domingo, 18 de marzo de 2018

San José (19 de Marzo)

Hace ahora 22 años, Don Oswaldo Ordoñez (DEP),  en aquel momento párroco de Calamonte, donde ejercía el ministerio junto con su hermano Néstor, me pidió que predicara en el día de la fiesta. Y rebuscando qué decir de san José en este blog, se me ha ocurrido la idea de transcribir la homilía que hice en la ocasión. Por si nos sirve de reflexión en el día de san José, aquí va. Y de paso felicidades a los que celebran hoy su onomástica, a los seminarios que celebran su día, a las demás instituciones que están bajo la advocación de san José, ... y a toda la Iglesia por tener un patrón tan discreto.
 
 

 

HOMILIA PARA LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSE
 CALAMONTE (Badajoz)
19 de Marzo de 1996

Queridos hermanos:

Invitado por vuestro párroco, D. Oswaldo, me encuentro aquí compartiendo con vosotros el pan de la Palabra y la Eucaristía en este día tan importante para la comunidad cristiana de Calamonte.
 
Y aquí estamos, reunidos en torno a la mesa común, una mesa que siempre preside nuestro señor Jesucristo, pero que en el día de hoy tiene un invitado especial: san José. Su presencia queda patente en su imagen, pero donde se muestra de forma más patente es en la devoción que profesáis al santo. Los cristianos católicos adoramos a un solo Dios, al Dios trinitario, Padre, Hijo y Espíritu Santo. pero ese culto de adoración no nos impide darle gloria recordando y venerando las maravillas que ha hecho en medio de su pueblo. Y una de esas maravillas ha sido el seguirse manifestando a nosotros por medio de hombres santos que han dado testimonio de Dios con su vida.

Los santos, y entre ellos la Virgen Santísimay  san José, son para nosotros motivo de alegría y de esperanza, porque en ellos contemplamos la obra de Dios, lo que Dios ha obrado en medio de nosotros. Hoy, la Iglesia entera, y de una forma particular el pueblo de Calamonte, venera a san José. Tenéis el orgullo de tener por patrón al patrón de la Iglesia, al hombre al que Dios confió los primeros misterios de la salvación de los hombres (Oración colecta)

Patrono de la Iglesia

La oración de la misa nos ha dado la primera clave para comprender bien nuestra devoción a la persona de san José: ...haz que por su intercesión, la Iglesialos conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora.  Ser devoto de san José es continuar su tarea, la tarea de mantener viva la fe en Jesús, el Hijo de Dios, y de entregar esa fe a todos los hombres para su salvación.
 
Nuestro Dios se ha ido revelando a los hombres a lo largo de la historia. La Palabrade Dios en la Bibliarecoge la historia de la acción de Dios dirigida a un pueblo y unos hombres concretos: Abrahán, Moisés, los profetas, María... A su vez, la respuesta de estos hombres a Dios, su fe, sus buenas obras, se han hecho también revelación para nosotros. Dios no habla solo con Palabras, sino también con hechos. Los grandes hombres de la Biblia, su actuación, también son palabra de Dios, evangelio, buena noticia. El cúlmen de esta revelación, su plenitud, se nos dió en Jesucristo: reflejo de la gloria del Padre. Palabra y vida se han fundido en Él. Cristo es la Palabrahecha carne, Dios dentro de la historia.
 
A san José, hombre de fe, conocedor de las Escrituras, lo elige Dios para ser un fiel custodio del misterio de Cristo. Y, no sin dificultades, aceptó el encargo, la misión de facilitar la salvación de Dios a la humanidad .
 
Hoy la Iglesiatiene esa misma misión. Y al hablar de Iglesia, no quiero que penséis en el clero, en la jerarquía. Pensemos hoy en la Iglesia de Calamonte, en su comunidad cristiana. Hemos recibido una tradición. Y esa tradición no son unos ritos, ni unas prácticas rutinarias de fe. Una tradición es un hilo de vida, unos valores humanos (solidaridad, bondad, honradez, espíritu de sacrificio, etc.) y divinos (una fe viva y una esperanza ardiente en el Misterio de Dios), que se transmite de padres a hijos, de generación en generación.
 
