viernes, 2 de noviembre de 2018

Una reflexión sobre la muerte (2 de Noviembre)


El día dos de Noviembre, inmediatamente después de la Solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia dedica su liturgia a la memoria de los fieles difuntos. No podemos desligar esta memoria menor de la fiesta mayor que le antecede. Nosotros, los que vamos de paso por este mundo -Iglesia peregrina- vamos hacia un lugar, una meta: la comunión total con la Iglesia triunfante; de ahí que, para los creyentes, lejos de ser la muerte una mala noticia, sea una invitación a la esperanza, un interrogante con respuesta: ¡Cristo ha resucitado!. Es una pena que este grito de victoria, clave de la fe cristiana, se vea oscurecido en nuestro mundo que condena al olvido la pregunta y la realidad de la muerte, cerrando así la puerta a la revolución que supone creer en la Vida Eterna. 
 
La muerte como tabú
 
Es extraño celebrar un día de difuntos. Parece un día consagrado al pesimismo, a la contemplación angustiosa de la derrota de la vida. La muerte, y el dolor físico y/o moral que conlleva, son en nuestro tiempo acontecimientos que queremos quedar al margen. Si hasta no hace mucho era tabú (prohibido) todo aquello relacionado con el misterio del origen (sexualidad, nacimiento), hoy podemos decir sin duda que el tabú se ha trasladado al misterio del final (la muerte). Parece como si quisiéramos conjurar (hacer desaparecer) el dolor y la muerte negando su existencia. Así, escondemos el dolor y el sufrimiento en las camas de los hospitales, en los asilos, en los psiquiátricos, etc... o nos escondemos de ellos negándonos a mirarlos de frente. ¿Porqué? Porque tal vez el dolor, las contrariedades de la vida, la muerte, son demonios que ponen al descubierto la banalidad de nuestras vidas atadas al consumismo. 
 
Para los jóvenes de hoy, acostumbrados a ver la muerte virtual en los medios, supone un tremendo golpe toparse con la muerte. Las nuevas generaciones ni siquiera saben cómo leer y encajar la muerte de los suyos;  cuando sucede tienen pocos recursos para situarse ante ella, y en su desconcierto sólo pueden recurrir a la huida hacia atrás:  comamos y bebamos que mañana moriremos. 
 
No se educa para afrontar la realidad de la muerte. El lenguaje siempre ha sido limitado para expresar los sentimientos de pésame y dolor, pero las costumbres sociales nos están llevando cada vez más a pasar cuanto antes el trago amargo de la desaparición de los nuestros y seguir nuestra vida como si nada. El “imaginario” y el lenguaje que nos ha servido tradicionalmente para hablar de la muerte (ir al cielo, descansar en Dios, paraíso, vida eterna,...) se está desvaneciendo a gran velocidad, sin que ningún otro lo substituya.
 
Mirar la vida desde la muerte
no es abandonarse al pesimismo.

Y no es que la muerte deba obsesionar la existencia y paralizar la tarea de los vivos. Pero sí debería de servir de revisión serena acerca de los parámetros que aplicamos a la vida. La reflexión sobre la muerte es necesaria para aprender a vivir. La vida que olvida la muerte corre el peligro de detenerse en tonterías; corre también el peligro de ser manipulada, de ser desvivida, de perderse, si no es consciente de su limitación y su finalidad. 
 

Son muchos los testimonios de personas que, tras salir de una enfermedad, de una operación, de un accidente... que les colocó en la frontera de la vida y la muerte, cambiaron de valores. Descubrieron hasta qué punto no eran dueños de su vida, hasta dónde habían equivocado el norte; incluso llegaron a ver cómo estaban siendo manipuladas por una sociedad sólo interesada en sus capacidades productivas y consumidoras. En la cercanía de la muerte descubrieron de lo que no debería ser su vida y lo que realmente merece la pena, lo que importa sobre todo. 
 
Mirar la vida desde la muerte no es condenarse al pesimismo, sino construirse en esperanza desde el realismo. Somos limitados, nos necesitamos unos a otros, está en nuestro propio ser el proyectarnos más allá de la nada y el vacío al que parece condenarnos nuestra cultura. Si al final no hay nada, la vida es para nada; si al final está la plenitud, la vida se llena de esperanza.
 
Pensar la muerte y pensar desde la muerte.
 
