosotros", y ahí está, encima de nosotros o a nuestro lado. También está "dentro de nosotros". Todo ello son formas de hablar, porque el mismo Dios sobrepasa nuestras categorías espacio-temporales. Tener fe es creer en ese Dios sobre y junto a mí; pero también es sentir su presencia susurrante en mi interioridad donde le hallo misteriosamente presente.

Todo es cuestión de fe. Si has sentido que Jesús está ahí, a tu lado; si te ha fascinado su forma “callada” de hacer las cosas, si tu dicha está en ver cómo crece su presencia, su sabiduría, su Reino, mientras tú disminuyes, si ta abandonas a Él sin reservas, es que tienes fe. Y esa fe es capaz de mover montañas.
* * *
Estás en el desierto, esperando la manifestación de Dios en la gruta del Horeb. Asómate con Elías a la salida de la cueva y mira. Delante ti han pasado hoy muchas cosas, muchos acontecimientos. Revisa tu vida y pregúntate dónde y cuándo hoy Dios te ha susurrado su Palabra dejando sentir su presencia: en tu trabajo, en el encuentro con tus amigos o vecinos, en tu familia, en el rato de oración, en tu tarea y compromiso parroquial o social, en el servicio concreto que has prestado…. Los sucesos más puntuales, espectaculares y ruidosos han cautivado más tu atención; otros hechos de vida fueron más silenciosos, más cotidianos, aparentemente más insignificantes e intrascendentes, pero no por ello menos significativos.


Si descubres la presencia de Dios en alguno de ellos, si al caer en la cuenta nacen en ti deseos de cubrirte el rostro y de póstrate ante Él diciendo ¡qué grande eres, Señor!, felicítate porque tienes fe. No sabrás explicarla, pero al sentirla adviertes que los vientos y tormentas que amenazaban tu vida han perdido peso y ya no ocupan el centro de la barca. Has encontrado en la fe el punto de apoyo que necesitaba la palanca de tu vida para poder moverse ella misma y mover el mundo.

Casto Acedo Gómez. Agosto 2020 paduamerida@gmail.com 

jueves, 30 de julio de 2020

Poner todo en manos de Jesús (Domingo 2 de Agosto)


Un verano para olvidar



Extraño verano el que estamos viviendo. En el ambiente se percibe la incertidumbre que ha generado la pandemia. Por ora parte, la ola de calor que estamos padeciendo amilana y deprime. Hemos dejado atrás unos meses en los que la emoción contenida nos ha ido abatiendo y tensionando interiormente. Y cuando parecía que “la curva” en su descenso tocaba fondo, nos amenazan los rebrotes de contagio que aumentan el deseo de huir de esta pesadilla y el temor a que se enquiste y se haga crónica. Un verano para olvidar.


Muchos aprovechamos los días para disfrutar de un merecido descanso huyendo de los problemas recientes. Como Jesús, afectado por la muerte de Juan el Bautista, hemos buscado “un sitio tranquilo y apartado”. Queremos con ello alejarnos del agobio que generan las medidas de prevención limitando nuestra libertad: mascarillas, distancias, cuotas de asistentes a reuniones, prevenciones… La situación va pesando y es bueno retirarnos un poco. Pero, como también ocurrió a Jesús la necesidad ambiental de estar alertas en un mundo en pandemia, nos exige no desconectar del todo. Hay personas que siguen necesitando de nuestro pan, nuestra presencia y nuestras palabras de aliento. El corazón nos dice que  no podemos  evadirnos de una  realidad que nos interpela.

Hoy en el evangelio veo a Jesús, que mira a la multitud que le busca, “y siente lástima”, y se detiene “a curar a los enfermos”. Y traigo a mi mente a tantos como estos días siguen de cerca a quienes viven en la enfermedad, a trabajadores y voluntarios que no se permiten cerrar los ojos ni volver la espalda ante la necesidad. La misericordia no conoce descanso.
¡Dadle vosotros de comer!