La devoción a san José  es una tradición propia de esta comunidad. Y os toca ser garantes y fieles conservadores y transmisores de ella.  Ser devotos de san José es un gran privilegio, pero también un compromiso: imitar sus virtudes, procurar vivir en la fe como vivió él, dejarse arrastrar por el amor de Dios como él hizo. Mantener la celebración externa, la apariencia, sólo será posible si ésta responde a una interiorización de los mismos valores que vivió nuestro santo.
 
¿Cuáles son los valores concretos que sobresalen en san José?  La Palabra de Dios no nos dice gran cosa sobre Él. O mejor, nos dice mucho, pero con pocas palabras: “José...que era bueno”. De Jesús se decía: “todo lo ha hecho bien”. De José, su padre, que “era un hombre bueno”. Y, hermanos, la bondad es el mayor de los valores a los que uno puede aspirar. Ser bueno es ser santo. En estas palabras del evangelio, san Mateo está canonizando al esposo de María. Era bueno a los ojos de los hombres, y bueno a los ojos de Dios. Su santidad-bondad se nos manifiesta en sus virtudes. Comentemos algunas de ellas.

La virtud de la fe.

En la segunda lectura de la litúrgia de hoy san Pablo nos dice de Abrahám: No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para  Abraham y su descendencia  la promesa de heredar el mundo. (Rm  4) Estas mismas palabras las podemos aplicar a José. Dios llamó a Abraham para una misión, también a san José . A ambos se les pidió confiar, creer, abandonar  sus  propios proyectos y abrazar los de Dios. Dios los eligió, los apartó, para ser santos.  Y ambos se lanzaron a vivir las pruebas de la fe, crucificando la razón, poniendo el amor a Dios sobre todas las demás cosas.
 
También a nosotros nos ha llamado Dios. También nos ha elegido por el bautismo «para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor».  También a mí y a ti, nos ha elegido el Señor, y nos ha traído esta mañana de san José a este lugar para aumentar nuestra fe y edificar nuestra vida con la contemplación de su obra: la obra que Dios hace en san José.
 
Es el Señor quien nos convoca. Nosotros solos no habríamos podido venir. Estaríamos mejor en casa, descansando, reponiendo fuerzas para seguir la fiesta... Hay que dar gracias a Dios, porque es el que llama, pero también,.  junto con la llamada, da la fuerza para responder.  Como todo depende de la fe, todo es gracia .(Rm 4) Lo mismo hizo con san José. Le llamó para una delicada tarea, para una paternidad un tanto irregular, y él aceptó fortalecido por la gracia que le vino por  la fe. Por eso estamos de fiesta; porque Dios se fijó en san José y lo bendijo.

Obediencia.

La fe es un don de Dios, una llamada que pide una respuesta: la obediencia. Dios no se entromete en la vida del hombre sin su permiso. Tal vez pensemos que José fue un «pobre hombre» al que Dios le fastidió sus planes, una víctima de la elección de Dios, uno al que le tocó el papel del feo de la fiesta.  Pensar así es minusvalorar a Dios, o, peor aún, entender a Dios como enemigo nuestro. Y Dios no es así. Él no viene a robarnos la vida, sino a dárnosla, a planificárnosla. Dios no destruye en nosotros lo humano, sino que lo potencia.
 
José podría haber actuado denunciando a María, y dejándo que fuera condenada a muerte. Si así lo hubiera hecho sus paisanos le hubieran considerado un hombre de honor amante de las leyes. Sin embargo, respetó el misterio, creyó la Palabra que le anunció que lo que llevaba María en su seno era cosa de Dios y aceptó el compromiso. Su respuesta estuvo preñada de amor a Dios y, cómo no, de amor a María.  Obró valientemente. Pudo más en él el amor que el odio, la fidelidad interna que la «honra externa».
 