A nadie le deseamos ningún mal. Pero la muerte de nuestros allegados, a los que realmente queríamos, y cuya partida nos ha dolido como si nos arrancaran algo nuestro, debería hacernos pensar en la muerte y pensar nuestra existencia desde la muerte.
 

Pensar y aceptar que el dolor, el sufrimiento y la muerte están ahí y reconocerlo es el primer paso para eliminarlo. ¡No os dejéis embaucar por una sociedad que esconde estas realidades y que predica un futuro paradisíaco e indolente! Hay sufrimiento, hay dolor... hay muerte. Mucha gente sigue sufriendo y sigue muriendo. Están entre nosotros, sufren a escondidas; nuestra cultura rechaza a los que se muestran enfermos y débiles, por eso muchos no desahogan su dolor; nosotros mismos los escondemos por no sé qué intereses. No tengamos miedo a reconocer nuestros propios dolores y sufrimientos, a aceptar nuestras contradicciones. Y tampoco tengamos miedo a pedir a Dios que nos salve, que nos saque del dolor y de la muerte. Nuestro Dios es el Dios de la vida.
 
Como seres humanos deberíamos también pensar y meditar sobre el valor (los valores) de la vida: la familia, la amistad, la paciencia, la bondad... Cuando fallece un conocido tendemos a resaltar todo lo bueno y a olvidar lo menos bueno de sus vidas. Qué bueno será que hiciéramos eso siempre. ¿Porqué no buscamos lo bueno sabiendo que eso es lo que queda?
 

Además, la muerte debería lanzarnos a la contemplación sobre el más allá. Sí, a meditar sobre las cosas últimas. ¿Qué valor tiene una vida que termina con la muerte? ¿Merece la pena? ¿No habrá de ser considerada un fracaso? ... Un no creyente carece de algo que nosotros poseemos, algo cuyo valor no solemos considerar: la fe en la vida eterna. ¿No está el olvido-ocultación de la muerte relacionado con el descenso de la fe?. “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni mente alguna puede concebir lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9).
 
La muerte también nos debe llevar a meditar sobre los misterios cristianos. El seguimiento de Jesucristo, su vida y su enseñanza, nos dice que “resucitó al tercer día”. Y este artículo de nuestra fe es de tal importancia que “si Cristo no ha resucitado –dice san Pablo- vuestra fe carece de sentido... Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Cor 17.19). Para un cristiano la muerte, enfocada desde la resurrección, queda despojada de derrotismo y de negatividad; la muerte es parte del proceso de paso (Pascua). “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos (Tm 2,8) ... Si con Él morimos, viviremos con Él" (Rm 14,8). 
 

El día dos de Noviembre no celebramos la derrota del hombre expuesto a una vida sin sentido. Conmemoramos a nuestros hermanos difuntos desde nuestra fe en la resurrección. No pensamos en nuestros familiares y amigos difuntos en clave de corrupción y muerte, sino en clave de resurrección y vida. En clave de Pascua: “Porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección” (Rm 6,4). Pedimos la resurrección para nuestros difuntos : “Dales, Señor, el descanso eterno”; y la pedimos para los que aún viven entre nosotros (rezamos por los vivos, y actuamos para eliminar el dolor y la muerte que nos rodea); pedimos la resurrección, finalmente, para nosotros mismos: la muerte no es sólo física, también acecha al espíritu. Un espíritu que no alienta, que está apagado, hundido, deprimido, es un espíritu muerto. 
 
Señor Jesús, ¡resucita y da la vida eterna a nuestros hermanos difuntos! ¡Resucítanos a nosotros, Señor! ¡Ponnos en el camino que conduce a la vida eterna! Y tú, María, Madre de Dios y madre nuestra, “ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Amén. 
 
Casto Acedo Gómez. paduamerida@gmail.com. Noviembre 2016

jueves, 27 de septiembre de 2018

Un problema en la Iglesia

 
Me envía mi amigo Arturo Picazo un artículo sobre el tema de la pedofilia en la Iglesia, invitándome a que, si lo considero oportuno, lo incluya en el blog. Y así lo hago. Espero que nos sirva de reflexión sobre un tema que como se indica, sufrimos todos los católicos como "cuerpo místico" y acerca del cual, por motivos más o menos fundados de prudencia pastoral,  pocas orientaciones episcopales y prédicas parroquiales se han ocupado de aclarar de manera específica.  
 
