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jueves, 27 de noviembre de 2025

Adviento. Esperanza. (2 de Diciembre)

 
  
Comenzamos un nuevo año litúrgico. En él iremos recorriendo y viviendo los misterios de nuestra salvación: Natividad, Epifanía, Pascua de resurrección, Ascensión, Pentecostés, etc. Con los compases y el ritmo del año nos iremos beneficiando de la salvación que es Jesús, porque salvarse no es alcanzar una meta o ser elevados a un pedestal, sino encontrarse con la persona que es el Hijo.
 
El primer movimiento de esta sinfonía de la liturgia anual es el tiempo de Adviento. El grito ¡ven, Señor Jesús!, tan propio del inicio del año, expresa el anhelo no sólo de nuestro corazón sino también el de la comunidad, porque “el que viene” lo hace para sanar nuestros desajustes personales y sociales. 

Adviento para reavivar la fe.
 
Nos movemos en la oscuridad de la fe esperando la luz de la Navidad. La fe es un acicate para que en la nueva etapa litúrgica despertemos la simiente del Reino dormida en nuestro interior. Para san Juan de la Cruz, maestro y doctor, la función de la fe se puede sintetizar en estas palabras: "Desembarazar el entendimiento encaminándole y enderezándole ... en la noche espiritual de la fe a la unión con Dios" (Subida 2,23,24). Caminamos hacia la Navidad, fiesta del encuentro de lo divino y lo humano, paradigma de nuestra salvación; en Jesucristo, Dios se hace uno en la carne para hacernos partícipes de  su divinidad. Los tiempos sagrados y las celebraciones de la Iglesia tienen la función de activar el núcleo de nuestra interioridad, de facilitar el encuentro con el que ha venido, viene y vendrá glorioso al final de los tiempos.

En este camino hacia la unión, Dios -en expresión del Papa Francisco,  primerea, Él mismo  nos sale al encuentro. Viene a nosotros antes que nosotros vayamos a Él. Vivir el Adviento es creer y esperar su venida, vivir en la certeza de que Dios no nos ha arrojado en el mundo y nos ha dejado solos. Teológicamente definimos la fe como la respuesta positiva a la revelación de Dios que es Jesucristo; vivir el Adviento es profesar la fe, abrir de par en par tu corazón para que Jesús sea tu huésped. No estás solo, Jesús está contigo. La fe te hace sentirlo en la oscuridad de la vida.

No hay escena más plástica para contemplar la fe que la de la anunciación. Puedes imaginar a María en su casa, o trabajando fuera de ella, o simplemente dedicando un tiempo a la contemplación de la naturaleza; ahí, en la sencillez de su vida ordinaria le sale Dios al encuentro. Ella quedó sobrecogida por el saludo del ángel; “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,26). Pasada la sorpresa primera, María se pone a la escucha del mensajero y asiente a la propuesta de Dios: “¡He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra!”(Lc 12,38).

María, mujer creyente; en ella tienes un ejemplo de fe y un modelo para imitar en Adviento. Porque Dios va a salirte al encuentro en estos días; puede que se cruce contigo en tu trabajo, en el tiempo de oración o en el disfrute de un merecido tiempo de descanso y expansión. Se te hará presente en el consejo del amigo, en la necesidad del pariente o el vecino, o en la calidez del beso de los hijos; Dios es sorprendente y te saldrá al paso donde menos lo esperes. Sólo necesitarás estar atento, vigilante, para reconocer su venida y luego dejarle entrar en tu vida.
 
Esperando las promesas de Dios. 
 

Él viene, y con su llegada cumplirá, no tus deseos, sino sus promesas. Pon en ellas tu esperanza. El Adviento te invita a reavivar en ti los planes de Dios y a expandir su proyecto por el mundo.
 
No están los tiempos para tirar cohetes; la dura situación social y económica que estamos atravesando -campos de refugiados,  paro laboral, salarios endémicos, abismo entre ricos y pobres, rechazo al inmigrante, caída en picado de  valores evangélicos, etc...-  nos inclina más a tristeza y  desesperanza que a  ilusión y alegría. Nos preguntamos: ¿tiene Jesús algo que ver con todas estas crisis? Te equivocas si crees que la fe no tiene nada que ver con todo lo que sucede en el mundo.

Son muchos los que prefieren cerrar los ojos o volver la espalda a los problemas sociales que nos acucian. Se trata, sin duda, de situaciones crecidas al abrigo de estructuras de pecado que han ido apoderándose del mundo de la economía; situaciones estructurales que, ¡ojo!, parecen fruto de una mano negra anónima e impersonal. ¿Es así? ¿Es la injusticia un mal sin culpables? No. El llanto y sufrimiento de los pobres tiene rostro humano, pero también es humana la mano que tira de la soga del ahorcado. Tal vez estés entre ellos y aún no lo sepas.

El tiempo de Adviento es una oportunidad es una buena oportunidad para depurar tu fe, para preguntarte si “crees en Dios sobre todas las cosas”, o si la dura realidad es que  consideras que hay otras cosas más importantes que las personas (podría decir Dios).

Damos de lado a Dios sin advertir que al hacerlo damos de lado también al hombre; el rechazo del crucificado no es menos rechazo del hombre que de Dios. La acogida a la que desde el Adviento se nos invita abarca no sólo lo divino, también lo humano de Dios.

Sólo el amor nos salva.

El tiempo apremia y el Hijo del hombre está a la puerta. El Adviento proclama su llegada inminente. Con él viene la salvación, es decir, la oportunidad de lograr vivir plenamente. ¿Quiénes se beneficiarán de esa plenitud de vida? ¿Quiénes lograrán salvarse? ¿Quiénes se benefician de las promesas de Dios? Los que anhelan  llenarse de “amor mutuo y de amor a todos”; los que viven de tal modo que quieren “presentarse santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre” (1 Tes 3,12,13).