 Tal vez habría lavado su honra con la denuncia de María y su posterior condena a morir apedreada; hubiera blanqueado la fachada, pero prefirió mantener limpia la copa por dentro, aunque por fuera se le tildara de «deshonrado». Dios no le arrancó su humanidad, sino que lo hizo «más humano» en el más amplio sentido de la palabra: más sensible a su dimensión espiritual, más sensible a la situación un tanto embarazosa de María. Amó a María repetándola sin pedir nada a cambio. Hubo de crucificar su razón,  y hubo de pasar por alto el “miedo al qué dirán”  para dar paso a la obediencia de la fe.
 
Jesús, en un momento de su vida pública dijo : “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado”. En la prueba de la pasión repetirá: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Esa obediencia sin condiciones a los deseos del Padre fueron también una realidad en san José. 
 
La fe gigantesca de José,  y su obediencia a la voluntad de Dios, son, sin duda, sus mayores virtudes. Desde ella hay que entender su vida y los motivos de su patronazgo sobre la Iglesia.
 
Padre y esposo.  
 
Sólo desde la fe podemos entender la paternidad de san José. Elegido por Dios para “aparecer’ como padre de un niño que sabe que no es obra suya. Renunciar a la “bendición”  que suponía para un buen judío de su tiempo, tener una descendencia propia. Aceptar en su casa a una mujer sobre la que pesaba la sospecha de la deshonra. Al aceptar a María, José adquirió una responsabilidad tremenda.

¡Por amor a Dios! -podemos decir. También por amor a María. No se comprendería el uno sin el otro. El amor a Dios no quita el amor a la esposa.José amó respetando el misterio en su esposa. ¡Qué ejemplo para nuestros matrimonios! Amar sabiendo respetar la identidad y originalidad del otro.
 
Como pareja matrimonial un tanto irregular, José y María, son todo un ejemplo a seguir. Esposo-esposa, y Dios en medio. Jesús, el Hijo, que podría haber sido motivo de discordia, por sus orígenes no muy claros, se convierte en motivo de unión, en semilla de amor fecundo.
 
Poner a Dios-en-medio (Dios-con-nosotros) es garantía de fidelidad, de entrega, de proyecto común que no se encierra en las cuatro paredes de una casa, sino que se proyecta hacia metas insospechadas. José es modelo de fidelidad a Dios, y esa fidelidad se manifiesta también en la fidelidad a su compromiso matrimonial vivido con renuncias y sacrificios.
 
Con respecto a Jesús, José debió tener la actitud que a menudo echamos de menos en las relaciones padre-hijo. Él tuvo conciencia de que los hijos no son propiedad de sus padres. A ellos solo les incumbe la tarea de educarlos. Los hijos son de Dios. Son hijos de la libertad. Por eso, tanto ahora, como en cualquier época, la tarea de educar es difícil. Educar para la libertad. Si Jesús se manifestó en su vida pública como el hombre libre por excelencia, san José puso en ello, sin duda, su granito de arena.
 
 
Trabajador.
 
Uno de los pocos detalles que nos desvela la escritura sobre san José es su condición de trabajador. A Jesús le llamaban “el hijo del Carpintero de Nazaret”. El trabajo del santo era, por tanto, un trabajo manual. Por ello es también patrono de los obreros.
 
Su fe no le impidió realizar su trabajo, al contrario, le dió un sentido.  Para un cristiano, para un devoto de san José, el trabajo manual no es un signo de maldición divina. Nuestra fe no dió sus primeros pasos en una familia de aristócratas, sino en una familia de obreros, de pequeños artesanos.  Para José y Jesús de Nazaret, el trabajar con sus manos no sólo fue una necesidad por tener que  ganarse el sustento diario, también fue un medio de santificación. Trabajar es colaborar con el Padre en la obra de la creación. El trabajo bien hecho me santifica y santifica al mundo. Y en esto, san José nos da también un ejemplo. “Un hombre justo”, un “hombre trabajador”.
 