* * * * *
 
Desde hace al menos diez o doce años venimos despachándonos casi a diario con noticias sobre abusos sexuales por parte del clero. A diferencia de otras noticias que, de tanto repetirlas, terminan por perder interés ante el exceso de exposición, en el caso de estos abusos  no se registran pérdidas; al contrario, por cada nuevo caso se renueva la misma atención original, en parte, por el enorme prestigio con el que hasta ahora ha contado la Iglesia Católica a pesar de sus eventuales o continuos detractores, y, en parte, porque no deja de asombrar que una institución que tanto ha predicado por la contención sexual se vea ahora salpicada por todo lo contrario.  
Entre quienes siguen las noticias al respecto los hay de dos tipos: aquellos que la siguen por puro interés y aquellos que la siguen con preocupación. Entre los primeros, puede haber curiosos neutrales o esos detractores eventuales o continuos que tendrán ahí munición más que suficiente para arrojar a una institución que ya de por sí les irrita cuando no odian. Entre los segundos, se encuentra la multitud de católicos a la que les duele todo lo que está sucediendo y entre los que me encuentro.     
No se trata ahora de decir aquí que son casos aislados (en algunas diócesis norteamericanas no han sido tan  aislados). Tampoco se trata de ampararnos en que la gran mayoría, abrumadora mayoría diría yo, de obispos y sacerdotes  no han tenido nunca nada que ver con estos escabrosos asuntos, lo cual es una rotunda verdad incontestable.
De lo que se trata en estos momentos es de abordar (al menos por mi parte)  en cómo hasta ahora se ha llevado tan espinoso asunto, no a nivel disciplinario (los fallos en este sentido lo tendrán que decidir  jueces, policías, otros expertos y  los responsables de la  propia Iglesia) sino a nivel de práctica informativa por parte de cada diócesis particular, se hayan dado casos o no.
Un equivocado silencio. 
 Si algo tiene claro un católico es que la Iglesia es universal, catolicidad no quiere decir otra cosa. A poco que desde pequeño se haya atendido medianamente bien a las catequesis y predicaciones, la Iglesia como cuerpo compuesta de miembros le queda claro al catecúmeno u oyente. El desarrollo de la teología paulina a este respecto es muy visual y potente. Si un miembro sufre, dice Pablo, todo el cuerpo sufre.
Aquí está uno de los quid de la cuestión que el católico de a pie se ha tenido que tragar solo sin la más mínima explicación por parte de quien debería darla. No es justificación el hecho de que en mi diócesis no se haya dado un solo caso como para que, los acaecidos en otras, sean silenciados, sin duda con la buena intención de “para qué airear hechos tan lamentables”. A un católico le duele un caso, un solo caso, haya ocurrido en su diócesis, o en el otro lado del mundo, precisamente porque tiene una conciencia nítida de la universalidad y de la corporalidad de la Iglesia.
Igual que nos damos prisa para manifestar la acción buena de sacerdotes, religiosos y religiosas que se desviven en remotas parte del mundo,  también hemos de tener en cuenta los casos en los que se hace el mal, aunque solo sea por el bien de rechazarlo.
Aquí se ha perdido una oportunidad para abordarlo serenamente mediante cartas pastorales de cada obispo o por la predicación directa de los párrocos. Somos comunidad y los pastores no pueden dejar al rebaño que rumie en silencio tanta duda, tanta tristeza y tanto dolor. Aquí no hay ninguna culpabilidad ni por acción ni por omisión, quizás un inconsciente miedo a abordar el asunto. 
 
