jueves, 27 de noviembre de 2025

Adviento. Esperanza. (2 de Diciembre)

 
  
Comenzamos un nuevo año litúrgico. En él iremos recorriendo y viviendo los misterios de nuestra salvación: Natividad, Epifanía, Pascua de resurrección, Ascensión, Pentecostés, etc. Con los compases y el ritmo del año nos iremos beneficiando de la salvación que es Jesús, porque salvarse no es alcanzar una meta o ser elevados a un pedestal, sino encontrarse con la persona que es el Hijo.
 
El primer movimiento de esta sinfonía de la liturgia anual es el tiempo de Adviento. El grito ¡ven, Señor Jesús!, tan propio del inicio del año, expresa el anhelo no sólo de nuestro corazón sino también el de la comunidad, porque “el que viene” lo hace para sanar nuestros desajustes personales y sociales. 

Adviento para reavivar la fe.
 
Nos movemos en la oscuridad de la fe esperando la luz de la Navidad. La fe es un acicate para que en la nueva etapa litúrgica despertemos la simiente del Reino dormida en nuestro interior. Para san Juan de la Cruz, maestro y doctor, la función de la fe se puede sintetizar en estas palabras: "Desembarazar el entendimiento encaminándole y enderezándole ... en la noche espiritual de la fe a la unión con Dios" (Subida 2,23,24). Caminamos hacia la Navidad, fiesta del encuentro de lo divino y lo humano, paradigma de nuestra salvación; en Jesucristo, Dios se hace uno en la carne para hacernos partícipes de  su divinidad. Los tiempos sagrados y las celebraciones de la Iglesia tienen la función de activar el núcleo de nuestra interioridad, de facilitar el encuentro con el que ha venido, viene y vendrá glorioso al final de los tiempos.

En este camino hacia la unión, Dios -en expresión del Papa Francisco,  primerea, Él mismo  nos sale al encuentro. Viene a nosotros antes que nosotros vayamos a Él. Vivir el Adviento es creer y esperar su venida, vivir en la certeza de que Dios no nos ha arrojado en el mundo y nos ha dejado solos. Teológicamente definimos la fe como la respuesta positiva a la revelación de Dios que es Jesucristo; vivir el Adviento es profesar la fe, abrir de par en par tu corazón para que Jesús sea tu huésped. No estás solo, Jesús está contigo. La fe te hace sentirlo en la oscuridad de la vida.

No hay escena más plástica para contemplar la fe que la de la anunciación. Puedes imaginar a María en su casa, o trabajando fuera de ella, o simplemente dedicando un tiempo a la contemplación de la naturaleza; ahí, en la sencillez de su vida ordinaria le sale Dios al encuentro. Ella quedó sobrecogida por el saludo del ángel; “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,26). Pasada la sorpresa primera, María se pone a la escucha del mensajero y asiente a la propuesta de Dios: “¡He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra!”(Lc 12,38).

María, mujer creyente; en ella tienes un ejemplo de fe y un modelo para imitar en Adviento. Porque Dios va a salirte al encuentro en estos días; puede que se cruce contigo en tu trabajo, en el tiempo de oración o en el disfrute de un merecido tiempo de descanso y expansión. Se te hará presente en el consejo del amigo, en la necesidad del pariente o el vecino, o en la calidez del beso de los hijos; Dios es sorprendente y te saldrá al paso donde menos lo esperes. Sólo necesitarás estar atento, vigilante, para reconocer su venida y luego dejarle entrar en tu vida.
 
Esperando las promesas de Dios. 
 

Él viene, y con su llegada cumplirá, no tus deseos, sino sus promesas. Pon en ellas tu esperanza. El Adviento te invita a reavivar en ti los planes de Dios y a expandir su proyecto por el mundo.
 
No están los tiempos para tirar cohetes; la dura situación social y económica que estamos atravesando -campos de refugiados,  paro laboral, salarios endémicos, abismo entre ricos y pobres, rechazo al inmigrante, caída en picado de  valores evangélicos, etc...-  nos inclina más a tristeza y  desesperanza que a  ilusión y alegría. Nos preguntamos: ¿tiene Jesús algo que ver con todas estas crisis? Te equivocas si crees que la fe no tiene nada que ver con todo lo que sucede en el mundo.

Son muchos los que prefieren cerrar los ojos o volver la espalda a los problemas sociales que nos acucian. Se trata, sin duda, de situaciones crecidas al abrigo de estructuras de pecado que han ido apoderándose del mundo de la economía; situaciones estructurales que, ¡ojo!, parecen fruto de una mano negra anónima e impersonal. ¿Es así? ¿Es la injusticia un mal sin culpables? No. El llanto y sufrimiento de los pobres tiene rostro humano, pero también es humana la mano que tira de la soga del ahorcado. Tal vez estés entre ellos y aún no lo sepas.

El tiempo de Adviento es una oportunidad es una buena oportunidad para depurar tu fe, para preguntarte si “crees en Dios sobre todas las cosas”, o si la dura realidad es que  consideras que hay otras cosas más importantes que las personas (podría decir Dios).

Damos de lado a Dios sin advertir que al hacerlo damos de lado también al hombre; el rechazo del crucificado no es menos rechazo del hombre que de Dios. La acogida a la que desde el Adviento se nos invita abarca no sólo lo divino, también lo humano de Dios.

Sólo el amor nos salva.

