jueves, 27 de octubre de 2022

Una voz grita en el desierto


Litúrgicamente hablando subimos  el segundo peldaño del Adviento que nos va acercando a la Natividad del Señor. El primer domingo nos invitó a la esperanza atenta (vigilancia), mirando al pasado de Israel y tendiendo los brazos a la venida futura y definitiva de Cristo. Hoy la liturgia parece insistir en la necesidad de preparación en el presente: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,2). Como modelo: Juan Bautista, “el mayor nacido de mujer”, el mejor hombre de la historia. De él dirá Jesús: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista”, (Mt 11,11). Junto con María Inmaculada, el Bautista, nuevo Isaías, es para nosotros luz de Adviento, "voz que grita en el desierto" (Lc 3,4; Is 40,3), sendero para llegar a Cristo sin quedarnos a medio camino, porque  con él aprendemos a no confundir los medios con los fines, a no equivocar “al que es” con “los que no son o simplemente le anuncian”, por muy simpáticos que éstos sean. El precursor se quita de en medio y pasa a segundo plano: “El que viene detrás de mí puede más que yo” (Mt 3,11). San Juan evangelista dirá de su homónimo que “No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz” (Jn 1,8).
 
La ciencia del Señor

"Está lleno el país de la ciencia del Señor", dice el profeta Isaías (11,9). Es curioso cómo hemos perdido en el lenguaje cristiano el uso de la expresión “conocimiento del Señor” para significar la conversión. Nos parece una expresión excesivamente intelectual. Algo parecido sucede con la palabra "teoría", reducida hoy a constructo intelectual y que en su momento significó la meta de la contemplación.  En la  Sagrada Escritura conocer algo es tener experiencia concreta de ello. Es obvio que sólo desde la experiencia del amor se puede llegar al conocimiento del Otro y de los otros. En el lado opuesto tenemos la ignorancia, a la cual nos conducen  el miedo, el odio y la desconfianza; con el pecado el hombre se cierra  en un  círculo vicioso, ya que el odio y el rechazo no producen conocimiento sino ignorancia y alejamiento. El Niño-Dios, que trae el conocimiento divino viene a romper ese círculo infernal, el hechizo mortal del pecado.


Para los tiempos mesiánicos (para la Navidad) se dice en Isaías que “el país está lleno de la ciencia del Señor” (Is 11,9), de su amor. Cuando el amor del Señor ocupa el espacio, las relaciones humanas cambian y aquellos que vivían en la hostilidad son atraídos por la amistad y la comunión, por eso ”habitará el lobo con el cordero … la pantera con el cabrito, ... el novillo con el león... la vaca con el oso … el niño con la serpiente venenosa”. (Is 11, 6-9).

No dejemos pasar de largo en nuestra reflexión de Adviento la dimensión social y eclesial que tiene este texto. Cuando el profeta anuncia en parábola la utopía de la convivencia y la paz perfectas hemos de contemplar nuestro mundo y nuestra Iglesia como una gran comunidad donde cada uno tiene su propia identidad, su “pelaje” peculiar, hay entre nosotros lobos y corderos, vacas y tigres, víboras y niños inocentes, seres con diferencias peculiares tan grandes que nos parecen imposibles de barajar para una buena convivencia; dejándonos pastorear por el niño-Dios (“un muchacho pequeño los pastorea” (Is 11,6) es posible la paz, la justicia y la comunidad. Hermoso poema de Navidad estos versículos de Isaías. 

Navidad es fiesta familiar, pero no lo es menos eclesial (parroquial), porque una comunidad cristiana sólo es viable desde el encuentro de muchos bajo la llamada y mirada del Divino Pastor (cf Jn 10,16). Cuando Dios nazca en nuestra vida, en nuestra Iglesia, en nuestra sociedad, cuando nos acojamos como Cristo nos acogió (Rm 15,7), habremos alcanzado la meta de nuestra salvación. Entonces seremos en verdad Iglesia, y la venida del Señor será cosa hecha.

