miércoles, 8 de junio de 2022

Santísima Trinidad (12 de Junio)


Pasado el domingo de Pentecostés, que señala el fin de la Pascua, la liturgia de la Iglesia nos regala la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Se trata de la única fiesta de la Iglesia que no conmemora un hecho salvador concreto, sino un dogma de fe: la unidad de Dios en una trinidad de personas. 

La primera vez que encaré esta fiesta con seriedad fue al verme obligado a preparar la novena y la fiesta patronal de Trujillanos (Badajoz), de cuya parroquia, puesta bajo la advocación de la Santísima Trinidad, fui párroco durante siete años y de la que ahora vuelvo a serlo. No sabía entonces si hablar de la Trinidad como “patrón” o como “patrona”; además, ¿cómo decir algo de la Santísima Trinidad más allá del hecho de intentar aclarar la nomenclatura tan complicada que se mueve en torno a esta definición dogmática: unidad, trinidad, personas, naturalezas, procesiones, relaciones, etc.?
 
Dejando a un lado el barullo de conceptos y proposiciones teológicas que se mueven en torno a este dogma, que confieso que entonces, recién salido del seminario, me confundían más que me aclaraban, opté por hacer una lectura de la Trinidad recurriendo a la experiencia que el cristiano tiene de Dios al ritmo de su revelación progresiva como Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿De dónde partió la idea? Pues no recuerdo siquiera si había leído algo al respecto. Son esas cosas que uno va asumiendo y acaba por hacer propias, tan de uno mismo que olvida la procedencia.
 
Confieso ahora que la predicación que hice entonces, y que ahora transcribo, puede pecar de modalismo -herejía que consiste en decir que cada persona de la Trinidad no es sino un modo de mostrarse ante los hombres, es decir, tres máscaras que usa el Uno para darse a conocer- , y más que trinitaria sea ésta una reflexión particular sobre cada persona divina, pero no creo que eso disminuya el valor que puede tener como ejercicio meditativo para este día.
 
A don Pablo Barrachina, obispo que fue de Orihuela-Alicante, le oí en una misa crismal,  que “los curas no deben dejar de predicar cada domingo, aunque corran el riesgo de decir herejías”, una forma muy directa de advertir que más importante que los matices doctrinales son la buena voluntad y el empeño puestos en acercar a Dios a los hombres. Y eso es lo que hice y procuro hacer en cada predicación. Como conservo el escrito de aquella primera predicación sobre la Trinidad, paso a transcribirla enriquecida con lo aprendido con el paso de los años. Puede parecer larga, pero me resisto a recortarla.
 
* * *
 
Dios se ha ido revelando progresivamente a los hombres como Trinidad; y no sólo se ha ido dando a conocer por etapas en la historia de la salvación que nos narra la Biblia, sino que también se da a conocer poco a poco al compás de nuestro crecimiento afectivo-psicológico; así, el hombre suele descubrir los matices de cada una de las personas trinitarias paulatinamente, como imbricándose en su particular biografía espiritual.


Dios Padre
y la espiritualidad del niño
(Dios sobre nosotros).
 
El niño nace frágil, necesitado. No puede sobrevivir sin unos adultos, normalmente el padre y la madre, que le protejan del hambre, del frío y de los demás peligros externos. Y cuando va llegando al uso de razón y queremos hablarle de Dios recurrimos espontáneamente a la imagen del padre. "Dios -le decimos- es tu Padre, el que te ha dado la vida, el que te cuida y te protege".
 
Lo mismo que un niño necesita normas que le den seguridad y le ayuden a caminar sin riesgos por la vida, así el Dios Padre Todopoderoso y Creador, revelado en el Antiguo Testamento, se muestra como el origen y protector de la vida. La catequesis de la primera infancia encuentra en la primera persona de la Trinidad un gran apoyo para comprender a Dios.


Como un niño necesita de la seguridad de un Padre, de normas que rijan su conducta, de premios y  castigos que la evalúen, así Dios se muestra en el Antiguo Testamento como aquel que da unas leyes y mandatos que garantizan el orden y dan seguridad a quien aún no ha madurado y se mueve en una religiosidad de moral heterónoma, centrada en buscar lo mejor fiándose de las normas que nos da quien sabemos que nos quiere.

Este Dios Padre, que da leyes, que ofrece la seguridad de un hogar a quien sigue sus mandatos, es el Dios sobre nosotros, Dios arriba, al que hemos de obedecer, porque en ello nos va la vida. Nuestra oración al Padre suele ir en la onda de pedir protección y seguridad.
 
 
Dios Hijo,
y la espiritualidad del joven
(Dios con nosotros)
 
El joven es rebelde por naturaleza. La segunda persona de la Santísima Trinidad es sin duda la favorita para quien empieza a desligarse de la tutela paterna y busca nuevos caminos entre los amigos y en ambientes nuevos alejados del calor del hogar. Al joven le gusta la aventura, el riesgo. Por eso, a la hora de hablarle de Dios no hay nada mejor que hablarle de Jesucristo, el Hijo.

El adolescente y el joven  aún no ha sido corrompido por el sistema social de los adultos y en Jesús encuentra el modelo de rebeldía frente a la hipocresía política y religiosa, un marginado, como él mismo se siente,  a quien quiere seguir. Reconoce a Dios en Jesús y como él se embarca en la tarea ingrata de purificar al mundo de la falsedad para construir una realidad más humana y humanizadora. El joven es crítico con todo lo que le parece viejo y, como Jesús, quiere arrojar del templo todo lo que le parece falso.
 
 Al joven le enamora el Dios con nosotros, el Hijo, Dios hecho hombre e implicado de lleno en la historia de los hombres. Con Él se cambia la mirada de la fe, que no se dirige ya de manera eminente hacia el cielo sino a la tierra. “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). “Os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). El descubrimiento de Dios con nosotros es bandera de una espiritualidad que va dando pasos hacia delante. La oración del joven tiene mucho de entusiasmo por la persona de Jesús y de confianza en que estando con él despuntará un mundo mejor.
 
 
Dios Espíritu Santo,
espiritualidad adulta (Dios dentro de nosotros)
 
Con la perseverancia en la fe llega el hombre maduro. No es cuestión de años, sino de experiencia, de cambios psicológicos y afectivos que vienen con los avatares de la propia vida. Hay quien madura a los quince y quien no lo hace hasta los últimos años de su vida; también hay quien no madura nunca.

Tras la búsqueda de la felicidad en el sometimiento a las normas y leyes, y tras el desánimo del joven al que la realidad le hace experimentar que tarda en venir a nosotros el tan esperado Reino de la justicia y la paz, llega el momento de la reflexión, de la introspección.

Abandonando la tendencia impulsiva y un tanto gregaria que vive en la juventud, el adulto se adentra en su interior y busca su personalidad propia, su espíritu. Y ahí, en esa búsqueda se encuentra con el Espíritu Santo, Dios interior intimo meo (más interior a mí que yo mismo) que dice san Agustín. Dios siempre estuvo ahí, en su interior, y ahora es consciente de ello. Como el mismo san Agustín puede decir: "tu estabas conmigo, pero yo te buscaba fuera y no te encontraba".

