jueves, 27 de octubre de 2022

Una voz grita en el desierto


Litúrgicamente hablando subimos  el segundo peldaño del Adviento que nos va acercando a la Natividad del Señor. El primer domingo nos invitó a la esperanza atenta (vigilancia), mirando al pasado de Israel y tendiendo los brazos a la venida futura y definitiva de Cristo. Hoy la liturgia parece insistir en la necesidad de preparación en el presente: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,2). Como modelo: Juan Bautista, “el mayor nacido de mujer”, el mejor hombre de la historia. De él dirá Jesús: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista”, (Mt 11,11). Junto con María Inmaculada, el Bautista, nuevo Isaías, es para nosotros luz de Adviento, "voz que grita en el desierto" (Lc 3,4; Is 40,3), sendero para llegar a Cristo sin quedarnos a medio camino, porque  con él aprendemos a no confundir los medios con los fines, a no equivocar “al que es” con “los que no son o simplemente le anuncian”, por muy simpáticos que éstos sean. El precursor se quita de en medio y pasa a segundo plano: “El que viene detrás de mí puede más que yo” (Mt 3,11). San Juan evangelista dirá de su homónimo que “No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz” (Jn 1,8).
 
La ciencia del Señor

"Está lleno el país de la ciencia del Señor", dice el profeta Isaías (11,9). Es curioso cómo hemos perdido en el lenguaje cristiano el uso de la expresión “conocimiento del Señor” para significar la conversión. Nos parece una expresión excesivamente intelectual. Algo parecido sucede con la palabra "teoría", reducida hoy a constructo intelectual y que en su momento significó la meta de la contemplación.  En la  Sagrada Escritura conocer algo es tener experiencia concreta de ello. Es obvio que sólo desde la experiencia del amor se puede llegar al conocimiento del Otro y de los otros. En el lado opuesto tenemos la ignorancia, a la cual nos conducen  el miedo, el odio y la desconfianza; con el pecado el hombre se cierra  en un  círculo vicioso, ya que el odio y el rechazo no producen conocimiento sino ignorancia y alejamiento. El Niño-Dios, que trae el conocimiento divino viene a romper ese círculo infernal, el hechizo mortal del pecado.


Para los tiempos mesiánicos (para la Navidad) se dice en Isaías que “el país está lleno de la ciencia del Señor” (Is 11,9), de su amor. Cuando el amor del Señor ocupa el espacio, las relaciones humanas cambian y aquellos que vivían en la hostilidad son atraídos por la amistad y la comunión, por eso ”habitará el lobo con el cordero … la pantera con el cabrito, ... el novillo con el león... la vaca con el oso … el niño con la serpiente venenosa”. (Is 11, 6-9).

No dejemos pasar de largo en nuestra reflexión de Adviento la dimensión social y eclesial que tiene este texto. Cuando el profeta anuncia en parábola la utopía de la convivencia y la paz perfectas hemos de contemplar nuestro mundo y nuestra Iglesia como una gran comunidad donde cada uno tiene su propia identidad, su “pelaje” peculiar, hay entre nosotros lobos y corderos, vacas y tigres, víboras y niños inocentes, seres con diferencias peculiares tan grandes que nos parecen imposibles de barajar para una buena convivencia; dejándonos pastorear por el niño-Dios (“un muchacho pequeño los pastorea” (Is 11,6) es posible la paz, la justicia y la comunidad. Hermoso poema de Navidad estos versículos de Isaías. 

Navidad es fiesta familiar, pero no lo es menos eclesial (parroquial), porque una comunidad cristiana sólo es viable desde el encuentro de muchos bajo la llamada y mirada del Divino Pastor (cf Jn 10,16). Cuando Dios nazca en nuestra vida, en nuestra Iglesia, en nuestra sociedad, cuando nos acojamos como Cristo nos acogió (Rm 15,7), habremos alcanzado la meta de nuestra salvación. Entonces seremos en verdad Iglesia, y la venida del Señor será cosa hecha.