El tiempo de Adviento apunta a la Navidad, fiesta del amor de Dios. Los que se esfuerzan por mantenerse  despiertos en el amor verán la luz de la Estrella, quienes vivan con “la mente embotada con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero” (Lc 21,24) están incapacitados para beneficiarse de la paz, la alegría y el gozo de vivir que acompañan al Salvador.
 

Hay cosas que no nos dejan ver con claridad la vida. ¿Te has parado a pensar que mañana mismo puede que no estés aquí? Cuando alguien te hace esta pregunta sueles fruncir el ceño y tildar de pájaro de mal agüero a quien plantea esa desagradable cuestión. Pero no es una pregunta banal. El miedo a la muerte lleva a muchos a vivir en huida, a esconder sus miedos tras la falsa esperanza que proporcionan la avaricia, la orgía y el desenfreno; falsa esperanza que conduce a la aniquilación del prójimo, al que se valora sólo como instrumento al servicio de las ambiciones más ocultas; y conduce también a la propia muerte espiritual, porque quien la sigue no hace sino ahondar  el pozo de su desesperación. Pasiones como la avaricia, la lujuria, la ira, etc. son como un saco sin fondo, incapaces de sostener una vida.
 
Sólo el amor es capaz de vencer a la muerte y saciar tus aspiraciones más profundas, el amor como respuesta a la provocación de Dios que te amó primero (Jn 4,19). En Navidad celebras la llegada de ese amor, en Adviento te preparas a ello ahondando en su promesa: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. (Jn 14,23)
 

¿Cómo esperas celebrar la Navidad que se aproxima? Puedes hacer una lista de tus deseos. Posiblemente no se cumplan. No pongas la esperanza en ellos; ponla mejor en las promesas de Jesús. Adviento es un tiempo especial para escuchar lo que Dios quiere, para esperar la salvación que nos ha prometido. Si su propuesta de vida coincide con lo que tú esperas y deseas, ¡enhorabuena!, pero si no es así: ¡conviértete!, cambia de mentalidad, da la espalda a tus falsas imágenes de Dios (falsas esperanzas), desea lo mejor para ti y para tu hermano; vuélvete al Señor que viene, pobre, humilde, niño, nacido en un pesebre, debilidad de Dios que confunde a los fuertes de este mundo. ¡Feliz Adviento!
Casto Acedo Gómez. Diciembre 2018. paduamerida@gmail.com.

jueves, 27 de octubre de 2022

Una voz grita en el desierto


Litúrgicamente hablando subimos  el segundo peldaño del Adviento que nos va acercando a la Natividad del Señor. El primer domingo nos invitó a la esperanza atenta (vigilancia), mirando al pasado de Israel y tendiendo los brazos a la venida futura y definitiva de Cristo. Hoy la liturgia parece insistir en la necesidad de preparación en el presente: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,2). Como modelo: Juan Bautista, “el mayor nacido de mujer”, el mejor hombre de la historia. De él dirá Jesús: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista”, (Mt 11,11). Junto con María Inmaculada, el Bautista, nuevo Isaías, es para nosotros luz de Adviento, "voz que grita en el desierto" (Lc 3,4; Is 40,3), sendero para llegar a Cristo sin quedarnos a medio camino, porque  con él aprendemos a no confundir los medios con los fines, a no equivocar “al que es” con “los que no son o simplemente le anuncian”, por muy simpáticos que éstos sean. El precursor se quita de en medio y pasa a segundo plano: “El que viene detrás de mí puede más que yo” (Mt 3,11). San Juan evangelista dirá de su homónimo que “No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz” (Jn 1,8).
 
La ciencia del Señor

"Está lleno el país de la ciencia del Señor", dice el profeta Isaías (11,9). Es curioso cómo hemos perdido en el lenguaje cristiano el uso de la expresión “conocimiento del Señor” para significar la conversión. Nos parece una expresión excesivamente intelectual. Algo parecido sucede con la palabra "teoría", reducida hoy a constructo intelectual y que en su momento significó la meta de la contemplación.  En la  Sagrada Escritura conocer algo es tener experiencia concreta de ello. Es obvio que sólo desde la experiencia del amor se puede llegar al conocimiento del Otro y de los otros. En el lado opuesto tenemos la ignorancia, a la cual nos conducen  el miedo, el odio y la desconfianza; con el pecado el hombre se cierra  en un  círculo vicioso, ya que el odio y el rechazo no producen conocimiento sino ignorancia y alejamiento. El Niño-Dios, que trae el conocimiento divino viene a romper ese círculo infernal, el hechizo mortal del pecado.


Para los tiempos mesiánicos (para la Navidad) se dice en Isaías que “el país está lleno de la ciencia del Señor” (Is 11,9), de su amor. Cuando el amor del Señor ocupa el espacio, las relaciones humanas cambian y aquellos que vivían en la hostilidad son atraídos por la amistad y la comunión, por eso ”habitará el lobo con el cordero … la pantera con el cabrito, ... el novillo con el león... la vaca con el oso … el niño con la serpiente venenosa”. (Is 11, 6-9).

No dejemos pasar de largo en nuestra reflexión de Adviento la dimensión social y eclesial que tiene este texto. Cuando el profeta anuncia en parábola la utopía de la convivencia y la paz perfectas hemos de contemplar nuestro mundo y nuestra Iglesia como una gran comunidad donde cada uno tiene su propia identidad, su “pelaje” peculiar, hay entre nosotros lobos y corderos, vacas y tigres, víboras y niños inocentes, seres con diferencias peculiares tan grandes que nos parecen imposibles de barajar para una buena convivencia; dejándonos pastorear por el niño-Dios (“un muchacho pequeño los pastorea” (Is 11,6) es posible la paz, la justicia y la comunidad. Hermoso poema de Navidad estos versículos de Isaías. 

