sábado, 30 de diciembre de 2017

La identidad de la familia cristiana (31 de Diciembre)

 

Es común hablar hoy de crisis de la institución familiar; aunque también es cierto que en los últimos estudios sociológicos la familia es considerada por los jóvenes españoles como una institución que goza de gran prestigio, por encima de otras instituciones como las políticas, militares, la enseñanza, o la misma Iglesia, que se sitúa en escalones muy inferiores.
 
Pero no nos engañemos con las estadísticas, porque tendríamos que matizar a qué familia se refieren los jóvenes en su alta valoración; tal vez sea la “familia club”, la “familia pensión”, la “familia refugio”, o la “familia último recurso”; prueba de ello es el creciente abandono del hogar por parte de parejas jóvenes, que con evidente precipitación, haciendo oídos sordos a consejos paternos  y  sin compromiso matrimonial por medio, abandonan la familia que les vió nacer para crear su propio nido de convivencia en pareja. Eso sí, geográficamente cerca de papá y mamá por si se necesita recurrir a ellos, sobre todo ante las necesidades económicas o de emergencia propias de la vida.

Tal vez sea menos valorada, o desconocida en la práctica por los jóvenes,  la “familia-comunidad de vida”, lugar de encuentro a niveles profundos, donde la comunicación entre sus miembros superan las barreras de la edad, la mentalidad y el rol familiar. Familia en la que uno se mira, a la que se consulta cuando se piensa en tomar decisiones personales importantes, y por la que uno está dispuesto a darlo todo, especialmente la renuncia a los propios caprichos si lo requiere el bien común. Este estilo de vida familiar es el más cercano al espíritu cristiano que rezuma el evangelio de Jesús.

Según criterios cristianos, ¿cómo tendría que ser una familia?, ¿qué le distinguiría de aquella que no es cristiana?, ¿dónde está el quid o punto de toque para poder decir que una familia es familia cristiana? Damos algunos flashes:

1.- En primer lugar tendremos que apuntar que la familia cristiana es el fruto de un matrimonio, de una pareja, “casados en el Señor”; que no es lo mismo que “casados por la Iglesia”. Todos sabemos que son muchos los que se casan por la Iglesia -aunque el porcentaje es también escandalosamente decreciente en España- pero ¿podemos decir que todos los que se casan por la Iglesia lo hacen a sabiendas de lo que comporta el matrimonio cristiano? Cierto que no. Cristiana es la familia formada por una pareja que comparte una experiencia religiosa común, que enriquece la vivencia humana del amor con la conciencia de la dimensión divina del mismo, y que transmite esa conciencia y experiencia por ósmosis a sus hijos. Es una familia que ha dado paso a Dios en su historia. Dios forma parte de ella como formó parte de la familia de Nazaret.

2.- En segundo lugar, la familia cristiana considera su propio ser (su amor conyugal y su fruto, que se exterioriza entre otras cosas y sobre todo en los hijos) como un “don de Dios”. El amor que edifica la familia cristiana no es mirado como fruto de un esfuerzo de los miembros de la misma, sino como don de Dios, evitando así cualquier atisbo de soberbia. “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 127,1 .) Considerar el matrimonio, la familia, la propia casa, como un don de Dios, mueve a esposos, padres, hijos, abuelos, nietos, etc. a vivir la realidad del amor conyugal y familiar con gratuidad, a ver en todo ello un motivo para dar gracias a Dios, y a pedir cada día para que ese amor se conserve y crezca. La familia cristiana es una bendición de Dios, un don, un regalo que el converso contempla y acoge con gratitud.