El Espíritu Santo, en diálogo con nuestro espíritu, ayuda al encuentro con el propio ser, purifica la propia imagen enseñándonos lo que somos y dejándonos ver el verdadero rostro de Dios. Sin él nunca hubiéramos conocido ni al Padre (cf Rm 8,14-17) ni al Hijo (cf Mt 16,17); sin el Espíritu Santo el hombre no se conocería ni siquiera a sí mismo.

Además de Dios sobre nosotros, y Dios con nosotros, también Dios está dentro de nosotros, inhabitándonos. Tomar conciencia de la presencia de Dios en el propio ser, vaciarse de los ídolos que nos ocupan para permitir que vaya ocupando su lugar preeminente en la interioridad del corazón, es signo de madurez espiritual.
  
Sin rechazar a Dios creador y protector (Padre), ni a Jesús encarnado como hombre entre los hombres (Hijo), el hombre espiritualmente maduro llega a la plenitud de su fe entrando en relación personal profunda con Dios y consigo mismo en la oración y el ejercicio espiritual. Contemplando a Dios se contempla a sí mismo en su ser original (antes del pecado), pues ha sido creado a su imagen. Bautizado en el Espíritu pone a Dios en la cima de su vida, y abandona la superficialidad de las leyes y de los compromisos sociales que hasta entonces se imponía a sí mismo como una carga moral.
 
El cristiano maduro no es que niegue los mandamientos y la obligación de estar con el mundo, sino que por su visión de las cosas y por su nueva relación con Dios cambia de perspectiva, y encuentra sentido y fuerzas para vivir de una manera que antes le parecía imposible. Ahora sigue siendo fiel a los mandamientos del Padre y comprometido en la causa del Hijo, pero no desde el miedo al castigo ni desde el voluntarismo ni el temor al desánimo en la lucha social; la oración del hombre maduro, más que de petición desesperada, es de acción de gracias y alabanza, porque ha experimentado en sí mismo que “Dios es”, y si "Dios es" no hay que tener miedo al fracaso, porque Él ya ha vencido al mundo (cf Jn 16,33).
 
* * *

Concluyendo

 La revelación progresiva de Dios, su experiencia, nos puede ayudar a profundizar en nosotros mismos y a enriquecernos participando de la triple personalidad de Dios, de su Trinidad, pero ¡ojo! sin olvidar que también es Unidad.
 
Quedarse sólo en una espiritualidad del Padre es propio de cristianos timoratos y legalistas que necesitan constantemente que les digan qué pueden y qué no pueden hacer; vivir sólo del Hijo encarnado conduce a un frustrante activismo político y social sin Ley ni Espíritu de libertad que lo guíe y aliente; encerrarse en una vida de interioridad sin aceptar la voluntad del Padre y sin optar decididamente por los pobres, supone caer en un iluminismo y quietismo estéril. Dios es Uno y Trino; se revela progresivamente, se experimenta escalonadamente, pero no se pueden separar los escalones sin riesgo de que el ascenso espiritual se precipite en el vacío.

Dios es Trinidad. Más allá de todo lo que he dicho de cada una de las personas de la Trinidad,  que he pretendido iluminar desde la experiencia-vivencia subjetiva de la fe, Dios es Misterio. Y misterio no quiere decir "oscuridad" sino "luz cegadora", algo tan grande que, como ocurre con el amor o la libertad, se puede experimentar pero no entender ni explicar con palabras. Es más, cuando el hombre cree poseerlo es señal de que lo ha perdido; porque Dios es inabarcable, lo más grande, y no se deja atrapar en conceptos y corazones limitados.


Los más viejos y devotos del pueblo de Trujillanos, que de teologías trinitarias saben poco (¿o mucho más que los teólogos?), cuando comparan a su patrón (¿o patrona?) con los de otros pueblos, (con la Virgen María en sus diversas advocaciones o con los santos), suelen tener una lección bien aprendida: Por muy importantes que sean los patronos o patronas de los demás pueblos, nosotros tenemos al más grande, porque es Dios, y no hay nadie más grande que Él.
 
Están orgullosos de su imagen de la Santísima Trinidad; clásica, con su Padre monarca de gesto a la vez dulce y severo, cetro en su mano izquierda, impartiendo bendiciones con la derecha, barba encanecida y corona triangular, signo trinitario; el Hijo sentado a su derecha con la cruz en una mano y con la otra, llagada, sobre el pecho, invitándonos como a Tomás: "trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente" (Jn 20,27); y el Espíritu Santo en forma de paloma entre ambos, irradiando su luz creadora y redentora sobre el Misterio mismo de Dios y sobre la vida de los hombres.
 
Con esta imagen los trujillaneros contradicen el primer mandamiento del decálogo (“No te harás imagen ninguna de Dios”. Ex20,4), pero no cabe duda de que, evitado el fanatismo de la idolatría de la imagen, les ayuda a crecer en la fe. 
 
¡Feliz fiesta de la Santísima Trinidad!

 Junio 2022
Casto Acedo

sábado, 2 de abril de 2022

Compasión y paz (3 se Abril)

Comentario a partir del texto de 
Lc 8,1-11 (La mujer adúltera)


Un ambiente de odio

Nos lanzamos como fieras al linchamiento de Vladimir Putin acosándolo con las piedras de la ira y la indignación. Alentados por la propaganda occidental nuestro corazón se va llenando de odio al ruso, como si el odio al enemigo fuera sanador y sólo dañino cuando se dirige a las "amigos" (?).

Es lógica y buena la “santa indignación” ante el sufrimiento que provoca la guerra y sus causantes. Esta indignación fue la respuesta de Jesús a los mercaderes del templo (cf Mc qq,15-17 y par). La “santa indignación” ennoblece, pero ¡cuidado con el odio!, porque el odio degrada a la persona aunque se dirija a quienes hacen el mal. El odio alimenta la violencia del corazón cargando las armas que luego se disparan. Es justo odiar el pecado, pero no es bueno odiar al pecador.

Cuando a Jesús le presentan una mujer sorprendida en adulterio, lo que mueve a sus acusadores es el odio. ¿A quien? Tal vez odiaban a la mujer por saltarse el precepto de la ley mosaica que obliga a la fidelidad; o tal vez a quien odiaban era a Jesús, que con su predicación y sus maneras estaba poniendo en evidencia su falsedad; no podemos descartar tampoco el hecho de que se odiasen a sí mismos; una vida de hipocresía no puede ser nunca satisfactoria; de hecho el final de la historia deja ver la insatisfacción en que vivían los  acusadores.

Sea como sea, el ambiente de represión contenida que respira la escena del evangelio de hoy, y la respuesta de Jesús a la situación, muestra con evidente nitidez que el principal enemigo a batir no son los escribas y fariseos, tampoco el incumplimiento de la ley, sino el rechazo y el odio. No importa la excusa que tengamos para odiar, las células de odio son siempre portadoras de un cáncer maligno que tiende a la metástasis. Hay que sanar esa herida.


