jueves, 30 de julio de 2020

Poner todo en manos de Jesús (Domingo 2 de Agosto)


Un verano para olvidar



Extraño verano el que estamos viviendo. En el ambiente se percibe la incertidumbre que ha generado la pandemia. Por ora parte, la ola de calor que estamos padeciendo amilana y deprime. Hemos dejado atrás unos meses en los que la emoción contenida nos ha ido abatiendo y tensionando interiormente. Y cuando parecía que “la curva” en su descenso tocaba fondo, nos amenazan los rebrotes de contagio que aumentan el deseo de huir de esta pesadilla y el temor a que se enquiste y se haga crónica. Un verano para olvidar.


Muchos aprovechamos los días para disfrutar de un merecido descanso huyendo de los problemas recientes. Como Jesús, afectado por la muerte de Juan el Bautista, hemos buscado “un sitio tranquilo y apartado”. Queremos con ello alejarnos del agobio que generan las medidas de prevención limitando nuestra libertad: mascarillas, distancias, cuotas de asistentes a reuniones, prevenciones… La situación va pesando y es bueno retirarnos un poco. Pero, como también ocurrió a Jesús la necesidad ambiental de estar alertas en un mundo en pandemia, nos exige no desconectar del todo. Hay personas que siguen necesitando de nuestro pan, nuestra presencia y nuestras palabras de aliento. El corazón nos dice que  no podemos  evadirnos de una  realidad que nos interpela.

Hoy en el evangelio veo a Jesús, que mira a la multitud que le busca, “y siente lástima”, y se detiene “a curar a los enfermos”. Y traigo a mi mente a tantos como estos días siguen de cerca a quienes viven en la enfermedad, a trabajadores y voluntarios que no se permiten cerrar los ojos ni volver la espalda ante la necesidad. La misericordia no conoce descanso.
¡Dadle vosotros de comer!

Pasa el tiempo, las vacunas se hacen de rogar, se retarda la solución sanitaria al coronavirus y hay que planificar la vida sobre la marcha. Los discípulos le piden a Jesús que deje su tarea por hoy; “estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Ya has hecho bastante, y también nosotros hemos hecho por ellos todo lo que hemos podido.

Pero Jesús no es de esa opinión. “No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer”. Cuidad de todos. El hermano es tu responsabilidad, tu solidaridad fraternal es la respuesta a tus preguntas acerca de Dios Padre bueno. ¿Les vas a dar largas sin satisfacer su necesidad?

Y observo la estupefacción en el rostro de los discípulos. “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Nuestras posibilidades son muy limitadas, ¿qué podemos hacer?. Jesús les mira con ternura y  dice: “¡Traédmelos”!. Todo lo que valéis, todo lo que sabéis y tenéis, ponedlo en mis manos. No te reserves nada, no guardes nada para ti.

Cuando la necesidad parece insuperable, cuando los problemas se presentan como irresolubles, pon en mis manos lo que tienes. Eso dice Jesús. Él acogerá y multiplicará lo que tú des. Recuerda aquello de que quienes lo dejen todo por Jesús y su Reino recibirán el ciento por uno. En esta vida. Y luego, vida eterna (cf Mt 19,29),

Es lo que ocurrió aquel día que narra el evangelio. Los discípulos pusieron en manos de Jesús lo que tenían, y Él “partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”. Lo puedes contemplar como un milagro, un hecho sobrenatural; pero también puedes entender lo ocurrido como lo más natural del mundo: todos pusieron en la mesa lo que tenían, y todos comieron; incluso sobró. El auténtico milagro se produjo en el corazón de los presentes. Compartieron algo más que panes y peces; compartieron su conversión al amor. 

La multiplicación de los panes y los peces no fue un milagro puntual del pasado de Jesús; es un milagro siempre actual. Jesús, en su Iglesia, sigue operando aquel signo de amor. Cuando vemos a tanta gente que en Caritas, en cualquier otra asociación benéfica, o de modo particular, pone sus cualidades y sus bienes en manos de quien tiene necesidad, se siguen multiplicando los bienes. Cuando la compasión y la misericordia se movilizan en nuestro interior “abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores”. 


¿Qué podemos hacer?

Muchos se preguntan estos días dónde está Dios. ¿Qué hace por evitar tanto sufrimiento? Y la única respuesta que podemos darle es la de nuestro desprendimiento y servicio. ¿No habéis visto al Señor estos días junto a los enfermos en los hospitales, repartiendo alimentos por las casas, acompañando soledades, guardando dolorosas distancias personales y familiares…?

El hambre de la multitud en el descampado suscitó en el corazón de los discípulos el interés por alimentarles; la necesidad de los hermanos en estos días suscita también en nosotros la necesidad de ayudarles. ¿Qué podemos hacer? Poner nuestros bienes (cualidades, saberes, propiedades,…) en manos de Jesús, consagrarnos enteramente a Él. Y Él mismo irá aflojando las resistencias y justificaciones que tenemos para dar el paso adelante. 

Piensa en los Apóstoles, en san Antonio Abad, padre de los monjes, en Francisco de Asís, en Domingo de la Calzada, en Teresa de Calcuta… ¿Crees que a ellos no les costó poner sus panes y peces en manos de Jesús? Debió costarles lo suyo. Desprendernos de todo da miedo. Sobre todo “miedo a la muerte”, porque como tenemos puesta nuestra vida en ellos, tememos que el arrojarlos lejos nuestra vida se pierda en la oscuridad. 

Y es todo lo contrario; al dejarlo todo en manos de Jesús adquirimos el tesoro más valioso, porque descargamos la mochila, aligeramos la marcha de la vida, y ampliamos los espacios para Dio y los hermanos. Lo decían las parábolas de la perla y del tesoro que se proclamaban el domingo pasado. Los santos que antes mencionábamos descubrieron el tesoro del amor de Jesús. Esa es la clave.

Lo dice hoy san Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado”. Nos queda lo único que da vida: el amor, Jesucristo. Este beneficio, que ganamos cuando invertimos todo en su causa, nadie nos lo podrá quitar. “Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,35.37-39). 


* * * 
Pierde el miedo a lo que está por venir. Para ello bastará que pongas todo, te pongas todo tú, en manos de Jesús. Lo podrás hacer fácilmente si te dejas llenar de su amor. Sólo un alma enamorada estará dispuesta a darlo todo por el Amado. 

