Todo sacerdote, religioso o religiosa, monje o monja, se ha visto obligado en algún momento de su vida a contar el momento en que escuchó (sintió) el "¡ven!" de Jesús; y a explicar por qué lo dejó todo para seguir al Señor; cuál fue el momento y cuáles las circunstancias que provocaron la decisión de entregarse totalmente al servicio de Dios.
En España se publicó hace unos años un libro de Albert Espinosa, también con indudable éxito entre adolescentes y jóvenes, cuyo título completa muy sutilmente la petición que hace la canción referida: Si tú me dices ven, lo dejo todo; pero dime ven.
El “pero dime ven” marca una diferencia importante. Parece indicar que lo que está frenando al interesado no es su propia voluntad sino la ausencia de llamada. ¿Podría pasar algo así con la vocación a la vida religiosa (y por extensión a la vida cristiana en general)? ¿Sigue hoy Dios diciendo “ven”? ¿No hay un número considerable de personas que están esperando que alguien les diga: Dios te ama, te está esperando, no tengas miedo de dejarlo todo para irte con Él? ¿Faltan quienes digan sí a Dios, o están fallando las personas que provoquen y ayuden a discernir las posibles vocaciones?
Toda vocación tiene su historia
Tanto Elí, el sacerdote del templo donde estaba el Arca, como Juan Bautista, el predicador del Jordán, sirvieron de mediadores de Dios; el primero ayudó a Samuel a reconocer la voz que le llamaba por su nombre (1 Sam 3,8-9) , y el segundo no dudó en animar a sus propios discípulos para que fueran tras Jesús (Jn 1,35). En ambos casos entran en juego unas personas con cierta experiencia de Dios que iluminan al que busca para que acierte en el encuentro.
Una primera sugerencia: nos quejamos con frecuencia de la falta de respuesta al seguimiento, pero ¿no se esconde tras la crisis de vocaciones a la vida cristiana y a la vida sacerdotal y religiosa, el silencio tanto de palabra como testimonial de los mismos que presentamos la queja? Los que nos llamamos cristianos, ¿facilitamos a nuestros contemporáneos la posibilidad de cruzarse con el Evangelio? ¿Responden nuestras respuestas a su búsqueda, a sus preguntas, a sus inquietudes espirituales? ¿No estaremos desorientándoles, ocultándoles el camino del encuentro con Dios?
La Sagrada Escritura recoge multitud de historias de vocación: Abrahám, Moisés, Samuel, Isaías, María de Nazaret, primeros discípulos de Jesús, Pablo… De todos ellos se narran en la Biblia relatos vocacionales que se consideran relevantes. ¿Por qué se da tanta importancia a ese momento de la llamada? Sencillamente porque marca el comienzo de algo importante, de un encuentro que cambió sus vidas.
Una primera sugerencia: nos quejamos con frecuencia de la falta de respuesta al seguimiento, pero ¿no se esconde tras la crisis de vocaciones a la vida cristiana y a la vida sacerdotal y religiosa, el silencio tanto de palabra como testimonial de los mismos que presentamos la queja? Los que nos llamamos cristianos, ¿facilitamos a nuestros contemporáneos la posibilidad de cruzarse con el Evangelio? ¿Responden nuestras respuestas a su búsqueda, a sus preguntas, a sus inquietudes espirituales? ¿No estaremos desorientándoles, ocultándoles el camino del encuentro con Dios?
La Sagrada Escritura recoge multitud de historias de vocación: Abrahám, Moisés, Samuel, Isaías, María de Nazaret, primeros discípulos de Jesús, Pablo… De todos ellos se narran en la Biblia relatos vocacionales que se consideran relevantes. ¿Por qué se da tanta importancia a ese momento de la llamada? Sencillamente porque marca el comienzo de algo importante, de un encuentro que cambió sus vidas.
¿Quién no recuerda el momento en que conoció a tal o cual persona que tanto le influyó? Nadie echa en el olvido el tiempo, el lugar y las circunstancias que marcaron el inicio de una amistad, el punto de arranque de una vida nueva, el instante en que se encontró con la persona a la que ama y con la que decidió compartir su vida. Son momentos que nadie olvida; por eso se recuerdan y se cuentan con detalle: “serían las cuatro de la tarde” (Jn 1,39), dice san Juan evangelista, un dato aparentemente banal para alguien ajeno a lo ocurrido.
Llegados a este punto puedes preguntarte: ¿Cuál es el relato de mi vocación? ¿Cómo sucedieron las cosas? ¿Sabría concretar el momento fuerte en que sentí la llamada de Dios? Porque tú también oíste un día su voz pronunciando tu nombre; un día Cristo se manifestó en tu vida, entró a formar parte de tu historia y te llamó: en la catequesis que recibiste en tu infancia, en tu juventud o ya siendo adulto, en el testimonio de un hombre de fe cercano, en la lectura-meditación-escucha de la Palabra aquel día concreto en que todo parecía estar previsto para sentir a Dios muy cerca… Conviene revivir aquel momento; como lo hizo Juan en su momento guardando en su memoria la hora concreta del día en que todo ocurrió.