El tiempo apremia y el Hijo del hombre está a la puerta. El Adviento proclama su llegada inminente. Con él viene la salvación, es decir, la oportunidad de lograr vivir plenamente. ¿Quiénes se beneficiarán de esa plenitud de vida? ¿Quiénes lograrán salvarse? ¿Quiénes se benefician de las promesas de Dios? Los que anhelan  llenarse de “amor mutuo y de amor a todos”; los que viven de tal modo que quieren “presentarse santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre” (1 Tes 3,12,13).

El tiempo de Adviento apunta a la Navidad, fiesta del amor de Dios. Los que se esfuerzan por mantenerse  despiertos en el amor verán la luz de la Estrella, quienes vivan con “la mente embotada con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero” (Lc 21,24) están incapacitados para beneficiarse de la paz, la alegría y el gozo de vivir que acompañan al Salvador.
 

Hay cosas que no nos dejan ver con claridad la vida. ¿Te has parado a pensar que mañana mismo puede que no estés aquí? Cuando alguien te hace esta pregunta sueles fruncir el ceño y tildar de pájaro de mal agüero a quien plantea esa desagradable cuestión. Pero no es una pregunta banal. El miedo a la muerte lleva a muchos a vivir en huida, a esconder sus miedos tras la falsa esperanza que proporcionan la avaricia, la orgía y el desenfreno; falsa esperanza que conduce a la aniquilación del prójimo, al que se valora sólo como instrumento al servicio de las ambiciones más ocultas; y conduce también a la propia muerte espiritual, porque quien la sigue no hace sino ahondar  el pozo de su desesperación. Pasiones como la avaricia, la lujuria, la ira, etc. son como un saco sin fondo, incapaces de sostener una vida.
 
Sólo el amor es capaz de vencer a la muerte y saciar tus aspiraciones más profundas, el amor como respuesta a la provocación de Dios que te amó primero (Jn 4,19). En Navidad celebras la llegada de ese amor, en Adviento te preparas a ello ahondando en su promesa: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. (Jn 14,23)
 

¿Cómo esperas celebrar la Navidad que se aproxima? Puedes hacer una lista de tus deseos. Posiblemente no se cumplan. No pongas la esperanza en ellos; ponla mejor en las promesas de Jesús. Adviento es un tiempo especial para escuchar lo que Dios quiere, para esperar la salvación que nos ha prometido. Si su propuesta de vida coincide con lo que tú esperas y deseas, ¡enhorabuena!, pero si no es así: ¡conviértete!, cambia de mentalidad, da la espalda a tus falsas imágenes de Dios (falsas esperanzas), desea lo mejor para ti y para tu hermano; vuélvete al Señor que viene, pobre, humilde, niño, nacido en un pesebre, debilidad de Dios que confunde a los fuertes de este mundo. ¡Feliz Adviento!
Casto Acedo Gómez. Diciembre 2018. paduamerida@gmail.com.

lunes, 4 de agosto de 2025

Las tentaciones de Jesús (I Cuaresma, 13 de Marzo)

Cada año abrimos el ciclo de domingos de Cuaresma con el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11). Este texto contiene un excelente resumen del enfrentamiento entre dos estilos de vida diferentes e incompatibles: el estilo del mundo, “mundanal” en el sentido peyorativo, y el estilo de Dios.

Siempre que escucho este pasaje evangélico me viene a la memoria el relato de El gran Inquisidor de F. Dostoievsky, libro 5º de Los hermanos Karamazov, sin duda el capítulo más conocido. Es impresionante el monólogo del Inquisidor General ante un Jesús que permanece en silencio. Este relato, escrito desde el lado de la Iglesia Ortodoxa rusa del siglo XIX, y que pretende ser una crítica al jesuitismo y a la Iglesia Católica de la época, me ha sido muy útil como reflexión sobre el tema de la verdadera libertad (libre albedrío) y las renuncias que exige. ¡Cuántas veces nos dejamos seducir por lo inconveniente! Ni yo, ni la Iglesia, ni la sociedad a la que pertenezco,  estamos exentos de la tentación de vender el alma (la vida) al diablo.

La siguiente reflexión, más extensas que las habituales en este blog, tiene como trasfondo el relato de F. Dostoievsky, y aunque se puede leer y entender sin la lectura previa del mismo, creo que la lectura de éste supera con creces a lo que intento decir como comentario al pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. Por eso recomiendo su lectura. Lo tienes disponible en:

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Tras el bautismo, el Espíritu lleva a Jesús al desierto y lo somete a  la tentación. Ser bautizado es el comienzo de un camino. Se parte de un estado de gracia y hay que llegar a una meta manteniéndose firme en el propósito. Y en ese camino hacia el encuentro con Dios tienen lugar las tentaciones que ponen a prueba la auténtica libertad.

La tentacion del pan

Si nos dieran a escoger entre un Dios que nos facilite el pan, o un Dios que nos diese la libertad y la responsabilidad para adquirirlo trabajando, posiblemente escogeríamos el primero. “No solo de pan vive el hombre” (Mt 4,4), pero en tiempos tan pragmáticos como los presentes solemos considerar el pan como lo primero y lo más importante: “más vale pan sin honra, que honra sin pan”. También en el subconsciente colectivo de la Iglesia se deja ver el convencimiento de que desde la riqueza se predica mejor y con más efectividad que desde la pobreza. Por eso nos gusta una Iglesia rica y esplendorosa. Me dirás que no, porque tú no estás de acuerdo con los tesoros vaticanos, pero yendo más cerca: ¿porqué permitimos unos pasos e imágenes de Semana Santa lujosos y llamativos?, ¿no somos más proclives a adornar imágenes (de Dios) que a alimentar y  vestir a los hijos de Dios que son su imagen?  ¿No estamos orgullosos del poder económico de nuestra parroquia, de  nuestra cofradía o hermandad? ¿No mostramos complacientes el fastuoso centro de espiritualidad que ha construido nuestra orden religiosa o movimiento eclesial?  La riqueza nos da seguridad y aumenta nuestra vanidad colectiva. Por una parte criticamos las riquezas de la Iglesia, pero por otra nos empeñamos en seguir vistiendo de oro a nuestros santos; encendemos una vela a Dios y otra al diablo.