3.- La familia cristiana tiene como modelo de relación al mismo Dios trinitario. De Dios decimos que es una familia: tres personas distintas y un solo Dios verdadero. En Dios la identidad de cada persona no se ve anulada por el lazo de unión que es el amor, sino que al contrario, la unidad de las tres personas fortalece y da sentido a la identidad de cada una. Este es el modelo de convivencia de la familia cristiana, una familia como Dios quiere, como Dios es, donde el diálogo, la comunicación de los unos con los otros, hacen posible el milagro de la unidad familiar, donde ningún miembro (marido, mujer, hijo) anula al otro, sino que reafirma su personalidad ayudándole a ser él mismo. Por eso la familia cristiana mira a Dios, para alabarle, darle gracias y aprender a amar como Él ama.

4.- La familia cristiana se ama en la dimensión de la cruz, es decir, en la dimensión del sacrificio. Cada miembro de ella piensa y vive para el otro. La vida de cada uno de sus miembros está colgada (pende, está pendiente) de la vida de los demás. La familia es el lugar donde se desarrolla de la forma más humana posible, que es la más divina, el “estado del bienestar”.

La familia cristiana, desde siempre, ha sido sagrario donde los más débiles (enfermos, inválidos, ancianos...) han encontrado asilo seguro. Ahora la sociedad, y dentro de ésta muchas instituciones eclesiales,  asumen  o tienden a asumir la tarea de cuidar a los que no pueden cuidarse a sí mismos en orfanatos, hospitales, residencias de ancianos, etc.; pero no nos engañemos, un auténtico “estado del bienestar” no puede prescindir de la familia como la más y mejor capacitada para dar auténtico calor humano a quien más lo necesita. La familia cristiana no renuncia a la ayuda que el estado (la sociedad) presta a sus tareas; es más, exige que en aquello que le afecta directamente –educación, sanidad, salarios- se muestre generoso; pero el compromiso familiar no puede tender nunca a poner el cuidado de los ancianos y enfermos, o la educación de los  niños en manos de instituciones sociales, sino que asume ella misma, hasta el límite, todo lo que directamente puede realizar a favor de sus miembros.

A veces esto supone un  arduo sacrificio, pero la familia cristiana no niega la acogida al hijo no deseado antes de nacer, al que nace inválido, al abuelo imposibilitado, o a cualquier miembro del grupo familiar que corra peligro de vivir a la intemperie. Cuidar sine die a un enfermo crónico o a un anciano -lejos de lo que predica el mundo- no es un castigo, no es enterrarse  en vida; muy al contrario, todo el que asume esa tarea con amor sabe por experiencia que es un modo de ganar la vida, un camino de salvación, un honor, un acto de heroísmo de la fe.

5.- La familia cristiana es una familia misionera: abierta a las necesidades de los que le rodean. Igual que hay un egoísmo personal, también hay otro que podríamos llamar egoísmo familiar. La familia  no puede encerrarse en sí misma. Una familia que sólo mire por los suyos, que no esté abierta a los vecinos, a los problemas del mundo en que vive, que no sea consciente de que ha de ser levadura en la masa (Lc 13,21), no es propiamente familia cristiana. Si la familia es cristiana no puede pasar desapercibida en su comunidad de vecinos, en su barrio, en su pueblo... Sabe que los problemas de las demás familias con las que convive son sus problemas, y se esfuerza buscando soluciones con los demás. El amor familiar, cuando es auténtico, tiende como todo bien a propagarse instintivamente (bonum est diffussivus sui). Una familia enclaustrada en su complacencia acaba muriendo ahogada en su propia basura, porque degenera necesariamente en el más sutil, destructivo e inimaginable egoísmo. En una cultura donde nos alientan a no meternos en problemas, a vivir la vida sin molestarse ni complicarse la vida con nadie, a hacer de la privacidad una fortaleza, la llamada de Jesús está claramente orientada a lo contrario. ¿Puede ser modelo de familia cristiana aquella que se encierra en sí? Ciertamente que no.

6.- Podríamos señalar muchísimas más características propias de la familia cristiana. Pero vamos a señalar, en línea con el plan pastoral de nuestra archidiócesis, sólo una más:  la familia cristiana es una familia vocacional. No se si la palabra es la más adecuada para decir que esta familia nace de una llamada de Dios, de una feliz atracción por la belleza del amor absolutamente gratuito de Dios en Jesucristo, y que da consistencia al hecho de "casarse en el Señor". Dicha vocación se transmite al ambiente y a los hijos.