Pasa el tiempo, las vacunas se hacen de rogar, se retarda la solución sanitaria al coronavirus y hay que planificar la vida sobre la marcha. Los discípulos le piden a Jesús que deje su tarea por hoy; “estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Ya has hecho bastante, y también nosotros hemos hecho por ellos todo lo que hemos podido.

Pero Jesús no es de esa opinión. “No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer”. Cuidad de todos. El hermano es tu responsabilidad, tu solidaridad fraternal es la respuesta a tus preguntas acerca de Dios Padre bueno. ¿Les vas a dar largas sin satisfacer su necesidad?

Y observo la estupefacción en el rostro de los discípulos. “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Nuestras posibilidades son muy limitadas, ¿qué podemos hacer?. Jesús les mira con ternura y  dice: “¡Traédmelos”!. Todo lo que valéis, todo lo que sabéis y tenéis, ponedlo en mis manos. No te reserves nada, no guardes nada para ti.

Cuando la necesidad parece insuperable, cuando los problemas se presentan como irresolubles, pon en mis manos lo que tienes. Eso dice Jesús. Él acogerá y multiplicará lo que tú des. Recuerda aquello de que quienes lo dejen todo por Jesús y su Reino recibirán el ciento por uno. En esta vida. Y luego, vida eterna (cf Mt 19,29),

Es lo que ocurrió aquel día que narra el evangelio. Los discípulos pusieron en manos de Jesús lo que tenían, y Él “partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”. Lo puedes contemplar como un milagro, un hecho sobrenatural; pero también puedes entender lo ocurrido como lo más natural del mundo: todos pusieron en la mesa lo que tenían, y todos comieron; incluso sobró. El auténtico milagro se produjo en el corazón de los presentes. Compartieron algo más que panes y peces; compartieron su conversión al amor. 

La multiplicación de los panes y los peces no fue un milagro puntual del pasado de Jesús; es un milagro siempre actual. Jesús, en su Iglesia, sigue operando aquel signo de amor. Cuando vemos a tanta gente que en Caritas, en cualquier otra asociación benéfica, o de modo particular, pone sus cualidades y sus bienes en manos de quien tiene necesidad, se siguen multiplicando los bienes. Cuando la compasión y la misericordia se movilizan en nuestro interior “abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores”. 


¿Qué podemos hacer?

Muchos se preguntan estos días dónde está Dios. ¿Qué hace por evitar tanto sufrimiento? Y la única respuesta que podemos darle es la de nuestro desprendimiento y servicio. ¿No habéis visto al Señor estos días junto a los enfermos en los hospitales, repartiendo alimentos por las casas, acompañando soledades, guardando dolorosas distancias personales y familiares…?

El hambre de la multitud en el descampado suscitó en el corazón de los discípulos el interés por alimentarles; la necesidad de los hermanos en estos días suscita también en nosotros la necesidad de ayudarles. ¿Qué podemos hacer? Poner nuestros bienes (cualidades, saberes, propiedades,…) en manos de Jesús, consagrarnos enteramente a Él. Y Él mismo irá aflojando las resistencias y justificaciones que tenemos para dar el paso adelante. 

Piensa en los Apóstoles, en san Antonio Abad, padre de los monjes, en Francisco de Asís, en Domingo de la Calzada, en Teresa de Calcuta… ¿Crees que a ellos no les costó poner sus panes y peces en manos de Jesús? Debió costarles lo suyo. Desprendernos de todo da miedo. Sobre todo “miedo a la muerte”, porque como tenemos puesta nuestra vida en ellos, tememos que el arrojarlos lejos nuestra vida se pierda en la oscuridad. 

Y es todo lo contrario; al dejarlo todo en manos de Jesús adquirimos el tesoro más valioso, porque descargamos la mochila, aligeramos la marcha de la vida, y ampliamos los espacios para Dio y los hermanos. Lo decían las parábolas de la perla y del tesoro que se proclamaban el domingo pasado. Los santos que antes mencionábamos descubrieron el tesoro del amor de Jesús. Esa es la clave.