Navidad es fiesta familiar, pero no lo es menos eclesial (parroquial), porque una comunidad cristiana sólo es viable desde el encuentro de muchos bajo la llamada y mirada del Divino Pastor (cf Jn 10,16). Cuando Dios nazca en nuestra vida, en nuestra Iglesia, en nuestra sociedad, cuando nos acojamos como Cristo nos acogió (Rm 15,7), habremos alcanzado la meta de nuestra salvación. Entonces seremos en verdad Iglesia, y la venida del Señor será cosa hecha.

Conversión a Dios desde el legalismo y el ritualismo 
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Junto a Isaías y María de Nazaret, Juan Bautista da colorido a la esperanza del Adviento; con su predicación invita a dejar sitio al que viene en nuestra vida personal y social. Dice el Bautista a los hombres de su tiempo lo mismo que luego dirá Jesús: “Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3,1-12; cf 4,17), ¡Confesad vuestros pecados! ¡Eliminad todo lo que impide el paso (Pascua) del Señor!  Juan Pablo II lo repetirá: "¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!". La salvación que trae el Mesías es un regalo, pero no entrará en nuestra historia sin nuestro permiso; como ya dijo san Agustín: Dios, que te creó sin ti no te salvará sin ti; sin un movimiento interior que abra las puertas desde dentro, Dios no accederá a tu vida.
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Conversión es lo que el Precursor pide sin miramientos a las clases más privilegiadas de Israel: por un lado a los fariseos, que habían domesticado la fe y la esperanza del pueblo reduciéndola a una serie de formalismos legalistas que no conducen a nada. Para los fariseos la religión tiene como fin el cumplimiento de la Ley; e ignoran la primacía del amor, sin la cual la ley, como la fe, está muerta (cf Sant 2,17). Es la reiterada y siempre actual tentación de elevar los medios a categoría de fines. Poner la confianza en la Ley es cerrar la puerta a la gracia. Los fariseos se creían seguros porque cumplían la ley, y Jesús desenmascara su error: “No os hagáis ilusiones pensando: ´Abrahan es nuestro padre´” (Mt 3,9). El Señor no viene para asegurar nuestras cadenas al mástil de la Ley, sino a desatarnos de todo lo que nos impide amar; y entre esos impedimentos puede estar la misma ley en lo que puede tener de engaño y manipulación. “Para ser libres nos liberó Cristo” dirá san Pablo (Gal 5,1); para que el orden nuevo se establezca no basta cultivar las formas, es preciso ir al fondo. Una vida centrada en la ley, y que ignora (¡cuán necesaria es una formación cristiana seria!) u olvida que la ley está hecha para el hombre y no el hombre para la ley (cf Mc 2,27), no acerca a Dios. La letra de la ley mosaica es letra muerta si no está penetrada del Espíritu del amor del Señor.

Tampoco el ritualismo, ni el amor a las riquezas y al poder, propio de los saduceos, son un buen camino para hallar la Vida. Es cierto que a veces estas prácticas y realidades parecen dar seguridad a las personas y a las instituciones, pero sólo es una ficción; los ritos no son el objetivo último del Reino de Dios, tampoco está el Reino donde se acumulan riqueza, poder e influencias. Dios viene en pobreza, debilidad y mansedumbre. Desde la paz y la insignificancia social “herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío” (Is.11,4), establecerá así la nueva era. “Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3,10). Una llamada urgente a dar frutos de buenas obras.


Contemplemos en Adviento la inigualable figura del Bautista. Su buen hacer, sellado solemnemente con su muerte, nos ilumina. Los poderes de este mundo, celosos de su ciencia y su dominio, pidieron su cabeza, que fue cortada en un intento de decapitar los inicios del movimiento de renovación que más tarde culminaría con la entrega, muerte y resurrección de Jesús. Con su testimonio (martirio) y predicación da paso al Salvador. Nosotros somos ahora los continuadores de aquella misión. También nosotros estamos llamados en Adviento y en todo tiempo a “preparar el camino al Señor” que viene. A nosotros, como a san Juan, se nos pide ser voz y signos que mantengan viva la esperanza en tiempos de increencia e incertidumbre sobre el futuro; somos convocados para ser brotes nuevos que nazcan del tronco viejo del mundo. No sin dificultades, no sin incomprensiones.
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Casto Acedo Gómez. Diciembre 2016

martes, 1 de marzo de 2022

Tres mentiras (6 de Marzo)


No cabe duda de que la guerra de Ucrania focalizará nuestra atención en esta Cuaresma. El impacto que producen en nuestro ánimo las imágenes y las noticias que nos llegan -conscientes de que muchas de ellas pueden ser noticias falsas- nos perturban. Y no es para menos; el sufrimiento de los inocentes descoloca a cualquier persona de buena voluntad.

Hay una pregunta que de improviso brota del corazón: ¿Dónde está Dios? ¿Qué espacio ocupa en este escenario belicista que tanto nos preocupa? ¿Cómo seguir creyendo, esperando y amando en circunstancias que invitan a la increencia, la desesperanza y el odio? Son cuestiones que no podemos evitar, porque tocan la esencia misma del ser de Dios y del hombre.

La tentación de la duda es necesaria para depurar la fe, una oportunidad para crecer en el espíritu. Jesús, como toda persona,  se vio sometido a la alternativa de escoger entre el poder de Dios y el poder del hombre como si fueran elementos incompatibles. Esa es la primera y gran mentira del diablo: presentarnos a un Dios que niega al hombre. No olvidemos que “diablo” ( διάβολος) es una palabra formada de διά (a través de) y βάλλειν (tirar, arrojar), y expresa la idea de "tirar mentiras", "tirar unas personas contra otras". Enfrentar a la persona con Dios, consigo misma y con las demás personas es la especialidad del diablo. 