La familia es el lugar donde se gesta el futuro. Y este futuro es una de las preocupaciones de la Iglesia de hoy:  ¿No es el descenso de matrimonios cristianos y la disminución de vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal un motivo para estar preocupados? Pues sí; y el problema no es sólo de falta de respuestas a la llamada; tras esa falta de decisión se encuentra también la falta de propuestas explícitas, de testimonios de vida familiar y personal coherentes. Podemos decir, que la familia cristiana en la actual coyuntura tiene una misión insustituible: ser un signo de la belleza del amor de Dios, una voz, en medio del desierto y la desolación, que atraiga al seguimiento a aquellos que la contemplan.

Y, de modo concreto, la familia cristiana debe proponer sin complejos a los más jóvenes la decisión de seguir a Cristo como sacerdote o  religioso; unos padres cristianos no temen que sus hijos decidan para sí ese camino, aparentemente irrelevante en nuestra sociedad pero profundamente enriquecedor para quien lo escoge, y para tantos y tantos que se beneficiarán de él. 

No perdamos energías inútiles en debates teóricos sobre divorcio, nuevos modelos de familia con matrimonio entre personas del mismo sexo o parejas de hecho, etc., son propuestas y temas que la llamada ideología de género procura sacar a la luz y, no sin astucia, desenfocar conscientemente en nombre de una libertad bastante arbitraria.


Nosotros al grano; profundicemos en los compromisos, en el quid, en el plus que nuestras familias cristianas han de aportar a la sociedad; ese plus se llama Jesucristo. La identidad que el Señor quiere y ha querido siempre para el matrimonio y la familia cristianos es la vivencia del amor hasta el límite, construir una familia con Cristo en el centro: desapegada de intereses espurios, misericordiosa como el Padre, entregada a la causa del Reino como el Hijo, fuerte, sabia, paciente, irresistiblemente atractiva y valientemente profética por la presencia del Espíritu. 

 Una familia así no va a venir caída del cielo, no nos la va a procurar las leyes ni las polémicas institucionales. Sólo poniendo la mirada en Dios (oración) y manos a la obra (acción), trabajando por construir un hogar desde criterios evangélicos como son el diálogo, el perdón, la comunión de bienes materiales y espirituales, la paciencia, la humildad, y sobre todo el amor, "que es el vínculo de la perfección" (Col 3,14), puede el cristiano hallar el camino de la familia que Dios quiere. La familia cristiana tiene su asiento en la vida y consecuente doctrina del evangelio; su riqueza está ahí, y en tiempos difíciles no estaría mal volver a esa fuente. Mejor que destruir polemizando es construir contemplando y amando.

A todos los que tenemos la suerte de vivir en el seno de una familia cristiana, ¡Felicidades en esta Fiesta de la Sagrada Familia! ! Y que todos los que buscan el calor de un hogar, encuentren en el amor familiar pistas para ello.

Casto Acedo Gómez. Diciembre 2017. paduamerida@hotmail.com

martes, 31 de octubre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos (1 de Noviembre)

La fiesta de los Todos los Santos comenzó a celebrarse en los primeros siglos para resaltar la valentía de los “mártires”, primeros testigos de la fe. Muchos de ellos dieron su vida por el evangelio, creyeron en la utopía posible de un mundo empapado del espíritu de las bienaventuranzas según la mentalidad del Reino que Jesucristo predicó, una sociedad regida por los principios de amor como motor y la fraternidad como tarea. Por la causa del Reino vivió Jesús y por ella murió; los primeros mártires (santos) dieron su vida por la misma causa que Jesús, el Mártir, que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”. (Mc 10,45)