Por ello, privar a un hombre de la posibilidad de un trabajo con que mantener dignamente a su familia y realizarse como ser humano útil a la comunidad, es algo cristianamente inaceptable. No se puede ser devoto de san José sin valorar la dignidad del trabajo ni el derecho de todo hombre tiene a este medio de realización personal y plenitud de vida. El título de “obrero” dado a san José por el pueblo cristiano es una invitación apremiante a reconocer el derecho al trabajo y la obligación de trabajar.
 
Ser santo no es sentarse a mirar la inmensidad del cielo esperando que Dios venga a recogernos. Ser santo es tener los pies bien puestos en la tierra, construir aquí abajo el Reino de Dios con la esperanza de que un día se vea cumplido plenamente.
 
Y hay una pregunta que los creyentes que más asiduamente pisamos la Iglesia deberíamos hacernos: ¿porqué el mundo obrero se aleja de ella? San José era obrero.

Conclusión.
Hoy estamos de fiesta. Damos gloria a Dios por el testimonio que san José es para todos nosotros. Somos sus devotos. No olvidemos que esa devoción nos obliga a seguir el camino de las virtudes señaladas por él.
Tampoco olvidemos que la fiesta tiene que crear entre todos los calamonteños, como entre todos los hombres,  un sentido de unidad y fraternidad por encima de ideologías y formas de entender la vida. La fe en el mismo Dios en quien creyó san José nos une por encima de cualquier otra cosa.

Demos gracias a Dios y a san José, y continuemos la celebración eucarística con devoción. ¡Que la protección de san José esté siempre con nosotros!. 
 
Casto Acedo. Calamonte, 1996






viernes, 23 de febrero de 2018

Convertir nuestra imagen de Dios (II Cuaresma B)


¿No habéis oído decir alguna vez eso de “yo no puedo creer en un Dios que permite la muerte de su Hijo”? ¿No se ha acusado al Dios de la Biblia de ser un Dios sangriento y vengador? ¿No hay personas que achacan un cierto masoquismo a los que seguimos al crucificado? Pues sí. Para muchos la fe cristiana, y su antecesora judía, aparecen como  más inclinadas al sufrimiento que a la felicidad o el placer.

 Muchos, y curiosamente entre los que más sufren, tienden a hacer promesas dolorosas a Dios: ayunos excesivamente rigurosos, duras peregrinaciones, exigentes mortificaciones; su religiosidad natural les lleva a imaginar un Dios a imagen del hombre, una divinidad cuya ira necesita ser aplacada con sacrificios. ¿No existen aun quienes hacen del cilicio un arma para ganar la benevolencia divina?  Nos preguntamos: ¿Quiere Dios el dolor gratuito del hombre? ¿Es nuestro Dios amante del dolor y el sufrimiento?

Convertir nuestra imagen de Dios

El texto de Gn 22, 1-18, narra lo que se ha dado en llamar el sacrificio de Isaac, aunque en realidad ese sacrificio nunca se llegó a consumar; Dios irrumpe oportunamente deteniendo la mano de Abrahán. La narración es tan cruda y escandalosa que quien la describe comienza previniendo al lector: “Dios puso a prueba a Abrahám” (22,1).

Así pues, el mandato de sacrificar a su único hijo se presenta como una tentación, una prueba; bastante dura, por cierto, aunque no extraña a la cultura en la que la historia se desarrolla. En el entorno y tiempo de Abrahán, entre los cananeos era costumbre el sacrificar seres humanos a los dioses; la arqueología da fe de ello. Tal vez Abrahán llegó a sentir también la tentación de honrar a su Dios ofreciéndole lo mejor que tenía: su hijo único. 

¿Qué imagen de Dios tendría el padre de la fe en aquellos momentos? ¿No estaría entre sus ideas la de un Dios que pide dolor y sangre? Puede que así fuera, y Dios le provocó para que abandonara esa imagen. Antes de este episodio Abrahán creía en un Dios dispuesto a aceptar sacrificios humanos; después de la experiencia del monte Moria tuvo claro que Dios no quiere la muerte del hombre, ni su dolor gratuito, sino sólo su fidelidad.