Conversión a Dios desde el legalismo y el ritualismo 
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Junto a Isaías y María de Nazaret, Juan Bautista da colorido a la esperanza del Adviento; con su predicación invita a dejar sitio al que viene en nuestra vida personal y social. Dice el Bautista a los hombres de su tiempo lo mismo que luego dirá Jesús: “Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3,1-12; cf 4,17), ¡Confesad vuestros pecados! ¡Eliminad todo lo que impide el paso (Pascua) del Señor!  Juan Pablo II lo repetirá: "¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!". La salvación que trae el Mesías es un regalo, pero no entrará en nuestra historia sin nuestro permiso; como ya dijo san Agustín: Dios, que te creó sin ti no te salvará sin ti; sin un movimiento interior que abra las puertas desde dentro, Dios no accederá a tu vida.
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Conversión es lo que el Precursor pide sin miramientos a las clases más privilegiadas de Israel: por un lado a los fariseos, que habían domesticado la fe y la esperanza del pueblo reduciéndola a una serie de formalismos legalistas que no conducen a nada. Para los fariseos la religión tiene como fin el cumplimiento de la Ley; e ignoran la primacía del amor, sin la cual la ley, como la fe, está muerta (cf Sant 2,17). Es la reiterada y siempre actual tentación de elevar los medios a categoría de fines. Poner la confianza en la Ley es cerrar la puerta a la gracia. Los fariseos se creían seguros porque cumplían la ley, y Jesús desenmascara su error: “No os hagáis ilusiones pensando: ´Abrahan es nuestro padre´” (Mt 3,9). El Señor no viene para asegurar nuestras cadenas al mástil de la Ley, sino a desatarnos de todo lo que nos impide amar; y entre esos impedimentos puede estar la misma ley en lo que puede tener de engaño y manipulación. “Para ser libres nos liberó Cristo” dirá san Pablo (Gal 5,1); para que el orden nuevo se establezca no basta cultivar las formas, es preciso ir al fondo. Una vida centrada en la ley, y que ignora (¡cuán necesaria es una formación cristiana seria!) u olvida que la ley está hecha para el hombre y no el hombre para la ley (cf Mc 2,27), no acerca a Dios. La letra de la ley mosaica es letra muerta si no está penetrada del Espíritu del amor del Señor.

Tampoco el ritualismo, ni el amor a las riquezas y al poder, propio de los saduceos, son un buen camino para hallar la Vida. Es cierto que a veces estas prácticas y realidades parecen dar seguridad a las personas y a las instituciones, pero sólo es una ficción; los ritos no son el objetivo último del Reino de Dios, tampoco está el Reino donde se acumulan riqueza, poder e influencias. Dios viene en pobreza, debilidad y mansedumbre. Desde la paz y la insignificancia social “herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío” (Is.11,4), establecerá así la nueva era. “Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3,10). Una llamada urgente a dar frutos de buenas obras.


Contemplemos en Adviento la inigualable figura del Bautista. Su buen hacer, sellado solemnemente con su muerte, nos ilumina. Los poderes de este mundo, celosos de su ciencia y su dominio, pidieron su cabeza, que fue cortada en un intento de decapitar los inicios del movimiento de renovación que más tarde culminaría con la entrega, muerte y resurrección de Jesús. Con su testimonio (martirio) y predicación da paso al Salvador. Nosotros somos ahora los continuadores de aquella misión. También nosotros estamos llamados en Adviento y en todo tiempo a “preparar el camino al Señor” que viene. A nosotros, como a san Juan, se nos pide ser voz y signos que mantengan viva la esperanza en tiempos de increencia e incertidumbre sobre el futuro; somos convocados para ser brotes nuevos que nazcan del tronco viejo del mundo. No sin dificultades, no sin incomprensiones.
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Casto Acedo Gómez. Diciembre 2016

Dios, amigo de la vida, amigo de Zaqueo (Domingo 30 de Octubre)

  
 Dios es amigo de la vida

El texto de la Sabiduría que pregona la liturgia de este domingo es sorprendente por la sencillez y hermosura de su mensaje. Toda una invitación a la contemplación de Dios en su misericordia, en su amor. "Eres indulgente con todas las cosas, -dice-  porque son tuyas, Señor, amigo de la vida".