 
 Gian Franco Svidercoschi en su libro “Me duele la Iglesia”[1] hace un certero resumen del origen del problema. A nivel histórico afirma, quizás para sorpresa de muchos, que no se trata de un fenómeno nuevo, al contrario: es una plaga antiquísima, que siempre ha permanecido oculta en las entrañas de la sociedad humana, y especialmente en la familiar. A nivel lingüístico advierte los titubeos en el diccionario de sexología y psicología a la hora de definir el pedófilo, al intentar hacer un retrato robot. Precisamente esta entrada le sirve a Gian Franco para ajustar el siguiente nivel del diagnóstico sobre el perfil del pedófilo: “se trata de alguien psicológicamente inmaduro y que además se ve afectado por trastornos en el área de la sexualidad y de la personalidad, en general. Y que, al no percibir la gravedad del acto que lleva a cabo, es extremadamente huidizo, y por eso difícil de diagnosticar y, lo que es más, de someter a terapias pertinentes. Y como muy bien sigue diciendo a continuación: si hoy día la ciencia médica está en ese punto, imaginemos la extrema dificultad con la que se encontró la Iglesia en el pasado para aislar una patología de ese tipo en su interior.
Llegados a este punto y al hilo de lo apuntado por Svidercoschi me parece importante señalar algo que normalmente pasa desapercibido para los medios.
Cualquiera que conozca un poco los asuntos disciplinares de la Iglesia, sabe que en estos casos, en general (y subrayo lo de general porque puede haber casos aislados que lo contradigan) lo primero que se ha solido hacer es alejar al agresor de su víctima y en casos especialmente graves se les ha retirado de la “circulación” recluyendo al infractor en algún monasterio, siempre con la doble intención de apartar, como  hemos dicho,  al agresor de su víctima, por una parte y por otra, con un sentido rehabilitador de la que no creo que nadie pueda no estar de acuerdo cuando para otros convictos con cargas similares o peores se pide. De aquí se desprenden dos puntos importantes: en cierta medida, la Iglesia  incluso se adelantó a lo que hoy es práctica habitual en el ámbito civil ante algunos delitos: orden de alejamiento y rehabilitación.
Sin embargo, en la aplicación de estas prácticas, había un defecto de fondo y que el mismo Gian Franco Svidercoschi señala en su libro: en la ley eclesiástica, el delito jamás se cometía contra la dignidad y la libertad de la víctima, sino, en el primer caso, contra natura, es decir, contra una relación no abierta a la procreación…Y, por desgracia, esta posición, estrictamente jurídica pero muy poco evangélica, prevaleció durante mucho tiempo”.
A esto habría que añadir que alejar al agresor de su víctima para mandarlo a una remota parroquia de la diócesis, no aseguraba que el infractor no encontrara nuevas víctimas para depredar. Pero, como a continuación veremos, ese era un fallo más de los presupuestos en los que se asentaba el sistema para abordar el oscuro asunto.
O sea, los hechos se ponían en relación con el sexto mandamiento. El alejamiento era más para evitar nuevas ocasiones de pecado y la reclusión en algún monasterio como una especie de penitencia por lo hecho (de ahí viene penitenciaría, nombre que todavía se conserva en algunos lugares para referirse a las cárceles). La víctima apenas si contaba.
Este error tiene como base otro que lo alimenta: la aceptación, sin más crítica, de algunas corrientes veterotestamentarias  que mantienen una concepción unilateral del pecado como ofensa hecha exclusivamente a Dios y que otras corrientes del A.T. no comparten y que aún tienen menos cabida a la luz del evangelio, donde la ofensa a Dios tiene la justa dimensión (ni más ni menos) que la hecha a los demás. 
De todos modos, como hemos visto, ante esta práctica antiquísima[2]*, el silencio por discreción, por temor o por hipocresía era el modo social de proceder habitualmente. En parte, es cierto, porque los hechos estaban dentro del ámbito sexual, y de la sexualidad no se hablaba nunca públicamente, ni para bien ni para mal. Era terreno vedado, no solo en el plano religioso sino también en el social. Si a esto le añadimos el régimen de cristiandad en que se ha vivido hasta bien entrado el siglo XVIII (en algunos lugares incluso más tarde), y en el que las propias autoridades civiles declinaban los aspectos disciplinarios de los clérigos a las autoridades eclesiásticas pertinentes, encontramos una explicación de esa especie de “omertá” (y perdón por el uso de un término mafioso) convenida por todas las partes.
Afortunadamente, en los últimos años, esta percepción ha cambiado: lo importante es la víctima (como realmente lo era para Jesús), con toda su secuela de heridas, y es el poder civil el que ha de impartir la justicia. Afortunadamente para estos casos hoy no hay reyes ni gobernantes que declinen su responsabilidad en estos asuntos para que la Iglesia los resuelva. Siendo las cosas así, la Iglesia se ha encontrado de pronto con que el balón ha cambiado de tejado, lo cual ha supuesto un desconcierto, no en el sentido que algunos creen debido a la pérdida de poder sino, principalmente, porque la práctica jurídica ha cambiado. Ahora no es el obispo quien sanciona, aunque como es lógico llame al orden al infractor, pero parte importante de ese orden que debe guardar el obispo es la de poner al agresor ante el juez correspondiente, sin detrimento de que luego la Iglesia aplique sus propias sanciones, algo que no le impide a su vez elevar oraciones y procurar ayudar con su acompañamiento a la conversión del infractor. Si precisamente la intervención de la justicia, por su aplicación justa, evita los desmanes de la venganza, la Iglesia debe colaborar con la justicia al mismo tiempo que debe mitigar con su predicación los instintos de venganza, sea el sentenciado clérigo o no lo sea, creyente o no creyente.
 