Lo dice hoy san Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado”. Nos queda lo único que da vida: el amor, Jesucristo. Este beneficio, que ganamos cuando invertimos todo en su causa, nadie nos lo podrá quitar. “Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,35.37-39). 


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Pierde el miedo a lo que está por venir. Para ello bastará que pongas todo, te pongas todo tú, en manos de Jesús. Lo podrás hacer fácilmente si te dejas llenar de su amor. Sólo un alma enamorada estará dispuesta a darlo todo por el Amado. 

Dicen que lo peor de la crisis provocada por la pandemia aún no ha llegado. Tal vez sea cierto; y si las consecuencias negativas del virus resultaran no ser excesivamente graves para nuestra sociedad rica y opulenta, no sucederá lo mismo en países y regiones donde la pobreza es endémica.

Existen medios y técnicas con las que se puede paliar el hambre de tanto necesitado; pero sabemos que la clave para sanar el mundo no está tanto en el “tener medios materiales” cuanto en “ser misericordiosos”, es decir, estar dispuestos a poner nuestro ser y nuestros bienes en manos de Dios. 

Jesús obró el milagro. Pero no lo hizo sólo; hubiera sido poco educativo. Dios es misericordioso y te da el poder para actuar la misericordia. De hecho se te da el mismo como misericordia. El Señor "abre la mano y sacia de favores a todo viviente" (Sal 144). Abre la mano el Señor. Si abres la tuya con Él podrás saciar también el hambre y la sed de tu hermano. Y no olvides que "amar es dar", soltar, desprenderte, y en el mismo acto de amar se enriquece de bienes eternos tu vida.

Para salir de la crisis nada como una buena dosis de amor (misericordia, compasión, caridad, Jesús). Si gastamos nuestras energías en procurarnos esta virtud, veremos el milagro de los panes y los peces con nuestros propios ojos. Así lo augura el profeta: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis”. ¡Escuchadme! ¡Traedme vuestros cinco panes y dos peces! ¡Repartidlos entre la multitud!, ¡el amor será vuestro alimento!. Y viviréis.

Casto Acedo. Julio 2020

miércoles, 29 de julio de 2020


 Hambre y sed de sentido

Hambre y sed, palabras que resumen la necesidad básica del hombre; hambre y sed de pan y de agua, de cariño, de justicia, de silencio... Dejando a un lado  su pretendida autosuficiencia, el hombre es un ser necesitado. La carencia de algo aparentemente tan simple como el alimento material, o como estamos viviendo estos días,  la aparición de un minúsculo virus, tira por tierra cualquier pretensión de grandeza. 

Tenemos cosas que exhibimos, coleccionamos  y almacenamos,  pero sabemos que no sólo de pan vive el hombre; el pan, todo lo material, es útil para sobrevivir, pero no sacia totalmente nuestras necesidades. Apenas ha comido y bebido, la persona se pregunta  por el sentido de la vida, porque como acertadamente se ha dicho el hombre es un ser que no sólo sabe que vive sino que se pregunta por la vida; el ser humano no sólo sabe que muere sino que además busca un por qué y un para qué que le ayude a asimilar la vida y la muerte. Y pide una respuesta. ¿Dónde encontrarla? ¿Dónde saciar el hambre y la sed de sentido? ¿Cómo edificarse satisfactoriamente? 

La felicidad no se puede comprar. Es cierto que el dinero ayuda a la felicidad, pero no la da, igual que una cuchara es una buena ayuda para comer, pero ella no es el alimento. Hay quien pretende comprar su felicidad pagándose caprichos y diversiones, pero ésto no llena la vida, sólo la distrae.
El profeta Isaías invitaba al pueblo de Israel a hartarse de un alimento gratuito: “Venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde” (Is 55,1). Estaba diciendo que lo que realmente vale no necesariamente ha de tener un alto precio: “¿Porqué gastáis dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?”. Como se ha dicho,  el hombre no vive sólo de pan, también necesita de la Palabra de Dios: “Inclinad el oído, venid a mí; escuchadme y viviréis” (Is 55,2; cf Mt 4,4). 

