jueves, 10 de noviembre de 2022

Persecuciones y perseverancia (Domingo 12 de Noviembre)

 

El Evangelio es “buena noticia”. No obstante, a textos como el de Lucas 21,6-14  parece que convendría definirlos más bien como "mala noticia": "vendrán guerras, revoluciones, … Se alzará pueblo contra pueblo ...habrá terremotos, epidemias, hambre... os perseguirán... iréis a la cárcel... hasta vuestros padres y amigos os traicionarán...” ¿Dónde está la “buena noticia”? Si con el anuncio de estas desgracias se quiere mantener que el mensaje es de salvación se debe tener un buen as en la manga. Jesús profetiza tiempos apocalípticos en este evangelio. ¿Cómo seguir a un predicador así? ¿No se echarán todos hacia atrás ante un futuro tan oscuro?

El Reino de Dios triunfará

Seguir la Palabra lleva consigo sacrificios y sufrimientos. Y Jesús, aunque no guste al auditorio, no se reserva esta “verdad” que afecta al discípulo. Y habla de ello con intención de animar, ¡sí, animar!, para que cuando llegue el momento sus seguidores sepan cómo responder ante la dificultad. Ya el profeta Malaquías  augura fuego para los malvados perseguidores, hasta el punto de que “no quedará de ellos ni rama ni raíz”, mientras que a los que honran el nombre del Señor “los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud (salvación) en sus alas” (4,1-2a).

El mal no se saldrá con la suya, este es el mensaje último de los textos apocalípticos. Finalmente el justo vencerá por el poder de Dios. También el salmo 97, iluminando las posibles contrariedades que conlleva el discipulado, grita: “El Señor llega para regir la tierra con justicia” (Sal 97,8). El Señor llega (¡Ven, Señor!, clamaremos en Adviento) para regir; llega como soberano de todo, y así lo celebraremos el próximo domingo en la solemnidad de Cristo Rey. El Reino de Dios, por tanto, tiene garantía de victoria. No así el mal.



El templo que es Cristo
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El evangelio que se proclama hoy es parte de un discurso  escatológico que Jesús dirige a sus discípulos.  Es importante situar el momento y lugar en que habla Jesús.  Está en Jerusalén y son los días previos a su pasión: Getsemaní, arresto, cárcel, tortura, y muerte...; más en concreto, está en el templo, donde la gente observa el edificio y pondera la belleza y la riqueza del lugar, algo evidente si se observa la calidad de la piedra con que se ha construido y  la multitud de objetos valiosos que se guardan procedente de los exvotos, donaciones de agradecimiento en cumplimiento de los votos hechos a Dios por los fieles. 
 
En aquellas circunstancias, y cuando todos estaban boquiabiertos ante la magnificencia del edificio, Jesús espeta: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido” (Lc 21,6). ¡Buen inicio del sermón! Y los que le escuchan, sorprendidos, muestran su curiosidad: “Maestro, ¿Cuándo va a ser eso? ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?” (Lc 21,6).
 
A los sorprendidos oyentes parece que lo que les interesa es fijar bien la “profecía”; Jesús, sin embargo, no les da una respuesta esotérica y descomprometida, sino que los descoloca un poco más con su discurso. Lleva su pregunta sobre el templo a otro terreno.  A  Jesús le interesa poco el templo de piedra, útil en cuanto lugar de reunión y encuentro con Dios, pero no esencial.

El Señor no se ata a ningún templo, sólo se ata al templo de su cuerpo; en Jn 2,18.21 dirá: “Destruid este templo y en tres días lo resucitaré! ... No sabían que se refería al templo de su cuerpo y les estaba hablando de la muerte y resurrección que iba a tener lugar en Él”. San Pablo tomará también la imagen del cuerpo para designar a la Iglesia: “Vosotros sois el cuerpo y Cristo es la cabeza” (cf Col 1,18). Pues bien, paralelo al destino de su “Cuerpo” (que sufrirá pasión y muerte para luego resucitar) afirma Jesús el destino de aquellos que le siguen y forman su “cuerpo místico” que es la Iglesia.


El final no vendrá sin persecuciones.
 
Jesús aprovecha las preguntas que se le hacen  para predicar sobre el templo y las "cosas últimas" (escatología) a los que le oyen y a aquellos que creerán en Él y que formarán parte de las primeras comunidades; y por extensión predica también para nosotros.