Jesús, sin embargo, escogió el camino utópico (?) de la pobreza (o mejor, de la justicia), de aceptar que lo importante en la vida no es acumular tesoros sino vivir la “sabiduría” de la pobreza generosa. “Buscad ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de él (su justicia), y Dios os dará lo demás” (Mt 6,33). La elección de Jesús fue una opción atípica entonces y ahora. Lo fácil, si se puede, es escoger el sendero corto del enriquecimiento rápido; muchos  estarían agradecidos a Jesús si hubiera escogido esa senda. Sin embargo Jesús elige el camino largo: la solución no está en abarrotar de riquezas al hombre, sino en crear un sistema justo (Reino) que haga posible una riqueza para todos. Si no hay justicia es porque no escucháis a Dios, que no está contra la riqueza sino contra la injusticia (el pecado) que pone la riqueza en manos de unos pocos.

La Cuaresma llama al seguimiento de Jesús, y su victoria en esta tentación me invita:

*Personalmente a buscar la justicia de Dios antes que la riqueza.

*Eclesialmente a vivir una Iglesia pobre, que se cimente en la Palabra de Dios como su gran riqueza y que confíe en Dios antes que en sus bienes.

*Socialmente me pone ante el dilema de escoger entre una sociedad clasista opulenta o una sociedad solidaria y pobre cuyo valor supremo sea la persona.

La tentanción del milagro-espectáculo.
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 Si nuevamente nos dieran a escoger entre una celebración litúrgica con mucha pompa (decoración llamativa del templo, música coral, orquesta, solemnidad...) o una Eucaristía sencilla, posiblemente también escogeríamos la primera. “Jesús ¿No te seguirían si hicieras un milagro, si te tiraras desde arriba y tu pie no tropezara?" (cf Mt 4,5-6)- le propone el diablo-. Nosotros creeríamos mejor en un Jesús que nos ofreciera algún milagro, un Jesús espectacular. Entonces le seguiríamos y obedeceríamos ciegamente sus requerimientos. Abandonaríamos los dilemas de nuestra conciencia y nos pondríamos sin dudas en manos de sus representantes en la tierra sin tener que preocuparnos de más. ¿Por qué no escogería Jesús ese camino: ser famoso para ser escuchado y seguido? Al contrario, escogió el camino de la humillación, el olvido y el desprecio. Pudo haber reaccionado deslumbrando a sus enemigos con grandes prodigios, y el temor  de Dios (miedo a Dios) haría que todos se le sometieran. Pero no, él se empeña en pasar desapercibido y solicitar una fe pura, sin evidencias. “No me ha enviado el Padre para violar las leyes de la naturaleza, sino para enseñaros a vivir con ellas”- parece decir.

No obstante, nosotros seguimos queriendo ver el milagro. Blasfemamos de un Dios que no actúa como a nosotros nos gustaría, desesperamos de un Dios que no responde con generosidad a nuestros merecimientos. Y acudimos en masa a Lourdes, a Fátima, a todos esos lugares que nos hablan de hechos maravillosos, de milagros. Buscamos incansablemente y con ansiedad un Dios milagrero que se ponga a nuestro servicio, que se postre a nuestros pies; y rehuimos el camino de Jesucristo que, "lejos de tentar al Padre (Dios)" (Mt 4,7), lejos de exigirle, acepta vivir en continua obediencia. "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado"(Jn 4,34).

Volverse a Dios en el camino  de la vida (Cuaresma) supone:

*Personalmente: depurar mi fe de cualquier deseo de dominio sobre Dios, renunciar a todo derecho ante él; soy pecador y ante Él no tengo derecho a nada, todo lo bueno que recibo es pura gracia. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para limpiar mi fe de adherencias bastardas, para que sea fe pura, de confianza en la palabra y en la voluntad de Dios pore encima de mi deseo personal.

*Eclesialmente la “tentación del milagro” me pide trabajar por una Iglesia que hace penitencia (pena, se esfuerza) no para que un Dios encolerizado cambie su mirada sobre los hombres, sino para que sean los hombres (yo) los que cambien (conviertan) su mirada hacia y sobre Dios. El milagro no está en un cambio del curso de la naturaleza, sino en un cambio de los corazones. El milagro no está en que los panes y los peces se multipliquen, sino en el hecho de que los hombres se sienten en la misma mesa y compartan lo mucho o poco que tienen; entonces, después de comer todos hasta saciarse, sobrarán panes y peces, porque en el amor crece la abundancia de bienes. No hay que pedir milagros, sólo hay que dejar que Dios los haga en nuestro corazón. ¡Conviértenos a Ti, Señor!