La Palabra nos pone hoy en situación recordándonos la pequeñez de las creaturas ante la grandeza del Creador: “Señor, el mundo es ante ti como un grano de arena en la balanza” , que ni siquiera mueve el fiel,  porque su peso es insignificante. El mundo es minúsculo, y el hombre, que habita el mundo es pequeño como él, diminuto, intrascendente, por más que se empeñe en hacer valer sus méritos.
 
Luego, en contraste, la Sabiduría nos muestra la grandeza de Dios, que no está en la fuerza y el poder con que pudiera impresionar a las criaturas; la fuerza de Dios no se afirma en su soberbia y capacidad de venganza, no busca la humillación de sus enemigos... El Señor “muestra su poder con el amor y la misericordia” (Oración colecta de este domingo): Cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan... Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa no la habrías creado” (Sb 11,23-24).

"Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado". Preciso y digno de ser repetido: "si odiaras algo no lo habrías creado".  El amor es creador, el odio no tiene el poder de crear sino de destruir, por eso todo lo creado es necesariente reflejo del amor de Dios. Dios no odia nada de lo que ha creado, cuando te llamó a la existencia te amaba, y te sigue amando, porque su amor es un amor auténtico, eterno, un amor que es fiel, que permanece a pesar de tus infidelidades. “A  todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida” (Sb 11,26).

Como amor creador que es,  Dios quiere la vida del hombre. En una cultura de guerra local en Ucrania y que amenaza ser global, un mundo que experimenta la amenaza y la muerte en la violencia, la indiferencia hacia el pobre, la globalización económica, los lujos deslumbrantes, las ambiciones de poder, las mentiras, el vacío espiritual, ... Dios no cesa de llamar a la vida: “En todas las cosas está tu soplo incorruptible” (Sb 12,1). Y porque el Señor quiere a sus hijos, el autor del libro de la Sabiduría afirma: ”Por eso corriges poco a poco a los que caen; a los que pecan les recuerdas su pecado, para que se conviertan y crean en ti, Señor” (Sb 12,2).

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Zaqueo

Dice el evangelio de san Juan que "Dios es amor" (cf 1 Jn 4,8). Y si es amor, es perdón. Porque la bondad, la misericordia y el perdón son cualidades inseparables del amor. ¿Acaso hay mayor muestra de amor que el ejercicio del perdón? ¿Acaso hay otro camino para el amor que no sea el de la reconciliación? Dios es agente de amor, de perdón, de reconciliación. Y el amor de Dios se ha manifestado en Jesucristo.

Dios Padre estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo”, dice San Pablo, (2 Cor 5,19). Mirémosle en la cruz. Y no solo ahí; repasando todo su ministerio público podemos ver que en todo fue reflejo del amor del Padre. Así se nos revela en el evangelio de san Lucas, y especialmente hoy en el pasaje de Zaqueo (Lc 19,1-10).
 

Zaqueo, “bajo de estatura”, pequeño. Uno entre muchos, como tu y como yo, perdido entre la multitud, “insignificante como un grano de arena en la balanza” (Sb 11,22), por más que creyera y creamos que somos algo importante.

Zaqueo era un hombre insatisfecho; tenía buena posición social: funcionario bien situado, “jefe de publicanos y rico” (Lc 19,2). Pero no era feliz. Los engranajes chirriaban
 en la intimidad de su ser, allí donde cada uno experimenta dolorosamente que no es tan importante como su cargo, ni tan rico como su cuenta corriente, ni tan feliz como aparenta ser.