Primeramente avisa de que antes de la victoria definitiva de los justos habrá cismas (divisiones)  serios en la misma Iglesia. “Muchos vendrán usando mi nombre, diciendo ´yo soy´; no vayáis tras ellos” (Lc 21,8). Es necesario, por tanto, estar alerta al interior de la Iglesia, para “distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,2). Las crisis en el seno de la Iglesia, cuando son crisis de fe e identidad son buenas para depurar la fe y despojarla de adherencias paganas, al tiempo que facilitan que destaquen los hombres de calidad (santos).

Luego anuncia Jesús que también vendrán “guerras y levantamientos de pueblo contra pueblo” (Lc 21,10). Ya había dicho antes: “no he venido a traer la paz sino la espada” (Mt 10,34). La doctrina de Cristo, el anuncio del evangelio, suscita en la historia la aparición de la bestias del Apocalipsis, el dragón dispuesto a “devorar al niño” que va a ser dado a luz por la “mujer (María, la Iglesia)” (cf Ap 12,3-4).

El surgimiento del Reino de Dios, su anuncio, su mensaje de paz, justicia, bondad, pobreza,… encontrará oposición en el mundo. A la pretensión histórica de Jesús de ser “Rey” de los bienaventurados, es decir, de los pobres, los que lloran o los perseguidos por causa de la justicia, a esa pretensión el mundo responderá cada vez con más violencia: “¡Crucificalo! ¡Crucifícalo!" (Jn 19,6); es el grito que pide la muerte de Jesús y sigue pidiendo hoy la de sus discípulos; cuando el poder económico, político o religioso ve amenazado su liderazgo -y la llegada del Reino lo pone en duda-, se remueve y descarga su furia y su violencia contra los preferidos de Dios.
 
La persecución del discípulo no es un episodio ocasional, sino “existencial”, de por vida. Como Cristo fue perseguido, así lo será su Iglesia. Para los "seguidores del camino" el evangelio anuncia arrestos, cárceles, traiciones, odios.... Y “hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán” (Lc 21,16). 

Allí adonde con más empeño habíamos puesto la confianza; ahí, en los más cercanos, vamos a encontrar la mayor oposición. Y no es porque Cristo y su mensaje requieran y quieran  la guerra, sino porque el mal no se deja vencer fácilmente y termina por atacar con más ahínco donde más nos duele a fin de desanimarnos. ¿Qué seguidor genuino de Cristo no ha experimentado esto en su misma carne? ¿Quién no ha sentido sobre sí, cuanto menos, la crítica mordaz o la sentencia humillante de los más cercanos precisamente por la fidelidad en la fe? ¡Y cuanto más empeñado está uno en hablar y vivir la verdad del evangelio, más arrecia el flagelador!
 

Llamados a perseverar

¿Qué debe hacer el cristiano que vive las inclemencias del mundo sabiéndose en él pero sin ser de él? ¿Cómo hallar gracia ante Dios? ¿Cómo salvarme? Ante todo poniendo tu fe incondicional en Dios, más allá de las cruces que te han tocado en suerte. Ten por cierto que “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá” (Lc 21,18). La mano protectora del que llega para regir la tierra está sobre los santos de Dios. Nada, pues, te puede tocar. Pueden matar tu cuerpo pero no pueden arrebatarte la vida (cf Mt 10,28). 
 
Anclado en la fe, persevera firme en el camino cristiano; así salvas tu vida (Lc 21,18). ¡Qué importante es la perseverancia! ¡Cuántos empezaron el camino y, como la semilla sembrada en el camino o entre piedras, abandonaron seducidos por la riqueza o las dificultades de la vida (cf Lc 8,5-6). No temas, y mantente en pie en tiempos difíciles, como María junto a la Cruz. Y comprométete con la Iglesia y el mundo, pero sin caer en el error de hacer de la Iglesia tu refugio, un lugar de llanto por el tiempo pasado, de nostalgia de un ayer irremediablemente perdido, cuartel de invierno donde esperar que amaine el temporal. ¡No!
 