No alimentes el odio

Hay que precaverse y no alimentar el odio. No odies ni a V. Putin ni a nadie, porque todo odio envenena. Y el mejor antídoto para ello es apuntarnos a la práctica de la compasión y la misericordia. Esta es la medicina: ser compasivo, comprender y perdonar a quienes vemos enfermos de odio, porque sabemos que nadie es ni puede ser feliz mientras el escorpión del odio aguijonea sus entrañas. Ser compasivo con todos y también conmigo mismo, porque también me equivoco y necesito perdonarme y ser perdonado; nadie está libre de pecado para apedrear alegremente a nadie. 

Podríamos hacer una reflexión de este evangelio aplicada a  cómo asimilamos la inesperada guerra de Ucrania. La mujer del evangelio cometió adulterio al saltarse los principios de la ley que le obligaba a ser fiel a su marido; Europa también se saltó los principios “democráticos” al no tener en cuenta al pueblo ruso y apoyar interesadamente a sus oligarcas. Como buen fariseo ha sido fiel a la ley, pero no a su espíritu. Los privilegiados de la nueva nomenklatura rusa  se apoderaron de las riquezas del país de origen con el beneplácito de quienes también nos aprovechamos de su gas y su petróleo; los rusos ricos fueron recibidos como socios preferentes en los círculos financieros occidentales, les concedimos la acogida y la bendición reservada para quienes ponen en nuestras arcas los dineros, sin tener en cuenta su procedencia. Las autoridades occidentales muestran su falsedad en estos días: ahora se expropian bienes a quienes hasta hace poco se les concedía todo tipo de privilegios. Los que fueron recibidos entonces con parabienes son despedidos ahora con improperios. ¿Sirve esto para lavar nuestra conciencia? No mientras sigamos sin corregir nuestro culto al capitalismo.

Nuestra soberbia europea estaba convencida de que ya lo teníamos todo controlado con nuestras filosofías pacifistas y nuestra supuesta superioridad moral. Seguros en nuestras hermosas retóricas humanistas nos hemos descuidado y hemos permitido que el odio se fuera extendiendo por nuestras ciudades.  Ha ido creciendo en lo oculto, abonado por el individualismo, la cultura del descarte, la corrupción política, la ambición de poder, el consumismo, la lectura materialista y economicista de la historia, la aniquilación de la verdad, etc. Con estos venenos ha ido fermentando el odio en el corazón de Europa; y en todo corazón enfermo anida la frustración y de ésta emerge la guerra, reacción violenta propia de vidas infelices.

Como interesados (e ingenuos) europeos también hemos de entonar el mea culpa de la guerra. Europa está enferma. Lleva enferma mucho tiempo. Enferma de avaricia, de gula, de soberbia, de odio, de vanidad.  El velo de narcisismo y consumismo que entorpece su mirada le impide ver la realidad.  Pero la guerra de Ucrania ha venido a desvelar a las claras la enfermedad y sus orígenes. Las guerras no salen de la nada. Tampoco de un "iluminado" que se lanza a la aventura; éste es solo la chispa que detona la bomba; la guerra solo es posible cuando una sociedad da la espalda a la justicia y cierra los ojos ante los males de los otros (léase  Chechenia, Siria, Crimea, etc., para el caso que nos ocupa). El pecado de omisión, propio de los fariseos, es el mejor caldo de cultivo para el deterioro de la convivencia. Cobijado bajo él va echando sus raíces la desigualdad, el rencor y la división, padres de la guerra.

En el Evangelio que nos ocupa vemos como Jesús desactiva el odio acumulado en el corazón de escribas y fariseos. ¿Cómo lo hace? Enfrentándolos con su propia interioridad; poniéndoles ante el espejo de sus vidas. “El que esté libre de pecado, lance la primera piedra”. Implícitamente les dice: no sanarás con más veneno tu corazón envenenado; el odio sólo puede generar más odio; cuando descargas las piedras de tu frustración sobre otros no haces sino aumentar tu oscuridad. Es mejor, dice Jesús, que aceptes tu responsabilidad, que admitas tus errores, que abraces la virtud de los pacíficos: la humildad.

Los escribas y fariseos del evangelio, comenzando por los más viejos (¡ya da a entender la escritura que el diablo es viejo en años y en maldad!), tuvieron la honradez de ir soltando las piedras (¡qué grande este gesto de soltar odios!). Volvieron a casa avergonzados. Reconocieron su derrota, y para muchos este debió ser un primer paso para volverse a  Dios.


Practicar la compasión 

Y Jesús, sólo ante la mujer, avergonzada ésta también por su falta, dijo en voz alta lo que ya los que se fueron habían oído en su corazón: “¡Vete y en adelante no peques más!”. No merece la pena odiar, no merece la pena mentir al propio esposo o esposa. Lo único que puede salvarte y salvar a Europa del desastre es la verdad de la compasión y la misericordia.  Compadecerte de ti mismo, y darte la oportunidad de un giro a tu vida soltando las piedras y usando las manos para acariciar, ayudar y amar. Este es el remedio contra la guerra. Muchas iniciativas de ayuda y apoyo a los que sufren sus consecuencias están dando testimonio de ello.  

Pudo Jesús responder violentamente a las amenazas de quienes le provocaron lanzando  misiles de maldición ¿Qué pensaría y escribiría en el suelo mientras se decidía a responder? Se dio tiempo para meditar, para calmar su ánimo. Y escogió el camino de la bendición, del desarme, el diálogo, la paciencia y el perdón. Es un camino más largo para atajar el problema, pero es el menos destructivo y a la larga el más beneficioso.

La guerra de Ucrania -¡Dios quiera que acabe pronto!- debería de hacernos pensar en las bases sobre las que estamos cimentando nuestra civilización, que sufre una tremenda crisis espiritual. Resulta paradójico que en tiempos en los que parece que se está dando cierta importancia al cultivo de la interioridad como fuente de felicidad los planes de formación de los gobiernos y las lecturas políticas que se hacen de la situación sean mayoritariamente económicas; como si todo fuera cuestión de espacios exteriores y crecimiento económico. Olvidamos que es "del corazón del hombre de donde salen desalen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios,  adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro". (Mc 7,21-23). El abandono de la vida espiritual y de todo lo que de bueno tiene la religión como transmisora del Espíritu no deja de pasar factura. 

Hay una asignatura que no debería faltar en nuestra formación: la historia y las claves de recuperación de nuestra tradición espiritual. Esta asignatura nos enseñaría a conocer y aceptar que no somos solo cuerpo, también somos espíritu, hijos de Dios creados para amar encarnados en una comunidad de hermanos, llamados por el Maestro a asumir como propias y propios las gracias y los pecados de la humanidad y a gozar y sufrir con ellos poniendo en manos de Jesús la vida para que Él la resucite.  

El próximo domingo comenzamos la Semana Santa, tiempo que nos invita a profundizar en todo esto.  En la liturgia de esos días entran en escena el odio y el amor. Hay momentos de Viernes Santo en los que parecerá que el mal las tiene todas consigo; pero a nosotros nos mueve una seguridad: Cristo, con su muerte, venció al odio. Y nos enseña el camino de la regeneración personal, social y política: “Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo”. Acércate al perdón de Dios, y compártelo perdonando a quienes te ofenden.  También a V. Putin. Y no te dejes engañar por la creencia de que odiándole estás creciendo en virtud. Aprende a compadecer y amar sin límites.