Dicen que lo peor de la crisis provocada por la pandemia aún no ha llegado. Tal vez sea cierto; y si las consecuencias negativas del virus resultaran no ser excesivamente graves para nuestra sociedad rica y opulenta, no sucederá lo mismo en países y regiones donde la pobreza es endémica.

Existen medios y técnicas con las que se puede paliar el hambre de tanto necesitado; pero sabemos que la clave para sanar el mundo no está tanto en el “tener medios materiales” cuanto en “ser misericordiosos”, es decir, estar dispuestos a poner nuestro ser y nuestros bienes en manos de Dios. 

Jesús obró el milagro. Pero no lo hizo sólo; hubiera sido poco educativo. Dios es misericordioso y te da el poder para actuar la misericordia. De hecho se te da el mismo como misericordia. El Señor "abre la mano y sacia de favores a todo viviente" (Sal 144). Abre la mano el Señor. Si abres la tuya con Él podrás saciar también el hambre y la sed de tu hermano. Y no olvides que "amar es dar", soltar, desprenderte, y en el mismo acto de amar se enriquece de bienes eternos tu vida.

Para salir de la crisis nada como una buena dosis de amor (misericordia, compasión, caridad, Jesús). Si gastamos nuestras energías en procurarnos esta virtud, veremos el milagro de los panes y los peces con nuestros propios ojos. Así lo augura el profeta: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis”. ¡Escuchadme! ¡Traedme vuestros cinco panes y dos peces! ¡Repartidlos entre la multitud!, ¡el amor será vuestro alimento!. Y viviréis.

Casto Acedo. Julio 2020

miércoles, 29 de julio de 2020


 Hambre y sed de sentido

Hambre y sed, palabras que resumen la necesidad básica del hombre; hambre y sed de pan y de agua, de cariño, de justicia, de silencio... Dejando a un lado  su pretendida autosuficiencia, el hombre es un ser necesitado. La carencia de algo aparentemente tan simple como el alimento material, o como estamos viviendo estos días,  la aparición de un minúsculo virus, tira por tierra cualquier pretensión de grandeza. 

Tenemos cosas que exhibimos, coleccionamos  y almacenamos,  pero sabemos que no sólo de pan vive el hombre; el pan, todo lo material, es útil para sobrevivir, pero no sacia totalmente nuestras necesidades. Apenas ha comido y bebido, la persona se pregunta  por el sentido de la vida, porque como acertadamente se ha dicho el hombre es un ser que no sólo sabe que vive sino que se pregunta por la vida; el ser humano no sólo sabe que muere sino que además busca un por qué y un para qué que le ayude a asimilar la vida y la muerte. Y pide una respuesta. ¿Dónde encontrarla? ¿Dónde saciar el hambre y la sed de sentido? ¿Cómo edificarse satisfactoriamente? 

La felicidad no se puede comprar. Es cierto que el dinero ayuda a la felicidad, pero no la da, igual que una cuchara es una buena ayuda para comer, pero ella no es el alimento. Hay quien pretende comprar su felicidad pagándose caprichos y diversiones, pero ésto no llena la vida, sólo la distrae.
El profeta Isaías invitaba al pueblo de Israel a hartarse de un alimento gratuito: “Venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde” (Is 55,1). Estaba diciendo que lo que realmente vale no necesariamente ha de tener un alto precio: “¿Porqué gastáis dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?”. Como se ha dicho,  el hombre no vive sólo de pan, también necesita de la Palabra de Dios: “Inclinad el oído, venid a mí; escuchadme y viviréis” (Is 55,2; cf Mt 4,4). 

El profeta parece decir que gastamos demasiadas energías en acumular bienes materiales, en procurarnos el alimento material y perecedero, y dedicamos poco tiempo y esfuerzos al alimento  que perdura. Para nosotros ese alimento que no perece es Jesucristo; quien le come no pasa hambre ni sed y tiene vida eterna (cf Jn 6, 35.47).


Jesús, pan de vida

Jesús pasó por el mundo saciando el hambre y la sed de sus contemporáneos; se encarnó para dar vida al mundo (cf Jn 10,10), y así, cuando ve el sufrimiento de los enfermos y el hambre de las masas, siente compasión y les socorre. 

Estamos viviendo momentos en los que la vida social, económica, sanitaria y espiritual de la humanidad están siendo afectadas por la pandemia del coronavirus. Poco a poco nos vamos adaptando a convivir con la enfermedad, pero para ello hemos debido avanzar dejando un lado los planteamientos egoístas de “sálvese quien pueda”  y aflojando la desmesurada fe en la ciencia tan arraigada está en nuestra cultura. Porque no hay duda de que somos idólatras de la ciencia cuando hacemos de ella el gran motivo de nuestra esperanza. Durante estos meses hemos escuchado y seguido fielmente los mandamientos de los científicos-sacerdotes, sin darnos cuenta de que la ciencia es tan solo un medio de salvación falible como otros tantos. Ahora, cuando los rebrotes hacen su aparición, vamos asimilando que la solución al problema no es solo científica sino también ética y espiritual.  ¿De qué nos sirven los saberes científicos si éstos no se ponen al servicio del bien y la plenitud de la humanidad? ¿Qué valor tiene conocer los medios de transmisión del virus si falla la conciencia humana que se implique?  La ciencia por sí misma no soluciona nada. Es más, la ciencia es perversa cuando yendo más allá de su función instrumental toma partido por 

La narración del milagro de la multiplicación de los panes y los peces (Mt 14,14ss) pone en evidencia la “humanidad” de Jesús, la ternura de su corazón. Este milagro, amén de una invitación a poner todo en común, es una parábola que señala dónde poder saciar nuestra sed y nuestras hambres: en la gracia de Dios que es Jesucristo. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11,29).

Para conducirnos por la vida no basta con recibir el alimento material que sostiene al cuerpo; es preciso también comer otro alimento, porque “no sólo de pan vive el hombre” (Mt 4,4); Jesús dijo que su alimento es  hacer la voluntad de su Padre (cf Jn 3,34), es decir, conducirse según Dios. Pues bien, para “bien vivir” también nosotros tenemos el alimento que es el mismo Jesús, la voluntad del Padre hecha persona y alimento en el mismo Jesús. Escucharle y  seguirle, además de gratis, es más satisfactorio que vivir instalados en lo material y sensual. Como dice el salmo: “Más valen para mi tus enseñanzas que mil monedas de oro y plata" (Sal 119,72).
Gracias a Dios, en nuestra sociedad del bienestar tenemos suficientemente asegurado el pan; en el caso de muchos con exceso, lo cual impide valorarlo en su justa medida. Derrochamos, y buscamos en el alimento unas exquisiteces que no son sino la manifestación externa de nuestras insatisfacciones. Me gusta decir que una sociedad es decadente cuando sus diseñadores de moda, perfumistas y cocineros adquieren un reconocimiento público mayor que el de sus filósofos y santos. Y esto está ocurriendo en nuestro norte desnortado. 

