El Evangelio es “buena noticia”. No obstante, a textos como el de Lucas 21,6-14 parece que convendría definirlos más bien como "mala noticia": "vendrán guerras, revoluciones, … Se alzará pueblo contra pueblo ...habrá terremotos, epidemias, hambre... os perseguirán... iréis a la cárcel... hasta vuestros padres y amigos os traicionarán...” ¿Dónde está la “buena noticia”? Si con el anuncio de estas desgracias se quiere mantener que el mensaje es de salvación se debe tener un buen as en la manga. Jesús profetiza tiempos apocalípticos en este evangelio. ¿Cómo seguir a un predicador así? ¿No se echarán todos hacia atrás ante un futuro tan oscuro?
Seguir la Palabra lleva consigo sacrificios y sufrimientos. Y Jesús, aunque no guste al auditorio, no se reserva esta “verdad” que afecta al discípulo. Y habla de ello con intención de animar, ¡sí, animar!, para que cuando llegue el momento sus seguidores sepan cómo responder ante la dificultad. Ya el profeta Malaquías augura fuego para los malvados perseguidores, hasta el punto de que “no quedará de ellos ni rama ni raíz”, mientras que a los que honran el nombre del Señor “los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud (salvación) en sus alas” (4,1-2a).
El mal no se saldrá con la suya, este es el mensaje último de los textos apocalípticos. Finalmente el justo vencerá por el poder de Dios. También el salmo 97, iluminando las posibles contrariedades que conlleva el discipulado, grita: “El Señor llega para regir la tierra con justicia” (Sal 97,8). El Señor llega (¡Ven, Señor!, clamaremos en Adviento) para regir; llega como soberano de todo, y así lo celebraremos el próximo domingo en la solemnidad de Cristo Rey. El Reino de Dios, por tanto, tiene garantía de victoria. No así el mal.
El Reino de Dios triunfará
Seguir la Palabra lleva consigo sacrificios y sufrimientos. Y Jesús, aunque no guste al auditorio, no se reserva esta “verdad” que afecta al discípulo. Y habla de ello con intención de animar, ¡sí, animar!, para que cuando llegue el momento sus seguidores sepan cómo responder ante la dificultad. Ya el profeta Malaquías augura fuego para los malvados perseguidores, hasta el punto de que “no quedará de ellos ni rama ni raíz”, mientras que a los que honran el nombre del Señor “los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud (salvación) en sus alas” (4,1-2a).
El mal no se saldrá con la suya, este es el mensaje último de los textos apocalípticos. Finalmente el justo vencerá por el poder de Dios. También el salmo 97, iluminando las posibles contrariedades que conlleva el discipulado, grita: “El Señor llega para regir la tierra con justicia” (Sal 97,8). El Señor llega (¡Ven, Señor!, clamaremos en Adviento) para regir; llega como soberano de todo, y así lo celebraremos el próximo domingo en la solemnidad de Cristo Rey. El Reino de Dios, por tanto, tiene garantía de victoria. No así el mal.

El templo que es Cristo
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El evangelio que se proclama hoy es parte de un discurso escatológico que Jesús dirige a sus discípulos. Es importante situar el momento y lugar en que habla Jesús. Está en Jerusalén y son los días previos a su pasión: Getsemaní, arresto, cárcel, tortura, y muerte...; más en concreto, está en el templo, donde la gente observa el edificio y pondera la belleza y la riqueza del lugar, algo evidente si se observa la calidad de la piedra con que se ha construido y la multitud de objetos valiosos que se guardan procedente de los exvotos, donaciones de agradecimiento en cumplimiento de los votos hechos a Dios por los fieles.
En aquellas circunstancias, y cuando todos estaban boquiabiertos ante la magnificencia del edificio, Jesús espeta: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido” (Lc 21,6). ¡Buen inicio del sermón! Y los que le escuchan, sorprendidos, muestran su curiosidad: “Maestro, ¿Cuándo va a ser eso? ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?” (Lc 21,6).
A los sorprendidos oyentes parece que lo que les interesa es fijar bien la “profecía”; Jesús, sin embargo, no les da una respuesta esotérica y descomprometida, sino que los descoloca un poco más con su discurso. Lleva su pregunta sobre el templo a otro terreno. A Jesús le interesa poco el templo de piedra, útil en cuanto lugar de reunión y encuentro con Dios, pero no esencial.