Abril 2022
Casto Acedo
208

lunes, 7 de marzo de 2022

Iglesia 1

 SOMOS IGLESIA (Tema I)



Un diagnóstico de nuestra sociedad [1]

Introducción

Uno que fue compañero de estudios me comentó en cierta ocasión que «la iglesia pierde el tiempo hablando a hombres que ya no existen sobre problemas que no le interesan». Con estas palabras más o menos, venía a decir que la iglesia, nuestra iglesia católica, está estancada o, como dicen otros: «viaja a remolque de la historia», sigue discutiendo «sobre la jerarquía celestial», respondiendo a cuestiones e inquietudes que son de otros tiempos y que no afectan al hombre moderno.

Si aceptamos esta crítica, aunque la considero un poco exagerada, no podemos eludir el preguntarnos si la iglesia está «encarnada» en el mundo de hoy, o si por el contrario, vive como una institución ajena a los problemas, inquietudes, esperanzas y angustias de los hombres del siglo XXI.
 
El núcleo del mensaje cristiano por excelencia es el «misterio de la encarnación», es decir, el hecho de que Jesús, el Hijo de Dios, nació, vivió, murió y resucitó hace 2.000 años. Con su encarnación, Jesucristo, «Dios y hombre verdadero», entró en la historia. Y la historia no es otra cosa que la suma del   espacio y el tiempo. El hombre vive en un espacio y un tiempo, y no puede vivir a la vez en otros lugares y otros tiempos distintos, es decir, «el hombre es un ser histórico». Al encarnarse en Jesús, Dios anunció la salvación con el lenguaje, los medios y los condicionantes propios de su época. Su mensaje de salvación no lo lanzó al vacío, sino a unos hombres que vivían en una situación histórica social y personal determinada. Cualquiera que lea los evangelios puede observar cómo Jesús utiliza como plataforma para anunciar el Reino de Dios las experiencias propias de los hombres de su entorno geográfico y de su época; basta releer sus sermones y parábolas para constatar que conecta perfectamente con  el lenguaje, las preocupaciones diarias, la visión del mundo, los valores, las esperanzas, … de sus coetáneos.

Si esta fue la forma de actuación de Jesús, la Iglesia, que continúa la misión salvadora de su fundador, y que -salvando las distancias-  es la encarnación de Cristo en la historia [2], no puede sustraerse a los contenidos y modos de aquella tarea emprendida por Jesús. Si esto es así, no cabe duda de que el anuncio del Evangelio debe hacerse a unos hombres concretos y en un momento concreto. Es decir, la Iglesia debe responder a los problemas, inquietudes y esperanzas de los hombres del siglo que le ha tocado vivir. Si no lo hace así, si su teología, es decir, «su hablar sobre Dios», se estanca en fórmulas del pasado, no conectará con el hombre moderno y estará perdiendo sus energías inútilmente, algo que, desgraciadamente, sucede con frecuencia. Son muchos los curas y los cristianos que seguimos «echando agua en un cesto», es decir, anunciando una salvación que bien podía ser inteligible para los hombres de la Edad Media, pero no para los tiempos que corren.

El Concilio Vaticano II, muy citado, poco leído y aplicado, y que muestra un obsesivo interés por acercar la salvación de Dios a los hombres de nuestro tiempo, advierte sobre la necesidad de conocer la cultura y las circunstancias en que vive el hombre de hoy para poder anunciarle eficazmente el Evangelio. Nos lo recuerda en la constitución Gaudium et spes, documento que no le vendría mal leer de vez en cuando a todos los interesados en una renovación constante de la Iglesia.

"La Iglesia sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37), para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido (Jn 3,17; Mt 20,28; Mc 10,45)"

Para cumplir esta misión, es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario, por ello, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza.» (GS 3b-4a).
 
Todo lo dicho hace conveniente introducir nuestra asamblea parroquial  reflexionando sobre el mundo en que vivimos y los cambios que se han producido en nuestra sociedad en los últimos años. Tal vez ello nos pueda orientar a la hora de entender mejor qué sentido tiene y cuál es el lugar y la función de la Iglesia en los tiempos que corren.
 
Los grandes cambios del mundo moderno.
 
Es frecuente oír decir a nuestros mayores que «las cosas han cambiado mucho», que «no son como antes». Con estas expresiones, y según el tema de que se trate, están expresando algo positivo o negativo. Según la opinión general es positivo el cambio político, social, económico y laboral. Y sería negativo el hecho de la decadencia de ciertos valores que se consideran importantes: honradez, laboriosidad, servicialidad, unidad, hospitalidad, respeto a los mayores, estabilidad matrimonial, religiosidad, etc.  Todos estos cambios no se han producido únicamente entre nosotros, en nuestro pueblo o región. Son la tónica general en España, en Europa y en todos los países desarrollados siguiendo los esquemas consumistas occidentales.
 
Nuestro mundo, y con él nuestro pueblo, en cuestión de pocos años, ha dado un giro bastante importante. ¿Cómo se han podido producir esos cambios tan acelerados en tan corto espacio de tiempo? Las razones están sobradamente estudiadas. Podemos señalar como causas más importantes:

 1.- El desarrollo industrial, que ha propiciado, con su tecnología,  una mayor celeridad en los procesos de desarrollo. Esta celeridad ha rebasado los límites de lo material para entrar a formar parte de la vida del hombre moderno. Éste vive también con un ritmo y un sistema de vida acelerado. Las «prisas» por alcanzar cuanto antes los objetivos propuestos, ya sea a nivel económico o de realización personal, son un signo de nuestro tiempo. «Los niños nacen ya sabiendo», dicen nuestros ancianos. Los jóvenes son considerados adultos a una edad cada vez más temprana, y todo ello hace que, con las prisas, no se asimilen ni se disfruten bien las distintas etapas de la vida.

2.- La aparición de las grandes ciudades y la movilidad desde los pequeños núcleos de población, muchos de estos amenazados de desaparición, hacen que las relaciones hayan dejado de estar marcadas por la cercanía y familiaridad y se hayan privatizado  al poder elegir cada uno el ambiente donde moverse y el mundo de las propias relaciones.

Una característica del mundo de hoy es la «movilidad». La vida, que se desarrollaba antes en un entorno muy definido (pueblo, barrio) se ha dispersado en el espacio. Si el trabajo y la diversión  no vienen a mí, yo me voy a buscarlos donde estén. Muchos de nuestros vecinos duermen cerca de nosotros, pero trabajan lejos de su hogar y disfrutan el fin de semana en el campo o en otros lugares. El pueblo, y con él la parroquia, que antes eran núcleos centralizados, donde se cubrían todas las necesidades de trabajo, ocio y religiosidad, se han dispersado. De este modo, las relaciones entre vecinos, que, sin caer en idealismos nostálgicos, eran de una entrañable familiaridad, han dado paso a un cierto extrañamiento. Esto ha dado paso a una mentalidad individualista en la que abunda la idea del «¡sálvese quién pueda!» y «¡que cada palo aguante su vela!». Nuestras relaciones se van privatizando, centrándose cada vez más en pequeños grupos, y sintiéndonos ajenos al resto de conciudadanos.