Resulta iluminador la cantidad de negocios que están cerrando estos días  a causa de la epidemia del coronavirus. La inmensa mayoría de los negocios que quiebran están relacionados con la producción y venta de vienes superfluos (moda, diversión, turismo, ...). Acosados por la pandemia estamos descubriendo que muchas de las cosas que creíamos  esenciales parea vivir son prescindibles; si tienen algún valor es solamente porque generan un empleo necesario que facilita la redistribución de la riqueza. Pero a costa de una dinámica consumista despersonalizadora. Hemos hecho de lo superfluo un negocio y la dura realidad nos dice que si abandonamos el consumo de estos bienes innecesarios se produce un desajuste y una desigualdad tremenda entre nosotros. Ante esto sólo queda una solución: el retorno a la austeridad solidaria, el partir los panes y los peces siguiendo una política social que puede que sea menos glamurosa pero más fraternal. 

La situación que vivimos podríamos vivirla como una invitación, una llamada, a abrirnos a un nuevo modo de vivir donde el objetivo no sea la recuparación de la economía sino de la persona.   

Tenemos mucho pero, a pesar de ello, ¿podemos decir que somos felices?, ¿cómo explicar que los mayores índices de depresión anímica se hallen entre los hombres del primer mundo? El motivo está en la fe con que se vive,  en la manera en que se  enfoca la vida. Quien vive en la pobreza material cree que hallará la felicidad una vez salga de ella; quien ha salido de ella suele experimentar la decepción de sus expectativas. Ya comemos y bebemos, ¿y ahora qué? El hombre no está satisfecho con vivir si no encuentra un por qué y un para qué a la vida, una fe que le sostenga cuando decae la esperanza.

El por qué y el para qué de vivir nosotros los creyentes cristianos lo hemos encontrado en Jesucristo. Por él hemos venido a la vida (existir es ya obra del Hijo, palabra creadora de Dios cf Col 1,16), y por él hemos sido redimidos: no sólo porque nos ha dado un ejemplo-testimonio de cómo lograrnos como personas, sino porque con su Pascua dió y nos sigue dando su gracia que nos fortalece y nos hace crecer en santidad; “Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación” (Concilio Vaticano II, GS 10).

En otras palabras: Cristo da sentido a nuestras vidas. Cuando Jesús y su Evangelio entran en nuestra historia, cuando le dejamos ser el eje de nuestro sentir, pensar y actuar, podemos afirmar con san Pablo que somos inconmovibles en nuestra felicidad, porque nada, ni aflicción ni angustia, ni hambre, ni desnudez, ni peligro alguno, nada absolutamente, puede derribar a quien se ha asentado en la roca que es Jesús (cf Rm 8,35.37-39; Mt 7,24-27).

El mundo vive insatisfecho. Los pobres, acuciados por el hambre y las deficientes condiciones de vida, claman ante todo por el pan material; la falta de éste les lleva al sufrimiento y la desesperación. Los ricos, insatisfechos en su abundancia, no acaban de ver la razón de su infelicidad cuando en lógica mundana lo tienen todo para ser felices.

¿Dónde encontrarán la vida? Una oración de bendición de la mesa reza así: “Señor, da pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan”. Cuando los que tienen pan sientan en sus entrañas el hambre de justicia, los que tienen hambre de pan serán saciados. Entonces todos ganaremos; los pobres porque saldrán del abismo de la pobreza, los ricos porque habrán encontrado que la clave de la auténtica felicidad está en compartir los panes y los peces que se tienen. Cuando esto ocurra, todos los hombres quedarán saciados, e incluso sobrará más de lo que sospechamos (cf Mt 14,16-20). Para entonces habremos entendido que lo que gratis (inmerecidamente) hemos recibido, gratis (con amor incondicional) hemos de darlo (cf Mt 10,8). 

¡No dejes ni que se pudran los peces en tu cesta, ni que se endurezcan los panes en tus alforjas! Si eso ocurre, ni los pobres comerán, ni tu estarás satisfecho de tu vida. Cuando tu das y te das, el Señor abre la mano y sacia a su pueblo de favores (cf Sal 144,16).  Es el milagro de la fe en Jesucristo.

Casto Acedo Gómez. Agosto 2017. paduamerida@gmail.com.

En recuerdo de Manolo Calvino



Hay días, meses o años que desearíamos olvidar cuanto antes por los acontecimientos luctuosos que vivimos en ellos. Sin embargo, ahí están; como este 2020, año de la pandemia del covid-19 y sus consecuencias humanas, económicas y espirituales. Si a este hecho le añadimos acontecimientos tales como la enfermedad y la partida de personas  a las que uno se siente entrañablemente unidas, el panorama pasa de gris oscuro tirando a negro. 

Ayer, tras algo más de un mes hospitalizado, luchando en la UCI por sacar adelante su vocación de vida, y mientras multitud de hermanos le acompañábamos en su sufrimiento y en la oración común al Padre Eterno, Manolo Calvino nos dejó. Su partida nos sume primeramente en un silencio desconcertante. Cuando nuestras oraciones no son escuchadas según nuestros criterios, nos parece que todo se ha derrumbado. Sin embargo, en nuestras oraciones siempre estuvo presente la petición más dura de todas, esa que sólo puede ser inspirada por el Espíritu Santo, la petición de Jesús en Getsemaní que cada día repetimos con más o menos consciencia en el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad”. 

Ahora que nuestros planes y deseos, nuestras plegarias a Dios, no se han visto refrendados según nuestros gustos, nos toca reflexionar y meditar sobre la esencia de nuestra fe: la Pascua. La Cruz es su signo. Cristo “habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec” (Hb 5,7-10). La Cruz como símbolo de vida y fecundidad. Es sorprendente que el texto diga que “fue escuchado”. ¿Acaso no murió? Sí, murió, pero con su muerte “llegó a la perfección y se convirtió en causa de salvación”, y por este camino mereció ser proclamado “Sumo Sacerdote”. 