El profeta parece decir que gastamos demasiadas energías en acumular bienes materiales, en procurarnos el alimento material y perecedero, y dedicamos poco tiempo y esfuerzos al alimento  que perdura. Para nosotros ese alimento que no perece es Jesucristo; quien le come no pasa hambre ni sed y tiene vida eterna (cf Jn 6, 35.47).


Jesús, pan de vida

Jesús pasó por el mundo saciando el hambre y la sed de sus contemporáneos; se encarnó para dar vida al mundo (cf Jn 10,10), y así, cuando ve el sufrimiento de los enfermos y el hambre de las masas, siente compasión y les socorre. 

Estamos viviendo momentos en los que la vida social, económica, sanitaria y espiritual de la humanidad están siendo afectadas por la pandemia del coronavirus. Poco a poco nos vamos adaptando a convivir con la enfermedad, pero para ello hemos debido avanzar dejando un lado los planteamientos egoístas de “sálvese quien pueda”  y aflojando la desmesurada fe en la ciencia tan arraigada está en nuestra cultura. Porque no hay duda de que somos idólatras de la ciencia cuando hacemos de ella el gran motivo de nuestra esperanza. Durante estos meses hemos escuchado y seguido fielmente los mandamientos de los científicos-sacerdotes, sin darnos cuenta de que la ciencia es tan solo un medio de salvación falible como otros tantos. Ahora, cuando los rebrotes hacen su aparición, vamos asimilando que la solución al problema no es solo científica sino también ética y espiritual.  ¿De qué nos sirven los saberes científicos si éstos no se ponen al servicio del bien y la plenitud de la humanidad? ¿Qué valor tiene conocer los medios de transmisión del virus si falla la conciencia humana que se implique?  La ciencia por sí misma no soluciona nada. Es más, la ciencia es perversa cuando yendo más allá de su función instrumental toma partido por 

La narración del milagro de la multiplicación de los panes y los peces (Mt 14,14ss) pone en evidencia la “humanidad” de Jesús, la ternura de su corazón. Este milagro, amén de una invitación a poner todo en común, es una parábola que señala dónde poder saciar nuestra sed y nuestras hambres: en la gracia de Dios que es Jesucristo. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11,29).

Para conducirnos por la vida no basta con recibir el alimento material que sostiene al cuerpo; es preciso también comer otro alimento, porque “no sólo de pan vive el hombre” (Mt 4,4); Jesús dijo que su alimento es  hacer la voluntad de su Padre (cf Jn 3,34), es decir, conducirse según Dios. Pues bien, para “bien vivir” también nosotros tenemos el alimento que es el mismo Jesús, la voluntad del Padre hecha persona y alimento en el mismo Jesús. Escucharle y  seguirle, además de gratis, es más satisfactorio que vivir instalados en lo material y sensual. Como dice el salmo: “Más valen para mi tus enseñanzas que mil monedas de oro y plata" (Sal 119,72).
Gracias a Dios, en nuestra sociedad del bienestar tenemos suficientemente asegurado el pan; en el caso de muchos con exceso, lo cual impide valorarlo en su justa medida. Derrochamos, y buscamos en el alimento unas exquisiteces que no son sino la manifestación externa de nuestras insatisfacciones. Me gusta decir que una sociedad es decadente cuando sus diseñadores de moda, perfumistas y cocineros adquieren un reconocimiento público mayor que el de sus filósofos y santos. Y esto está ocurriendo en nuestro norte desnortado. 