Unidos a Abrahán en este trance aprendemos una lección importante: hemos de estar siempre abiertos a convertir nuestra imagen (idea) de Dios. ¿En qué Dios creemos? Porque nuestro Dios no quiere penitentes de Semana Santa que dañen su cuerpo hasta sangrar, ni pide duras disciplinas que endurecen el cuerpo, y también el corazón como efecto secundario.

La ofrenda que Dios quiere es ante todo espiritual, que nuestro corazón no sea de piedra sino de carne (Ez 36,26); no pide Dios el castigo del cuerpo como si de un enemigo se tratara, sino la entrega de la voluntad a sus designios, el sacrificio de la fe (Hb 11,17-19). Dios quiere personas que, como el Hijo, aprenden a obedecer sufriendo, pero no con sufrimientos buscados, sino con aquellos que son consecuencia de la lucha por el Reino de Dios y la persecución por causa de su nombre (Mt 24,9). Por tanto, ¡fuera sufrimientos inútiles!, ¡fuera sacrificios rebuscados que conducen más a la soberbia de creerse justificados que a la humildad de saberse pecadores!. “No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo” (22,12).

Abrahán, padre de la fe

Abrahán, por su fidelidad obediente al Padre, es figura del que luego vendría como el Amén, el Testigo fiel (Ap 3,14). También Isaac, el hijo, personaje aparentemente pasivo en el relato, es figura de Cristo (Hb 11,19). Cargando sobre sus hombros la leña para el sacrificio sube paciente hacia la cima del monte Moria. Las preguntas e inquietudes que presenta ante su padre, “¿dónde está el cordero para el sacrificio?”son respondidas con un “Dios proveerá” (Gn 22,7-8).  Sin queja, sin resistencia, Isaac se deja atar y se ofrece abandonándose a Dios en un acto de fe difícil de superar. 
 
Si admirable es el padre (Abrahán), no lo es menos el hijo (Isaac). Un elocuente comentario de la literatura judía sobre Gn 22,9-10 nos ayuda a entender la fe de ambos: “Después Abrahán extendió la mano y tomó el cuchillo para sacrificar a su Hijo Isaac; entonces Isaac tomó la palabra y dijo a Abrahán su padre: ´Padre mío, átame bien para que yo no te de golpes con los pies de tal modo que tu ofrenda sea inválida y yo sea precipitado en la fosa de la perdición en el mundo venidero´. Los ojos de Abrahán estaban fijos en los ojos de Isaac y los ojos de Isaac estaban vueltos hacia los ángeles de lo alto. Abrahán no los veía. En este momento descendió de los cielos una voz que decía: `venid a ver a dos personas únicas en mi universo. Uno sacrifica y la otra es sacrificada; el que sacrifica no duda y el que es sacrificado extiende la garganta”. 

¿No nos sirve este relato para iluminar la experiencia de Cristo en el Calvario, confiando también en la providencia del Padre?
 
Sin duda, podemos contemplar en Abrahán e Isaac al Padre y al Hijo; al que ofrece y a quien se ofrece. Y lo hacen mostrando una tremenda paciencia con nosotros: “Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios”, proclamaba la liturgia del domingo pasado (1 Pe 3,18). Hoy se nos exhorta: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” (Rm 8,31-32)). ¡Qué hermosa definición de Dios! No es el que nos inmola a nosotros, el que exige de nosotros el pago del llanto, sino el Cordero que nos sustituye en el castigo merecido, Cordero de Dios que, cuando merecemos la muerte por nuestros pecados, nos perdona en el momento oportuno (cf Gn 22,13).
 


Dice el prefacio de este domingo de la transfiguración que “después de anunciar su muerte a los discípulos Jesús les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”, que la última palabra no la tiene el sufrimiento y la muerte sino el gozo y la vida.
 