*Y socialmente esta prueba del espectáculo-milagro me está indicando que el camino por el que los cristianos hemos de conducirnos no debe ser el de la propaganda puntual, sino el  trabajo del día a día "sin que sepa tu mano derecha lo que hace tu izquierda" (Mt 6,3). Hemos de destapar y denunciar el protagonismo egolátrico de los discursos-espectáculo, de la solidaridad-espectáculo, de la información-espectáculo: "No hagáis el bien para que os vean los hombres", los que lo hacen así "os aseguro que ya han recibido su paga" (Mt 6,1-2). No nos dejemos seducir por los índices de audiencia, ni elevemos las verdades estadísticas al grado de dogmas de fe. Sólo Dios tiene la verdad, y se manifiesta en Jesucristo de forma clara, realista, y escondida en la cruz, símbolo del antimilagro: “¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!” (Mt 27,40), y Jesús no bajó. Es la acción (penitencia) de Dios en la inacción, en el silencio; es la pasividad activa, sin espectáculo. Desde la cruz Jesús, el justo injustamente condenado, denuncia sin palabras la hipocresía de una sociedad que hace de la Declaración Universal de los Derechos Humanos una hermosa catequesis para los beatos del cristianismo, del laicismo y del cientifismo.

La tentación del poder.

Si Jesús hubiera aceptado el ofrecimiento del diablo, hubiese podido realizar una de las más viejas aspiraciones del hombre con respecto a Dios: ponerse en sus manos todopoderosas con la seguridad de que hubiera vengado las injusticias (¡las ajenas, con las propias sería misericordioso!) y reorganizado todo conforme a su señorío. Porque al mundo le gusta tener un dueño ante quien inclinarse, un dueño que oriente su conciencia: Hitler, Franco, Stalin, Ben Laden, ¡el que sea, con tal exima del deber de decidir por uno mismo! Los grandes dictadores no son fruto de la casualidad, son fruto de un oculto deseo del hombre, que tiene miedo a la libertad y prefiere que le digan por donde tiene que ir, porque le resulta más cómodo que elegir responsablemente. Los hombres quieren un mesías, un salvador, alguien que les haga sentirse miembros de una nación, de una raza, de un pueblo escogido y que les dirija hacia el anhelo y el tormento mayor de  la humanidad: la unidad y plenitud universal de todos los hombres. El pueblo quiere y espera un mesías.

Cediendo a la tentación del poder, Jesús hubiera podido imponer a todos los hombres la verdad y la bondad del Evangelio. Podría haber hecho del Evangelio una ideología (otros lo han hecho posteriormente). Sin embargo, ese no fue su camino. De haberlo hecho, Jesús hubiera dicho no al hombre, porque el poder y la fuerza sólo pueden conducir a la eliminación física o moral (metafísica) del hombre. Sin libertad, y la más mínima violencia física, afectiva o estructural atenta contra ella, el hombre no es hombre. Y un Jesús poderoso sólo hubiera sido un mesías de fantasmas, de infrahombres, de seres atemorizados. “Un mundo feliz”, un mundo infelizmente feliz, porque sería inhumano.

Por eso la respuesta de Jesús a los requerimientos del poder fue la adecuada: “Adorarás al señor tu Dios y sólo a él le darás culto” (Mt 4,10), es decir, sólo servirás a Dios. En él está el único poder que no anula al hombre, porque "la gloria de Dios es que el hombre viva" (san Ireneo), porque “Dios es Amor” (1 Jn 4,8), y el amor, es lo único que garantiza la libertad y los derechos del hombre por encima de las leyes y las instituciones. Frente a la tentación del poder, la entrega a la voluntad de Dios; o lo que es lo mismo: servicio a Dios sirviendo al hombre, porque el amor a Dios pasa necesariamente por el amor al hombre; así lo enseñó Jesús y así lo vivió.

¿Qué interpelaciones recibo desde aquí?

*Mi respuesta cristiana personal ante los reclamos del poder no puede ser otra que la del servicio. Mi poder y autoridad sobre mis hijos, sobre mis alumnos, sobre mis inferiores en el cargo, ... sólo tiene justificación si se ejerce como una forma de amar; sólo el amor justifica la autoridad que Dios me da sobre mis hermanos. La virtud de la humildad, hermana mayor de la caridad, me salvará del peligro de autoritarismo. Por ello necesito vivir en la verdadera humildad, en la conciencia de que si puedo mandar es sólo porque sé obedecer (ejercer la autoridad buscando la voluntad de Dios). Cuidado con el poder porque, como el dinero, corrompe todo lo que toca y si me apego (afectivamente) a él seré capaz de cualquier cosa con tal de no perderlo.

*Como Iglesia no estamos exentos del apego al poder. Durante muchos siglos la Iglesia en Occidente ha estado ligada al poder. Aún hoy le quedan retazos de entonces, y la pérdida de poder e influencia políticas es sentida por muchos como una desgracia. Hemos de tener mucho cuidado cuando afirmamos que “hay crisis de fe”; a veces confundimos la pérdida de la fe con una pérdida de poder por parte de la Iglesia. Cuando la Iglesia tuvo el poder las masas estuvieron unidas a la Iglesia, lo que hace sospechar que no les atraía tanto Cristo como el poder que irradiaba la Institución. Y ello nos engañó, haciéndonos creer que el mundo occidental era cristiano. ¿Merece la pena tener nostalgia de aquellos tiempos? La nueva Iglesia del siglo XXI no se puede levantar desde la creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Se impone mirar al futuro, caminar con la mirada hacia adelante, donde está Cristo nuestra esperanza. ¿Cómo ha de ser la Iglesia del futuro? No lo sabemos. Pero la fe nos dice que no puede ser una Iglesia asida al poder, sino una iglesia desarmada, pertrechada con la debilidad de la cruz para confundir a los fuertes (cf 1 Cor 1,25). Una Iglesia que vive de la experiencia (mística) de Dios; Iglesia diaconisa, que imita a Cristo-servidor; ¿acaso no es el testimonio de servicio-amor al mundo la mejor arma para la “nueva evangelización”?