3.- Una tercera nota de los cambios sociales, es la elevación del nivel cultural de las últimas generaciones debido a la escolarización y el estudio. El colegio y los estudios han abierto las puertas para el conocimiento de otras formas de pensar y otras formas de vida distintas a las tenidas por todos como «las normales». Por ello no es extraño que los mayores suelan decir aquello de que «a los jóvenes no hay quien los entienda» .El bajo nivel cultural de generaciones anteriores propiciaba una casi igualdad en la forma de entender la vida. Hoy, el acceso al mundo de la cultura, las redes informáticas, con la consiguiente apertura hacia nuevas formas de entenderse y entender el mundo, hacen que las nuevas generaciones vivan de una forma que  muchos mayores no son capaces de asimilar.

4.- Merece mención especial entre los últimos cambios sociales la influencia creciente de de los medios de comunicación de masas (Cine, TV, radio, periódicos, revistas... y especialmente el acceso inmediato a todo tipo de relaciones por medio de las redes informáticas y la telefonía móvil), que hacen que podamos hablar sin metáforas de la “aldea global”, un mundo donde las relaciones se universalizan y los modos de informarse parecen escapar al control de grupos dominantes.

  Para ser conscientes de este fenómeno basta constatar el tiempo medio diario que dedicamos al uso de la televisión, el ordenador doméstico o el teléfono móvil. La transmisión de formas de vida, con sus correspondientes valores y sentido, que antes llegaba mayoritariamente por medio de la familia, la escuela o la parroquia, encuentra en los nuevos mass media  una competencia difícil de superar.

De los cambios «externos» a los «internos».


Los desajustes personales se producen al ritmo de los estructurales. Hay una íntima relación entre persona y sociedad. Ambas se influyen mutuamente. Si importante son los cambios sociales no lo son menos los cambios personales que acarrean, y viceversa; si es importante el fuego que calienta la olla social, y el gorgoteo y el vapor que produce, tanto o más importante es «lo que se cuece por dentro» del hombre. 

La sociedad no determina sólo lo que hacemos, sino también lo que somos.  Las cosas no han cambiado sólo en el exterior, también en el fuero interno de las personas se han producido vuelcos importantes. Nosotros somos producto de las sociedad en que vivimos, ella  nos proporciona el caldo de cultivo donde se desarrollan los valores y el conocimiento del mundo y de la vida que tenemos. La sociedad no sólo controla nuestros conocimientos, sino que además forma nuestra identidad, nuestras creencias, nuestros pensamientos y nuestras emociones. Las estructuras de la sociedad se convierten en las estructuras de nuestra propia conciencia. El ambiente económico, social y moral donde existimos no se detiene en la superficie de nuestra piel, sino que penetra  en nosotros a la vez que nos envuelve.

Podemos afirmar, por tanto, que el desarrollo moderno no sólo ha transformado el aspecto de nuestros pueblos, sino que ha llegado también a nuestra conciencia.  «Las cosas ya no son lo que eran», oímos decir. Y es cierto, no sólo en lo referente al mayor nivel de vida y libertad, sino también al «sentido» que le dábamos a determinadas realidades como el trabajo, la amistad, la familia, la sexualidad, la religión...

Del espíritu «comunitario» al «asociativo».

Hay una íntima conexión entre la exterioridad donde se vive y la interioridad que cada uno vive. No somos personas ahistóricas sino insertas en nuestro tiempo y nuestro entorno. Si bien es verdad que somos libres para escribir nuestra historia, no lo es menos que la corriente histórica social marca nuestra forma de entendernos a nosotros mismos y al mundo.  Llevados por la corriente modernista hemos ido dando pasos desde la sociedad tradicional donde prevalecía la cercanía física y moral (costumbres), a la sociedad moderna propia de las grandes ciudades, donde prevalece el extrañamiento y la dispersión de sentidos y valoraciones morales. Y sin darnos cuenta apenas, sin prisas pero sin pausa, nos hemos ido deslizando del «espíritu comunitario» al «asociativo». Para entender mejor este paso, lo explicamos a continuación..

Hasta hace poco la vida se basaba en relaciones naturales, espontáneas e íntimas. El contacto humano era continuo, lo que ayudaba a crear un clima íntimo equivalente a «lo familiar», lo «cercano» y sincero. Las personas eran tratadas más como «fines en sí», y no tanto como medios para otros intereses. Este modelo social podríamos denominarlo comunidad, el lugar donde se comparte lo que más valoran los hombres: la sangre, la localidad, la amistad, las creencias religiosas y morales, etc... Los individuos pertenecientes a una comunidad se entregan en cuerpo y alma al destino colectivo; no se conciben a sí mismos como individuos aislados con entidad propia y autónoma. Como en una familia, el sentido comunitario supone que cuando uno triunfa o cae en desgracia es toda la comunidad la que participa de esos hechos.

Esta sociedad tradicional va dando paso al nuevo modelo, que podríamos denominar como asociación, entendiendo ésta como el ámbito donde los hombres se relacionan de forma artificial y racional. No es extraño encontrar en nuestro pueblo o barrios muchas asociaciones: asociaciones deportivas, culturales, de amas de casa, de vecinos, etc... En las asociaciones, más que el trato personal en profundidad, predominan los intereses, el intercambio, el contrato, el mercado. Más que buscar una comunicación profunda de los propios sentimientos y vivencias, se busca la forma de «llenar el tiempo», de divertirse (diversión = dispersión), de realizar actividades que copen el tiempo libre, pero sin llegar a la comunicación-comunión de ideas, experiencias y proyectos personales.  Cuando uno se asocia  lo hace casi siempre en función de un beneficio particular. Por ello, a la hora de tomar decisiones o elegir dentro de la sociedad se legitima que uno busque su propio interés antes que el comunitario, algo impensable en la comunidad.  Por otra parte, el alta o la baja en la nómina de una asociación no supone un desajuste en la vida del asociado. No ocurre lo mismo en la «comunidad», donde los lazos son más íntimos y familiares y donde la ruptura y separación no se producen sin un desajuste personal y emotivo  importan.

No es difícil interpretar este dato confrontándolo con el hecho de que la Iglesia y su misión se inclina más al espíritu comunitario que el asociativo.

 La mentalidad moderna.

Una vez que hemos indicado los cambios externos e indicado que esos cambios influyen en la interioridad,  resumamos  algunos de los rasgos de la nueva conciencia que, de forma muy sutil, ha arraigado en nosotros desde nuestro ambiente:


a) No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que a nuestro alrededor flota una mentalidad consumista. Basta ser mínimamente  observador para darse cuenta de que, a grandes rasgos, el objetivo último que persigue el hombre de nuestro siglo es el consumismo[3]. «El estado del bienestar», del  que tanto se habla, se edifica sobre «una mentalidad consumista». Por ello, la vida diaria se ve bombardeada constantemente no sólo con nuevas tecnologías, nuevos inventos, nuevos artículos de consumo, sino también con los nuevos planteamientos de vida que esa mentalidad trae consigo y que el «estado del bienestar» exige. 

El valor más importante de nuestro tiempo es, sin duda alguna,  el dinero, ya que éste es la llave que abre las puertas del consumo. Lo más importante, la clave de todo, está en conseguir el máximo beneficio con el menor esfuerzo, la mayor producción con el menor gasto[4] . Y con estos planteamientos, los valores que predominan son la funcionalidad y la utilidad.