La  transfiguración es el relato de una experiencia mística, de una cercanía del misterio, el relato de un encuentro con el inefable, con Dios: “sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador” (Mc 9,3). Dios es aquel que no se puede ver, no por falta de luz, sino porque el exceso de luz ciega los ojos. Y la luz de Dios es el amor. ¿Por qué el misterio de la cruz ha sido siempre una luz que alumbra a unos y ciega a otros?

Los que aceptan la cruz como condición de su camino encuentran en ella una luz para su vida; su existencia queda iluminada por la cruz. Sin embargo, los que se escandalizan ante el dolor y el sufrimiento, los que no quieren tomar la cruz, y todos aquellos que hacen del sufrimiento rebuscado una exigencia de Dios, quedan ciegos y se encaminan al abismo. ¡Qué importante es que te preguntes por la imagen que tienes de Dios y te conviertas al Dios de Abrahán, Dios Padre de Jesucristo, Dios todo amor y ternura!

Casto Acedo Gómez. Febrero 2018..  paduamerida@gmail.com.

sábado, 30 de diciembre de 2017

La identidad de la familia cristiana (31 de Diciembre)

 

Es común hablar hoy de crisis de la institución familiar; aunque también es cierto que en los últimos estudios sociológicos la familia es considerada por los jóvenes españoles como una institución que goza de gran prestigio, por encima de otras instituciones como las políticas, militares, la enseñanza, o la misma Iglesia, que se sitúa en escalones muy inferiores.
 
Pero no nos engañemos con las estadísticas, porque tendríamos que matizar a qué familia se refieren los jóvenes en su alta valoración; tal vez sea la “familia club”, la “familia pensión”, la “familia refugio”, o la “familia último recurso”; prueba de ello es el creciente abandono del hogar por parte de parejas jóvenes, que con evidente precipitación, haciendo oídos sordos a consejos paternos  y  sin compromiso matrimonial por medio, abandonan la familia que les vió nacer para crear su propio nido de convivencia en pareja. Eso sí, geográficamente cerca de papá y mamá por si se necesita recurrir a ellos, sobre todo ante las necesidades económicas o de emergencia propias de la vida.

Tal vez sea menos valorada, o desconocida en la práctica por los jóvenes,  la “familia-comunidad de vida”, lugar de encuentro a niveles profundos, donde la comunicación entre sus miembros superan las barreras de la edad, la mentalidad y el rol familiar. Familia en la que uno se mira, a la que se consulta cuando se piensa en tomar decisiones personales importantes, y por la que uno está dispuesto a darlo todo, especialmente la renuncia a los propios caprichos si lo requiere el bien común. Este estilo de vida familiar es el más cercano al espíritu cristiano que rezuma el evangelio de Jesús.

Según criterios cristianos, ¿cómo tendría que ser una familia?, ¿qué le distinguiría de aquella que no es cristiana?, ¿dónde está el quid o punto de toque para poder decir que una familia es familia cristiana? Damos algunos flashes:

1.- En primer lugar tendremos que apuntar que la familia cristiana es el fruto de un matrimonio, de una pareja, “casados en el Señor”; que no es lo mismo que “casados por la Iglesia”. Todos sabemos que son muchos los que se casan por la Iglesia -aunque el porcentaje es también escandalosamente decreciente en España- pero ¿podemos decir que todos los que se casan por la Iglesia lo hacen a sabiendas de lo que comporta el matrimonio cristiano? Cierto que no. Cristiana es la familia formada por una pareja que comparte una experiencia religiosa común, que enriquece la vivencia humana del amor con la conciencia de la dimensión divina del mismo, y que transmite esa conciencia y experiencia por ósmosis a sus hijos. Es una familia que ha dado paso a Dios en su historia. Dios forma parte de ella como formó parte de la familia de Nazaret.