El Señor no se ata a ningún templo, sólo se ata al templo de su cuerpo; en Jn 2,18.21 dirá: “Destruid este templo y en tres días lo resucitaré! ... No sabían que se refería al templo de su cuerpo y les estaba hablando de la muerte y resurrección que iba a tener lugar en Él”. San Pablo tomará también la imagen del cuerpo para designar a la Iglesia: “Vosotros sois el cuerpo y Cristo es la cabeza” (cf Col 1,18). Pues bien, paralelo al destino de su “Cuerpo” (que sufrirá pasión y muerte para luego resucitar) afirma Jesús el destino de aquellos que le siguen y forman su “cuerpo místico” que es la Iglesia.
El Señor no se ata a ningún templo, sólo se ata al templo de su cuerpo; en Jn 2,18.21 dirá: “Destruid este templo y en tres días lo resucitaré! ... No sabían que se refería al templo de su cuerpo y les estaba hablando de la muerte y resurrección que iba a tener lugar en Él”. San Pablo tomará también la imagen del cuerpo para designar a la Iglesia: “Vosotros sois el cuerpo y Cristo es la cabeza” (cf Col 1,18). Pues bien, paralelo al destino de su “Cuerpo” (que sufrirá pasión y muerte para luego resucitar) afirma Jesús el destino de aquellos que le siguen y forman su “cuerpo místico” que es la Iglesia.
Jesús aprovecha las preguntas que se le hacen para predicar sobre el templo y las "cosas últimas" (escatología) a los que le oyen y a aquellos que creerán en Él y que formarán parte de las primeras comunidades; y por extensión predica también para nosotros.
Primeramente avisa de que antes de la victoria definitiva de los justos habrá cismas (divisiones) serios en la misma Iglesia. “Muchos vendrán usando mi nombre, diciendo ´yo soy´; no vayáis tras ellos” (Lc 21,8). Es necesario, por tanto, estar alerta al interior de la Iglesia, para “distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,2). Las crisis en el seno de la Iglesia, cuando son crisis de fe e identidad son buenas para depurar la fe y despojarla de adherencias paganas, al tiempo que facilitan que destaquen los hombres de calidad (santos).
Luego anuncia Jesús que también vendrán “guerras y levantamientos de pueblo contra pueblo” (Lc 21,10). Ya había dicho antes: “no he venido a traer la paz sino la espada” (Mt 10,34). La doctrina de Cristo, el anuncio del evangelio, suscita en la historia la aparición de la bestias del Apocalipsis, el dragón dispuesto a “devorar al niño” que va a ser dado a luz por la “mujer (María, la Iglesia)” (cf Ap 12,3-4).
El surgimiento del Reino de Dios, su anuncio, su mensaje de paz, justicia, bondad, pobreza,… encontrará oposición en el mundo. A la pretensión histórica de Jesús de ser “Rey” de los bienaventurados, es decir, de los pobres, los que lloran o los perseguidos por causa de la justicia, a esa pretensión el mundo responderá cada vez con más violencia: “¡Crucificalo! ¡Crucifícalo!" (Jn 19,6); es el grito que pide la muerte de Jesús y sigue pidiendo hoy la de sus discípulos; cuando el poder económico, político o religioso ve amenazado su liderazgo -y la llegada del Reino lo pone en duda-, se remueve y descarga su furia y su violencia contra los preferidos de Dios.
Primeramente avisa de que antes de la victoria definitiva de los justos habrá cismas (divisiones) serios en la misma Iglesia. “Muchos vendrán usando mi nombre, diciendo ´yo soy´; no vayáis tras ellos” (Lc 21,8). Es necesario, por tanto, estar alerta al interior de la Iglesia, para “distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,2). Las crisis en el seno de la Iglesia, cuando son crisis de fe e identidad son buenas para depurar la fe y despojarla de adherencias paganas, al tiempo que facilitan que destaquen los hombres de calidad (santos).