Resulta iluminador la cantidad de negocios que están cerrando estos días  a causa de la epidemia del coronavirus. La inmensa mayoría de los negocios que quiebran están relacionados con la producción y venta de vienes superfluos (moda, diversión, turismo, ...). Acosados por la pandemia estamos descubriendo que muchas de las cosas que creíamos  esenciales parea vivir son prescindibles; si tienen algún valor es solamente porque generan un empleo necesario que facilita la redistribución de la riqueza. Pero a costa de una dinámica consumista despersonalizadora. Hemos hecho de lo superfluo un negocio y la dura realidad nos dice que si abandonamos el consumo de estos bienes innecesarios se produce un desajuste y una desigualdad tremenda entre nosotros. Ante esto sólo queda una solución: el retorno a la austeridad solidaria, el partir los panes y los peces siguiendo una política social que puede que sea menos glamurosa pero más fraternal. 

La situación que vivimos podríamos vivirla como una invitación, una llamada, a abrirnos a un nuevo modo de vivir donde el objetivo no sea la recuparación de la economía sino de la persona.   

Tenemos mucho pero, a pesar de ello, ¿podemos decir que somos felices?, ¿cómo explicar que los mayores índices de depresión anímica se hallen entre los hombres del primer mundo? El motivo está en la fe con que se vive,  en la manera en que se  enfoca la vida. Quien vive en la pobreza material cree que hallará la felicidad una vez salga de ella; quien ha salido de ella suele experimentar la decepción de sus expectativas. Ya comemos y bebemos, ¿y ahora qué? El hombre no está satisfecho con vivir si no encuentra un por qué y un para qué a la vida, una fe que le sostenga cuando decae la esperanza.

El por qué y el para qué de vivir nosotros los creyentes cristianos lo hemos encontrado en Jesucristo. Por él hemos venido a la vida (existir es ya obra del Hijo, palabra creadora de Dios cf Col 1,16), y por él hemos sido redimidos: no sólo porque nos ha dado un ejemplo-testimonio de cómo lograrnos como personas, sino porque con su Pascua dió y nos sigue dando su gracia que nos fortalece y nos hace crecer en santidad; “Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación” (Concilio Vaticano II, GS 10).

En otras palabras: Cristo da sentido a nuestras vidas. Cuando Jesús y su Evangelio entran en nuestra historia, cuando le dejamos ser el eje de nuestro sentir, pensar y actuar, podemos afirmar con san Pablo que somos inconmovibles en nuestra felicidad, porque nada, ni aflicción ni angustia, ni hambre, ni desnudez, ni peligro alguno, nada absolutamente, puede derribar a quien se ha asentado en la roca que es Jesús (cf Rm 8,35.37-39; Mt 7,24-27).

El mundo vive insatisfecho. Los pobres, acuciados por el hambre y las deficientes condiciones de vida, claman ante todo por el pan material; la falta de éste les lleva al sufrimiento y la desesperación. Los ricos, insatisfechos en su abundancia, no acaban de ver la razón de su infelicidad cuando en lógica mundana lo tienen todo para ser felices.

¿Dónde encontrarán la vida? Una oración de bendición de la mesa reza así: “Señor, da pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan”. Cuando los que tienen pan sientan en sus entrañas el hambre de justicia, los que tienen hambre de pan serán saciados. Entonces todos ganaremos; los pobres porque saldrán del abismo de la pobreza, los ricos porque habrán encontrado que la clave de la auténtica felicidad está en compartir los panes y los peces que se tienen. Cuando esto ocurra, todos los hombres quedarán saciados, e incluso sobrará más de lo que sospechamos (cf Mt 14,16-20). Para entonces habremos entendido que lo que gratis (inmerecidamente) hemos recibido, gratis (con amor incondicional) hemos de darlo (cf Mt 10,8). 

¡No dejes ni que se pudran los peces en tu cesta, ni que se endurezcan los panes en tus alforjas! Si eso ocurre, ni los pobres comerán, ni tu estarás satisfecho de tu vida. Cuando tu das y te das, el Señor abre la mano y sacia a su pueblo de favores (cf Sal 144,16).  Es el milagro de la fe en Jesucristo.