2.- En segundo lugar, la familia cristiana considera su propio ser (su amor conyugal y su fruto, que se exterioriza entre otras cosas y sobre todo en los hijos) como un “don de Dios”. El amor que edifica la familia cristiana no es mirado como fruto de un esfuerzo de los miembros de la misma, sino como don de Dios, evitando así cualquier atisbo de soberbia. “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 127,1 .) Considerar el matrimonio, la familia, la propia casa, como un don de Dios, mueve a esposos, padres, hijos, abuelos, nietos, etc. a vivir la realidad del amor conyugal y familiar con gratuidad, a ver en todo ello un motivo para dar gracias a Dios, y a pedir cada día para que ese amor se conserve y crezca. La familia cristiana es una bendición de Dios, un don, un regalo que el converso contempla y acoge con gratitud.

3.- La familia cristiana tiene como modelo de relación al mismo Dios trinitario. De Dios decimos que es una familia: tres personas distintas y un solo Dios verdadero. En Dios la identidad de cada persona no se ve anulada por el lazo de unión que es el amor, sino que al contrario, la unidad de las tres personas fortalece y da sentido a la identidad de cada una. Este es el modelo de convivencia de la familia cristiana, una familia como Dios quiere, como Dios es, donde el diálogo, la comunicación de los unos con los otros, hacen posible el milagro de la unidad familiar, donde ningún miembro (marido, mujer, hijo) anula al otro, sino que reafirma su personalidad ayudándole a ser él mismo. Por eso la familia cristiana mira a Dios, para alabarle, darle gracias y aprender a amar como Él ama.

4.- La familia cristiana se ama en la dimensión de la cruz, es decir, en la dimensión del sacrificio. Cada miembro de ella piensa y vive para el otro. La vida de cada uno de sus miembros está colgada (pende, está pendiente) de la vida de los demás. La familia es el lugar donde se desarrolla de la forma más humana posible, que es la más divina, el “estado del bienestar”.

La familia cristiana, desde siempre, ha sido sagrario donde los más débiles (enfermos, inválidos, ancianos...) han encontrado asilo seguro. Ahora la sociedad, y dentro de ésta muchas instituciones eclesiales,  asumen  o tienden a asumir la tarea de cuidar a los que no pueden cuidarse a sí mismos en orfanatos, hospitales, residencias de ancianos, etc.; pero no nos engañemos, un auténtico “estado del bienestar” no puede prescindir de la familia como la más y mejor capacitada para dar auténtico calor humano a quien más lo necesita. La familia cristiana no renuncia a la ayuda que el estado (la sociedad) presta a sus tareas; es más, exige que en aquello que le afecta directamente –educación, sanidad, salarios- se muestre generoso; pero el compromiso familiar no puede tender nunca a poner el cuidado de los ancianos y enfermos, o la educación de los  niños en manos de instituciones sociales, sino que asume ella misma, hasta el límite, todo lo que directamente puede realizar a favor de sus miembros.

A veces esto supone un  arduo sacrificio, pero la familia cristiana no niega la acogida al hijo no deseado antes de nacer, al que nace inválido, al abuelo imposibilitado, o a cualquier miembro del grupo familiar que corra peligro de vivir a la intemperie. Cuidar sine die a un enfermo crónico o a un anciano -lejos de lo que predica el mundo- no es un castigo, no es enterrarse  en vida; muy al contrario, todo el que asume esa tarea con amor sabe por experiencia que es un modo de ganar la vida, un camino de salvación, un honor, un acto de heroísmo de la fe.

5.- La familia cristiana es una familia misionera: abierta a las necesidades de los que le rodean. Igual que hay un egoísmo personal, también hay otro que podríamos llamar egoísmo familiar. La familia  no puede encerrarse en sí misma. Una familia que sólo mire por los suyos, que no esté abierta a los vecinos, a los problemas del mundo en que vive, que no sea consciente de que ha de ser levadura en la masa (Lc 13,21), no es propiamente familia cristiana. Si la familia es cristiana no puede pasar desapercibida en su comunidad de vecinos, en su barrio, en su pueblo... Sabe que los problemas de las demás familias con las que convive son sus problemas, y se esfuerza buscando soluciones con los demás. El amor familiar, cuando es auténtico, tiende como todo bien a propagarse instintivamente (bonum est diffussivus sui). Una familia enclaustrada en su complacencia acaba muriendo ahogada en su propia basura, porque degenera necesariamente en el más sutil, destructivo e inimaginable egoísmo. En una cultura donde nos alientan a no meternos en problemas, a vivir la vida sin molestarse ni complicarse la vida con nadie, a hacer de la privacidad una fortaleza, la llamada de Jesús está claramente orientada a lo contrario. ¿Puede ser modelo de familia cristiana aquella que se encierra en sí? Ciertamente que no.