*Y socialmente la tentación del poder nos obliga a desenmascarar a todos aquellos, o todo aquello, que basa su existencia en la imposición. Se trata de crear la cultura de la igualdad, del diálogo, de la corresponsabilidad. Todos hemos de sentirnos responsables de los aciertos y errores sociales. Todos hemos de participar en la construcción de una sociedad nueva. Rehuir la participación dejando la tarea en manos de unos pocos privilegiados (aunque estos hayan surgido de unas elecciones democráticas más o menos limpias) es dejar que el poder se acumule en un punto y enferme de soberbia corrompiéndolo todo. Es cómodo dejar que te manden. ¡Pero no es bueno! Ser críticos es una obligación cristiana; aunque la crítica no guste a los criticados; la de Jesús no gustó, y por eso lo mataron. ¿Va a ser menos el discípulo?
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La respuesta de Jesús a las llamadas del mal, su enfrentamiento con los “demonios”, no fue puntual; no se redujo a 40 días con sus noches, sino que lo fue durante toda su vida. “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38).

La última tentación la vivió en Getesemaní. Allí advertía a sus discípulos: “velad y orad para que podáis hacer frente a la prueba” (Mt 26,41), allí pidió que “si es posible que pase de mí esta copa de amargura” (Mt 26,39a). ¿Tiene sentido morir por unos hombres que te han abandonado y que han respondido con odio a todo el bien que les has hecho? Jesús se mantuvo firme en la fe que había puesto en su Padre Dios. “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39b). ¿Quedó por ello hipotecada su libertad? De ninguna manera; en la cruz mostró no sólo su fidelidad al Padre sino también su libertad de elección superando los atractivos del mal. Por eso la cruz es salvadora, porque muestra el amor sin límites, el amor puro, que no fue esclavo ni del dinero, ni de la “buena fama”, ni del poder.

Jesús, hombre libre, es el camino de la libertad (de la cuaresma). Su respuesta debería ser la nuestra, sus pasos nuestros pasos.

Casto Acedo. Marzo 2011. paduamerida@gmail.com

miércoles, 12 de abril de 2023

Buda en Cáceres


No deja de sorprender que siga adelante el proyecto de construcción de la macroestatua de Buda y el centro Budista en la ciudad de Cáceres, un proyecto ya rechazado por otras ciudades, como Madrid. [1] Y conste que sorprende no tanto por el hecho en sí -toda religión tiene derecho a circular libremente por el mundo- sino por el interés mostrado por el ayuntamiento de la ciudad y las autoridades regionales. 

¿Y el interés del pueblo? Basta ver la asistencia tan reducida que tuvo el Ciclo de Conferencias por la Paz en Cáceres de la Fundación Lumbini Garden [2], y el bajo seguimiento de las ponencias tanto en directo como por internet como para poner en duda el interés popular sobre el tema. 

También me sorprende todo lo que se propone hacer porque me cuesta entender que una espiritualidad de renuncia y desprendimiento se plantee como objetivo la construcción de un centro y una gran estatua de Buda llamativa por su ostentación material. 


El argumento al que se acogen los políticos extremeños para apoyar el proyecto es doble: la promoción de la paz (bien espiritual) y la explotación turística (bien material) [3]; pero me da que se valora sobre todo el segundo motivo: los beneficios que supuestamente traerá a la ciudad de Cáceres el hecho de ser “tierra santa budista”, ya consagrada [4]; y lugar de peregrinación de devotos budistas, religión o filosofía, a la que se suelen acercar en occidente sobre todo personas con un determinado  nivel económico.  

Usar la espiritualidad budista como cebo para atraer dinero me parece tan indecente como recurrir a la espiritualidad cristiana para justificar el turismo religioso de la Semana Santa. ¿Qué pensaría Cristo si le dijeran que sus seguidores harían de su pasión una buena ocasión para hacer caja? ¿Y qué pensaría el Buda si viera que su dharma (enseñanza)  está siendo utilizada para atarse más a la dinámica del samsara (mundo)?

Otro argumento para el proyecto es la extensión del mensaje de paz universal que predica el Buda.[5] Supongo que éste mensaje es considerado por quienes lo adoptan para el proyecto sólo como filosofía extraída del budismo, amparándose en el hecho de que este no es una religión porque en él no hay dioses a los que obedecer y dar culto. 

El budismo (aunque no todos) puede no tener dioses, pero ¿deja por ello de ser una religión? La religión no la define la creencia en un dios o en una corte celestial, sino una espiritualidad que se despliega en unas enseñanzas, una comunidad, unos ritos de iniciación y mantenimiento, además de un maestro o maestros fundadores referentes. Si el budismo no es religión porque no tiene un dios  o unos dioses al que referir todo, no por eso podemos sustraerle el calificativo de religión. 

Donde hay maestros, sacerdotes, jerarquía, ritos, enseñanzas, etc. hay religión. Si no fuera así ¿para qué recurrir a monjes budistas que bendigan la tierra de Cáceres o se anuncia la venida de monjes y monjas que residirán en las instalaciones monacales que se tienen previstas a los pies del monte Arropé? Una filosofía laica de la paz no necesita monasterios cerrados para unos pocos sino universidades abiertas a todos, creyentes y no creyentes. ¿Estamos perdiendo la fe en nuestras universidades? 