 
Dentro de las raíces del problema
¿tiene que ver algo el celibato?
 
     Soy consciente de que con solo plantear la pregunta se produce la irritación de ciertos sectores de la Iglesia, pero como decía un profesor mío, ya fallecido, “las preguntas nunca son indiscretas, indiscretas son las respuestas”.
 Atendiendo a ese principio voy a intentar ser discreto en la respuesta ya que no puedo renunciar a la pregunta.
Hace ya unos años, y en contestación a dos cartas previas bajo el título de “curas casados” que me parecieron algo ligeras respecto a una justa valoración del celibato, escribí en la sección de Cartas al Director del Diario Información de Alicante (24 -9-93) unas cuantas líneas sobre el tema. Resumo mi postura en la carta a fin de que no haya dudas del valor que otorgo a este don. 
La idea principal era esta:
El celibato ha ejercido una función de fecundidad en la Iglesia y su ejercicio, en general, ha sido fructífero a lo largo de los años. Y proseguía en la carta “y puede seguir siéndolo con tal de que no falten candidatos que sigan aportando ese existencial al ministerio”. Justo en esta última frase está otros de los quid de la cuestión  en que muchos ponen la relación del celibato con los abusos. Se trataría de una relación, en principio, indirecta.
Según apuntan algunos expertos: ante la escasez de vocaciones al ministerio, el listón de exigencia ha bajado y, los obispos, absorbidos por la propia necesidad  de sus Iglesias particulares, no han establecido unos criterios  más rigurosos en la elección de  candidatos.  Algunos amigos sacerdotes,  en conversaciones privadas, sostienen lo mismo.
Si no fuese porque se trata de personas, bien podría decirse aquello de que “a falta de pan, buenas son tortas” (como personas en ningún caso quiero menospreciar a nadie y asegurar que unos son pan y otros tortas. Eso solo lo sabe Dios), pero creo que con lo dicho se entiende lo que quiero decir.
Sin embargo, la referencia a esa situación del nivel de exigencia no sirve, a mi juicio, para englobar todo el fenómeno de los abusos. Buena parte de los casos  se remiten a 40, 50, 60 e incluso 70 años, y en esos tiempos el control estricto sobre los candidatos en general (vuelvo a subrayar lo de general) existía, al menos hasta donde yo conozco, de aquí que haya que dar una vuelta más y volverse a hacer la pregunta con más precisión ¿El celibato tiene algo que ver directamente con el problema?
Volviendo a mi postura de reconocimiento de la fecundidad del celibato para el bien de la Iglesia y del propio portador de ese don, aún hay que ser más cauteloso en la respuesta, sobre todo, porque cualquier desliz no haría justicia a los miles y miles de sacerdotes y religiosos que lo mantienen con total dignidad y cumplimiento a la promesa o voto que hicieron.
Entonces, si hay una relación directa (e intuyo que la hay) ¿de dónde viene el problema? Sinceramente, creo que de la exigencia de unir al ministerio el hecho del celibato.
Hay gente llamada al ministerio, pero no al celibato. Pero la exigencia disciplinar (que no teológica), de unión de ambas cosas puede no ser fácil de discernir en un principio para el propio candidato y que las tensiones, provocadas por un celibato mal integrado, vayan apareciendo con el tiempo, y todos sabemos cómo aspectos personales mal integrados terminan por enfermar a las personas que lo padecen. En el caso de la pulsión sexual lo enfermizo puede  llegar a sustituir  lo sano hasta niveles muy peligrosos. Los abusos son, a mi juicio, entre otras posibles causas, una muestra de ello.
El problema no es pequeño porque todas las diócesis se quejan de falta de sacerdotes. En algunas ya se proponen a celebrantes de la palabra porque no hay sacerdotes suficientes pero, como apuntan ya algunos teólogos; si solo se celebra la palabra, ¿qué distingue al católico de un protestante?”. Pero esto ya, como decía Michel Ende en “La Historia Interminable”: es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.  
 Arturo Picazo Bermejo
25-9-18


[1]Me duele la Iglesia. Editorial San Pablo. Todo lo escrito en cursiva pertenece al libro.
[2] “Son objeto de tentación los niños, a veces confiados, a los Padres que elegían el desierto. Numeroso textos ponen en guardia ante el hecho de vivir con un muchacho, como uno de ellos en que Macario afirma: Cuando veáis chicos en Scete, coged vuestras zamarras y apartaos de allí.” (Dos en una sola carne. Iglesia y sexualidad en la historia. Margherita Pelaja y Lucetta Scafaraffia. Pag. 44-45. Ediciones Cristiandad). Téngase en cuenta que estamos hablando de los Padres del desierto en el siglo IV.
 