Las bienaventuranzas, retrato de Jesús
 
Los santos son para nosotros modelo de vida cristiana, aunque el punto de referencia, la medida por excelencia, la tenemos en Jesús; él es el paradigma definitivo y último de toda bienaventuranza. Cuando proclamamos la santidad de los pobres de espíritu, de los mansos, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los perseguidos (cf Mt 5,1-11), estamos haciendo una fotografía de Jesús, un resumen de su ser y su modo de vida. La santidad pertenece a Dios (al Hijo entregado por nosotros), y nuestra santidad es participada: “-Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido? ... –Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”. (Ap 7,13). La blancura (santidad) no la dan los méritos de los santos, sino que es un don de Dios, fruto de la sangre del Cordero que "con su sangre nos ha justificado" (Rm 5,9).  
Como  gracia que es, la santidad es gratis, pero no barata; es un don caro (cuesta lo suyo), porque pide el pago de una respuesta agradecida. Dios concede la salvación, pero el hombre ha de aceptarla, respondiendo a los requerimientos de su amor; recibir y vivir la santidad exige un acto de libertad, una decisión firme de luchar contra el mal y la muerte que también pugna por hacerse un hueco en el corazón del hombre. Responder “sí” a Dios, como María Santísima, supone a veces tribulaciones, sufrimientos; es el caro (valioso y querido) precio de la Santidad.
 
Por lo que tiene de sacrificio, ser mártir (santo) no está de moda. Nuestra cultura hedonista y racionalista, que se jacta de  su hermosa declaración de Derechos Humanos, que no son sino un desarrollo del Evangelio pero sin su esencia: Dios, que quiere un mundo “como Dios manda” pero sin Dios; una cultura la nuestra que oculta sus injusticias envolviéndolas con hermosas teorías y prácticas solidarias puntuales, que se harta de regalar palabras mientras otros sufren hambre de pan; una sociedad que ha hecho del martirio una maldición al proclamar como indigno cualquier forma de sufrimiento. ¡Cuánto más si este sufrimiento es fruto de una elección libre por servir a Dios y al prójimo! Se cree en la solidaridad, pero que sea indolente y triunfalista; se busca la paz, pero con el corazón contaminado por el consumo, sin conciencia de que el derroche solo es posible por la explotación y violencia ejercida sobre otros.
 
Los santos, modelos de reforma para la Iglesia
 
Un mundo así está falto de santidad y necesitado de reforma; y para esto se necesitan testigos que con su manera de ser y estar muestren que no todo se perdió,  porque Dios sigue entre nosotros. Los grandes santos han sido hitos avanzados de la Iglesia, del mundo y de la vida misma. Siempre fueron incomprendidos porque pusieron ante los sorprendidos ojos de sus coetáneos una manera distinta de leer y actuar la historia. Auténticos rompedores. Nos interrogan acerca de cómo vivimos hoy la fe, de si somos alternativa a la sociedad como lo fueron ellos, de si estamos dando un toque de esperanza a la Iglesia y al mundo como ellos lo dieron.
 
Ser santo implica siempre una ruptura con lo viejo (pasado) y una mirada a lo nuevo (futuro). Los primeros mártires cristianos, con la radicalidad de su lucha por la libertad del hombre frente a los poderes imperialistas del mundo (idolatría de la riqueza, el poder y el estatus social) , fueron motivo de esperanza para la Iglesia naciente; por eso mismo la fiesta de Todos los Santos debería de ser para nosotros una llamada a la esperanza:

*Porque los primeros mártires cristianos (Esteban, Santiago, Pedro, Pablo, Eulalia de Mérida...) nos han enseñado que Dios no admite componendas con señores de este mundo; que merece la pena mantenerse fiel hasta el final; que aunque nos maten el cuerpo, más allá de esta vida pasajera hay Vida Eterna; y, por tanto, otro mundo es posible.

*Porque hombres y mujeres como Francisco y Clara de Asís, Antonio de Padua, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Ignacio de Loyola, demostraron que una Iglesia oscurecida por la desidia y la tibieza de sus miembros puede ser “reformada”, puede renacer cuando nuevamente se da paso al Espíritu de Dios.
 