Permanecer en la Iglesia no es “esconderse en ella” huyendo del mundo sino acogerse a ella, y en ella y con ella salir al mundo a ser “levadura en la masa” (Mt 13,33), “semilla enterrada en el campo de Dios” (Mc 4,31), Iglesia en salida. El cristiano, y más que nunca en tiempos de crisis, ha de buscar la confrontación, para purificar desde ahí su fe en contacto con la historia; fe encarnada que no renuncia a su humanidad. Has de "estar en el mundo", pero con la sabiduría de quien sabe también "prevenirse del mundo", no sea que queriendo estar en él, buscando salvarlo, sólo consigas disolverte en él haciendo del más acá un absoluto. Estas en el mundo, pero no eres de él; (Jn 15,19); eres de Cristo, que está muy por encima de todo.

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Noviembre 2019
Casto Acedo 

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

 

Hoy la Iglesia dedica la liturgia especialmente a la “memoria de todos los fieles difuntos”.  Y lo hace el día después de la Solemnidad de todos los Santos. No podemos desligar esta memoria menor de hoy de la Fiesta Mayor de ayer. Nosotros, los que vamos de paso por este mundo (Iglesia peregrina) vamos hacia un lugar, una meta: la comunión de los Santos (Iglesia triunfante).

La muerte como tabú

Es extraño celebrar un día de difuntos. Parece un día consagrado al pesimismo, a la contemplación angustiosa de la derrota de la vida. La muerte, y el dolor físico y/o moral que conlleva,  son en nuestro tiempo acontecimientos que queremos quedar al “margen”. Si hasta no hace mucho era “tabú” (prohibido) todo aquello relacionado con el misterio del origen (sexualidad, nacimiento), hoy podemos decir sin duda que el “tabú” se ha trasladado al misterio del final (la muerte). 

Parece como si en nuestra cultura quisiéramos conjurar (hacer desaparecer) el dolor y la muerte negando su existencia.  Así, escondemos el dolor y el sufrimiento en las camas de los hospitales, en los asilos, en los psiquiátricos, etc...  Incluso el florecimiento de la fiesta pagana de Haloween no deja de ser un signo de la estupidez humana que pretende ocultar una realidad que desagrada especialmente a los no-creyentes. Escondemos lo que no es de nuestro agrado negándonos a mirarlo de frente. ¿Porqué? Porque tal vez el dolor, las contrariedades de la vida, la muerte, son demonios que ponen al descubierto la banalidad de nuestras vidas atadas al consumismo.

Acostumbrados a ver la muerte virtual en los medios, supone un tremendo golpe toparse con la muerte. Las nuevas generaciones ni siquiera saben cómo leer y encajar la muerte de los suyos; cuando sucede encuentran y tienen pocas palabras de esperanza, y, en medio del desconcierto, muchos recurren a la huida hacia atrás: “comamos y bebamos que mañana moriremos”.

No se educa para afrontar la “realidad de la muerte”. El lenguaje siempre ha sido limitado para expresar los sentimientos de pésame y dolor, pero las costumbres sociales nos están llevando cada vez más a pasar cuanto antes el trago amargo de la muerte de los nuestros y seguir nuestra vida como si nada. El “imaginario” y el lenguaje que nos ha servido tradicionalmente para hablar de la muerte (ir al cielo, descansar en Dios, paraíso, vida eterna,...) se ha vaciado de contenido, sin que ningún otro lo substituya.

Mirar la vida desde la muerte no es abandonarse al pesimismo.

Y no es que la muerte deba obsesionar la existencia y paralizar la tarea de los vivos. Pero sí debería de servir de revisión serena acerca de los parámetros que aplicamos a la vida. La reflexión sobre la muerte es necesaria para aprender a vivir. La vida que olvida la muerte corre el peligro de detenerse en “tonterías”; corre también el peligro de ser manipulada, de ser “desvivida”, de “perderse”, si no es consciente de su limitación y su finalidad.

Son muchos los testimonios de personas que, tras salir de una enfermedad, de una operación, de un accidente... que les colocó en la frontera de la vida y la muerte, cambiaron de valores. Descubrieron hasta qué punto no eran dueños de su vida, hasta dónde habían equivocado el norte; incluso llegaron a ver cómo estaban siendo manipuladas por una sociedad sólo interesada en sus capacidades productivas y consumidoras. En la cercanía de la muerte descubrieron de lo que no debería ser su vida y lo que realmente merece la pena, lo que importa sobre todo.

