viernes, 3 de febrero de 2023

Sal, Luz ciudad (Domingo 5 de Febrero)

 


La eficacia de la Palabra de Dios no está en sus frases grandilocuentes ni en la riqueza literaria de sus discursos. No. Su fuerza no proviene del hombre, sino de Dios.
 
“Mi palabra y mi predicación –dice san Pablo- no consistieron en sabios y persuasivos discursos, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios” (1 Cor 2,4-5). “Quiso Dios salvar al mundo por la tontería de la palabra” (1 Cor 1,18), que aunque llega a nosotros por limitados medios humanos, por la fe y la obediencia del oyente adquiere el poder de realizar la más decisiva y radical de las conversiones, logrando que el creyente pase de las tinieblas a la luz, de la ignorancia del mundo a la sabiduría de Dios, de una vida de muerte a otra de resurrección.
 
La palabra se proclama cada día en la liturgia de la Iglesia para que su poder se manifieste; "tan grande es el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual” (Dei Verbum, 21).
 
La Palabra nos ofrece este domingo tres imágenes para nuestra reflexión, tres llamadas que habitualmente aplicamos a la vida personal; sin embargo, el evangelio no habla hoy en singular sino en plural: “Vosotros sois…”; tenemos ante nosotros, por tanto, una reflexión más eclesial que personal.
 
  
“Vosotros sois LA SAL DE LA TIERRA”. 

Cuando la sal se añade a un alimento se disuelve en él y le da sabor. El Evangelio de Jesucristo, cuando entra en la persona, también la sazona y le da "sabor". Cristiano no es el que "sabe" mucho de Dios ("persuasiva sabiduría"), sino el que ha saboreado a Dios, el que ha experimentado (vivido) su Misterio.
 
Al pedirnos "ser sal" el evangelio nos insta primeramente a no perder el sabor, a no perder el don de la fe que hemos recibido. Y a nivel comunitario (no olvidemos el “vosotros”) la imagen de la sal nos sugiere la necesidad de considerar nuestra pertenencia eclesial a partir de la experiencia de fe común, de la celebración comunitaria de la misma (liturgia de la Iglesia) y del testimonio unánime de ella por el que somos “levadura en la masa” (Mt 13,33); un grano de sal poco puede salar, pero un puñado de sal puede dar sabor a los manjares de un gran banquete. Pero ¿qué ocurre cuando la sal no sala? Su destino es la basura.
 
“Vosotros sois la LUZ DEL MUNDO” 
 
En realidad, la única Luz es nuestro Señor Jesucristo. «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2,2) Cuando la sabiduría de Dios, su cruz, su "experiencia", su gusto sabroso, prende en nosotros, comienza a irradiar, comienza a dar luz. Es la luz de la cruz que brilla en la Pascua de resurrección y que nos reúne en comunidad, la que debemos predicar e irradiar a los hombres y mujeres que nos rodean.
 
Así nos lo enseña el profeta Isaías: ¿Quieres ser feliz? ¿Quieres tener luz en tu vida? ¿Quieres ser luz para tu entorno? Sigue el camino de la cruz: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne ... Entonces romperá tu luz como la aurora..., brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía” (Is 58, 7-8.10). ¡Cómo conectan estas palabras con la celebración de la jornada de Manos Unidas, Campaña contra el hambre en el mundo, que hoy celebra su día anual!.
 
Siempre me ha sorprendido este texto de Isaías que parte de la vida para llegar, en un segundo momento a la formulación. Muy a menudo nuestras oscuridades no son sino el fruto del encierro en una fe falsa que no va a los hechos. Es una fe sin obras. Entonces viene el evangelio y te dice que la fe es vida: parte tu pan, acoge a quien desprecias, perdona a quien te ofende… y verás la luz. ¡Qué hermosos cimientos para una buena Iglesia!
 
Cuando la luz se aísla y encierra, cuando por miedo o vergüenza se mete debajo del celemín, cuando se quiere iluminar sin "salir afuera", cuando pretendemos una vida luminosa y cálida sólo con palabras bonitas, la luz se apaga y deja de alumbrar (Mt 5,15). Sin compromiso por el Reino la luz de la palabra (fe) se muere.
 

"No se puede ocultar UNA CIUDAD PUESTA EN LO ALTO DE UN MONTE".

Una ciudad no es una casa, es una comunidad de casas. Una ciudad en lo alto de un monte es la Iglesia. Y no se puede ocultar ¿Queremos ser luz? Sea. Pero nunca sin los otros, nunca sin la iglesia, nunca sin la comunidad.

 Repitamos que Jesús habla hoy en plural: “Vosotros... alumbre así vuestra luz”. (Mt 5,13.16). Como me ocurrió a mí durante mucho tiempo, tal vez nos hayamos limitado siempre a contemplar estos símbolos de la sal, de la luz y de la ciudad refiriéndolos a cada uno individualmente, y hemos concluido algo acerca del testimonio personal que debemos dar a los que nos rodean. 

 Hemos olvidado el plural. Y el análisis al que nos invita el texto es más comunitario que personal. “¡Mirad cómo se aman”!, decían de los primeros cristianos, a los que "se les miraba con mucho agrado" (Hch 4,32); el testimonio es eficaz cuando es un testimonio comunitario. “Que todos sean uno... para que el mundo crea” (Jn 17,21).

En una cultura como la nuestra, con claras tendencias al encerramiento y al individualismo, no podemos renunciar a dar signos de comunión que muestren que una casa, por muy grande que sea, no hace pueblo. Y sin pueblo no hay vida posible. En la ciudad habita más de uno; son muchos que se saben necesitados entre ellos mismos y, estando en lo alto de un monte, saben también que son útiles para los que no viven en ella. 

 La ciudad encumbrada en la montaña orienta de día y de noche a los viajeros, les hace no sentirse solos, les ofrece un lugar para descansar y verse a salvo de los peligros del camino y les da la oportunidad de quedarse en ella y formar parte de la comunidad. Debemos ser ciudad elevada para todos aquellos que buscan, en la oscuridad y la desorientación, una luz, un camino, una familia, un refugio donde descansar su dolor. 
 



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“... Que al ver vuestras buenas obras los hombres den gloria a Dios vuestro Padre que está en el cielo”. (Mt 5,16). ¿Cuál es la vocación del hombre? Dar gloria a Dios por su unión con Él y con los hermanos (GS 22). Dado que solemos andar encerrados en la propia carne, buscando la propia gloria, llamando la atención sobre nuestra persona, creyéndonos el centro del universo, buscar la gloria de Dios supone un gran giro (conversión). Hoy somos invitados a dar ese giro, a vivir dando gloria a Dios adentrados en el misterio de la unión con Él (vida de fe personal) y los hermanos (vida de fe eclesial).

Nuestra vocación es unirnos a Dios, adorarle, volcarnos sobre Dios, girar alrededor de él, darle gloria (Mt 5,16). Y esto no es beatería rancia ni moderna (new age); no es desentendimiento de las propias responsabilidades de esposo, padre, hijo, amigo o ciudadano; ¡de ninguna manera! ; desde el día en que Dios se hizo hombre (Navidad), girar alrededor de Dios es “adorarle” también en el hermano, porque Dios se ha hecho hombre en Jesucristo.
 
Las obras de misericordia que nos ha proclamado Isaías: “parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo" son un modo existencial de “adoración”. "Entonces clamarás al señor y te responderá" (Is 58,7.9). Porque cuando pones vida Dios viene siempre. Donde hay amor, ahí está Dios.
 
Casto Acedo. Febrero 2020paduamerida@gmail.com
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Adviento. Esperanza. (2 de Diciembre)

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