*Porque hombres de hoy, testigos privilegiados del amor de Dios, como Juan XXIII, Oscar Romero, Teresa de Calcuta, Carlos de Foucauld, y tantos otros que nosotros mismos hemos conocido, nos enseñan que el estilo de vida comprometido y alegre del Evangelio,es posible también en nuestro tiempo.
 
La Santidad de los hombres es un reflejo del amor de Dios, que no se queda encerrado en el fuero interno de la Santísima Trinidad, sino que creando (Padre), redimiendo (Hijo) y santificando (Espíritu Santo) sale afuera y hace partícipes de su santidad al mundo y a los hombres. Hoy la Iglesia peregrina hace memoria solemne de la  Iglesia triunfante, se alegra “por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia; en ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad” (Prefacio de la solemnidad). Los Santos son para la Iglesia modelo, ejemplo de cómo el reino de Dios ha tomado tierra; con su vida los han ido poniendo rostro al evangelio de Jesucristo, que en ellos ha pasado de ser letra a ser historia. 
 
Miramos hacia atrás recordando la vida ejemplar de los santos,  y en el hoy nos unimos a la gloria festiva de la Iglesia del cielo. Gozamos con ellos su bienaventuranza, pero no nos quedamos embebidos mirando al cielo, porque la sonrisa del triunfo de los nuestros nos anima a continuar la obra comenzada por Jesús. Él,  encabezando la procesión de los santos, está y estará siempre con nosotros hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28,20).

Seamos conscientes de que hemos recogido la antorcha de la fe que se viene pasando de generación en generación desde hace casi dos mil años. Por muy grises u oscuras que nos puedan parecer las circunstancias, sabemos que ya hubo tiempos peores y “dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 5,11-12). Las dificultades son los dolores del parto que está alumbrando un mundo nuevo (cf Rm 8,22).

Casto Acedo Gómez. Noviembre 2017. paduamerida@gmail.com.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Denles ustedes de comer

18º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A
Is 55,1-3  -  Rom 8,35-39  -  Mt 14,13-21

   Al jefe de los fariseos que le había invitado a comer, Jesús le dice:
No invites a tus amigos, familiares o vecinos ricos… (Lc 14,12ss).
   Lamentablemente, hay ricos que ofrecen banquetes que matan,
son incapaces de ver el hambre de los pobres Lázaros (Lc 16,19ss).
   Muy diferente la práctica de Jesús… Sus comidas dan vida,
porque acoge a pecadores y despreciados, y come con ellos (Lc 15).  

La muerte del profeta Juan
   Juan Bautista es asesinado el día del cumpleaños del rey Herodes,
durante un banquete con jefes y personas importantes de Galilea.
También participa en ese banquete Herodíasque odia a Juan,
y su hija utilizada por su madre para pedir la cabeza del Bautista.
   Durante esa abundante comida y bebida, aparece la muerte:
La cabeza de Juan el Bautista la traen en un plato,
se la dan a la joven, y ella la entrega a su madre(Mt 14,1-12).
   Jesús que recorre pueblos y ciudades para dar vida, está advertido;
los profetas de Dios son perseguidos por los poderosos de siempre.
Pero Él no retrocede… Se va en una barca a un lugar apartado,
como en muchas otras ocasiones, Jesús se retira para orar.
Al respecto, meditemos en los siguientes textos de Mateo:
*Padre nuestro… Danos hoy el pan de cada día… (Mt 6,9ss).
*Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos,
y las diste a conocer a la gente sencilla (Mt 11,25).
*En la última Cena, mientras comen, Jesús toma en sus manos el pan
y, habiendo dado gracias a Dios, lo parte y se lo da a sus discípulos
diciendo: Toman y coman, esto es mi cuerpo(Mt 26,26s).
*Padre mío, si es posible, líbrame de este trago amargo,
pero que no se haga lo que yo quiero, sino tu voluntad(Mt 26,39).
*Cerca de las tres de la tarde, Jesús grita con fuerza:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46).