Zaqueo se sentía despreciado. Es más, no solo se sentía, sino que era despreciado por sus vecinos. Sus relaciones vecinales no eran buenas porque las movía el interés, no la gratuidad. Era despreciado por colaboracionista, porque recaudaba impuestos para el enemigo romano imperialista, y ¿no le despreciarían también sus vecinos por su situación privilegiada y su riqueza? 

Sea como fuere, Zaqueo vivía marginado por sus vecinos, y no era feliz. Aunque no se sentía totalmente fracasado la vida que llevaba le inquietaba. Hundido hasta el cuello en la basura de la corrupción, moralmente degenerado e infeliz, no había claudicado en su búsqueda de la felicidad verdadera. Aún vive en la esperanza de reflotar su vida. Precisamente eso es lo que le lleva a ver al profeta de Nazaret del que había oído cosas admirables, y que pasaba por allí.
 
En su búsqueda Zaqueo se encuentra con Jesús. Aunque es más bien Jesús quien le sale al encuentro: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa” (Lc 19,5). Dios (Jesús) no odia a Zaqueo y “cierra los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan” (Sb 11,23). Dios en Jesús sale al encuentro de Zaqueo.

No es una novedad, Dios es el que siempre tiende la mano, el que tiene la iniciativa. Recordemos como sale al encuentro de Adán en el paraíso tras el pecado; y Adán se esconde, porque siente vergüenza de su culpa, pero Dios sigue insistiendo en el encuentro (Gn 3,8-11). Zaqueo, esta vez,  no se esconde: “El bajó enseguida y lo recibió muy contento” (Lc 19,6a).

 
Zaqueo cambió su vida
 
Jesús fue a casa de Zaqueo. ¿Y qué pasó? Pasaron dos cosas; la primera fue algo deprimente: “Al ver esto, todos murmuraban: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador” (Lc 19,6b) Los buenos, los puros, los fariseos, encuentran su oportunidad para sacar a la luz su odio; sus murmuraciones son el reflejo de su desconocimiento del amor de Dios;  y reflejo también de sus propias insatisfacciones.
 
Lo otro que pasó fue que Zaqueo dio un giro a su vida. Cambió porque experimentó el amor de Dios. ¡Sólo el amor tiene fuerza para cambiar al hombre y al mundo! El amor fue capaz de derribar el muro del pecado de Zaqueo con mucha más facilidad que los insultos y desprecios de sus vecinos. ¡Qué gran enseñanza! Sólo desde el amor podemos colaborar a un mundo mejor; sólo desde el amor y respeto al prójimo -incluso cerrando los ojos a su pecado- podemos ayudarle a encontrarse consigo mismo y con Dios: “Zaqueo se puso en pie y dijo: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más” (Lc 19,19,8).

Estamos ante una conversión del corazón, afectiva: Zaqueo experimenta, siente, el amor de Dios, ha encontrado para su vida una base mejor que el dinero. Pero su conversión no se queda ahí, en lo hondo de su ser, en el “sentir”, sino que la revolución interior se expande hacia fuera, se hace material y visible, efectiva: repara el daño hecho; muestra con sus obras la conversión genuina. Quizá muchos de sus paisanos no fueron capaces de percibir los cambios interiores de Zaqueo, pero su nuevo porte exterior, sus nuevas actitudes, seguro que no pasaron desapercibidas.
 
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Ya lo hemos dicho antes: nuestro Dios es 
"indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida". El evangelio de la conversión de Zaqueo viene a decir lo mismo, aunque concretado en Zaqueo:  “Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,9-10).  Jesús ha venido no para los sanos sino para los enfermos; ha venido para poner vida donde hay muerte, para poner amor donde hay odio, para poner libertad donde hay servilismo. Mira tu vida y vuélvete a Él; aún tienes solución. 
 