Y nadie duda que su obra maestra es la guerra. Se llega a ella cuando a sus preguntas-trampa no se le dan las adecuadas  respuestas que dio Jesús sino otras: que el pan (bienes materiales) es lo único importante; que es un acierto defender a ultranza la imagen personal, social o nacional (ego); y que el uso e incluso abuso de poder es imprescindible para hacer el mayor bien y defenderse de ser aniquilados. Tres grandes mentiras.

La invitación a entrar en la dinámica perversa del dinero, del poder y de la fama para mantener vivo el propio ego, es la prueba que Jesús sufrió en el desierto y que cada cual ha de afrontar a lo largo de su vida. ¿Cómo respondió Jesús? Cuando el diablo le propone ser rico, poderoso e importante (vivir en la mentira), Jesús escoge ser pobre, humilde y escondido (vivir en la verdad); se identifica así con la verdad (humildad) que nos hace  libres (Jn 8,32).

Un consejo latino dice: “si vis pacem para bellum”, si quieres la paz, prepara la guerra. Y  lo considero un consejo excelente, no en el sentido en que se suele citar: armémonos hasta los dientes si queremos ser respetados y no agredidos,  sino interpretado en clave espiritual: si quieres una vida y un mundo en paz, activa las armas espirituales que pueden evitar que el enemigo se adueñe de tu vida. 

¿Cuáles son estas armas? Cito aquí a san Pablo: “Tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos" (Ef 6,13-18). Estas son las armas defensivas que hemos de tomar en Cuaresma. Pero vayamos ahora a conocer las tácticas del enemigo, sus tres grandes mentiras.


La mentira del dinero

"Si eres el Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan " (Lc 4,3). ¡Dinero! El diablo propone a Jesús someterse a la dinámica del dinero fácil. Porque hay dos caminos para lograr que no haya hambre de pan en el mundo; *el primero es conseguir alimento fácil a cambio del sometimiento al poder de turno. ¿No era eso lo que pretendía el diablo? *El otro camino es el de la justicia. "No solo de pan vive el hombre",  también tiene derecho a participar en la toma de decisiones acerca de cómo se reparten los bienes. El ciudadano no es un autómata que funciona con una determinada atención y mantenimiento; es una persona que, además de alimento, pide dignidad.

Para Jesús la dignidad y el valor de la persona están por encima del dinero. Son numerosísimos los textos en los que el Nuevo Testamento señala la incompatibilidad Dios-dinero. "No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6,24). Y si consideramos que el servicio a Dios pasa necesariamente por el amor a los hermanos, podemos sin rubor extender la enseñanza: "No podéis ser servidores del hermano si dais más valor al dinero que a las personas". El apego o aferramiento al dinero está en el origen de muchos conflictos. 

No es baladí que parapetados tras las trincheras del gobierno ruso estén los grandes oligarcas del país. La mano negra de la ambición, el afán de ganar más y  mas terreno y dineros, se deja ver tras el  humo y los escombros de las invadidas ciudades ucranianas; y la misma mano negra hace temblar a Europa a la hora de firmar sanciones económicas o ayuda militar. Sin restarle importancia a la economía, deberíamos tener claro que "no sólo de pan vive el hombre", pero también de él;  se trata de buscar el equilibrio:  no renunciamos a la razón económica, pero ésta queda desautorizada cuando se pone por encima de la dignidad de los pobres.  

La respuesta de Jesús al diablo invierte los valores mundanos. Es importante comer, pero no como cerdos de engorde en una granja intensiva; además de necesitar comida las personas tenemos también hambre de Dios, hambre de justicia, hambre de libertad y hambre de paz. El futuro de paz y prosperidad de la humanidad sólo es sostenible desde la pobreza evangélica, es decir, contando con la  generosidad de cada uno para con todos; cuando unos se hartan y otros pasan hambre estamos abriendo las puertas a la guerra. Cuánta razón llevaba Pablo VI al invitar a orar por la paz partiendo de un compromiso: "si quieres la paz, trabaja por la justicia".

¿Qué he hecho yo para que haya guerras en el mundo? Mucho si no trabajas por la justicia. ¿Soy sensible al hecho de que mis lujos son bienes robados a quienes no tienen qué comer? Tu y yo sabemos que la paz del corazón no se compra con dinero; al contrario, el exceso de bienes, la riqueza, suele romper el equilibrio interior al obligarte a vivir en miedo a perder lo ganado o en ansiedad por acumular más y más.

En lo que se refiere a las riquezas la cuaresma es una llamada a preguntarte qué lugar ocupan en tu vida los dineros, hasta qué punto los sitúas por encima de los pobres en tu escala de valores, qué grado de sometimiento tienes al dios-dinero y qué pasos estás dando para desapegarte de todo aquello que te impide avanzar con libertad hacia una mayor comunión con Dios y los hermanos.

Un punto de contemplación: párate, obsérvate desde fuera, contémplate revestido de todos los bienes materiales que posees. Silénciate. "Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él" (Job 1,21)..." ¿De qué me sirve ganar todos los bienes del mundo si pierdo mi vida en ello? (cf Mt 12,16-21). Y no olvides que la riqueza en sí misma no es mala, al contrario, es buena; la maldad está en la relación de servidumbre que estableces con ella cuando pones tu vida a su servicio cuando debe ser al revés.


La mentira del poder

"Te daré el poder y la gloria sobre todo el mundo" (Lc 4,6). ¡Poder! La segunda tentación.  Cuando la mentira, el engaño, la manipulación o la violencia se utilizan como armas para obtener el poder, también se está cayendo en manos del diablo. La mentira, ahora la llamamos desinformación o fake news, define al diablo en su ser: señor de la mentira.