Conversión a Dios desde el legalismo y el ritualismo 
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Junto a Isaías y María de Nazaret, Juan Bautista da colorido a la esperanza del Adviento; con su predicación invita a dejar sitio al que viene en nuestra vida personal y social. Dice el Bautista a los hombres de su tiempo lo mismo que luego dirá Jesús: “Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3,1-12; cf 4,17), ¡Confesad vuestros pecados! ¡Eliminad todo lo que impide el paso (Pascua) del Señor!  Juan Pablo II lo repetirá: "¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!". La salvación que trae el Mesías es un regalo, pero no entrará en nuestra historia sin nuestro permiso; como ya dijo san Agustín: Dios, que te creó sin ti no te salvará sin ti; sin un movimiento interior que abra las puertas desde dentro, Dios no accederá a tu vida.
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Conversión es lo que el Precursor pide sin miramientos a las clases más privilegiadas de Israel: por un lado a los fariseos, que habían domesticado la fe y la esperanza del pueblo reduciéndola a una serie de formalismos legalistas que no conducen a nada. Para los fariseos la religión tiene como fin el cumplimiento de la Ley; e ignoran la primacía del amor, sin la cual la ley, como la fe, está muerta (cf Sant 2,17). Es la reiterada y siempre actual tentación de elevar los medios a categoría de fines. Poner la confianza en la Ley es cerrar la puerta a la gracia. Los fariseos se creían seguros porque cumplían la ley, y Jesús desenmascara su error: “No os hagáis ilusiones pensando: ´Abrahan es nuestro padre´” (Mt 3,9). El Señor no viene para asegurar nuestras cadenas al mástil de la Ley, sino a desatarnos de todo lo que nos impide amar; y entre esos impedimentos puede estar la misma ley en lo que puede tener de engaño y manipulación. “Para ser libres nos liberó Cristo” dirá san Pablo (Gal 5,1); para que el orden nuevo se establezca no basta cultivar las formas, es preciso ir al fondo. Una vida centrada en la ley, y que ignora (¡cuán necesaria es una formación cristiana seria!) u olvida que la ley está hecha para el hombre y no el hombre para la ley (cf Mc 2,27), no acerca a Dios. La letra de la ley mosaica es letra muerta si no está penetrada del Espíritu del amor del Señor.

Tampoco el ritualismo, ni el amor a las riquezas y al poder, propio de los saduceos, son un buen camino para hallar la Vida. Es cierto que a veces estas prácticas y realidades parecen dar seguridad a las personas y a las instituciones, pero sólo es una ficción; los ritos no son el objetivo último del Reino de Dios, tampoco está el Reino donde se acumulan riqueza, poder e influencias. Dios viene en pobreza, debilidad y mansedumbre. Desde la paz y la insignificancia social “herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío” (Is.11,4), establecerá así la nueva era. “Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3,10). Una llamada urgente a dar frutos de buenas obras.


Contemplemos en Adviento la inigualable figura del Bautista. Su buen hacer, sellado solemnemente con su muerte, nos ilumina. Los poderes de este mundo, celosos de su ciencia y su dominio, pidieron su cabeza, que fue cortada en un intento de decapitar los inicios del movimiento de renovación que más tarde culminaría con la entrega, muerte y resurrección de Jesús. Con su testimonio (martirio) y predicación da paso al Salvador. Nosotros somos ahora los continuadores de aquella misión. También nosotros estamos llamados en Adviento y en todo tiempo a “preparar el camino al Señor” que viene. A nosotros, como a san Juan, se nos pide ser voz y signos que mantengan viva la esperanza en tiempos de increencia e incertidumbre sobre el futuro; somos convocados para ser brotes nuevos que nazcan del tronco viejo del mundo. No sin dificultades, no sin incomprensiones.
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Casto Acedo Gómez. Diciembre 2016

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