No tienen necesidad de irse
  Al desembarcar, Jesús veuna multitud de hombres, mujeres y niños,
se compadecede todos ellos… y sana a los enfermos
Con su mirada de compasión y con sus manos que dan vida,
Jesús nos muestra el camino que debemos seguir en nuestros días.
Sin embargo, ¿cómo anunciar a Dios, amigo de la vida,
en una sociedad injusta donde los pobres mueren antes de tiempo?
   Al atardecer, los discípulos se acercan a Jesús y le dicen:
Estamos en un lugar despoblado y ya es tarde, despide a la gente
para que vayan a los pueblos vecinos a comprar alimentos.
   Hoy, para reactivar la economía se favorece a empresarios ricos,
quienes después de apropiarse de nuestras riquezas naturales,
“despiden” a los nativos, para que emigren a la ciudad o al extranjero.
El problema del hambre, ¿se soluciona, explotando a los pobres?
¿Puede un seguidor de Jesús vivir de espaldas ante esta realidad?
¿A quiénes beneficia la carrera armamentista… el narcotráfico…?

Jesús bendice los panes y los pescados
   Jesús en cambio va a la raíz del problema: compartir nuestro pan;
y nos dice: No tienen necesidad de irse, denles ustedes de comer.
Cinco panes y dos peces no van a solucionar el hambre de los pobres,
pero es el inicio para desencadenar una auténtica generosidad;
donde los que tienen algo para comer colaboran y comparten,
y los que no tienen nada, son acogidos en una comunidad fraterna.
   Adiferencia de Herodes que invita a un grupo de gente poderosa,
Jesús acoge a las personas excluidas por la sociedad y la religión:
Toma en sus manos los cinco panes y los dos peces…
Alza la mirada al cielo… Da graciasParte el pan
Se los da a sus discípulos… Y ellos los reparten entre la gente.
Estos gestos tienen relación con la celebración de la última Cena.
   Ante el grave problema del hambre, el Concilio Vaticano II dice:
Alimenta al que tiene hambre, porque si no lo alimentas, lo matas.
Comparte tus bienes, ayudaen primer lugar a los pobres,
para que puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos (GS, n.69).
   ¿Es justo amontonar pan (riquezas), cuando millones de pobres
mueren de hambre, en países con mayoría de población católica?
¿Qué sentido tiene ofrecer a Dios el pan y el vino, frutos de la tierra
y del trabajo de las personas, cuando no sabemos compartir?
J. Castillo A.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Camino, verdad y vida

5º Domingo de Pascua, ciclo A
Hch 6,1-7  -  1Pe 2,4-9  -  Jn 14,1-12

   Cuando hay: desorientacionesmentirasviolencias
¿qué podemos hacer?, ¿seguir la corriente?, ¿quedarnos indiferentes?
   Hay aquí un gran desafío, debemos dar testimonio de Jesús, pues:
-Él es el camino que nos conduce al Padre.
-Él es la verdad que nos hace libres.
-Él es la vida que nos colma de alegría. (Plegaria Eucarística V,b).