Casto Acedo Gómez. Agosto 2017paduamerida@gmail.com.

En recuerdo de Manolo Calvino



Hay días, meses o años que desearíamos olvidar cuanto antes por los acontecimientos luctuosos que vivimos en ellos. Sin embargo, ahí están; como este 2020, año de la pandemia del covid-19 y sus consecuencias humanas, económicas y espirituales. Si a este hecho le añadimos acontecimientos tales como la enfermedad y la partida de personas  a las que uno se siente entrañablemente unidas, el panorama pasa de gris oscuro tirando a negro. 

Ayer, tras algo más de un mes hospitalizado, luchando en la UCI por sacar adelante su vocación de vida, y mientras multitud de hermanos le acompañábamos en su sufrimiento y en la oración común al Padre Eterno, Manolo Calvino nos dejó. Su partida nos sume primeramente en un silencio desconcertante. Cuando nuestras oraciones no son escuchadas según nuestros criterios, nos parece que todo se ha derrumbado. Sin embargo, en nuestras oraciones siempre estuvo presente la petición más dura de todas, esa que sólo puede ser inspirada por el Espíritu Santo, la petición de Jesús en Getsemaní que cada día repetimos con más o menos consciencia en el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad”. 

Ahora que nuestros planes y deseos, nuestras plegarias a Dios, no se han visto refrendados según nuestros gustos, nos toca reflexionar y meditar sobre la esencia de nuestra fe: la Pascua. La Cruz es su signo. Cristo “habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec” (Hb 5,7-10). La Cruz como símbolo de vida y fecundidad. Es sorprendente que el texto diga que “fue escuchado”. ¿Acaso no murió? Sí, murió, pero con su muerte “llegó a la perfección y se convirtió en causa de salvación”, y por este camino mereció ser proclamado “Sumo Sacerdote”. 

Nos quedamos con este texto, notablemente paradójico, que expone el maravilloso misterio que como cristianos y sacerdotes nos atrae y fascina. Manolo ha seguido los pasos de Jesús. En realidad su muerte es el colofón de una entrega diaria en el anonimato de unas relaciones fraternas y cercanas. Manolo ha sido una persona humilde, sencilla, familiar, entrañable, servicial. Entre los compañeros sacerdotes de su curso siempre fue signo de prudencia, discreción y acogida. Su casa, su corazón, siempre abiertos; la mesa bien dispuesta, “caliente el pan y envejecido el vino”. Nunca olvidaremos su disponibilidad y hospitalidad, su modo de servirnos la mesa con un cariño maternal que echaremos de menos. Con sus amigos, y me consta que también con todos aquellos a los que fue enviado en su ministerio, ejerció su sacerdocio con la misma finura exquisita, con la dignidad, humildad y servicialidad con que vivió su vocación. 

Ha sido para nosotros, casi sin que lo percibiéramos, el toque de equilibrio en momentos de tormenta, el moderador de conflictos, la palabra pacificadora y la referencia obligada para discernirnos como pastores. Porque Manolo ha sido un  “pastor bueno”, que se ha distinguido no por sus títulos y dignidades, sino por caminar delante de sus ovejas, con el cayado de la cruz en la mano, conduciendo al rebaño a las verdes praderas del Reino. Un pastor que se pateó las calles de sus parroquias y conoció a sus ovejas por su nombre. Y como fiel oveja del rebaño ha sido llamado al Cielo por el Buen Pastor al que amó e imitó. Lo imagino ahora ante Él, sonriéndole, y pidiendo bendiciones para cada uno de nosotros. 

Manolo, no te has ido. Has cumplido tu peregrinación. Y, en virtud de la comunión de los santos, sigues entre nosotros. Con todo nuestro amor, damos gracias al Padre por todo lo que nos ha dado en tu persona, porque, con Cristo, has sido “causa de salvación eterna” para muchos. También para nosotros. Gracias.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com Julio 2029

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...