Nos quedamos con este texto, notablemente paradójico, que expone el maravilloso misterio que como cristianos y sacerdotes nos atrae y fascina. Manolo ha seguido los pasos de Jesús. En realidad su muerte es el colofón de una entrega diaria en el anonimato de unas relaciones fraternas y cercanas. Manolo ha sido una persona humilde, sencilla, familiar, entrañable, servicial. Entre los compañeros sacerdotes de su curso siempre fue signo de prudencia, discreción y acogida. Su casa, su corazón, siempre abiertos; la mesa bien dispuesta, “caliente el pan y envejecido el vino”. Nunca olvidaremos su disponibilidad y hospitalidad, su modo de servirnos la mesa con un cariño maternal que echaremos de menos. Con sus amigos, y me consta que también con todos aquellos a los que fue enviado en su ministerio, ejerció su sacerdocio con la misma finura exquisita, con la dignidad, humildad y servicialidad con que vivió su vocación. 

Ha sido para nosotros, casi sin que lo percibiéramos, el toque de equilibrio en momentos de tormenta, el moderador de conflictos, la palabra pacificadora y la referencia obligada para discernirnos como pastores. Porque Manolo ha sido un  “pastor bueno”, que se ha distinguido no por sus títulos y dignidades, sino por caminar delante de sus ovejas, con el cayado de la cruz en la mano, conduciendo al rebaño a las verdes praderas del Reino. Un pastor que se pateó las calles de sus parroquias y conoció a sus ovejas por su nombre. Y como fiel oveja del rebaño ha sido llamado al Cielo por el Buen Pastor al que amó e imitó. Lo imagino ahora ante Él, sonriéndole, y pidiendo bendiciones para cada uno de nosotros. 

Manolo, no te has ido. Has cumplido tu peregrinación. Y, en virtud de la comunión de los santos, sigues entre nosotros. Con todo nuestro amor, damos gracias al Padre por todo lo que nos ha dado en tu persona, porque, con Cristo, has sido “causa de salvación eterna” para muchos. También para nosotros. Gracias.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com Julio 2029

jueves, 25 de junio de 2020

Cruz, acogida y evangelización (28 de junio)


Familia y discipulado

La lectura del evangelio de hoy es la conclusión del capítulo diez de san Mateo, que recoge el llamado "discurso apostólico", serie de consejos dados por Jesús a sus apóstoles de cara a una misión que no será fácil. 

Jesús dirá de sí mismo que no ha venido a traer paz sino espada (v.34), y avisa de que los problemas van a surgir incluso con los más cercanos, la propia familia; se enfrentarán “el hijo con su Padre y la hija con su madre, la nuera con la suegra, los enemigos de cada uno serán los de su propia casa” (vv.34-36). 

Ante las dificultades externas que encontrará el apóstol (rechazo, persecuciones) Jesús aconsejará perder los miedos, ya que el Padre no les dejará de su mano (vv. 29-30)

Al apóstol se le exige una entrega total. El amor al Señor habrá de ocupar el primer puesto en su consieración: estar incluso por encima del amor a los parientes más cercanos: "El que quiera a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, nones digno de mi" (v.17). Palabras que sin un contexto adecuado parece una suprema contradicción que hayan sido pronunciadas por quien nunca negó sino que  recapituló la validez del cuarto mandamiento, que manda amar a padre y madre (cf Mt 5,17; 19,19). 


¡Cuántos líderes de grupos sectarios veces habrán utilizado estas palabras para alejar a sus seguidores de los afectos familiares y fijarlos a la causa de la secta! Pero no es esa la intención de Jesús. Leído en su contexto y aplicando el más elemental sensus fidei Jesús no está invitando a volverse contra la familia, sólo está indicando que los problemas que por su causa puedan surgir dentro de ella, han de ser dirimidos sin renunciar a la propia libertad personal. 


Elegir ser discípulo, aunque suponga rechazo por parte de los tuyos, no exige que te separes de ellos ni que los odies por no comprender tu fe. Precisamente la adscripción a las enseñanzas cristianas te exigirá una mayor delicadeza y dedicación a la propia familia. Si, como dice la primera carta de Juan “quien no ama al hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20), ¿será esto menos cierto cuando hablamos de aquellos a quienes por lazos familiares nos sentimos obligados? 

Ser discípulo de Jesús no debe contaminar sino más bien sanar las relaciones parentales. Se pide, pues, radicalidad en el seguimiento, pero ese imperativo supone acompañado de unas actitudes positivas con los tuyos, pero sin renunciar a la fe cuando entra en conflicto con ellos. Esta es una cruz que suele aparecer en la vida del cristiano y que no debe evadir sino gestionar. “El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mi” (v,38).


Cruz y discipulado 

Partiendo de esta concreción de la cruz  y su significado en la vida familiar, podríamos preguntarnos qué significa para el discípulo la cruz. Y lo primero es constatar que en la Iglesia se habla de ella como “la señal del cristiano”. Pero ¿no es el amor la señal que nos identifica? Pues sí. “En esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13,35). Amor y cruz se identifican. Por eso podemos decir que lo propio de nuestra fe es el amor en la dimensión de la cruz, el amor ágape, que no mira a sí mismo sino a los hermanos. 

Me gusta decir que los términos “cruz” y “realidad” son equivalentes para el evangelio. Cuando Jesús dice que “el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí” (v. 38) no hace otra cosa que invitar a tomar la propia realidad histórica personal y social, vivirla y llevarla adelante con amor. Llevar la cruz es aplicar amor a la situación personal, tal vez marcada por alguna enfermedad o limitación congénita. ¡Qué lejos está esta concepción de "cargar con la cruz" de aquella que busca cruces exóticas con el uso de cilicios y otros artilugios de tortura, prácticas supuestamente  ascéticas ya que están desligadas de un amor concreto a Dios, al que considera un tirano exigente, al hermano e incluso a uno mismo!

Llevar la cruz es vivir buscando solucionar con amor los problemas que surgen en las relaciones familiares; o luchar por arreglar las situaciones laborales complicadas a menudo por la falta de un trabajo digno o por la realidad de la explotación; o afrontar con empeño una salida justa a los problemas sociales que te toca en suerte vivir. La cruces son conflictos dolorosos  que requieren mucha purificación en quienes los afrontan para encontrar soluciones. El reto está en hacerlo todo sin perder la paciencia y el amor. La referencia la tenemos en la cruz de Jesús. ¿Cómo vivió el rechazo? ¿Cuál fue su reacción ante los problemas reales que encontró en su camino? 

Jesús dio su vida por nosotros. Antes que responder con odio y venganza -lo cual hubiera supuesto la victoria del mal- en la cruz optó por no soltar la perla que da valor al madero: el amor. Este es el camino de la cruz. “El que pierda su vida por mi, la encontrará” (v,39). 