Mira la grandeza de Dios, el poder de su misericordia. Contempla todo eso en Jesús:  ¿no te emociona ver en la cruz al mismo Dios que muere de amor por ti?. Llénate de ese amor y hazlo tuyo, luego "anda, haz tu lo mismo" (Lc 10,37). 

¡Que Dios te bendiga y te conceda una conversión tan dichosa como la de Zaqueo! ¡Que te haga misericordioso para poder así alcanzar la misericordia que por tus obras no mereces! ¡Y que te haga luz de su misericordia para quienes esperan tu perdón!
 
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Otro comentario en:

Octubre 2022
Casto Acedo 

jueves, 20 de octubre de 2022

Fariseísmo y humildad (23 de Octubre)

 

 Fariseísmo

El domingo pasado proclamaba la liturgia la parábola de la viuda insistente y “remachona” y el juez negligente y perezoso (cf Lc 18,1-8). Narró Jesús esta parábola  “para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”. Concluía Jesús que si aquel juez, “que ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, escuchó las súplicas de la viuda ¿No va a hacer Dios “justicia a sus elegidos que le gritan día y noche”?

El evangelio de hoy comienza también dando razón de la parábola que se va a exponer; en este caso “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás” (Lc 18,9). Se dirige claramente a los fariseos, grupo social y religioso muy bien delimitado en su tiempo, cuyas actitudes ante Dios y el prójimo retrata con este ejemplo.

El fariseísmo consiste en sentirse justificado y puro, distinto a los demás: “no soy como los demás” (Lc 19,11), y todo por considerarse un fiel cumplidor de las leyes y formas religiosas: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” (Lc 9,12). Fariseo es el que cumple el mínimo exigido y se cree perfecto,  el que habla de una manera jactanciosa y actúa luego miserablemente, un hipócrita.

El fariseo es, en expresión del papa Francisco,  un hombre "descentrado"; Su corazón debería estar en Dios, meta de toda oración y vida cristiana; pero no es así, su corazón está en sí mismo. Por encima de Dios coloca su propia perfección. Eso le hace orgulloso: ora erguido, desafiante, situándose a la altura de Dios (¿o por encima?); sus palabras más que dirigidas a Dios parecen hablar a su propio “ego”; está tan lleno de “perfecciones”, de cosas que cree ha cumplido y va a seguir cumpliendo, que no tiene espacio en su vida para Dios, y mucho menos para el prójimo, al que desprecia: “Te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano” (Lc 19,11).

 
El fariseísmo es una enfermedad del alma, una equivocación que no solo destruye a la persona que lo sufre, sino  también a los que queriendo acercarse a Dios  no logran hallar el camino, porque el fariseo se lo oculta. Podemos recordar aquel pasaje del ciego de nacimiento en Jn 9, donde los fariseos son las fuerzas de las tinieblas que quieren apagar la luz que es Cristo. "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que sí quieren" (Mt 23,13).

Evitar el fariseísmo es una grave responsabilidad para cada cristiano y para toda la Iglesia. Una iglesia que quiera ser evangelizadora tiene que comenzar por arrancar de sí cualquier resquicio de fariseísmo. Ella misma, como institución al servicio de Cristo, ha de examinar si vive centrada en sí misma o en Dios y su reino, si es autorreferencial y se predica a sí misma o predica el evangelio de Dios. En la sinceridad y coherencia de la fe propia y la predicación consecuente se juega mucho el cristiano y la iglesia a la hora de evangelizar.

 
Humildad
 
Jesús, confronta la actitud farisaica con otra más apropiada, que es la humildad, la cual  supone una gran dosis de sinceridad para con uno mismo y para con Dios. Es la postura que muestra el publicano de la parábola, persona considerada pecadora en aquellos ambientes. Sin embargo la parábola da a entender que el publicano, que no es perfecto ni presume de ello,  camina hacia Dios; lejos de orar erguido, desafiante, como si fuera el dueño del templo, lo hace quedándose atrás “y no se atrevía ni a levantar los ojos”(Lc 19, 1).