Al situar estos valores por encima de cualquiera otros está claro que prima aquello del «tanto tienes (mejor: tanto consumes), tanto vales». Nace así la tendencia a valorar a las personas y su valor social desde el poder económico y la posibilidad de consumo que dicha función reporta[5], más que por lo que vale como «persona en sí». ¿Quién no tiene la tendencia inmediata de preguntar a qué se dedica la persona que acaba de conocer? ¿Y quién no admira a quienes se pueden permitir los mayores lujos? Y es que, como hombres de nuestro tiempo, no podemos evitar la valoración de una persona en razón de su posición social y capacidad de consumo consiguiente.  El mayor  inconveniente que produce ésta mentalidad es el hecho de que en la sociedad industrial convertimos a las personas en objetos, en “cosas”, en sujetos productivos y consumistas. Cuando las cosas son así, los ancianos, los parados o los discapacitados por cualquier causa, no sólo son minusvalorados por pertenecer al grupo de los que no pueden consumir dada su situación, sino que además se sienten ellos mismos desgraciados, inútiles y rechazados.

El consumismo dirige al hombre hacia sus intereses privados,  que se anteponen a los valores comunes[6]  convirtiendo al egoísmo en  sostén de los nuevos tiempos y al individualismo en la moral reinante.  De esta manera no hay inconveniente ninguno en aplicar, parafraseado, el «principio de Caifás», según el cual «es mejor que perezca el hombre  antes que sea destruido el sistema»[7]. Si el hombre es sólo una pieza del engranaje productivo, no podemos extrañarnos de nuestra insensibilidad hacia los inmigrantes que vienen a desequilibrar la balanza económica o nuestro silencio o asentimiento sobre la conveniencia de legalizar el aborto o la eutanasia. Lo importante es mantener la gran maquinaria del «sistema del bienestar social», del acceso al consumo de bienes aunque sea a costa de eliminar las piezas que sobran o que, por sus características, no encajan en el engranaje.

b) Junto al consumismo, y como emergiendo desde él, podemos mencionar  el pluralismo  como otra de las tónicas de nuestro mundo. 

La categoría moderna por excelencia es la «elección». Hasta hace muy poco, todo «nos venía dado»: el lugar donde vivir, el trabajo a desarrollar, el sistema político y social, las normas morales, la religión, incluso la misma esposa o esposo, etc...Ahora la vida individual se concibe como una serie ilimitada de momentos de elección.  Se elige el sistema político, la marca del coche,  la vivienda, la religión, el número de hijos, …  incluso se aspira a elegir incluso el “género”, separándolo del “sexo” en una especie de libertarismo esquizofrénico. El mito del crecimiento económico y técnico ilimitado se alimenta en la creencia de que «siempre habrá más y más cosas entre las que elegir», yendo incluso más allá de los límites que de siempre ha impuesto la naturaleza. En la vida se trata de pasar constantemente de lo ya conseguido a lo nuevo por conseguir, viviendo en la tensión propia de quienes aspiran a “ser como dioses” (Gn 3,5).

Esto, que se experimenta en lo relativo a los bienes de consumo, ha pasado también a la conciencia de los hombres, de tal modo que, lo que antes se consideraban valores objetivos y válidos para todos los hombres, tales como la fe en Dios, o el modelo de familia, han pasado a ser entendidos como el resultado de elecciones particulares. Por ello es correcto pensar que el problema del «relativismo moral» (nada es seguro, todo depende del cristal con que se mire) es el fruto de una trasposición de «las elecciones» propias del consumismo al campo de la conciencia.

Hasta hace poco, el orden de las cosas se asentaba mayoritariamente en el cristianismo, con su doctrina y sus certezas morales fijas. Hoy, si somos mínimamente realistas, hemos de aceptar que la base cristiana de nuestro pueblo está sufriendo una desintegración progresiva. Principios y valores cristianos que parecían inconmovibles se ponen ahora en duda.. Las certezas absolutas parecen ser recuerdos del pasado. El ambiente en que nos movemos está marcado por tal variedad de modos de entender la vida que podemos decir que nuestra sociedad es marcadamente pluralista.  Hay multitud de formas de interpretar la vida.  Merced a los medios de comunicación, las distintas visiones del mundo y las distintas escalas de valores se difunden rápidamente entre nosotros. Este fenómeno nos está obligando a una especie de «acuerdo de convivencia» con diversidad de personas que poseen valores morales y visiones de la realidad radicalmente distintas de las propias. Por ello, una virtud que cada vez se hace más necesaria entre nosotros es la tolerancia[8]o sea, el respeto y la consideración hacia las opiniones y las prácticas de aquellos que piensan y viven de forma diferente a nosotros, y que al tiempo exijamos que sea respetado y considerado nuestro propio estilo de vida.

Es un hecho consumado que la religión ha ido perdiendo fuerza y presencia entre nosotros al pasar de ser algo que nos venía dado en el ambiente a ser una creencia que es aceptada o rechazada a voluntad por el individuo. Al perder las verdades religiosas su status de «certezas», se han convertido en objeto de elección. La fe ya no es algo socialmente dado, sino que habrá de ser alcanzada individualmente, y ello es más difícil de conseguir en una situación pluralista, donde la religión vive una crisis de credibilidad, dónde la cualidad autoevidente de Dios se ha perdido y donde las creencias religiosas quedan en la conciencia individual más que en hechos del mundo exterior. Pertenecer o no a una comunidad cristiana, que antes nos venía dado por el hecho de nacer en un pueblo formalmente cristiano, es hoy fruto de una opción personal; opción que corre el riesgo de esfumarse si no encuentra el apoyo de una comunidad adecuada que pueda alimentar la fe y capacitarla para el único testimonio creíble: el de la vida comunitaria.

c) Una tercera consecuencia derivada de la situación actual, según los especialistas en el tema, los sociólogos, es lo que han dado en llamar la anomía  (carencia de valores)  [9]  

Hasta no hace mucho, la interpretación de la vida de nuestro pueblo y los valores morales consecuentes quedaban más o menos unificados por la visión cristiana del mundo y del hombre. Fueran cuales fueran las diferencias entre nosotros había un orden «divino» que lo explicaba y unificaba todo. Todos los sectores de la vida diaria estaban integrados y unificados por el hecho religioso. Pero las cosas van dejando de ser así. Entre nosotros son cada vez más los que miran al mundo y a sus vidas prescindiendo de las interpretaciones religiosas. La «seguridad» que ofrecía la religión como elemento unificador va desapareciendo.  La «elección» va dando paso al ya mencionado pluralismo, a las «muchas formas de entender la vida y de entenderse el hombre a sí mismo», con el consiguiente declive no sólo de las certezas morales[10]  y religiosas, sino también de las relativas a la identidad del propio individuo.