Es urgente liberar el ambiente personal, social y religioso del cáncer de la mentira. ¿Acaso estará Dios de parte de quienes están continuamente acusando al oponente, de los que para derribar al contrario no dudan en calumniar, de aquellos que manipulan la verdad en aras a conseguir más poder y ventajas? Quien así obra no adora a Dios, por mucho que pretenda justificar su mentira ligándola a supuestos buenos fines.

La verdad es innegociable. Y la gran verdad de la humanidad es que somos criaturas, nacidos no para ser amados sino para amar. Se dice que Dios escogió en su encarnación el camino de los pobres para que aprendamos que la humildad es la verdad del hombre. "Polvo eres y al polvo volverás", por muchos que sean los monumentos de dura piedra que se erijan en tu honor.

La historia, aunque se escriba desde arriba, se hace desde abajo. Las pirámides y las grandes obras humanas llevan la firma falseada. Se construyeron con el esfuerzo de muchos, unos sometidos a esclavitud y otros mejor o peor pagados, pero los que más pusieron han sido, sin duda, los más olvidados. ¡Cuántos soldados anónimos, manipulados, engañados con soflamas nacionalistas o bélicas, son inmoladas par gloria de los tiranos y sus generales!

¿No sería bueno aprovechar la cuaresma para convertirnos (volvernos) a los humildes? Tiempo para echar una mirada a las personas que, desde el silencio y la ocultación, sin ambiciones de poder, hacen que todo funcione. No reciben glorias ni honores, no son reconocidos por su magnanimidad, no llenan titulares en las noticias ni ocupan páginas en los libros de historia; pero son bienaventurados, benditos de Dios, porque su humildad salva al mundo de morir bajo el poder de los soberbios.

¿Crees que si se diera la palabra a la gente sencilla de Ucrania y de Rusia estaríamos como estamos? "Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. 26 No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor" (Mt 19,25-26). Sólo los sencillos tienen acceso a esta sabiduría; los sabios y poderosos están ciegos para verla (cf Lc 10,21). Contra el veneno de la fuerza militar está el antídoto  de la sabiduría de Dios, sabiduría de la pobreza y la debilidad, sabiduría de la cruz (cf Rm 1,18-31).  Contra la mentira que se impone por la fuerza está la verdad que brota del amor. Aprovecha la cuaresma para adquirir humildad. Merece la pena.

Ejercicio de oración: Contempla una gran obra arquitectónica (una catedral, un palacio, un rascacielos...). Trae a tu memoria a todos los que hicieron posible esa obra, esa masa anónima que no ha pasado a la historia. Obsérvate parte de ellos, contémplate pequeño, uno más de los que con el buen hacer de cada día hacen posible un mundo mejor. Poniendo tu ladrillo de paz en el día a día estás previniendo las guerras. Valórate como parte del cuerpo de Cristo que es la iglesia (cf 1 Cor 12,27). Pide por todos y da gracias a Dios.


La mentira de la imagen

"Tírate de aquí hacia abajo... el Padre ha dado órdenes a sus ángeles para que no caigas" (cf Lc 9-11). ¡Espectacular! Jesús cayendo a plomo desde el alero del templo y los ángeles recogiéndole antes de tocar el suelo. El atrio del templo repleto de visitantes que asombrados, reconocen su divinidad y se someten a Él por admiración o temor. Fácil ¿verdad?

Mucho espectáculo político y bélico tendremos esta cuaresma al hilo de la guerra de Ucrania. No faltará quien al tiempo que se golpea el pecho ante tanta barbarie aproveche para medrar en política o en sus negocios. Son personas que sólo sirven a la podrida conciencia de su ego. Limpios por fuera, llenos de rapiña y maldad por dentro (Lc 11,39). Desgraciadamente hoy vende más la imagen que la realidad. No importa lo que hagas, ni lo que pienses, lo que cuenta es la impresión que des, la imagen que transmitas. Es el tiempo de la posverdad, de la realidad fabricada a posteriori por los medios, de la mentira institucionalizada.

No importan los hechos sino su percepción. De ahí el interés que cobra la imagen que damos; el diablo te induce a creer que es más importante lo que aparentas que lo que eres o haces. Y lo triste es que la "aparente verdad de la imagen" está calando en nuestra sociedad  hasta tal punto que nos llegamos a creernos las propias mentiras. No me percibo en lo que soy sino en mis nominaciones y títulos. Esta máscara que me he fabricado acaba siendo el motor de mi vida; a veces, más allá del poder o el dinero, lo que me mueve es la defensa de mi imagen, el deseo de aparecer ante los demás como más solidario, más generoso, más interesante, de lo que realmente soy. 

El culto a la apariencia (ego) es un gran obstáculo para mi crecimiento espiritual. Oculto mi "yo" (real, interior) y me dedico a vivir en la fantasía de mi "ego" (exterior) que sólo me ofrece una vida aparente, fantasiosa, en la que los ángeles de Dios me protegen para que no tropiece, sin darme cuenta de que ya hace tiempo que estoy en el suelo. Y muy cerca de la ciénaga estoy cuando me niego a ver mis defectos, cultivo mi vanidad o me estanco en la  estudiada mediocridad de una imagen (apariencia) que no soy.  Cuando es así lo único de mí que queda en pie es un fantasma virtual al que basta una pequeña dosis de realidad para esfumarse. Una pena.

El ego crecido a la sombra del cultivo de la imagen tiene los pies de barro. Cualquier contrariedad da al traste con él. Hace falta mucha ayuda de Dios (gracia) para desmontar los palacios de cartón piedra que construye el ego; suelen ser muy persistentes y se une a ellos el miedo y la vergüenza de verse desnudos en la realidad de su pecado.  La conversión es a veces muy dolorosa, pide sacrificar ídolos a los que estamos muy apegados.   