 

 
 


lunes, 26 de marzo de 2018

Amor fraterno (Jueves Santo)

¿SOLIDARIDAD, O FRATERNIDAD?
 
  Evitar la confusión de términos
 
Hay un vocablo que, al día de hoy,  ha adquirido carta de ciudadanía  como el no va más de la moral laicista. Me refiero al término “solidaridad”. No hay foro público donde no se canten loas a la actitud solidaria con los marginados y los marginales. En tiempos de valores blandos parece que ser solidario es haber alcanzado la meta de las posibilidades éticas del ser humano.
 
Sin embargo, mirado desde la profundidad, "solidaridad" no deja de ser un término pobre. No cabe duda de que solidarizarse con alguien parece indicar algo muy bueno. ¿Cómo no va a serlo cuando se trata de  una buena y efectiva disposición para ayudar a los demás?. Ahora bien, parece que la solidaridad  apela más a la lógica de la mente que al impulso del corazón; puede tratarse de un estar contigo, pero sin darme del todo, de compartir mi tiempo, mi saber, mi dinero, pero no mi persona.
 
Me parece más completo y profundo hablar de "fraternidad". Ser  fraterno es algo más que optar por una causa. Puedo o no puedo solidarizarme con tal o cual persona o grupo sufriente, con este o aquel colectivo marginado; pero si soy hermano la cuestión no es si puedo o no puedo ser solidario, la cuestión es que no existe tal cuestión, porque si entiendo al otro como parte de mí, su gozo es mi gozo y su dolor mi dolor.
 
En la fraternidad entra en juego lo más sagrado de mi persona: mi mismo ser interior, mi sangre,  que hace míos los gozos y los dolores de mis hermanos. Así, cuando mi hermano está en apuros, no tengo que decidir si ponerme de su parte o no porque la decisión ya está tomada; mi hermano es parte de mí,  y darle la espalda sería un atentado contra mi propia dignidad personal. Ser hermano es, pues, mucho más que ser solidario. Puedo dejar de ser solidario apoyado en tal o cual excusa más o menos convincente, y puedo hacerlo sin que se produzca en mí una ruptura personal; pero no puedo dejar de ser hermano de mi hermano sin que mi naturaleza me lo reproche y mis entrañas se resientan. 
 
En la misma linea, y muy acertadamente, en una charla de hace unos años, el Papa Francisco,  decía con rotundidad que Cáritas no es una ONG, no es una sociedad paralela a la Iglesia que practica puntualmente la solidaridad para con los pobres; Cáritas es la Iglesia viviendo la fraternidad , "poniendo la propia carne en el asador, haciéndote pobre con los pobres, cambiando radicalmente de estilo de vida" (lo puedes ver y escuchar en
 http://www.youtube.com/watch?v=OcZpKXA9KYk).  

Jesús, más que solidario, fue hermano

De nuestro Señor Jesucristo no se dice que fuera solidario con los pobres, ni que optara por ellos, sino que “siendo rico, por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9). Cuando se dice que cargó con nuestros pecados no se está diciendo que hizo una relación de pecados de la humanidad y la presentó al Padre junto con un manifiesto solidario a favor nuestro. ¡No! Cristo se encarnó como hermano, y como tal sufrió con y por nosotros. "Al que no tuvo pecado Dios le hizo pecado para reconciliarnos con Él” (2 Cor 5,21).
 
Cristo no es la mano solidaria del Padre-patrón que, desde el cielo, soluciona nuestras vidas haciendo gestiones administrativas, sino el hermano que codo con codo, se hace familia de la humanidad y convive sufriendo y gozando con ella. Nos enseñó así que Dios no quiere palabras bonitas y celebraciones simbólicas de solidaridad, sino que vivamos en comunión, que construyamos el Reino de la fraternidad encarnados en la comunidad humana.
 