Acogida y discipulado 

Jesús termina su discurso con unas hermosas palabras que hablan de acogida. Si quienes rechazan a los discípulos están rechazando a Jesús, la otra cara de la moneda es la gratificante experiencia de quienes son acogidos por el hecho de ser discípulos. 

Mi experiencia como sacerdote, y la de muchos fieles que se dedican a la misión, es que generalmente somos acogidos por la gente con un cariño que está más allá de lo que merecemos. Las palabras de Jesús: “el que os acoge a vosotros, me recibe a mí” (v.40) las ve cumplidas sobradamente quien honradamente se dedica a la misión. 

La experiencia de ser acogidos nos lleva a valorar la acogida como una virtud fundamental. Se habla mucho de ella en el ámbito de la escucha y la ayuda, nosotros hablamos de ella como algo esencial en la labor de  Caritas. Acoger es recibir, dejar entrar en la propia casa, en la propia vida. Me he referido a la dicha que supone para el evangelizador “ser acogido”, aceptado, comprendido en su ministerio. El texto evangélico de hoy se refiere a la acogida que se da a Jesús en sus misioneros, actitud meritoria del “que recibe a un profeta, … a un justo,… a un discípulo” (v. 41). Anima así a los suyos. Ser misionero tiene también su premio. Pero a su vez, quien recibe al misionero no perderá su paga (v. 42).


Acogida y nueva evangelización 

Acoger y ser acogido. Amar y ser amado. En activa o en pasiva estos verbos conjugan todo el quehacer de la evangelización. Juntos. Digamos algo sobre la necesidad de una Iglesia acogedora. 

Nos quejamos a menudo de que la Iglesia no es bien recibida por el mundo contemporáneo. Ahora bien, ¿es la Iglesia acogedora con el mundo? Acoger como Iglesia es “abrir las puertas”, dejar que otros entren en la vida de la comunidad con sus realidades: sus dudas, sus tropiezos, sus peculiaridades. Acoger no es pretender que quienes vengan sean uniformes con los que ya están, no es someterlos a los cánones y rituales más allá de lo que mandan los preceptos evangélicos. 

La nueva evangelización ha de estar marcada por la acogida. ¿Acaso no nos enseñó Jesús a acoger a publicanos y pecadores? Sin embargo, parece que en la Iglesia esta virtud ha de estar precedida de una purificación especial por parte de quienes se acercan a ella. Con excesiva frecuencia se demoniza a quienes no cumplen los cánones y exigencias morales para acceder a los sacramentos, y parece que reducimos la acogida de la Iglesia a los “puros”, a los ya salvados y dignos de celebrar los Misterios . Esto no deja de ser un  refinado fariseísmo.

 En la primera Iglesia hubo simpatizantes y catecúmenos, personas no bautizadas, desconocedoras del misterio de la Cruz, a las que se recibía con los brazos abiertos; personas rotas por la vida que buscaban un poco de luz, a los que se les trataba con una predilección especial, con ternura y respeto, esperando con paciencia que Dios fuera haciendo en ellos su obra. Si se pude hablar de “opción por los pobres” en la Iglesia, esta es una de sus caras más urgentes: optar por acoger y acompañar a los que tienen hambre de Dios. 

En una encuesta realizada en Canadá hace unos años se preguntaba la razón por la que la gente no se acercaba a la Iglesia. La respuesta de muchos fue que cuando entraban en ámbitos eclesiales se sentían juzgados y señalados; poco acogidos. ¡Qué distinto de la mirada de Jesús a Zaqueo, a la pecadora pública que le lavó los pies en casa de Simón, al ciego de nacimiento, a Mateo, etc. ¡Tenemos mucho que aprender del Maestro! 

Por su parte, un evangelizador que no sea acogido no tiene por qué deducir necesariamente que lo sea a causa de su valentía evangelizadora. Hay quien confunde la parresía (valentía evangélica) con la obstinación fundamentalista. El anuncio valiente del evangelio no consiste en sacar pecho e imponer doctrinas dogmatistas y cerrados criterios morales, sino en defender la causa de Dios, su amor misericordioso, por encima de cualquier otro valor. 

Si la persecución viene causada por un exceso de amor en defensa de los pobres, los débiles y los pecadores (que no es defensa de la miseria, el poder y el pecado), enhorabuena. Forma parte de la dinámica del profeta el ser perseguido y marginado por los poderes instituidos. Pero seamos cautos y no confundamos algo tan serio como el martirio con la parodia de “hacerse el mártir”. Jesús murió crucificado, pero nunca se quejó de la realidad-cruz que le tocó vivir en su momento histórico. Éste es el camino, vivir con brazos abiertos hacia todos, y, con permiso del Maestro, poner la otra mejilla cuando, ya sea desde dentro o desde fuera, vengan los palos. Mucho valor, mucho amor, mucha humildad, mucha paciencia. Cargar la cruz. Cualidades del apóstol.

* * *
Un domingo éste para evaluar nuestro discipulado desde la aceptación de la cruz según la enseñanza y la vida de Jesús. ¿Acepto la realidad de mi cruz diaria? ¿Hasta qué punto me siento acogido por Jesús? De este sentimiento depende la acogida que haces a los demás; y de la acogida que hago al hermano puedo deducir mi fe en el Dios de la misericordia. 

Casto Acedo.  Junio 2020
paduamerida@gmail.com.

domingo, 26 de abril de 2020

Carta a los Padres de Primera Comunión 2020



CARTA A LOS PADRES DE LAS 
PRIMERAS COMUNIONES 2020

Queridos  amigos. 


Este domingo deberíamos estar todos muy ocupados preparando la celebración que tendríamos el próximo sábado. Durante la semana hubiéramos tenido las confesiones y ensayos. 

No ha podido ser así. Pero no lo debemos tomar como una catástrofe. Si algo aprendemos en las catequesis es a mirar las cosas con la paciencia de Dios, desde arriba y no desde nuestras estrecheces.  No nos enfademos porque las cosas  no acontecen  como nosotros queremos. Al final siempre es Dios el que tiene la última palabra.Y pensemos que no somos nosotros con nuestros frustrados planes de comuniones los más tocados por la pandemia. 

Deciros que, aunque damos por concluidas las catequesis eso no quiere decir que ya ha terminado el curso y ya habrá un día en que recojamos el diploma. 