No hagáis las cosas "para ser vistos por los hombres" (Mt 6, 1.5.16). Jesús invita a vivir en la interioridad y desde la interioridad, "en lo secreto" (Mt 6,4.6.18). Las buenas personas pasan desapercibidas; sólo brillan a los ojos de contemplativos como Jesús, que entre la ostentación material y personal del templo observó cómo unas pobre viuda superaba con creces en virtud a todos (cf Mc 12,41-44). Los amantes de la buena imagen deslumbran, distraen y desorientan con su propaganda. Sólo los sencillos y verdaderos alumbran y sirven de orientación.

Para orar este punto. No vendrá mal que te contemples en la imagen que de ti quieres dar a los demás ("ego"). Mira cómo te enfadas cuando alguien te descubre cosas de ti que no te gustan, cuando tú mismo te das cuenta de que eres falso. Te aconsejo un buen ejercicio para sanear tu imagen conociéndote en lo que eres: ¡Mírate en Jesús!, has sido creado a su imagen, y en él tienes el espejo de tu verdad. (cf Concilio Vaticano II, GS, 22) Él es la imagen del hombre verdadero que no se vende a las mentiras del diablo.

* * *
Abríamos el comentario hablando de la guerra de Ucrania; hay quienes la llaman invasión, otros conflicto, otros crisis, matices lingüísticos, pero ¿cambia algo la situación? No mucho.

¿Qué puedo hacer para que haya paz? Pues, aparte de ayudar en lo que puedas personal o económicamente, deberías plantearte sanar en ti la tendencia a tener más y más cosas, a ser elogiado y a quedar siempre por encima de todos. Se trata de un trabajo espiritual. La guerra de Ucrania y la crisis política que vivimos estos días a nivel mundial son la consecuencia directa de un precedente: la crisis espiritual que conduce a la falta de valores. Las guerras no salen de la nada, hay un corazón donde se gesta, luego otro y otro hasta formar una bomba de racimo que se descuelga y acaba por explotar.

A la mentalidad moderna materialista (tanto tienes tanto vales) e individualista (sálvese quien pueda) le parece un despropósito creer que participamos de un mismo espíritu  (Dios), que somos interdependientes; cualquier bien que hago influye en la humanidad para bien; cualquier mal también influye para mal. 

Cultivar mi espiritualidad ayuda a sanar el  corazón de ambiciones económicas y deseos de poder y vanagloria; preocuparte por tu vida espiritual es trabajar por la paz. Y sobre todo es fructífera cuando brota de ella la compasión, mucha compasión; “sed misericordiosos como mi Padre del cielo es misericordioso” (Lc 6,36). Con estas armas del espíritu: verdad, justicia, prontitud para la paz, fe, Espíritu Santo y oración (cf ya citado Ef 6,13-18) estás poniendo los cimientos para una reconciliación y paz duraderas.

Orar por la paz es más que  darte golpes de pecho; es adentrarte en la sabiduría de Dios, abrir tu corazón egoísta a la inclusión universal. Para Dios nadie es indigno, nadie es insignificante, todos caben en sus brazos abiertos en la cruz.  En el desierto de la Cuaresma empápate de esta sabiduría.

Marzo 2022

Casto Acedo

jueves, 9 de diciembre de 2021

Alegría en la mesura (12 de Diciembre)

 

Al tercer domingo de Adviento se le llama domingo laetare, es decir, domingo de la alegría, porque la preparación de la Navidad, la adquisición de una buena condición espiritual para dar libre acceso a Dios en la vida, sólo es posible en la alegría. ¿Puede existir esperanza sin ilusión, sin esa chispa de felicidad que produce la intuición de la presencia y cercanía del ser querido? ¿No es la espera en el gozo y la alegría el motor de la existencia? La esperanza-confianza en la misericordia de Dios genera alegría.

La alegría del Adviento.

La alegría del Adviento nace de la certeza presente de la fe puesta en que las promesas del Señor se cumplirán. Sus promesas son verdaderas y palpables en el ahora, dice la fe. El temor ("no temas") nace de la desconfianza en Dios y nos hace "desfallecer". Hoy el Espíritu nos anima, como Isabel animó a María:"¡Dichosa tu que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá" (Lc 1,45). "El Señor se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo, como en día de fiesta" (Sf 3,17b-18a).

Los caminos de la alegría.

¿Desde dónde nos viene la alegría confiada del Adviento? ¿Nace la alegría del hecho de tener cubiertas las necesidades materiales? La experiencia de quienes tienen más de lo necesario para vivir niega que sea así. A pesar de todo, son muchos los que e el Adviento viven demasiado centrados en el consumo navideño. Pero la felicidad no está en consumir. La verdadera alegría se palpa en la intuición de que la promesa de salvación se está cumpliendo; hoy confío en la misericordia de Dios y la esperanza de un futuro mejor brota en mi interior.

¿Cuáles son los caminos que conducen a la alegría? San Juan Bautista nos da unas claves: Vinieron a bautizarse mucha gente, entre ellos, unos publicanos -pecadores recaudadores de impuestos- y unos militares y le preguntaron acerca de lo que tenían que hacer. Y el bautista les indica cuál es el camino de la conversión, del cambio de la insatisfacción a la satisfacción, del paso de la oscuridad  a la luz, de la tristeza a la alegría.



a) C
ompartir fraternalmente los propios bienes. La gente acudía al Bautista a pedir consejo acerca de cómo preparar su espíritu a la venida del Mesías. Y Juan les anima a prestar atención a quienes viven bajo el umbral de la pobreza: "El que tenga dos túnicas que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo" (Lc 3,11). ¡Qué buen consejo para el domingo laetare! Quien es feliz comparte, porque no existe la felicidad rácana, egoísta, avara… el bien y la felicidad tienden por sí mismas a expandirse. Quien quiera que desee alcanzar la alegría debe vivir desde la convicción de que es más feliz quien da que quien recibe. Es más, en dar y darse está la verdadera alegría. La avaricia es enemiga de la felicidad. "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,36)

b) Vivir en la justicia. A unos  publicanos o funcionarios encargados de cobrar los impuestos, que acudieron a Juan, éste les dijo; "No exijáis más de lo establecido" (Lc 3,13). La corrupción es un viejo pecado. Y en ese pecado todos tenemos una mayor o menor parte. La justicia nos obliga a dar a cada cual lo que le corresponde; que no significa un reparto a partes iguales, sino repartir los bienes comunes "según la necesidad de cada uno" (Hch 2,45). No es justicia regirse fríamente por la ley sino por el principio-misericordia. Exigir a otros más de lo establecido aumenta la corrupción, dar a otros más beneficio del que por estricta legalidad le corresponde es caridad, y esta virtud reporta siempre alegría.  