El Jueves Santo es el día del amor fraterno, día de la “fraternidad”, de la entrega total al prójimo. Evitemos, pues, el deslizamiento profano hacia una solidariad puntual y de salón. La Iglesia no somos una asociación para la defensa de la cultura cristiana, ni para la promoción de los valores humanos, aunque éstos sean de inspiración evangélica; somos ante todo una fraternidad que vive del y para el amor de Dios. Por ello, más que discursos solidarios que vacíen nuestros bolsillos a favor de los pobres, necesitamos sentimientos de fraternidad que vacíen todo nuestro ser en disponibilidad al prójimo según el modelo de Jesús de Nazaret, que “se despojó de su rango pasando por uno de tantos” (Flp 2,7). No se trata tanto de ayudar a los pobres cuanto de que no haya pobres; o lo que es lo mismo, de ser todos pobres en el sentido más evangélico del término. Jesús no sólo dio pan, se dio el mismo como pan. Sin los mismos sentimientos de Cristo Jesús, sin sentir al hermano como parte tuya, tu propia carne, todo lo demás es solidaridad indolente, ideología disfrazada de cristianismo. 

 No es posible la celebración de la Cena del Señor sin sentir como propio el pálpito del corazón del hermano, sin dejar que nos inunde la sensación (el sentimiento) de que todos los que se reúnen en la tarde del Jueves Santo a celebrar la Cena del Señor, somos algo más que vecinos aficionados a las mismas prácticas piadosas. Dios nos ha dado una familia, una comunidad, para que la amemos con la misma ternura y dedicación con que la amó Jesús. Todo lo demás son asuntos secundarios. Ya lo dijo san Pablo: aunque fuera solidario repartiendo mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas en un gesto simbólico de protesta, si no tengo amor no soy nada (cf 1 Cor 13, 1-2).
 
 
Casto Acedo Gómez. Marzo 2018.  paduamerida@gmail.com.
 

sábado, 24 de marzo de 2018

Domingo de Ramos (25 de Marzo)

 
 
REFLEXION A LA LUZ DE ISAIAS 50,4-7
 
La distancia entre Dios y el hombre es infinita. El abismo entre el amor de Dios contemplado en la Pasión de Jesús y el amor del hombre frecuentemente inclinado al egoísmo parece, de principio, insalvable. Quien escucha  la pasión de Jesús -escuchar es más que oír-, quien se adentra en el misterio del dolor de Dios en la cruz, quien se hace uno con Cristo y vive su pasión con Él, queda impactado por tanta grandeza revelada en tanta humillación.
 
Aunque no es así para todos. En tiempos de secularización, de olvido de Dios, de religiosidad superficial y folklórica, la pasión sigue suscitando la admiración, pero también el rechazo de quienes ven en ella sólo el lado oscuro de la Pascua, el fracaso y no el éxito del amor. Por otro lado, son muchos los que,  satisfechos de sí mismos, quieren escapar a la dimensión profética de los relatos de la pasión refugiándose en interpretaciones estéticas o folklóricas.

¿Qué mirada dedicaremos este año a la pasión del Señor? ¿Cómo enfocar la Semana Santa? Porque podemos pasar por ella con distintas actitudes:

a) Una actitud totalmente profana, viviendo la Semana Santa con la mirada de los curiosos que contemplan las escenas de la pasión en la lejanía y la frialdad; visión del turista, ave de  paso que ve las cosas de manera externa y transitoria, mirada virtual  de quien pasa por allí coleccionando fotos para el recuerdo. ¿No es una profanación situarse ante pasos y penitentes con el morbo del televidente que se regodea en la privacidad y el sufrimiento ajeno y hace de él espectáculo y comercio?

  Puede que pasemos estos días observando desde la frialdad e indiferencia, como solemos pasar ante el espectáculo vergonzoso de la telebasura, ante las imágenes de guerra, opresión y terrorismo que nos sirven los mass media, o como pasamos, ¡Dios no lo quiera!, junto a tantas familias que ya viven su pasión particular por la falta de recursos con que vivir dignamente, o tantas personas que sufren en silencio su falta de sentido y su soledad.


b) Una actitud artística. La pasión es posiblemente el motivo artístico más representado de la historia. Pintura, escultura, música, literatura, arquitectura... han exaltado la pasión. Y en estos días pasearán por nuestras calles auténticas obras de arte sacro. Las cadenas de televisión ofrecerán a nuestra consideración procesiones y celebraciones litúrgicas, con sus esculturas,  ritos y cantos de indudable valor artístico.