6.- Podríamos señalar muchísimas más características propias de la familia cristiana. Pero vamos a señalar, en línea con el plan pastoral de nuestra archidiócesis, sólo una más:  la familia cristiana es una familia vocacional. No se si la palabra es la más adecuada para decir que esta familia nace de una llamada de Dios, de una feliz atracción por la belleza del amor absolutamente gratuito de Dios en Jesucristo, y que da consistencia al hecho de "casarse en el Señor". Dicha vocación se transmite al ambiente y a los hijos.

La familia es el lugar donde se gesta el futuro. Y este futuro es una de las preocupaciones de la Iglesia de hoy:  ¿No es el descenso de matrimonios cristianos y la disminución de vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal un motivo para estar preocupados? Pues sí; y el problema no es sólo de falta de respuestas a la llamada; tras esa falta de decisión se encuentra también la falta de propuestas explícitas, de testimonios de vida familiar y personal coherentes. Podemos decir, que la familia cristiana en la actual coyuntura tiene una misión insustituible: ser un signo de la belleza del amor de Dios, una voz, en medio del desierto y la desolación, que atraiga al seguimiento a aquellos que la contemplan.

Y, de modo concreto, la familia cristiana debe proponer sin complejos a los más jóvenes la decisión de seguir a Cristo como sacerdote o  religioso; unos padres cristianos no temen que sus hijos decidan para sí ese camino, aparentemente irrelevante en nuestra sociedad pero profundamente enriquecedor para quien lo escoge, y para tantos y tantos que se beneficiarán de él. 

No perdamos energías inútiles en debates teóricos sobre divorcio, nuevos modelos de familia con matrimonio entre personas del mismo sexo o parejas de hecho, etc., son propuestas y temas que la llamada ideología de género procura sacar a la luz y, no sin astucia, desenfocar conscientemente en nombre de una libertad bastante arbitraria.


Nosotros al grano; profundicemos en los compromisos, en el quid, en el plus que nuestras familias cristianas han de aportar a la sociedad; ese plus se llama Jesucristo. La identidad que el Señor quiere y ha querido siempre para el matrimonio y la familia cristianos es la vivencia del amor hasta el límite, construir una familia con Cristo en el centro: desapegada de intereses espurios, misericordiosa como el Padre, entregada a la causa del Reino como el Hijo, fuerte, sabia, paciente, irresistiblemente atractiva y valientemente profética por la presencia del Espíritu. 

 Una familia así no va a venir caída del cielo, no nos la va a procurar las leyes ni las polémicas institucionales. Sólo poniendo la mirada en Dios (oración) y manos a la obra (acción), trabajando por construir un hogar desde criterios evangélicos como son el diálogo, el perdón, la comunión de bienes materiales y espirituales, la paciencia, la humildad, y sobre todo el amor, "que es el vínculo de la perfección" (Col 3,14), puede el cristiano hallar el camino de la familia que Dios quiere. La familia cristiana tiene su asiento en la vida y consecuente doctrina del evangelio; su riqueza está ahí, y en tiempos difíciles no estaría mal volver a esa fuente. Mejor que destruir polemizando es construir contemplando y amando.

A todos los que tenemos la suerte de vivir en el seno de una familia cristiana, ¡Felicidades en esta Fiesta de la Sagrada Familia! ! Y que todos los que buscan el calor de un hogar, encuentren en el amor familiar pistas para ello.

Casto Acedo Gómez. Diciembre 2017. paduamerida@hotmail.com

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...