El publicano  no se siente amo de la casa de Dios sino  indigno de estar en ella; Dios le impresiona; y, lejos de hablar de sí mismo dedicándose a contemplar sus “riquezas”, pone ante  Dios  su “vacío”: “Ten compasión de este pecador” (Lc 19, 13); Su “vacío de Dios” se convierte en un “vacío para Dios”, un lugar adonde Dios puede acceder y accede; por eso “bajó justificado” (Lc 19,14), es decir, escuchado, atendido, acompañado de Dios.

Para el publicano el único perfecto es Dios, y la única perfección posible es buscarle siempre y hacerle sitio en la propia vida.

¿Dónde me sitúo?
 
a) ¿Me veo reflejado en el soberbio fariseo? Así será si miro a los demás por encima del hombro. El fariseísmo es un pecado que el Señor denunció con dureza; tal vez porque no  daña sólo al que lo sufre, sino que además, en el caso de personas que están llamadas precisamente a dar testimonio (sacerdotes, padres, maestros, educadores…), supone un daño añadido hacia los débiles (catecúmenos, niños en formación, hijos, etc.).

Santa Teresa de Jesús habla de la soberbia -ella la llama “engreimiento”- como uno de los cánceres más dañinos de la vida espiritual. 

“El modo en que el demonio puede hacer mucho daño sin que nos demos cuenta es haciéndonos creer que tenemos virtudes que no tenemos, que esto es pestilencia… ; parece que damos y servimos y que está el Señor obligado a pagar, y así poco a poco esto hace mucho daño, porque por una parte se debilita la humildad, y por la otra nos descuidamos de adquirir esa virtud, porque nos parece que la tenemos ya ganada”. (Camino 38,5).
 
¡Pestilencia! Cuando la fachada humilde oculta el fondo soberbio huele mal, es el olor del corazón corrompido por la refinada maldad del fariseo.  ¿Soy de los que creen que Dios está obligado a pagarme todo lo que hago por él? ¿Cómo huele mi vida: olor putrefacto o suave olor de Cristo?
b) ¿Cómo ando de humildad?  El humilde tiene conciencia de que todo lo que posee lo ha recibido; se da cuenta de su necesidad de Dios y de los demás. Ha aprendido que no es nada sin el Otro y sin los otros. La humildad es la base de una buena relación con Dios y con los demás, y el cimiento de la vida eclesial, porque considera a Dios como lo que es: la suma verdad, bondad y belleza, y al prójimo como a un igual, un compañero de camino.
 
Volviendo a santa Teresa, ella sostiene que si hay una virtud cristiana básica, es decir que ha de estar en la base de  la vida del cristiano y de toda comunidad, esa es la humildad: 

No penséis, amigas y hermanas mías –les dice a sus hijas del Carmelo- , que serán muchas las cosas que os encargaré… Solas tres me extenderé en declarar…: la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas” (Camino 4,4). 

La humildad es la principal virtud –dice- y abarca a todas las demás. Si decimos que amamos y que vivimos la pobreza, pero no nos vemos humildes, es que no hemos entendido nada.
 
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El camino del discípulo ha de ser el de su maestro. Jesús vivió en humildad: “siendo de condición divina no alardeó de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su grandeza y tomó la condición de siervo” (Flp 2,6-7). Vivió Jesús centrado en el Padre, cumpliendo su voluntad (cf Mt 26,42). En la Eucaristía podemos contemplar este misterio de la “humildad de Dios”; misterio de la Encarnación, Dios-humilde en el pan y el vino.