El hombre moderno tiene que preguntarse continuamente qué es lo que puede creer, qué es lo que debe hacer, y, en último término, quién es él.  El individuo goza hoy de una enorme libertad para inventar su propia vida privada particular. Esto tiene sus ventajas, aunque también sus inconvenientes, y el principal de ellos es que la mayoría no sabe cómo construir un universo de valores, y se sienten frustrados cuando se enfrentan a la necesidad de hacerlo. Por ello, antes que enfrentarse con la ardua tarea de construirse a sí mismos, prefieren dejarse llevar por la corriente social que le acarree menos problemas. El miedo a la libertad [11]  acaba por hacer del hombre un ser sumiso a los dictados de la mayoría, sumisión que se manifiesta en  algo tan familiar y omnipresente como la moda[12]. «Estar de moda» o «ir a la moda» son expresiones que encierran en sí la afirmación de haber renunciado a la propia identidad, o lo que es lo mismo, a la propia libertad.

Y es que, encontrar respuesta a las preguntas acerca de qué debo creer, qué debo hacer y quién soy,  no es una tarea fácil, ya que la respuesta no está escrita en ningún libro, y nadie la puede dar por otro; la respuesta sólo satisface cuando se da desde la propia vida, y con el riesgo añadido de que si ésta no es satisfactoria surge lo que llamamos «falta de sentido», una de las mayores amenazas de nuestro tiempo. La «falta de sentido» es  aquella situación social en la que el individuo se ve privado de lazos estables y seguros con otros seres humanos y en la que carece de significados capaces de dar a su vida una orientación adecuada. La persona que padece esta carencia vive en una situación de desarraigo, de desorientación y de no sentirse a gusto en el mundo. Ha perdido los «valores morales» que deberían servirle de motor para seguir viviendo con optimismo y esperanzas de futuro.

Esta situación de falta de sentido, y la consiguiente ausencia de «valores» por los que merezca la pena vivir, es difícil de soportar. Cuando se da la falta de sentido el hombre se experimenta como arrojado del mundo, que es su casa. Son muchos los hombres que hoy sufren o han sufrido los efectos de la «falta de hogar», la insatisfacción vital a pesar de tener al alcance de la mano todo lo necesario para vivir materialmente bien. Los estados depresivos, cada vez más frecuentes entre nosotros, son síntomas de la nostalgia por «sentirse en casa » en la sociedad, consigo mismo, y, en último término, en el universo.[13] 

d) Finalmente mencionaremos el fenómeno de la privatización de la vida. Es claro que todo «proyecto de vida» personal se plantea y se desarrolla dentro de las coordenadas establecidas por las instituciones públicas, pero, gracias a la vida privada,  puede vivirse  subjetivamente al margen de ellas. La sociedad pluralista puede proporcionar al individuo muy pocas certezas de las que poder vivir, pero le ofrece libertad para buscar dichas certezas en grupos religiosos, deportivos, terapéuticos u otras relaciones sociales voluntarias.

Como contraste y compensación a la pluralización de la vida pública, se ha fomentado lo que se suele llamar «vida privada», es decir, un sector social en el que el individuo puede satisfacer sus necesidades afectivas y emocionales, y en el que goza de una considerable libertad de acción para construirse «pequeños mundos» donde pueda cultivar un mínimo de certeza. Así, una persona puede experimentar insatisfacción en su trabajo y encontrar profundas satisfacciones en su vida familiar e íntima. La vida privada constituye  hoy día, y para la mayoría de los individuos, el principal objetivo de sus esfuerzos. En ella se permite exteriorizar los impulsos «reprimidos» en la vida pública, puede manifestarse más sinceramente, ser más él mismo. En el grupo familiar o de amigos uno puede expresar sus verdaderas ideas y sus más íntimos sentimientos sin temor al rechazo. Esto explica la ansiedad en que viven gran número de trabajadores, que experimentan su trabajo como una esclavitud y que encuentran en el fin de semana, vivido en  la privacidad del hogar o las amistades, la compensación a los  descontentos  laborales[14] .  

Sin embargo, la huida hacia la privacidad es eso, una «huida», una solución deficiente, puesto que las compensaciones que ofrece son frágiles y artificiales, limitadas a un espacio (familia-amigos) y un tiempo (tiempo libre). Cuando la vida privada se vive como «huida» del mundo, de sus problemas, de sus injusticias, de su «sin-sentido» y evasión del compromiso en la búsqueda de soluciones, estamos promoviendo el «pasotismo», que no soluciona los problemas sino que los agrava y retrasa su solución.

La respuesta a la falta de valores no está en la fuga mundi, en la huida de la realidad. Frente a la privacidad habría que poner la vida comunitaria, donde las diferencias de raza, sexo, edad, económicas, culturales, ideológicas, etc... son superadas por un algo (la fe en el caso de la comunidad cristiana) que posibilita la unidad en la pluralidad y el descubrimiento de genuinos valores humanos como la justicia, la paciencia o el amor como donación.

Para que ese algo  emerja  se requiere que las formaciones institucionales (iglesias, grupos políticos, asociaciones voluntarias...) se construyan de forma que puedan satisfacer las exigencias de estabilidad y seguridad. ¿Cómo? Evitando la burocratización y el anonimato. Una persona no puede realizarse como miembro de una institución donde no tiene nombre propio, donde no puede sentir el calor de ser algo más que un papel o un dato en la nómina, donde no puede vivir porque le tienen organizada la existencia. Sólo cuando las instituciones estén  personalizadas y humanizadas serán capaces de dar un «sentido global compartido, satisfactorio y plenificante» a los grandes interrogantes sobre la existencia que han sido comunes a todos los tiempos: la muerte, la tragedia, la obligación moral, el sentido del amor y del sacrificio, etc..

La Parroquia debe tomar nota de ello. Es grave que se acuse a la Iglesia-institución de ser excesivamente lejana y burocrática. Y es mucho más grave cuando esa acusación es cierta,  porque la Parroquia es la Iglesia aquí y ahora. Crear un ambiente en el que los hombres se sientan acogidos, respetados, queridos, donde se sientan tan agusto como en casa, donde puedan experimentar vitalmente los valores  evangélicos, debe ser una tarea prioritaria en cualquier Parroquia.

Conclusión

En un mundo así, tal como lo hemos descrito, está la Iglesia. No podemos dar la espalda a la realidad. En lo externo vivimos un tiempo de desarrollo industrial, de nivel cultural en alza, de gran influencia de los medios de comunicación. En lo interno, el hombre moderno se experimenta como consumista, poco dado a las certezas absolutas, amante del pluralismo y enemigo de cualquier norma o fundamento que quiera monopolizar lo que considera más sagrado: su vida privada.

Pero no las tiene todas consigo. La escisión entre lo público y lo privado le hace ser víctima de profundas insatisfacciones a pesar de gozar de un nivel de vida material aceptable. Necesita un «sentido» que englobe toda su existencia: su ser personal, su ser comunitario y su ser social.


A este hombre y a este mundo tiene que dar respuesta la Iglesia. Esta tierra es el «campo de Dios» que habrá que sembrar con la semilla de la Palabra, la masa donde los cristianos hemos de ser levadura. La forma de «ser Iglesia» en las nuevas circunstancias habrá de ser «reinventada». Las viejas fórmulas pastorales, que partían de una situación de cristiandad han de ser revisadas, y según el caso renovadas o eliminadas.

¿Está nuestra iglesia-Parroquia en condiciones de responder a este reto? ¿Poseen los cristianos de nuestro pueblo la suficiente energía y claridad de ideas para afrontar una «nueva evangelización»? Y, en su caso, ¿Cómo llevarla a cabo?
 