Luego anuncia Jesús que también vendrán “guerras y levantamientos de pueblo contra pueblo” (Lc 21,10). Ya había dicho antes: “no he venido a traer la paz sino la espada” (Mt 10,34). La doctrina de Cristo, el anuncio del evangelio, suscita en la historia la aparición de la bestias del Apocalipsis, el dragón dispuesto a “devorar al niño” que va a ser dado a luz por la “mujer (María, la Iglesia)” (cf Ap 12,3-4).
El surgimiento del Reino de Dios, su anuncio, su mensaje de paz, justicia, bondad, pobreza,… encontrará oposición en el mundo. A la pretensión histórica de Jesús de ser “Rey” de los bienaventurados, es decir, de los pobres, los que lloran o los perseguidos por causa de la justicia, a esa pretensión el mundo responderá cada vez con más violencia: “¡Crucificalo! ¡Crucifícalo!" (Jn 19,6); es el grito que pide la muerte de Jesús y sigue pidiendo hoy la de sus discípulos; cuando el poder económico, político o religioso ve amenazado su liderazgo -y la llegada del Reino lo pone en duda-, se remueve y descarga su furia y su violencia contra los preferidos de Dios.
La persecución del discípulo no es un episodio ocasional, sino “existencial”, de por vida. Como Cristo fue perseguido, así lo será su Iglesia. Para los "seguidores del camino" el evangelio anuncia arrestos, cárceles, traiciones, odios.... Y “hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán” (Lc 21,16).
Allí adonde con más empeño habíamos puesto la confianza; ahí, en los más cercanos, vamos a encontrar la mayor oposición. Y no es porque Cristo y su mensaje requieran y quieran la guerra, sino porque el mal no se deja vencer fácilmente y termina por atacar con más ahínco donde más nos duele a fin de desanimarnos. ¿Qué seguidor genuino de Cristo no ha experimentado esto en su misma carne? ¿Quién no ha sentido sobre sí, cuanto menos, la crítica mordaz o la sentencia humillante de los más cercanos precisamente por la fidelidad en la fe? ¡Y cuanto más empeñado está uno en hablar y vivir la verdad del evangelio, más arrecia el flagelador!
¿Qué debe hacer el cristiano que vive las inclemencias del mundo sabiéndose en él pero sin ser de él? ¿Cómo hallar gracia ante Dios? ¿Cómo salvarme? Ante todo poniendo tu fe incondicional en Dios, más allá de las cruces que te han tocado en suerte. Ten por cierto que “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá” (Lc 21,18). La mano protectora del que llega para regir la tierra está sobre los santos de Dios. Nada, pues, te puede tocar. Pueden matar tu cuerpo pero no pueden arrebatarte la vida (cf Mt 10,28).
Anclado en la fe, persevera firme en el camino cristiano; así salvas tu vida (Lc 21,18). ¡Qué importante es la perseverancia! ¡Cuántos empezaron el camino y, como la semilla sembrada en el camino o entre piedras, abandonaron seducidos por la riqueza o las dificultades de la vida (cf Lc 8,5-6). No temas, y mantente en pie en tiempos difíciles, como María junto a la Cruz. Y comprométete con la Iglesia y el mundo, pero sin caer en el error de hacer de la Iglesia tu refugio, un lugar de llanto por el tiempo pasado, de nostalgia de un ayer irremediablemente perdido, cuartel de invierno donde esperar que amaine el temporal. ¡No!
Permanecer en la Iglesia no es “esconderse en ella” huyendo del mundo sino acogerse a ella, y en ella y con ella salir al mundo a ser “levadura en la masa” (Mt 13,33), “semilla enterrada en el campo de Dios” (Mc 4,31), Iglesia en salida. El cristiano, y más que nunca en tiempos de crisis, ha de buscar la confrontación, para purificar desde ahí su fe en contacto con la historia; fe encarnada que no renuncia a su humanidad. Has de "estar en el mundo", pero con la sabiduría de quien sabe también "prevenirse del mundo", no sea que queriendo estar en él, buscando salvarlo, sólo consigas disolverte en él haciendo del más acá un absoluto. Estas en el mundo, pero no eres de él; (Jn 15,19); eres de Cristo, que está muy por encima de todo.
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Noviembre 2019
Casto Acedo

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