Vacíate de tus engreimientos y, con el publicano, dile: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma quedará sana”. Dios puede concederte el don de la humildad si se lo pides de corazón. Te lo ha dicho la primera lectura y el salmo: “El Señor escucha la súplica del oprimido... el juez justo le hace justicia” (vv 26.22); “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha” (cf Sal 34,7)

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Otro comentario a este evangelio, con unas referencias al final de cara a la Jornada Misionera de hoy (DOMUND) en: 


 Octubre 2022
Casto Acedo

miércoles, 5 de octubre de 2022

Gratitud (Domingo, 9 de Octubre)

2 Re  5,14-17; Sal 97, 1.2-3ab. 3cd-4; Tm 2,8-13; Lc 17,11-19

Leído el evangelio de este domingo, que trata de la curación de los diez leprosos y el agradecimiento del leproso samaritano, podemos hacernos esta pregunta: ¿Qué hacía un samaritano entre judíos? ¿No eran enemigos irreconciliables (cf Jn 4,9)? Sin embargo, el hecho de padecer la misma enfermedad ha hecho posible que nueve leprosos judíos acepten entre ellos a un compañero de infortunio aunque procediera de la línea enemiga.

Los sufrimientos comunes parecen unir más que los gozos; tal vez porque cuando la relación es desde la pobreza y la insignificancia desaparece el miedo a que el otro  arrebate la riqueza o la posición propia. Desnuda de todo y tocada por la desgracia la persona encuentra más motivos para la comunión que situada en la abundancia de riquezas, títulos, o rangos. Resulta curioso a su vez que, una vez todos curados, el leproso samaritano aparezca en escena solo, ajeno al grupo. ¿Acaso no es posible la acción común cuando ya se ha obtenido todo cuanto necesitaba cada uno? Sea como fuere, diez pidieron la curación, y sólo uno vuelve para dar gracias, una parábola del hombre de hoy y de siempre. 
 
Pero, anécdotas aparte, vayamos a la totalidad del texto que narra la curación de diez leprosos (Lc 17,11-19), y extraigamos de él otras enseñanzas.


 
Oración

Observamos en primer lugar la oración de los leprosos: siendo fieles a la ley que les manda permanecer lejos de los sanos (cf Lv 13,45-46), los diez leprosos «se pararon a lo lejos» y gritaron con fuerza, sin miedo, conscientes de su enfermedad: «¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!» (Lc 17,13).

Sienten fuertemente su pobreza, su indigencia y la necesidad de ser curados; en su situación dolorosa no se cierran en el lamento, también apuestan por la esperanza de que Jesús, ese del que han oído hablar como sanador, les puede sacar de su postración. También yo puedo hacer mías las circunstancias y la oración de los diez leprosos reconociendo y aceptando mis lepras (soberbia, pereza, avaricia, ira...), para luego dar el paso de creer en el poder de Dios por Jesucristo, y gritar: ¡Señor Jesús, ten compasión de mi!.
 
La respuesta de Jesús a la oración no se limita a realizar un milagro porque sí, como si se tratara de un acto de pura magia. A Jesús le gusta poner a prueba la fe de los que le suplican; plantando al pedigüeño necesitado ante su propia fe Jesús le facilita que ésta sea una opción libre y no impuesta por la necesidad. 

Ya en el Antiguo Testamento Dios puso a prueba la fe de Abrahán pidiéndole que se pusiera en camino (cf Gn 12,1); también a Naamán el sirio, cuyo agradecimiento por su curación se narra en la primera lectura de hoy, le pide Eliseo que se bañe siete veces en el río Jordán (cf 2 Re 5,10); y de igual modo Jesús pidió a un ciego de nacimiento que se lavara en la piscina de Siloé (cf Jn 9,7), y exigió al centurión volver a casa con la certeza de que su criado había sido curado (cf Mt 8,13).

Jesús pide siempre pequeños signos que muestren la autenticidad de la fe; son gestos aparentemente insignificantes, nimiedades que sorprenden cuando se piden como condición para algo tan importante como la curación de una enfermedad grave o la resucitación de un muerto. ¿De qué servirá eso para lo que yo quiero?, pueden decir los interesados. ¿De qué me sirven las oraciones, las limosnas o la participación asidua en la Eucaristía? Son gestos aparentemente banales que Dios pide para probar y mantener alerta nuestra fe. 