Pregunto a los responsables de la política: ¿No correspondería a la universidad la tarea de promover el diálogo necesario para lograr la paz? ¿No resulta extraño que en unos tiempos en que las humanidades -incluyo en ella las religiones- encuentran poco entusiasmo en el ámbito universitario se busquen caminos particularistas de tinte religioso para promover el humanismo de la paz?


Otras preguntas que me vienen a la mente: ¿Cómo se concibe el budismo en los países que apoyarán el proyecto? [6] ¿Cómo religión? ¿Cómo filosofía? ¿Cómo religión y filosofía oficial? Ya han surgido problemas por esta diversidad de budismos en según qué países de confesionalidad institucional budista o de mayoría practicante. [7] 

No podemos eludir estas cuestiones; porque hay muchos budismos como hay muchos cristianismos. Y está claro que no es lo mismo recibir el apoyo de unas instituciones que promueven en su lugar de origen la paz, que de otras que reprimen o ignoran esa aspiración universal.[8] 

Y también es importante preguntarnos: ¿Cómo concebimos nosotros el budismo? La idea romántica del cristianismo la hemos desterrado en occidente, pero ¿no vivimos tiempos en los que está de moda el romanticismo y exotismo oriental? Olvidamos que la realidad budista institucional en países donde es religión mayoritaria  es muy distinta a la que elabora el imaginario occidental.[9] 

Es importante que quienes promueven el proyecto aclaren si lo hacen en nombre de una filosofía laica o desde unas creencias espirituales, desde poderes civiles o desde instituciones religiosas. Y a este respecto resulta sorprendente que la Federación de entidades budistas de España se desmarque de todo lo que se va a hacer en Cáceres [10]

De todo ello deduzco que no es la sensibilidad mayoritaria de los budistas de España la que está demandando esto; sospecho que es más bien el capricho de unos pocos. Con qué interés, no lo sé; pero dudo que sea por puro altruismo, que es el ideal budista. Permítaseme el derecho de dudar. Estoy aprendiendo mucho de la filosofía budista, y me parece un camino de sabiduría, pero esto no lo acabo de encajar con el apellido "budista". Y conste que también como cristiano me fascina Jesucristo y su evangelio, lo cual no significa que encaje todos los proyectos en que se embarcan las instituciones cristianas, sean de la confesión que sean.

Un amigo me comentaba no hace mucho que estaba pensando escribir un diálogo imaginado entre Jesús y Buda sobre lo que él llama el montaje político-religioso-consumista que se proyecta en Cáceres. ¿Por qué nadie dice nada?, se pregunta. ¿Por temor a ser rechazado por quienes siente simpatía por la espiritualidad budista? ¿Por temor a dar la imagen de cristiano integrista si se muestra crítico?  ¿Por lo que hoy tiene de posición política declarar la propia opinión sobre el tema?


Si vamos al fondo espiritual del tema, que no debemos confundir con el fondo religioso, y teniendo de trasfondo polémicas cacereñas paralelas nos preguntamos: ¿Qué pensará Jesús sobre las discusiones acerca de la gran Cruz que existe en la ciudad y que muchos quieren suprimir, o acerca de la "Semana Santa turística”?  Y con el mismo espíritu nos podemos preguntar: ¿Qué pensará el Buda del proyecto de una imagen suya gigantesca sobre el monte Arropé? 

Me parece que Jesús y Buda estarían de acuerdo en que tanto la polémica sobre la Cruz y la Semana Santa turística como el monasterio Budista o la escandalosa estatua sedente del Buda,[11] no tienen mucho que ver con lo que vivieron y predicaron. Ni el Sermón de Benarés[12] ni el Sermón del monte[13] son compatibles con unos símbolos e intereses que en la práctica niegan lo simbolizado. No veo en el proyecto una llamada a la “pobreza evangélica” ni al “desapego budista del mundo.” Y sobre la paz, decir que la pretensión de predicarla amparada en intereses capitalistas es una falacia, un autoengaño muy de nuestra cultura. El culto al dinero genera desigualdades, y de estás nacen la injusticia y las guerras.

Que el proyecto budista en el monte Arropé suena a economía neoliberal e idolatría del dinero salta a la vista. Al menos en lo que se refiere a la justificación que las autoridades predican de cara al electorado. 

No dudo que también haya implicadas en todo esto personas movidas por una encomiable buena voluntad. Abrir un centro budista, como abrir una mezquita musulmana, o un centro de meditación carmelitano o benedictino, o una fundación laica para la paz en el mundo, pueden servir de plataforma para el diálogo y la paz,  pero, al menos en el caso de las religiones (y entre ellas incluyo el budismo) se debería comenzar por un cuidado y serio diálogo interreligioso. 

No obstante, reitero que el lugar para la promoción del humanismo y la formación para la paz está en la Universidad, donde la globalidad de creencias y pensamientos tienen un foro de diálogo milenario en nuestra sociedad occidental. ¿Un Centro Budista? ¿Por qué no un Centro por la Paz, sin apellidos? Aconfesional y apolítico; simplemente humano; canalizado por las instituciones universitarias. Sería más creíble y más efectivo. Y justificaría más coherentemente la inversión pública. Porque la paz exige algo más que ritos religiosos y monumentos simbólicos; es más bien cosa de profetas que como Gandhi, Luther King y Oscar Romero, que con sus palabras y testimonio de vida ponen en evidencia las violencias sutiles y groseras de nuestra cultura. Pero los profetas nunca han sido del agrado de los capitalistas.