Jesús es el camino
   Hoy en día, sobre todo en la ciudad, hay hombres y mujeres que:
viven desorientados… corren de un lugar a otro sin saber para qué…
son esclavos del consumismo… buscan sus propios intereses…
   Si añadimos: la drogadicción… el alcoholismo… la pornografía…
vamos a encontrarnos con personas que están destruyendo su vida,
y también destruyendo su hogar y el futuro de otras personas.
   Los cristianos y personas de buena voluntad debemos preguntarnos:
¿Por qué ocurre todo eso en un país con tantos millones de católicos?
¿Qué educación estamos dando? ¿Qué está haciendo la Iglesia?
(Preguntas de Benedicto XVI a un grupo de obispos mexicanos, 2006).
  Si damos más importancia a las costumbres humanas y apariencias...
al prestigio y a la complicidad con el poder económico… etc.
las consecuencias están a la vista: un pueblo creyente desorientado.
   Cuánta falta nos hace seguir a Jesús para no caminar en tinieblas:
*El camino que lleva a la perdición es ancho y muchos van por ahí.
¡Y qué angosto y estrecho es el camino que lleva a la salvación!,
y son pocos los que lo encuentran (Mt 7,13s).
*Juan vino, enseñando el camino de la justicia, y no le creyeron;
mientras que los publicanos y las prostitutas le creyeron (Mt 21,32).
*La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo.
Caminen mientras tengan luz, para que no les sorprenda la noche;
porque quien camina en la oscuridad, no sabe a dónde va.
Mientras tengan luz, crean en ella y serán hijos de la luz (Jn 12,35s).

Jesús es la verdad
  ¿Hasta cuándo ciertos medios de comunicación seguirán mintiendo,
en vez de informar objetivamente y formar la opinión de la gente?
¿Se justifica jurar por la Biblia, ante la imagen del Crucificado, 
para “decir la verdad, toda la verdad  y nada más que la verdad”;
sabiendo que el juicio ya lo ganó el que sobornóal juez y testigos?
¿Por qué hay candidatos creyentes que dicen una cosa en su campaña
y, al llegar a ocupar el cargo, mienten y hacen todo lo contrario?
Nuestra homilía, ¿crea opinión pública inspirada en el Evangelio?
   Oigamos la voz de Jesús y, como Él, seamos testigos de la verdad:
*Si permanecen fieles a mi palabra, serán realmente discípulos míos,
Entonces conocerán la verdad y la verdad les hará libres (Jn 8,32).
*Padre, santifícalos con la verdad, pues tu palabra es la verdad.
Así como tú me enviaste al mundo, también yo los envío al mundo.
Por ellos me santifico, para que sean santificados con la verdad.
Ruego por los que, mediante su palabra, van a creer en mí(Jn 17,17s).
*Yo soy rey y vine al mundo, para dar testimonio de la verdad.
Quien está de parte de la verdad escucha mi voz (Jn 18,37).

Jesús es la vida
   ¿Qué hacemos cuando se destruye: la vida de nuestra madre tierra,
la vida de los pobres indefensos, la vida de las futuras generaciones?
Hace falta conversión ecológica, pues el crimen contra la naturaleza
es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios(LS, 8).
Además, los creyentes debemos tomar conciencia que: cada criatura
refleja algo de Dios y tiene un mensaje que enseñarnos(LS, n.221).
La Eucaristía -nos recuerda el Papa- es fuente de luz y de motivación
para preocuparnos por el ambiente y cuidar todo lo creado(LS, 236).
   Por todo esto, que el pan y el vino que ofrecemos en la Eucaristía,
sean fruto no de la tierra contaminada, sino de la tierra que da vida;
y sean también fruto de un trabajo dignode los hombres y mujeres.
   Jesús, el Campesino de Nazaret, tiene autoridad moral para decir:
*Yo soy el pan vivo… el que coma de este pan vivirá (Jn 6,51).
*Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn 10,10).
*Éste es mi mandamiento: ámense unos a otros como yo les amo.
El amor más grande es dar la vida por sus amigos (Jn 15,12s). 
*Padre, esta es la vida eterna: conocerte a ti, el único Dios verdadero,
y conocer a Jesucristo, a quien tú enviaste(Jn 17,3).
J. Castillo A.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El pastor da vida a las ovejas

4º Domingo de Pascua, ciclo A
Hch 2,14.36-41  -  1Pe 2,20-25  -  Jn 10,1-10

   Con un lenguaje simbólico y sencillo, el Evangelio nos recuerda
que los cristianos debemos escuchar la voz de Jesús… y seguirle
Esa voz no debemos confundirla con escritos y costumbres humanas,
que distan de las enseñanzas y obras de Jesús, nuestro único Maestro.