Pero quien es llamado no solo lo revive, también lo cuenta y arrastrando a otros con su testimonio. Y tú, ¿a quién se lo has contado? El recuerdo y transmisión de la propia experiencia vocacional es la mejor herramienta para un plan de pastoral vocacional. Se trata de poner sobre la mesa una experiencia personal que mueve a los que la escuchan a buscar, a salir también ellos al encuentro de Jesús. Con tu relato vocacional te haces apóstol y catequista de tus hijos, de tus hermanos, de tus amigos, de tus compañeros de trabajo..., porque un apóstol y catequista es aquel ha encontrado la Buena Noticia del amor de Jesús y la cuenta a otros.
Consejos para reavivar tu vocación cristiana
Cuando piensas en aquellos momentos en que emprendiste el seguimiento de Jesús con ilusión tal vez te asalte la nostalgia y eches de menos la frescura de los primeros pasos. La vocación cristiana, si no se cuida con cariño, corre el peligro de agriarse. Por eso encontramos a menudo cristianos malhumorados. No son mala gente, pero han perdido el buen rollo del amor primero. ¿No estarás tú entre estos? Si es así, unos consejos para rejuvenecer tu vocación:
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* Dios te sigue hablando, escúchale. Si tu vida está excesivamente centrada en el trabajo, si vives disperso o agobiado por la rentabilidad económica de tus horas, párate, haz silencio; Dios tiene algo que decirte; abre el oído y vuelve a decir: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10). Tu diálogo de amor con Dios no termina con el "sí quiero", continúa en el día a día. Dos amantes siempre tienen algo que decirse.
*También en tus relaciones familiares te habla Dios. Abre los ojos a lo cotidiano de tu hogar, de tu parroquia o de tu comunidad social o religiosa. ¿Vives el amor sin límites? Contempla tu relación matrimonial, tu modo de ser sacerdote o religioso, esposo o esposa, padre o madre, hijo o hija... el amor que das y que recibes. Responde con generosidad a la llamada que Dios te dirige desde ahí: ¿qué quieres de mí, Señor? ¡Facilita que Dios pueda vivir entre los tuyos; acércaselo!. Enseña a tus hijos a escuchar su voz; que oigan de tus labios el relato de tu vocación, la historia de cómo, cuando y dónde te salió Dios al encuentro. ¿Has contado tu conversión a los tuyos como tu gran aventura?
*También en tus relaciones familiares te habla Dios. Abre los ojos a lo cotidiano de tu hogar, de tu parroquia o de tu comunidad social o religiosa. ¿Vives el amor sin límites? Contempla tu relación matrimonial, tu modo de ser sacerdote o religioso, esposo o esposa, padre o madre, hijo o hija... el amor que das y que recibes. Responde con generosidad a la llamada que Dios te dirige desde ahí: ¿qué quieres de mí, Señor? ¡Facilita que Dios pueda vivir entre los tuyos; acércaselo!. Enseña a tus hijos a escuchar su voz; que oigan de tus labios el relato de tu vocación, la historia de cómo, cuando y dónde te salió Dios al encuentro. ¿Has contado tu conversión a los tuyos como tu gran aventura?
* Mírate en tu trato con vecinos y amigos. Tal vez muchos son ateos o viven en la lejanía de Dios. Ámalos como Cristo los ama. Tus buenas relaciones con todos son una buena semilla vocacional cuando ellos saben que eres del grupo de Jesús. Aprende también a hacer una lectura creyente de todo lo que ves y sientes con los que te rodean. Dios te habla también en la historia de tantas personas que no le conocen o no llegan a entenderlo; ellos ponen ante ti el reto de mantenerte en la fe en medio de un mundo de increencia. Da gracias a Dios, y cultiva en ti el deseo de compartir lo que has recibido. ¿No sientes la llamada a profetizar con tu vida y tus palabras?
*En situaciones de injusticia, pobreza, marginación, hambre, enfermedad... o cualquier otro tipo de sufrimiento no pases de largo, ¡escucha! La voz de Dios se hace ahí apremiante. ¿Taparás tus oídos para no oír el grito de los que sufren? ¿Cerrarás tus ojos ante la injusticia? Dios te está hablando, gritando, ¿no le oyes? Te está diciendo: “¡ven!”.
Ya ves que son muchos los canales por los que puedes recibir la llamada de Dios.
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“Maestro, ¿dónde vives? El les dijo: Venid y lo veréis. Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Serían las cuatro de la tarde” (Jn 1,38-39).
No sabemos qué ocurrió o de qué hablaron Juan y Andrés en su primer encuentro con Jesús. Nada concreto escribió el discípulo amado de lo que les encandiló de Jesús ni porqué fue así. Pero fue un momento importante en la vida de Juan. La mención tan precisa de la hora lo demuestra. Él y Andrés se acercaron a instancias de Juan Bautista, que les indicó el camino: “Este es el cordero de Dios” (Jn 1,36). Luego Simón, sorprendido por el entusiasmo de su hermano Andrés, “Hemos encontrado al Mesías”, le dijo (1,41), se deja llevar ante Jesús. De testimonio en testimonio, de relato en relato, el encuentro se va produciendo.
Y así, bajo la mirada atenta y penetrante de Jesús, va germinando la Iglesia: “Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el Hijo de Juan, te llamarás Pedro” (1,42). También tú hoy te acercas con otros a Jesús que os pregunta: “¿Qué buscáis?” (Jn 1,38). Le manifiestas el deseo de estar con él; y entras en la casa del Señor. Cuando salgas fuera ¿guardarás el mismo recuerdo que guardaron Juan y Andrés de su encuentro con el Señor? ¿Contarás a otros tu experiencia?
Casto Acedo. Enero 2020. paduamerida@gmail.com


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