En fin, si es cierto que la financiación viene de fuera, y no supondrá un gasto para el erario publico extremeño, argumento simplistas con el que parecen cerrarse las discusiones públicas sobre el tema, creo que al menos deberíamos preguntarnos por el interés, si no económico tal vez ideológico o incluso religioso, que pudieran tener los promotores foráneos del proyecto del Gran Buda de Cáceres. Porque en los planteamientos parecen detectarse dos líneas: una es la de la rentabilidad económica, que venden las autoridades municipales y regionales al sostener que debido a su supuesto bajo coste se ha de estar necesariamente por la labor, y otra línea menos nítida y menos publicitada es la de la Fundación Lumbini Garden y de los países o personas acaudaladas que dicen colaborarán desinteresadamente con su aportaciones económicas. Las dos creo que confluyen en lo mismo: dinero. ¿O hay algo más? En medio, como siempre, las personas de buena voluntad sinceramente espirituales. Pero éstas son sólo la excusa que justifica todo lo demás.

De momento los óbices al proyecto  parecen ser sólo de índole ecológico y urbanístico:  http://arquitecturavitruvio.blogspot.com/2021/01/sobre-la-construccion-de-un-buda.html

 [1] https://www.elconfidencial.com/espana/2020-01-22/buda-estatua-alcalde-construir-caceres-templo-estatua-budismo-grande-mundo-962_2418540/

https://www.youtube.com/watch?v=CyfBIfhee3I


lunes, 16 de enero de 2023

Si tú me dices ¡ven! (26 de Enero)

 

Si tú me dices ven, lo dejo todo; ese es el título de una canción que con notable éxito interpretaron Los Panchos en sus mejores tiempos. Y traigo este título a colación porque cuando hablamos de vocación solemos referirnos a esa disponibilidad para dejarlo todo cuando Jesús nos dice "¡ven!".

Todo sacerdote, religioso o religiosa, monje o monja, se ha visto obligado en algún momento de su vida a contar el momento en que escuchó (sintió) el "¡ven!" de Jesús; y a explicar por qué lo dejó todo para seguir al Señor; cuál fue el momento y cuáles las circunstancias que provocaron la decisión de entregarse totalmente al servicio de Dios.

En España se publicó hace unos años un libro de Albert Espinosa, también con indudable éxito entre adolescentes y jóvenes, cuyo  título completa muy sutilmente la petición que hace la canción referida: Si tú me dices ven, lo dejo todo; pero dime ven.

El “pero dime ven” marca una diferencia importante. Parece indicar que lo que está frenando al interesado no es su propia voluntad sino la ausencia de llamada. ¿Podría pasar algo así con la vocación a la vida religiosa (y por extensión a la vida cristiana en general)? ¿Sigue hoy Dios diciendo “ven”? ¿No hay un número considerable de personas que están esperando que alguien les diga: Dios te ama, te está esperando, no tengas miedo de dejarlo todo para irte con Él? ¿Faltan quienes digan a Dios, o están fallando las personas que provoquen y ayuden a discernir las posibles vocaciones?
 

 
Toda vocación tiene su historia
 
Tanto Elí, el sacerdote del templo donde estaba el Arca, como Juan Bautista, el predicador del Jordán, sirvieron de mediadores de Dios; el primero ayudó a Samuel a reconocer la voz que le llamaba por su nombre (1 Sam 3,8-9) , y el segundo no dudó en animar a sus propios discípulos para que fueran tras Jesús (Jn 1,35). En ambos casos entran en juego unas personas con cierta experiencia de Dios que iluminan al que busca para que acierte en el encuentro.

Una primera sugerencia: nos quejamos con frecuencia de la falta de respuesta al seguimiento, pero ¿no se esconde tras la crisis de vocaciones a la vida cristiana y a la vida sacerdotal y religiosa, el silencio tanto de palabra como testimonial de los mismos que presentamos la queja? Los que nos llamamos cristianos,  ¿facilitamos a nuestros contemporáneos la posibilidad  de cruzarse con el Evangelio? ¿Responden nuestras respuestas a su búsqueda, a sus preguntas,  a sus inquietudes espirituales?  ¿No estaremos desorientándoles, ocultándoles el camino del encuentro con Dios?

La Sagrada Escritura recoge multitud de historias de vocación: Abrahám, Moisés, Samuel, Isaías, María de Nazaret, primeros discípulos de Jesús, Pablo… De todos ellos se narran en la Biblia  relatos vocacionales que se consideran relevantes. ¿Por qué se da tanta importancia a ese momento de la llamada? Sencillamente porque marca el comienzo de algo importante, de un encuentro que cambió sus vidas.
 
¿Quién no recuerda el momento en que conoció a tal o cual persona que tanto le influyó? Nadie echa en el olvido el tiempo, el lugar y las circunstancias que marcaron el inicio de una amistad, el punto de arranque de una vida nueva, el instante en que se encontró con la persona a la que ama y con la que decidió compartir su vida. Son momentos que nadie olvida; por eso se recuerdan y se cuentan con detalle: “serían las cuatro de la tarde” (Jn 1,39), dice san Juan evangelista, un dato aparentemente banal para alguien ajeno a lo ocurrido.

Llegados a este punto puedes preguntarte: ¿Cuál es el relato de mi vocación? ¿Cómo sucedieron las cosas? ¿Sabría concretar el momento fuerte en que sentí la llamada de Dios? Porque tú también oíste un día su voz  pronunciando tu nombre; un día Cristo se manifestó en tu vida, entró a formar parte de tu historia y te llamó: en la catequesis que recibiste en tu infancia, en tu juventud o ya siendo adulto, en el testimonio de un hombre de fe cercano, en la lectura-meditación-escucha de la Palabra aquel día concreto en que todo parecía estar previsto para sentir a Dios muy cerca… Conviene revivir aquel momento; como lo hizo Juan en su momento guardando en su memoria la hora concreta del día en que todo ocurrió.  
 