Obediencia
 
Con ese sentido de "prueba" somete Jesús a los diez leprosos a la obediencia de la fe (cf Rm 1,5; 16,26). Les manda cumplir uno de los preceptos legales para enfermos de la piel: «¡Id a presentaros a los sacerdotes!» (Lc 17,14). Este mandato del Levítico era para los que habían sanado; el sacerdote certificaba entonces con una serie de ritos que el enfermo podía reintegrase a la comunidad (cf Lv 14,2s). A pesar de no haber sido curados aún, Jesús envía a estos diez, y ellos obedecen; y «mientras iban de camino quedaron limpios» (Lc 17,14). En la obediencia (acción) han cambiado (curado). La obediencia les pone en marcha y les sana. Esta fe-obediencia expresada en la acción de los leprosos es invitación a una espiritualidad de la acción que se edifica desde el riesgo, haciendo la voluntad de Dios aunque de momento no se entiendan sus exigencias.
 
Los leprosos llaman a Jesús “maestro”, que es algo más que transmisor de conocimientos; maestro es aquel que ha recorrido el camino antes, sabe cómo llegar, y amparado en la autoridad de su experiencia exige obediencia al discípulo. Por su parte el buen discípulo obedece fiado en la persona de su maestro; todo lo que manda hacer el maestro, por muy absurdo que pueda parecer de principio, tiene un sentido que más adelante se desvelará.


Acción de gracias

Nos queda un tercer detalle, tal vez el más importante en la globalidad de este evangelio: la gratitud del leproso samaritano. El pecado capital de los paganos, según san Pablo, es «no haber dado a Dios gloria ni acción de gracias» (Rm 1,21). En nuestra sociedad neopagana detectamos el mismo pecado. Una vez se ha alcanzado un cierto nivel económico con cierta seguridad, una vez sanados de nuestras depresiones y sinsentidos -o anestesiados de ellos-, emerge el olvido de Dios. 

Al igual que los nueve leprosos judíos, posiblemente de mentalidad farisea, también el hombre contemporáneo cree que con el cumplimiento de la ley ha saldado sus deudas con la divinidad. Una vez cumplida la ley y obtenido el beneficio, se tiene la convicción de que el milagro es consecuencia del mérito personal.
 
Jesús no pidió a los leprosos curados que volvieran para darle las gracias. Por eso más que reprochar lamenta la ingratitud de los que no volvieron. Se limita a poner de relieve que no han regresado: «Los otros nueve ¿dónde están?» (Lc 17,18). 

La acción de gracias es tan importante como la súplica y la obediencia. Quien agradece la presencia de Dios en su vida cree y va por el buen camino. La acción de gracias es un buen termómetro para medir el grado de la fe. Tendemos a acordarnos de Dios en la súplica-petición, como si le echáramos a Dios en cara nuestras desgracias, pero le olvidamos en  tiempos de bonanza. 

Ser agradecido es ser feliz. Muchas de nuestras insatisfacciones son el fruto de nuestra ingratitud; si cada mañana nos levantáramos trayendo a la mente todo lo que tenemos que agradecer a Dios seguramente ganaríamos en optimismo. ¡Pero no! Preferimos el lamento, o en todo caso la soberbia de nuestra valía. Y vivimos el día añorando más que disfrutando. 
 
¡Hombres de poca fe!

¡Feliz Domingo!
 
Octubre 2022
Casto Acedo 

Adviento. Esperanza. (2 de Diciembre)

Jr 33,14-16; 1 Tes 3,12-4.2; Lc 21,25-28.34-36      Comenzamos un nuevo año litúrgico. En él iremos recorriendo y viviendo los misterios de ...