c) Practicar la moderación -mesura- en el ejercicio del poder. A unos soldados, es decir, a unos que tienen fuerza, poder y autoridad, Juan les dice: "No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga" (Lc 3,14)Se ve que el descontento del funcionario por su sueldo no es sólo cosa de hoy. La conversión a la alegría que pide Juan Bautista pasa por huir de cualquier forma de extorsión o cualquier otro tipo de violencia y ser exquisitos en el servicio público. Los que se aprovechan de la situación para obtener ventaja, ya sea extorsionando al pobre, medrando en sus propios negocios, o favoreciendo de cualquier otro modo sus intereses personales, no llevan buen camino. La práctica de la mentira y el engaño, ya sea personal o social, siempre acaba pasando factura. Lo que siembras es lo que cosecharás. 

¡Qué necesaria es llevar una vida espiritualmente satisfecha y serena para vivir la plenitud del gozo! El descontento y la violencia no pueden convivir con la alegría. Donde la violencia impone su ley, la alegría queda oscurecida. ¡Cuántos hogares rotos por la irrupción de la ira! La violencia solo genera una insatisfacción interior que se exterioriza multiplicando la violencia. Deberíamos trabajar el modo de romper ese círculo vicioso. Revisa qué poder efectivo o afectivo tienes sobre otros y considera que ese poder ha de ser siempre un instrumento al servicio del prójimo y que lo has de ejercer con el diálogo, la comprensión y la misericordia. Sólo desde ahí se edifica un mundo nuevo, y sólamente ahí hallarás la felicidad que anhelas y buscas.


Cultivar y dar a conocer "la mesura"

Ya sabemos cuales son los caminos para la alegría que nos señala hoy el bautista: fraternidad, justicia, no-violencia, misericordia.  San Pablo lo resume en un sabio consejo: "Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca" (Fp 4,5).
 
 ¿Qué es la mesura? Es la medida justa. Es la sintonía espiritual que debes mantener; ese punto de equilibrio que irradia la misma "medida" de Dios. Porque para vivir en serena alegría la vara de medirse y de medir al prójimo no ha de ser otra que la medida de Dios: “Tratad a los demás como quisierais que Dios os tratara a vosotros"; "la medida que quisierais que Dios use con vosotros, usadla vosotros con el prójimo” (Mt 7,2.12). 

¡Qué buenas consignas para los pocos días que faltan para la Navidad! Si las practicas, tú mismo sentirás que "el Señor está cerca";  verás a Dios en el prójimo y  el prójimo verá a Dios en ti. Obrando con la mesura (medida) de Dios estarás evangelizando, estarás dando la buena noticia del amor de Dios, una realidad ajena a discursos vacuos y preciosistas y propiedad de quien obra con compasión, equidad y justicia.

¡Feliz tercer domingo de Adviento!

Casto Acedo.
Diciembre 2021. castoacedo@gmail.com.

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viernes, 10 de abril de 2020

Abrazando la Cruz (Viernes Santo)

Hoy, Viernes Santo. Perdonad que vaya tan retrasado en los envíos. Aquí tenéis la reflexión para este día: la Cruz. El tema no puede ser más actual. 



Cruz y sufrimiento

El Viernes y Sábado Santos la cruz y la muerte ocupan un lugar privilegiado en nuestras celebraciones. Los viacrucis, la lectura-contemplación de la Pasión del Señor, las procesiones del Santo Entierro, la Virgen María, mater dolorosa, imagen de la Iglesia que vive como propios los sufrimientos del Hijo y de los hijos, todo apunta hacia el lado oscuro de la vida, la frontera donde el enemigo acecha a los hijos de la luz y les invita a rendirse. ¿Merece la pena creer, esperar y amar a Dios? ¿Vale la pena desvivirse por el prójimo? ¿tiene algún sentido sufrir?.

Existe un abismo entre los paganos y los creyentes a la hora de mirar e interpretar la cruz. El sufrimiento y la muerte son considerados por los ateos (sin Dios) como un sinsentido, destino inexorable del hombre que lucha en vano por sobrevivir a sí mismo. 

La columna truncada, símbolo pagano de la muerte, nos pone sobre aviso: por muy próspera que sea una vida la muerte la siega sin piedad; pueden quedar tus obras, pero tú desapareces en la nada más absoluta. Estos días de coronavirus lo estamos experimentado. Cuando teníamos puesta nuestra confianza absoluta en el poder de la ciencia, aparece la cruz que descoloca nuestras seguridades y derriba nuestros poderes.

La cruz sin resurrección es signo de pesimismo y desesperación. Masoquismo en estado puro. No es extraño que este símbolo se quiera erradicar de la vida pública en una sociedad sin Dios. sigue siendo actual la enseñanza que sobre la cruz  dio san Pablo, calificándola de necedad para los racionalistas y escándalo para los que viven en una religiosidad natural: "escándalo para los judíos, necedad para los gentiles". (1 Cor 1,22) 

A los ojos del creyente, la cruz muestra un rostro distinto. No es ignorancia sino sabiduría. Para los primeros cristianos no fue desde el principio signo de muerte sino de vida. 