Las ovejas no oyen la voz de los extraños
   En la época de Jesús y en nuestros días, hay malos pastores,
es decir, malas autoridades que asaltan, roban, matan (cf. Ez 34).
   Al respecto, el III Concilio de Lima (1582-1583),
con mucha razón, hizo la siguiente denuncia que tiene actualidad:
A los curas y a otros ministros eclesiásticos manda muy de veras
que se acuerden que son pastores y no carniceros… Es cosa muy fea
que los ministros de Dios se hagan verdugos de los indios (III acc, 3º).
   Hoy, no debemos hacer mal uso de la imagen de ovejas y pastores,
para justificar: -que la Iglesia Cristo es una sociedad de desiguales…
-que solo la jerarquía tiene autoridad para conducir a la multitud…
-que los clérigos son ministros sagrados, los demás son laicos…
(Vaticano I, sobre la Iglesia.  Pío XI, Vehementer Nos.  CIC, cn.207).
   Sobre el clericalismo (influencia excesiva del clero en la sociedad),
el 19/marzo/2016, el Papa Francisco escribe al Card. Quellet y dice:
*El clericalismo es una de las deformaciones en América Latina,
pues anula la personalidad de los cristianos, disminuye y desvaloriza
la gracia bautismal que el Espíritu puso en el corazón de la gente.
*El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado,
tratándolo como “mandaderos”, limita las distintas iniciativas,
esfuerzos y osadías necesarias para poder llevar el Evangelio
a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político.
*El clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas,
va apagando el fuego profético de toda la Iglesia.
*El clericalismo se olvida que la visibilidad y la sacramentalidad
de la Iglesia pertenece al Pueblo de Dios, y no a unos pocos elegidos.

El pastor conoce a las ovejas
   En la carta al Card. Quellet -refiriéndose al pastor- el Papa dice:
El Santo Pueblo fiel de Dios es al que como pastores estamos
continuamente invitados a ver, proteger, acompañar, sostener, servir.
Un padre no se entiende a sí mismo sin sus hijos.
Puede ser un muy buen trabajador, profesional, esposo, amigo;
pero lo que lo hace padre tiene rostro: son sus hijos.
Lo mismo sucede con nosotros, somos pastores.
Un pastor no se concibe sin un rebaño al que está llamado a servir.
El pastor, es pastor de un pueblo, y al pueblo se lo sirve desde dentro.
Muchas veces se va adelante marcando el camino,
otras detrás para que ninguno quede rezagado y, no pocas veces,
se está en el medio para sentir bien el palpitar de la gente.
   Más adelante, el Papa subraya la importancia de nuestro bautismo:
El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad
y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo.
Por él y con la unción del Espíritu Santo,(los fieles) quedan
consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo(LG, n.10).
Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces
en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo.
Nos bautizaron laicos, signo permanente que nadie podrá eliminar.
Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite
de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos;
sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios.
   Como miembros del Santo Pueblo de Dios, tengamos presente que:
Jesús es la puertapara conocer el rostro misericordioso del Padre.
Jesús es la puertaque hace realidad entre nosotros el Reino de Dios.
Jesús es la puertapara que tengamos vida, y la tengamos abundante.
   Para conocer a Jesús… oír sus enseñanzas… seguir su ejemplo;
meditemos en las palabras que Él dijo, según el Evangelio de Juan:
*Yo soy el pan de vida, el que viene a mí, no pasará hambre (6,35).
*Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no anda en tinieblas (8,12).
*Yo soy la puerta de las ovejas (texto del Evangelio de hoy, 10,9).
*Yo soy el buen pastor que da su vida por las ovejas (10,11;  Sal 23).
*Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí no morirá (11,25).
*Yo soy el camino, la verdad y la vida (14,6).
*Yo soy la vid, y ustedes son los ramas (15,5).
J. Castillo A.

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...