Pero quien es llamado no solo lo revive, también lo cuenta y arrastrando a otros con su testimonio.   Y tú, ¿a quién se lo has contado? El recuerdo y transmisión de la propia experiencia vocacional es la mejor herramienta para un plan de pastoral vocacional. Se trata de poner sobre la mesa una experiencia personal que mueve a los que la escuchan a buscar, a salir también ellos al encuentro de Jesús. Con tu relato vocacional te haces apóstol y catequista de tus hijos, de tus hermanos, de tus amigos, de tus compañeros de trabajo..., porque un apóstol y catequista es aquel ha encontrado la Buena Noticia del amor de Jesús y la cuenta a otros.
 
Consejos para reavivar tu vocación cristiana
 
Cuando piensas en aquellos momentos en que emprendiste el seguimiento de Jesús con ilusión tal vez te asalte la nostalgia y eches de menos la frescura de los primeros pasos. La vocación cristiana, si no se cuida con cariño, corre el peligro de agriarse. Por eso encontramos a menudo cristianos malhumorados. No son mala gente, pero han perdido el buen rollo del amor primero. ¿No estarás tú entre estos? Si es así, unos consejos para rejuvenecer tu vocación:

* Dios te sigue hablando, escúchale. Si tu vida está excesivamente centrada en el trabajo, si vives disperso o agobiado por la rentabilidad económica de tus horas, párate, haz silencio; Dios tiene algo que decirte; abre el oído y vuelve a decir: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10). Tu diálogo de amor con Dios no termina  con el "sí quiero", continúa en el día a día. Dos amantes siempre tienen algo que decirse.

*También en tus relaciones familiares te habla Dios. Abre los ojos a lo cotidiano de tu hogar, de tu parroquia o de tu comunidad social o religiosa. ¿Vives el amor sin límites? Contempla tu relación matrimonial, tu modo de ser sacerdote o religioso, esposo o esposa, padre o madre, hijo o hija... el amor que das y que recibes. Responde con generosidad a la llamada que Dios te dirige desde ahí: ¿qué quieres de mí, Señor? ¡Facilita  que Dios pueda vivir entre los tuyos; acércaselo!. Enseña a tus hijos a escuchar su voz; que oigan de tus labios el relato de tu vocación, la historia de cómo, cuando y dónde te salió Dios al encuentro. ¿Has contado tu conversión a los tuyos como tu gran aventura?
 
* Mírate en tu trato con vecinos y amigos. Tal vez muchos son ateos o viven en la lejanía de Dios. Ámalos como Cristo los ama. Tus buenas relaciones con todos son una buena semilla vocacional cuando ellos saben que eres del grupo de Jesús. Aprende también a hacer una lectura creyente de todo lo que ves y sientes con los que te rodean. Dios te habla también en la historia de tantas personas que no le conocen o no llegan a entenderlo; ellos ponen ante ti el reto de mantenerte en la fe en medio de un mundo de increencia. Da gracias a Dios, y cultiva en ti el deseo de compartir lo que has recibido. ¿No sientes la llamada a profetizar con tu vida y tus palabras?
 
*En situaciones de injusticia, pobreza, marginación, hambre, enfermedad... o cualquier otro tipo de sufrimiento no pases de largo, ¡escucha! La voz de Dios se hace ahí apremiante. ¿Taparás tus oídos para no oír el grito de los que sufren? ¿Cerrarás tus ojos ante la injusticia? Dios te está hablando, gritando, ¿no le oyes? Te está diciendo: “¡ven!”.
 
Ya ves que son muchos los canales por los que puedes recibir la llamada de Dios
 

 
* * *
 
“Maestro, ¿dónde vives? El les dijo: Venid y lo veréis. Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Serían las cuatro de la tarde” (Jn 1,38-39). 
 
No sabemos qué ocurrió o de qué hablaron Juan y Andrés en su primer encuentro con Jesús. Nada concreto escribió el discípulo amado de lo que les encandiló de Jesús ni porqué fue así. Pero fue un momento importante en la vida de Juan. La mención tan precisa de la hora lo demuestra. Él y Andrés se acercaron a instancias de Juan Bautista, que les indicó el camino: “Este es el cordero de Dios” (Jn 1,36). Luego Simón, sorprendido por el entusiasmo de su hermano Andrés, “Hemos encontrado al Mesías”, le dijo (1,41), se deja llevar ante Jesús. De testimonio en testimonio, de relato en relato, el encuentro se va produciendo. 
 
Y así, bajo la mirada atenta y penetrante de Jesús, va germinando la Iglesia: “Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el Hijo de Juan, te llamarás Pedro” (1,42). También tú hoy te acercas con otros a Jesús que os pregunta: “¿Qué buscáis?” (Jn 1,38). Le manifiestas el deseo de estar con él; y entras en la casa del Señor. Cuando salgas fuera ¿guardarás el mismo recuerdo que guardaron Juan y Andrés de su encuentro con el Señor? ¿Contarás a otros tu experiencia?
 
Casto Acedo. Enero 2020. paduamerida@gmail.com

Adviento. Esperanza. (2 de Diciembre)

Jr 33,14-16; 1 Tes 3,12-4.2; Lc 21,25-28.34-36      Comenzamos un nuevo año litúrgico. En él iremos recorriendo y viviendo los misterios de ...