Mirar la vida desde la muerte no es abandonarse al pesimismo, sino construirse en esperanza desde el realismo. Somos limitados, nos necesitamos unos a otros, está en nuestro propio ser el proyectarnos más allá de la nada y el vacío al que parece condenarnos nuestra cultura. Si al final no hay nada, la vida es “para nada”; si al final está la plenitud, la vida se llena de esperanza.



Pensar la muerte y pensar desde la muerte.

A nadie le deseamos ningún mal. Pero la muerte de nuestros allegados, a los que realmente queríamos, y cuya partida nos ha dolido como si nos arrancaran algo nuestro, debería hacernos pensar en la muerte y pensar nuestra existencia desde la muerte.

Pensar y aceptar que el dolor, el sufrimiento y la muerte están ahí y reconocerlo es el primer paso para eliminarlo. ¡No os dejéis embaucar por una sociedad que esconde estas realidades y que predica un futuro paradisíaco e indolente! Hay sufrimiento, hay dolor... hay muerte. Mucha gente sigue sufriendo y sigue muriendo. Están entre nosotros, sufren a escondidas (nuestra cultura rechaza a los que se muestran enfermos y débiles; por eso muchos no desahogan su dolor), o nosotros mismos los escondemos por no sé qué intereses. No tengamos miedo a reconocer nuestros propios dolores y sufrimientos, a aceptar nuestras contradicciones. Y tampoco tengamos miedo a pedir a Dios que nos salve, que nos saque del dolor y de la muerte. Nuestro Dios es el Dios de la vida.

 Como seres humanos deberíamos también  pensar y meditar sobre el valor (los valores) de la vida: la familia, la amistad, la paciencia, la bondad... Cuando fallece un conocido tendemos a resaltar todo lo bueno y a olvidar lo menos bueno de sus vidas. Qué bueno será que hiciéramos eso siempre. ¿Porqué no buscamos lo bueno sabiendo que eso es lo que queda? 

Además,  la muerte debería lanzarnos a la contemplación  sobre el “más allá”. Sí, a meditar sobre las “cosas últimas”. ¿Qué valor tiene una vida que termina con la muerte? ¿Merece la pena? ¿No habrá de ser considerada un fracaso? ...  Un no creyente carece de algo que nosotros poseemos, algo cuyo valor no solemos considerar: la fe en la vida eterna. ¿No está el olvido-ocultación de la muerte relacionado con el descenso de la fe?. “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni mente alguna puede concebir lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9).

La muerte también nos debe llevar a meditar sobre los misterios cristianos. El seguimiento de Jesucristo, su vida y su enseñanza, nos dice que “resucitó al tercer día”. Y este artículo de nuestra fe es de tal importancia que “si Cristo no ha resucitado –dice san Pablo- vuestra fe carece de sentido... Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Cor 17.19). Para un cristiano la muerte, enfocada desde la resurrección, queda despojada de derrotismo y de negatividad; la muerte es parte del proceso de paso (Pascua). “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos (Tm 2,8) ... Si con Él morimos, viviremos con Él (Rm 14,8)”.

Pedir la resurrección.

Hoy no celebramos la derrota del hombre. Conmemoramos a nuestros hermanos difuntos desde nuestra fe en la resurrección. No penséis en vuestros familiares y amigos difuntos en clave de corrupción y muerte, sino en clave de resurrección y vida. En clave de Pascua: “Porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección (Rm 6,4).

Pidamos la resurrección para nuestros difuntos hoy: “Dales, Señor, el descanso eterno”; y pidámosla para los que aún viven entre nosotros (recemos por los vivos, y actuemos para eliminar el dolor y la muerte que nos rodea); pidamos la resurrección,  finalmente, para nosotros mismos: la muerte no es sólo física, también acecha al espíritu. Un espíritu que no alienta, que está apagado, hundido, deprimido, es un espíritu muerto.

Señor Jesús, ¡resucita y da la vida eterna  a nuestros hermanos difuntos!  ¡Resucítanos a nosotros, Señor!  ¡Ponnos en el camino que conduce a la vida eterna! Y tú, María, Madre de Dios y madre nuestra, “ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Amén.

Casto Acedo, Noviembre 2022

 

Adviento. Esperanza. (2 de Diciembre)

Jr 33,14-16; 1 Tes 3,12-4.2; Lc 21,25-28.34-36      Comenzamos un nuevo año litúrgico. En él iremos recorriendo y viviendo los misterios de ...