Me gustaría que entendierais eso que os he repetido tantas veces: que no es lo mismo "catequesis" que "clase de religión". Os lo dije desde el principio: no se trata en catequesis de "saber de Dios y de la Iglesia" sino de "saborear a Dios en su Iglesia". Si los niños han aprendido a vivir a Dios en su vida y en la vida de la  Iglesia, en la comunidad parroquial,  habremos conseguido el objetivo; sino habremos perdido el tiempo. 

Recordad el título de los catecismos: Mi amigo Jesús el primer año, y Con Jesús en su Iglesia. Si Dios y la Iglesia no han calado en el corazón de vuestras familias  y de vuestro hijo o hija, hemos perdido el tiempo domingo tras domingo.

 Si no os ha calado nada del Espíritu de Dios puede que los niños reciban en su día la Comunión y tendrán su fiesta y sus regalos, pero no volverán a acercarse a Dios ni a la Parroquia, y habremos perdido una oportunidad  para desarrollar la dimensión espiritual de la vida en ellos y en nosotros. ¡Sería una pena que todo quedara en una exaltación de la vanidad y el consumo!

¡Cuántas veces me habéis oído decir que "para este viaje no nos hacen falta alforjas".  De ser así hubieran sobrado las catequesis, y lo que es  peor, si las habéis aguantado porque no quedaba otra, solo habrán sido una especie de tortura cuyo fruto evidente será un mayor alejamiento de Dios y de la religión, y una rendición a la esclavitud social de la apariencia.

Si la meta de la asistencia a catequesis es hacer una fiesta profana, un simple banquete, todo lo aprendido estos años habrá sido un fracaso; y sobre todo este año, porque las circunstancias no nos permiten culminar el proceso de  tal como teníamos previsto. 

No sólo se ha tenido que aparcar la fecha del dos de Mayo para la Misa de la Comunión, sino también como fecha señalada  para  celebrar esa comida en el restaurante, en casa o en el campo, con la  familia y los amigos. Por cierto, haceros a la idea de que, aunque los locales de hostelería abran en fechas próximas, van a tener limitaciones como separación entre personas, número limitado de comensales, etc... 


El objetivo primero de las Catequesis de Comunión es "comulgar con Cristo en y con su Iglesia". Si alguna familia lo tiene asumido así, independientemente de que en su momento hiciéramos una Celebración Solemne (Comunión solemne comunitaria), cuando se permita celebrar la Misa con asistencia de fieles (que probablemente también será limitada en número, en Alemania han puesto el límite en 50 personas por misa y separadas dos metros) no hay inconveniente por mi parte para que los niños comulguen cuando lo decidáis. En grupo o individualmente. En otro momento podemos hacer la "Comunión Solemne" en grupo. 

Mi propuesta -repito que "propuesta", no imposición ni obligación- es muy simple: acercar a los niños a la Eucaristía. Que motivos tan profanos como la disposición de un local para celebrar un banquete o la imposibilidad de reunir a más invitados de los que permitan las normas sanitarias, no sean impedimento para participar en el acto sagrado de comulgar. 

Creo que no sería un mal testimonio hacer ver a los niños, de forma práctica y real,   que la comunión tiene valor en sí misma, independientemente de que haya después un banquete ostentoso y unos regalos que a veces roban al niño el espacio interior que necesitan para valorar adecuadamente el amor de Jesús que reciben en la Eucaristía.

Soy consciente de que también a los mayores nos cuesta aceptar la Comunión despojada de sus adornos sociales y económicos. Necesitamos para ello una sincera conversión. Comulgar ¿para qué?, dirán algunos. Quien piense así que medite si merece la pena echar mano de la Iglesia para justificar una fiesta. 

En fin, espero que podamos hablar de todo esto pronto a fin de organizarnos y hacer lo más conveniente para los niños. Pensemos en ellos. No nos obsesionemos los mayores con quedar bien a costa de ellos. El sentido común, no la vanidad ni la ostentación, debería ser  nuestro consejero.  

Por favor, no organicéis sobre esto un debate por wasap. Sólo es una reflexión para cada familia. Cuando podamos reunirnos opinamos cada uno con respeto y decidimos lo que hacer. Yo no voy a imponer nada sobre días y modos, seréis vosotros, cada uno libremente, quienes decidáis. Estas letras son solo una invitación a reflexionar pausadamente mientras vienen tiempos mejores. 

La paz del Señor para todos, especialmente a los niños y niñas.Que Dios nos bendiga. Ánimo y confianza. Todo  irá bien.

Vuestro párroco: Casto Acedo. 

sábado, 11 de abril de 2020

De las tinieblas a la luz (Vigilia Pascual)


VIGILIA PASCUAL

Todas las celebraciones del año litúrgico convergen en esta noche. Porque ésta no es una noche cualquiera: “Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?” (Pregón Pascual). Esta es la noche en la que la oscuridad de estos días respira luz y esperanza.

Esta es la noche

Sin esta noche ni la fe (creer ¿para qué?, ¿para morir?), ni la Iglesia (sería una comunidad de fracasados) ni la vida misma (¿de qué serviría una vida abocada inexorablemente a la muerte?), tendrían sentido alguno. Porque “la gloria de Dios consiste en que el hombre viva,y la vida del hombre consiste en la visión de Dios” (San Ireneo); la vocación del hombre a la vida sólo encuentra su plenitud en la resurrección para una Vida Eterna.

Esta es la noche en que “se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino” (Pregón). La vida de Dios alcanza de pleno al hombre y desde ella el hombre tiene acceso a Dios. En Cristo resucitado el hombre recobra la chispa divina que le fue arrebatada en el paraíso: Dios se ha hecho hombre para que el hombre sea divinizado.

Estamos en la noche del “encuentro” (sacramento) de Dios con la humanidad. Esta madrugada y al alba del día de mañana, si el mal de la pandemia que nos asola no estuviera presente, tendrían lugar en nuestros pueblos y ciudades las  procesiones que llamamos de "los encuentros”. En ella se celebra la resurrección y su proyección salvífica en el mundo simbolizado en María. Ella es la imagen viva de la Iglesia que recibe la buena noticia de que su Señor ha resucitado. 

La Pascua es el encuentro de la humanidad con su Salvador, la aurora de una nueva era en la que todo adquiere un ser nuevo: “Esta es la noche de la que estaba escrito: `Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo´. Y así esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón Pascual). Es la noche del magníficat, noche en la que proclamamos con María (Iglesia) las grandezas del Señor.