Verdad es que en los primeros siglos les costó aceptar la imagen del crucificado como signo por excelencia de la nueva fe; prefirieron la imagen del Buen Pastor o la del pez (YCTIS); hasta la Edad Media no se comienza a unir la imagen del Pantocrátor (Cristo Todopoderoso) al símbolo de la cruz. Aparecen entonces las imágenes románicas de Cristo crucificado, con vestiduras y corona reales, sereno, poderoso Señor de todo. 

El renacimiento mostrará el rostro humano del hombre perfecto, Jesús, prendido de la cruz; y será la imaginería barroca la que dotará a los crucificados de unos gestos de dolor y angustia propios de una espiritualidad más marcada por el sacrificio del hombre que por el poder sanador de Dios. ¿No ha marcado en exceso nuestra visión esta última espiritualidad?



Abrazar la cruz es abrazar la vida

Sea como fuere, para los que creen en Cristo, la cruz es signo de vida. Morir es vivir. El destino del hombre es la muerte, ¡cierto!, en esto coincidimos con los paganos; pero para nosotros la muerte es semilla de eternidad ("si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto". Jn 12,24). A fin de cuentas, desde el momento en que nacemos comenzamos a morir; y en nuestra mortificación, nuestro amor hecho entrega, genera vida en nosotros y en aquellos a quienes amamos. Así entendió Jesús su existir: "vivir para", salir de sí mismo, vivir entregado al Padre en los demás.

Evidente es que cuando adoramos la cruz no adoramos el dolor sino a quién cargó con nuestros dolores, a Cristo crucificado.  Adoramos la cruz  hacemos porque en ella palpamos el dolor de Cristo, y el dolor del mundo como dolor de Dios. Adorar no es desear ni promover, es aceptar desde el misterio de la fe, con serenidad, como lo aceptó Cristo al fiarse de la voluntad del Padre, con la certeza de que lo que no entendemos ahora Él nos lo dará a entender mañana (cf Jn 13,7). ¡Qué bien nos viene creer y saber esto en estos días!

Abrazar el dolor es hacer nuestros, como los hizo Jesús, los sufrimientos e injusticias que llevan sobre sí los crucificados de nuestro siglo. En estos días abrazar la cruz es en tomar parte en la tarea de curar y sanar a las víctimas del coronavirus. Abrazar la cruz es decir ¡basta ya! a las guerras, a las deportaciones, la violencia doméstica, los abusos, la explotación, el abandono, la desigualdad, … Sólo desde el compromiso serio por un mundo más justo podemos decir sin blasfemar que son bienaventurados los que toman la cruz y siguen a Jesús. 

Hablar de la cruz es blasfemia si no se está con los crucificados del mundo, como hicieron de manera destacada santos de la talla de san Juan de Dios, Santa Teresa de Calcuta o san Romero de América. No se puede predicar la cruz desde el poder, la instalación o la pasividad ante situaciones de injusticia y dolor.  Me atrevería a decir que no se debe siquiera hablar de la Cruz, porque su misterio no se puede reducir a teologías; sólo la vida misma es lenguaje apropiado para ella.

Le sobra el "Santo" al Viernes si no estamos entregados cada minuto a los demás, desviviéndonos por quienes en estos días están solos o solas y nos necesita, por el esposo o la esposa, por los hijos, los abuelos, los vecinos, los compañeros de trabajo, por los prójimos y los lejanos. Sabemos que entregarnos y dedicarnos a su bienestar y felicidad no es morir sino vivir. A la experiencia me remito.



Viernes Santo

Este año el Viernes Santo será inolvidable, porque es menos folclórico y más real, porque el paso del Crucificado, Muerto y Sepultado es más evidente a nuestros ojos.  Nos cuesta despertar a la realidad de la vida de fe. Reducida a moralina y cultos preciosistas e íntimos, este año tenemos la oportunidad de vivirla. Y digo "vivirla" porque tal vez los ritos y las tradiciones, cuando se usan para esconder y justificar nuestras miserias, matan más que resucitan la fe. Sin ellos, toca situarse ante la verdad desnuda,  y descubrir que a la vida (vivificación personal) sólo se llega muriendo (mortificándonos por el prójimo).

A la pregunta sobre la cruz y la muerte respondemos los cristianos con la afirmación de la vida. Creemos, no en la muerte fruto del pecado (injusticia) que lo enfanga todo, sino en la vida que, por gracia de Cristo Crucificado, nace desde el núcleo de la muerte. Si el grano de trigo muere, da mucho fruto. 

El pueblo cristiano, en su sencillez, ha sabido entender el valor de la cruz como signo de felicidad y de vida. El día 3 de Mayo, en muchas de nuestras ciudades y pueblos se celebra la cruz florida, la cruz de Mayo. Este día se hacen cruces con adornos florales. Es la apoteosis de la cruz, su glorificación entusiasta, acto de fe por el que se pone de manifiesto que para los cristianos la cruz no es principalmente lugar de muerte sino de resurrección y vida.

Ya he señalado que este Viernes Santo es muy especial. Todos en mayor o menor medida hemos sido invitados estos días a tomar nuestra cruz, desde nuestro "quédate en casa" hasta aquellos que están viviendo la incertidumbre de sus familiares aislados u hospitalizados; y desde luego, aquellos que no han tenido siquiera, como tuvo María en el Calvario, la oportunidad  de estar junto a los suyos en el momento de la partida, ni de poder abrazar su cuerpo.

No olvidemos tampoco la cruz que cargan sanitarios y demás personas implicadas en tareas activas por la erradicación de la epidemia. Tal vez muchos dirán que no son creyentes cristianos; pero lo son, porque cristiano es de forma implícita todo aquel que con amor ejerce de Cirineo ayudando al prójimo a llevar su cruz.

Casto Acedo. Abril 2020paduamerida@gmail.com

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...