PARA EL DIALOGO Y PUESTA EN COMUN

1.- ¿Qué frase o afirmación te ha llamado más la atención? ¿Porqué?
2.- ¿Crees que el análisis de nuestra sociedad es correcto? ¿Qué le falta? ¿qué le sobra? ¿Se refleja en nuestro pueblo o barrio el análisis expuesto?
3.- ¿Estas convencido de que ya no estamos en una situación de cristiandad? ¿En qué lo notas?
4.- La fe -hemos dicho-, en una sociedad pluralista, es una opción personal. ¿La vives como «tu opción» o por tradición? ¿Cómo ves esto en tu entorno?
5.- ¿Crees que la religión es un asunto privado o tiene algo que ver con la vida pública de la persona creyente? ¿Por qué?
6.- ¿Crees que la religión cristiana puede seguir ofreciendo un «sentido» global a la vida del hombre moderno? ¿Por qué?

 
NOTAS


[1] Para una profundización del tema: Vaticano II, Gaudium et spes, nº 4-10; BONETE PERALES, E. La faz oculta de la modernidad, Ed. Tecnos, (Madrid 1995); y RUIZ DE LA PEÑA, J.L. “El lado oscuro de nuestra cultura”, en Crisis y apología de la fe, Ed. Sal Terrae, Santander, 1995, pp 17-111.
[2] «... se la compara (a la Iglesia), por una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo  divino como instrumento vivo de salvación, unido indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo (cf Ef 4,16)» (LG,8). Nótese que se dice analogía y no igualdad. La diferencia es bien conocida: Jesucristo es Dios hecho hombre, igual a todos los hombres, excepto en el pecado. La Iglesia es la comunidad de los hombres que hace presente a Dios en la historia, pero la iglesia es a la vez santa y pecadora, «casta meretrix»,  en una definición clásica.
[3] Distingamos entre «consumo» (= algo necesario. El hombre, para subsistir, no tiene más remedio que consumir, es ley de vida) y «consumismo» (= deseo incontrolado de consumir mucho más de lo estrictamente necesario; deseo que se transforma en ansia insaciable y único objetivo de la vida).
[4] Uno de los síntomas más relevantes de nuestra sociedad consumista es el juego de azar. Todos nos decimos amantes de la solidaridad y la igualdad, decimos que la justicia es uno de los valores más altos, pero no dejan de ser palabras lanzadas al viento. Basta comparar lo que el ciudadano de a pie gasta en loterías y otros juegos con sus aportaciones económicas para acciones solidarias. El balance sale bastante desequilibrado.  Aunque cuesta aceptarlo, los valores predominantes pueden ser medidos con bastante exactitud con el aserto de «dime donde gastas tu dinero y te diré lo que más valoras».
[5] Podríamos decir con Zygmunt Bauman que nuestra sociedad ha dejado de ser “sociedad de productores para ser sociedad de consumidores, ya no se valora tanto el tipo de trabajo que realizas sino la capacidad de consumo que te puedes perimitir. La éticad el trabajo, en este caso, pasa a segundo plano” (cf Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Ed Gedisa. pgs 39-40)
[6] Según la concepción tradicional mi bien como hombre es el mismo bien de aquellos otros que constituyen conmigo la comunidad humana. Para la mentalidad moderna esta coincidencia del bien personal y el bien comunitario es una quimera, pues el individualismo ha fomentado la idea de que cada hombre busca por naturaleza sus propios deseos; ya no se concibe la sociedad como una comunidad moral de ciudadanos, sino como un conjunto de convenios institucionales  para imponer la unidad burocrática a una sociedad que carece de «consenso moral auténtico». Hoy resulta impensable que la sociedad oriente al hombre en valores, virtudes o modelos de vida buena.
[7] Jn 11,49-50: «Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo (al sanedrín), les dijo: -Estáis completamente equivocados ¿No os dais cuenta de que es preferible que muera un solo hombre por el pueblo, a que toda la nación sea destruida?».
[8] No me gusta la palabra tolerancia, que tiene unas connotaciones negativas, como si fuera un rechazo contenido, prefiero la palabra respeto, que supone conocer al otro y amarlo con independencia del estar de acuerdo o no con sus ideas
[9] La palabra «anomía» es un término clave en sociología. (a = sin; nomos =  fundamento, regla, norma). Los sociólogos más representativos coinciden en la falta de valores, de fundamento, de «sentido de la vida» que preside nuestro tiempo. Para comprender las consecuencias de esto, hemos de entender que «ser humano» es realizarse como persona, vivir en un mundo o en una sociedad que está ordenada y que da «sentido a la vida». La vida necesita de un «sentido último» que unifique sus distintas facetas.
[10] Las creencias religiosas siempre han impuesto normas morales a la cultura, señalando los límites del actuar humano, la subordinación de los impulsos a la conducta moral, y, en definitiva, han custodiado «las puertas de lo demoníaco», es decir, de la naturaleza humana sin frenos ni controles externos e internos.
[11] El pensador E, Fromm escribió un magnifico libro donde demuestra como el hombre, situado ante sí mismo, tiene miedo a la libertad, y prefiere dejarse llevar por la corriente de pensamiento reinante o por el líder de turno, que se encargan de pensar por él. El crecimiento de las sectas son un síntoma evidente de ese miedo a la libertad.
[12] La moda no es sólo cuestión de estética en el vestir, o en el arte. También el mundo de las ideas está sometido a los dictámenes de «lo que se lleva» o «lo que se debe llevar» si uno no quiere ser rechazado por el resto de los humanos. Siguiendo fanáticamente los dictados de la moda, el individuo pretende escaparse de sí mismo. No vive, se des-vive viviendo no según él sino según las directrices que le vienen de los slogans del ambiente.
[13] En el terreno religioso, la falta de certidumbre de conocimientos y normas morales ha conducido a la religión a una seria crisis de credibilidad. pero el problema más grave no es éste; más grave aún es el hecho de que la religión ha suministrado diversas «teodiceas» (explicaciones de los acontecimientos humanos con las que trata de dar sentido a las experiencias del sufrimiento y del mal) que llenaban de sentido las más dolorosas experiencias de la condición humana; la sociedad moderna ha puesto en peligro la credibilidad de las teodiceas religiosas, pero no ha suprimido las experiencias que las originaban. Los seres humanos siguen padeciendo la enfermedad y la muerte, siguen padeciendo la injusticia social y la privación. Los diversos credos e ideologías seculares que han surgido en la era moderna han sido ineficaces a la hora de suministrar explicaciones satisfactorias. La afirmación moderna de Nietzsche «Dios ha muerto» es como decir que los vínculos sociales, sostenidos por lo religioso, se han roto y que la sociedad está muerta.
[14] Como signo del valor tan importante que damos a «lo privado» podemos fijarnos en el empeño con que procuramos el máximo de comodidades en nuestras viviendas, el mimo con que preparamos nuestro «rinconcito», en contraposición con lo poco que valoramos y cuidamos los lugares y locales públicos. Vemos en ello la alta estima que profesamos hacia lo individual y la poca consideración hacia lo social y comunitario.

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...