En esta noche converge 
toda la historia de la salvación


Los motivos de nuestra alegría pasan ante nosotros en la liturgia de la Palabra que narra los hitos de nuestra salvación, desde la creación del mundo y del hombre (Gn 1, 1-31;2,1-2), hasta la nueva creación por la resurrección (evangelio: Mt 28,1-10) y el bautismo (epístola: Rm 6,3-11). Contemplamos como la Iglesia ve la salvación incluso en las situaciones más difíciles, como lo fueron el sacrificio de Abrahán (Gn 22,1-18), el paso del mar Rojo (Ex. 14,15-15,1), o el llamamiento a volver del Exilio (Ez 36,16-28).

El mensaje central de todas las lecturas proclamadas confluye en una afirmación incontestable: La victoria es de nuestro Dios. Ya no hay situaciones totalmente desesperadas. “La tumba está vacía. No está aquí: HA RESUCITADO, como había dicho” (Mt 28,6a).

Por tres veces aparece en el evangelio de hoy el verbo “ver”: “Al alba del primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro” (Mt 28,1); “Venid a ver el sitio donde yacía”(Mt 28,6b); El ángel: “Ha resucitado de entre los muertos... id a Galilea. Allí lo veréis”(Mt 28,7), Jesús: “...Que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28,10). Por otro lado, se nos dice: “no está aquí”. 

Ya no es visible, ni tangible, ni verificable. Ya no es localizable en un espacio y un el tiempo concretos. El evangelio juega con la paradoja tan propia de la fe que es el “ver y no ver”. Cristo ha resucitado, pero eso sólo lo ven los que creen. La visión física se queda en un dato: “ved el sitio donde lo pusieron”, el sepulcro está vacío. El sepulcro vacío es visible para todos. Pero la fe va más allá y ve en el sepulcro la victoria de Dios sobre la muerte.

Con la resurrección, situaciones tan oscuras como las que estamos viviendo (el dolor, la enfermedad y la muerte) adquieren un tono distinto. Ya no hay situaciones totalmente desesperadas. Si el que murió en la cruz y “descendió a los infiernos”  ha resucitado siendo acreditado por el Padre ¿qué mal podemos temer?

"No temáis", dirá Jesús resucitado a sus discípulos bloqueados por un hecho hasta entonces  inusual que les lleva a confundirlo con un fantasma. Soy yo, que vuelvo para estar con vosotros y sosteneros en vuestra lucha. Es como si dijera: "Todo irá bien". ... El Señor nunca dijo ‘no seréis zarandeados por la tempestad’ o ‘no os veréis abrumados por el trabajo’ o ‘no os faltará consuelo’, sino que dijo: ‘No seréis vencidos’. Dios quiere que tengamos en cuenta estas palabras, de forma que siempre, tanto en la alegría como en el dolor, tengamos una total confianza" (Juliana de Norwich)


De la muerte a la vida 
(Bautismo y Eucaristía).

En el día del Viernes Santo  hemos contemplado el dolor del Hijo que nos ha llevado al llanto, a llorar nuestro pecado, a compadecernos de Cristo que sufre en los hermanos. Hoy vemos el gozo de la Iglesia, la alegría del resucitado, que nos motiva para la  propia alegría. Si con Cristo sufriente somos invitados a solidarizarnos con el dolor de los hombres, con Cristo triunfante, vencedor del mal y de la muerte, somos invitados a repartir alegría y esperanza: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28,10).

Todo este misterio de muerte y de resurrección se celebra en la Iglesia sobre todo en los dos grandes sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía.

“Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6,4). Hoy renovamos las promesas de nuestro bautismo que nos injerta en la Vida resucitada del Señor: “Si hemos muerto con Cristo (ritual y existencialmente), creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,8). Este se nuestro gozo y nuestro “secreto” (el misterio de nuestra fe).


Jesús resucitado también partirá el pan con nosotros y para nosotros esta noche. “El que come de este pan vivirá para siempre... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,51.54). No sólo celebramos la resurrección sino que también la participamos (comemos) en la Eucaristía.

Aunque las circunstancias del confinamiento nos resulte extraña (¿cómo no va  a resultar ajeno el distanciamiento cuando hemos sido creados para el encuentro?), hagamos, en solitario o en familia, un esfuerzo por participar la resurrección. Cristo viene a ti como Luz. No para deslumbrarte y cegarte sino para iluminarte. Deja que su Palabra, que es "lámpara para tus pasos" (Salm 108,105), te guíe, sus sacramentos te alimenten, porque "el que come de este pan vivirá para siempre" (Jn 6,48), y su Espíritu del Resucitado sea tu brújula, porque sabe mejor que tú lo que te conviene (cf Rm 8,26).

Que nuestras ventanas griten nuestra alegría a todos los que aún no conocen la noticia de la resurrección,  que “verdaderamente ha resucitado el Señor” (Lc 24,34), entre las tinieblas de la enfermedad y la muerte se abre el paso la Luz.


¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCION!

Casto Acedo. Abril 2020. paduamerida@gmail.com

viernes, 10 de abril de 2020

Abrazando la Cruz (Viernes Santo)

Hoy, Viernes Santo. Perdonad que vaya tan retrasado en los envíos. Aquí tenéis la reflexión para este día: la Cruz. El tema no puede ser más actual. 



Cruz y sufrimiento

El Viernes y Sábado Santos la cruz y la muerte ocupan un lugar privilegiado en nuestras celebraciones. Los viacrucis, la lectura-contemplación de la Pasión del Señor, las procesiones del Santo Entierro, la Virgen María, mater dolorosa, imagen de la Iglesia que vive como propios los sufrimientos del Hijo y de los hijos, todo apunta hacia el lado oscuro de la vida, la frontera donde el enemigo acecha a los hijos de la luz y les invita a rendirse. ¿Merece la pena creer, esperar y amar a Dios? ¿Vale la pena desvivirse por el prójimo? ¿tiene algún sentido sufrir?.

Existe un abismo entre los paganos y los creyentes a la hora de mirar e interpretar la cruz. El sufrimiento y la muerte son considerados por los ateos (sin Dios) como un sinsentido, destino inexorable del hombre que lucha en vano por sobrevivir a sí mismo. 

La columna truncada, símbolo pagano de la muerte, nos pone sobre aviso: por muy próspera que sea una vida la muerte la siega sin piedad; pueden quedar tus obras, pero tú desapareces en la nada más absoluta. Estos días de coronavirus lo estamos experimentado. Cuando teníamos puesta nuestra confianza absoluta en el poder de la ciencia, aparece la cruz que descoloca nuestras seguridades y derriba nuestros poderes.