Pero ¡cuidado! El arte es expresión de la trascendencia del hombre, de su “ir más allá de las cosas”, la belleza nos acerca al que es “la suma belleza”, pero también puede cegar los ojos, dejándonos ver sólo el valor material, fruitivo, subjetivo, sin transcendernos al “más allá”, a la experiencia del encuentro con el que es la Belleza absoluta. Ante una obra de arte religioso no podemos escamotear la pregunta acerca del misterio que quiere revelar.

c) Más allá, y sobre las dos actitudes mencionadas, la Semana Santa está pidiendo de nosotros una actitud plenamente religiosa, lo cual requiere ciertas condiciones, las mismas que mostró Jesús en su pasión; las mismas que, meditado, nos descubre el canto tercero del Siervo de Isaías (50,4-7):

*Actitud de escucha: “Mi Señor, cada mañana, me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he revelado ni me echado atrás” (Is50 4b-5). La Pasión -Semana Santa- es lenguaje de Dios, Palabra de Dios. Y una Palabra dura, que invita a bote pronto al rechazo. Para que esto no ocurra debemos evitar acercarnos a ella como extraños y hacerlo  como “iniciados”, como discípulos vulnerables al testimonio de amor de su maestro.

Cualquier no-creyente que levanta su vista al crucificado sólo encuentra en esa imagen motivos de escándalo; no querrá ni oír hablar de un camino de dolor y sufrimiento; y mucho menos de un Dios sufriente. ¡Qué absurda contradicción! A la Pascua, pues, se accede desde la “escucha”, desde la actitud del discípulo, del iniciado, que sabe que adentrarse en el misterio de Dios sólo es posible como don del mismo Dios: “El Señor Dios me ha abierto el oído”. Pídele a Dios el don de “escuchar sin echarte atrás” (Is 50,5).
 
* Actitud de recibir para dar, para decir. La Pasión no es lenguaje de Dios cerrado sobre sí mismo. La pasión y muerte de Jesús adquiere sentido porque fue una pasión y muerte “por” nosotros, “para” nuestra salvación. “Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4a).

En la pasión Dios quiere “decir” algo; se dirige a los abatidos y les anuncia que, a pesar de tanto sufrimiento, a pesar del abandono al que están sometidos, Dios no les da la espalda. “Porque el Señor está conmigo –dice el justo injustamente perseguido- sé que no quedaré avergonzado” (Is 50,7b).

 Vivir estos días en actitud religiosa nos capacita para “decir”, para ser también nosotros lenguaje de Dios, para dar una palabra de aliento a nuestro corazón abatido y al corazón abatido de tantos hermanos que están esperando de nosotros una respuesta a la pregunta sobre el mal y el dolor propio y ajeno. Viviendo religiosamente la Semana Santa evangelizamos a los hermanos; nos hacemos nosotros mismos palabra de Dios para los demás.

 
*Ese “decir” no es sólo teórico. El “decir” de Dios es “obrar”, porque en Dios la Palabra es Verbo, acto de Dios. Yo, nos dice el Siervo, “no me he rebelado ni me he echado atrás” a la hora de arrimar el hombro en la tarea de vencer el dolor y la muerte. “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos” (Is 50,6). Le sostiene una fe que da fuerzas para lo imposible: “Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido” (Is 50,7a).

La semana Santa no es retórica sino práctica; si algo tiene de teoría es para explicar lo que previamente se ha practicado. No olvidemos que antes que narración, la pasión fue acto, acontecimiento. Por eso, sólo cuando se vive en la propia carne la pasión del rechazo, del abandono, de la entrega generosa por los más pobres y desgraciados de entre los nuestros, sólo cuando se vive en la propia carne el “sacrificio”, se abre el oído y el entendimiento al mensaje del Siervo. Sólo cuando de hecho se muere con Cristo, se resucita con Él. No hay por tanto Semana Santa sin inmersión en el sufrimiento del mundo, sin hacer lo imposible por caminar con Cristo buen samaritano cargando la cruz de los que viven sumergidos en la crisis, sea esta económica o existencial

Entra en Semana Santa con espíritu de escucha, con el oído abierto; deja a un lado la pasión del folklore y del turista, la pasión epidémica del documental televisivo. “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú sígueme” (Mt 8,22).

Casto Acedo. Marzo 2018. paduamerida@gmail.com   

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...