La cruz sin resurrección es signo de pesimismo y desesperación. Masoquismo en estado puro. No es extraño que este símbolo se quiera erradicar de la vida pública en una sociedad sin Dios. sigue siendo actual la enseñanza que sobre la cruz  dio san Pablo, calificándola de necedad para los racionalistas y escándalo para los que viven en una religiosidad natural: "escándalo para los judíos, necedad para los gentiles". (1 Cor 1,22) 

A los ojos del creyente, la cruz muestra un rostro distinto. No es ignorancia sino sabiduría. Para los primeros cristianos no fue desde el principio signo de muerte sino de vida. 

Verdad es que en los primeros siglos les costó aceptar la imagen del crucificado como signo por excelencia de la nueva fe; prefirieron la imagen del Buen Pastor o la del pez (YCTIS); hasta la Edad Media no se comienza a unir la imagen del Pantocrátor (Cristo Todopoderoso) al símbolo de la cruz. Aparecen entonces las imágenes románicas de Cristo crucificado, con vestiduras y corona reales, sereno, poderoso Señor de todo. 

El renacimiento mostrará el rostro humano del hombre perfecto, Jesús, prendido de la cruz; y será la imaginería barroca la que dotará a los crucificados de unos gestos de dolor y angustia propios de una espiritualidad más marcada por el sacrificio del hombre que por el poder sanador de Dios. ¿No ha marcado en exceso nuestra visión esta última espiritualidad?



Abrazar la cruz es abrazar la vida

Sea como fuere, para los que creen en Cristo, la cruz es signo de vida. Morir es vivir. El destino del hombre es la muerte, ¡cierto!, en esto coincidimos con los paganos; pero para nosotros la muerte es semilla de eternidad ("si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto". Jn 12,24). A fin de cuentas, desde el momento en que nacemos comenzamos a morir; y en nuestra mortificación, nuestro amor hecho entrega, genera vida en nosotros y en aquellos a quienes amamos. Así entendió Jesús su existir: "vivir para", salir de sí mismo, vivir entregado al Padre en los demás.

Evidente es que cuando adoramos la cruz no adoramos el dolor sino a quién cargó con nuestros dolores, a Cristo crucificado.  Adoramos la cruz  hacemos porque en ella palpamos el dolor de Cristo, y el dolor del mundo como dolor de Dios. Adorar no es desear ni promover, es aceptar desde el misterio de la fe, con serenidad, como lo aceptó Cristo al fiarse de la voluntad del Padre, con la certeza de que lo que no entendemos ahora Él nos lo dará a entender mañana (cf Jn 13,7). ¡Qué bien nos viene creer y saber esto en estos días!

Abrazar el dolor es hacer nuestros, como los hizo Jesús, los sufrimientos e injusticias que llevan sobre sí los crucificados de nuestro siglo. En estos días abrazar la cruz es en tomar parte en la tarea de curar y sanar a las víctimas del coronavirus. Abrazar la cruz es decir ¡basta ya! a las guerras, a las deportaciones, la violencia doméstica, los abusos, la explotación, el abandono, la desigualdad, … Sólo desde el compromiso serio por un mundo más justo podemos decir sin blasfemar que son bienaventurados los que toman la cruz y siguen a Jesús. 

Hablar de la cruz es blasfemia si no se está con los crucificados del mundo, como hicieron de manera destacada santos de la talla de san Juan de Dios, Santa Teresa de Calcuta o san Romero de América. No se puede predicar la cruz desde el poder, la instalación o la pasividad ante situaciones de injusticia y dolor.  Me atrevería a decir que no se debe siquiera hablar de la Cruz, porque su misterio no se puede reducir a teologías; sólo la vida misma es lenguaje apropiado para ella.

Le sobra el "Santo" al Viernes si no estamos entregados cada minuto a los demás, desviviéndonos por quienes en estos días están solos o solas y nos necesita, por el esposo o la esposa, por los hijos, los abuelos, los vecinos, los compañeros de trabajo, por los prójimos y los lejanos. Sabemos que entregarnos y dedicarnos a su bienestar y felicidad no es morir sino vivir. A la experiencia me remito.



Viernes Santo

Este año el Viernes Santo será inolvidable, porque es menos folclórico y más real, porque el paso del Crucificado, Muerto y Sepultado es más evidente a nuestros ojos.  Nos cuesta despertar a la realidad de la vida de fe. Reducida a moralina y cultos preciosistas e íntimos, este año tenemos la oportunidad de vivirla. Y digo "vivirla" porque tal vez los ritos y las tradiciones, cuando se usan para esconder y justificar nuestras miserias, matan más que resucitan la fe. Sin ellos, toca situarse ante la verdad desnuda,  y descubrir que a la vida (vivificación personal) sólo se llega muriendo (mortificándonos por el prójimo).

A la pregunta sobre la cruz y la muerte respondemos los cristianos con la afirmación de la vida. Creemos, no en la muerte fruto del pecado (injusticia) que lo enfanga todo, sino en la vida que, por gracia de Cristo Crucificado, nace desde el núcleo de la muerte. Si el grano de trigo muere, da mucho fruto. 

El pueblo cristiano, en su sencillez, ha sabido entender el valor de la cruz como signo de felicidad y de vida. El día 3 de Mayo, en muchas de nuestras ciudades y pueblos se celebra la cruz florida, la cruz de Mayo. Este día se hacen cruces con adornos florales. Es la apoteosis de la cruz, su glorificación entusiasta, acto de fe por el que se pone de manifiesto que para los cristianos la cruz no es principalmente lugar de muerte sino de resurrección y vida.

Ya he señalado que este Viernes Santo es muy especial. Todos en mayor o menor medida hemos sido invitados estos días a tomar nuestra cruz, desde nuestro "quédate en casa" hasta aquellos que están viviendo la incertidumbre de sus familiares aislados u hospitalizados; y desde luego, aquellos que no han tenido siquiera, como tuvo María en el Calvario, la oportunidad  de estar junto a los suyos en el momento de la partida, ni de poder abrazar su cuerpo.

No olvidemos tampoco la cruz que cargan sanitarios y demás personas implicadas en tareas activas por la erradicación de la epidemia. Tal vez muchos dirán que no son creyentes cristianos; pero lo son, porque cristiano es de forma implícita todo aquel que con amor ejerce de Cirineo ayudando al prójimo a llevar su cruz.

Casto Acedo. Abril 2020. paduamerida@gmail.com

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...