domingo, 27 de noviembre de 2011

Retiro de Adviento


En la casa de Espiritulidad de Villagonzalo, tal como se tenía previsto y anunciado,  se ha celebrado el retiro Parroquial de Adviento. En él han participado un nutrido grupo de 28 personas de las parroquias de Don Alvaro, San Antonio de Mérida y Trujillanos. Ha sido un día intenso, valorado muy positivamente por los participantes.

En los momentos de reflexión, en torno al texto del Apoc 3,21-22, se ha insistido en la necesidad de dejarnos reprender por el Señor, en dejar que nos corrija (eduque) porque vivimos a menudo ciegos e ignorantes de su presencia. En un segundo tiempo se ha presentado a Jesús como aquel que nos dice: "estoy a la puerta de tu vida y llamo". Hemos revisado cuáles son los cerrojos que nos cierran egoístamente y cuáles las llaves que pueden facilitarnos el abrir de nuestras puertas para  dejar que entre "el que viene".  Finalmente, en diálogo, hemos destacado la necesidad de dejar que "el agua de la gracia" fluya libremente para todos en Adviento y Navidad, a fin de que que las próximas fiestas no sean sólo unos días de consumo desmesurado sino ante todo una oportunidad para vivir más intensamente nuestra fe. La Eucaristía,  compartida con otro grupo que vivía el fin de semana de retiro en la casa, selló nuestra jornada dedicada a la reflexión y la oración.


Esperemos que el próximo encuentro, previsto para Cuaresma, sea tan gratificante como lo ha sido éste. De momento, FELIZ ADVIENTO, y recordar que el próximo 20 de Diciembre, a las 7 de la tarde, tendremos la Celebración Penitencial Comunitaria para recibir cristianamente la NAVIDAD

martes, 18 de octubre de 2011

Peregrinación a Fátima

Ya están disponibles para su visiíon una selección de las fotos de la peregrinación a Fátima de los días 15 y 16 de Octubre, una experiencia de fe y convivencia de la que nos alegramos todos al participar. Para ver las imágenes clickar en la foto o en el enlace que aparece debajo.




Nota: si alguna persona considera que su privacidad se ve dañada, comunique con el administrador del blog  la foto a la que se refiere su queja  y se retirará del álbum. Gracias.

Casto Acedo, paduamerida@gmail.com 10044

martes, 2 de agosto de 2011

En recuerdo de Antonio Paniagua

El pasado 22 de Julio fallecía en Mérida Antonio Paniagua, sacerdote que formó y desde la otra orilla sigue formando parte del grupo de presbíteros de nuestra ciudad. Al Pani, como le solíamos llamar, le conocí en mi primera estancia en Mérida, allá por el año 1982. Recién salido yo del Seminario, con sólo la experiencia de mi paso por el entonces obligatorio servicio militar, mi encuentro con Antonio fue una bendición. Tuve la oportunidad de dar clases de religión con él en lo que entonces era el Instituto de Formación Profesional, de compartir algunas convivencias con jóvenes en el albergue Virgen de la Nueva, que con tanto cariño había construido en Solana de Ávila, y de integrarme en el grupo sacerdotal de revisión de vida y proyección pastoral al que él pertenecía y al que sigo perteneciendo.

De él aprendí a inculcar a los muchachos de FP el espíritu cristiano, primeramente autocrítico y luego crítico, necesarios para vivir desde una espiritualidad real, pisando tierra. Antonio siempre fue un hombre abierto al mundo en el que vivió, sobre todo atento a las nuevas generaciones, como si esperara de cada una de ellas el paso imprescindible para que las huellas de Cristo siguieran brillando y su Reino creciera sin retrocesos. Los jóvenes y los pobres fueron siempre su pasión. Educó comprometidamente a los primeros en los tiempos difíciles de la dictadura, y siguió inculcándoles los valores evangélicos en la transición democrática. Cuando la situación se normalizó no dejó de ser crítico con los “nuevos prebostes”, como él decía, muchos de ellos hijos pródigos criados bajo sus alas. Teniendo en cuenta estos cambios no es de extrañar que se le tachara de rojo en sus primeras andanzas pastorales y de un tanto azul en su última etapa. En realidad siempre fue blanco, o mejor transparente, y repudió proféticamente a los que sólo buscan indecentemente medrar subidos a un color, sea este el que sea.

Son muchas las personas que se beneficiaron de su carisma; fue un hombre tremendamente humano, volcado en el servicio a los pobres. Me decía una vecina del barrio de san Antonio, barrio marginal de Mérida sobre todo en los años sesenta y setenta, que Antonio les había hecho descubrir su dignidad, que antes de llegar él la autoestima de los pobres del barrio estaba por los suelos, y Antonio con su cercanía y su aliento, con su predicación evangélica y su compromiso por la cultura y la formación, les había enseñado a ella y a muchos otros del barrio que no tenían porqué sentirse inferiores a nadie. Son semillas espiritules que se van dejando en el surco y que el tiempo hace germinar.

Los jóvenes, rebeldes por naturaleza, encontraron en Paniagua y en sus grupos de Acción Católica un cauce para canalizar su rebeldía y espíritu crítico. Enseñó a muchos a leer su vida y la vida social y política desde la revolución que es el Evangelio, les abrió los ojos para ver la realidad desde una perspectiva de libertad, despegada de las  miras políticas, religiosas, sociales y morales viejas. Siempre buscando nuevos horizontes. Apasionado por Jesucristo. Hubo un tiempo en que repetía que “entre lo mejor y lo más barato que hay están Jesucristo y el bicarbonato”, ambos buenísimos y poco valorados porque en una sociedad de intereses su bajo precio distorsiona la apreciación justa de su valor y eficacia. Yo solía añadirle a la frase: “Jesucristo, el bicarbonato… y los apóstoles”, y el añadía con la sonrisa inocente que nunca perdió: “eso, y los apóstoles, con reparo”.

Antonio amaba a la Iglesia, aunque muchos por exceso de laicismo o por deformación eclesiástica crean que eso no es cierto; pero lo es. Los que le tratamos de cerca sabemos que sentía como propios los aciertos y pecados de la institución. En sus escritos podemos ver cómo le dolían los ataques furibundos que recibía la iglesia desde fuera, y como también sufría la desidia e indolencia que veía dentro de ella y que causan tanto daño desde el mismo interior. Miró siempre a la Iglesia como un regalo de Dios, una prolongación de la presencia del Hijo; pero se le hacía insoportable verla secuestrada por clericales y eclesiásticos ajenos a la pasión por Jesucristo y su Reino. Ultimamente no soportaba que la Iglesia fuera ninguneada por los "nuevos clérigos" de la farándula y la progresía política posmoderna.

Acosado y vencido físicamente por una enfermedad que ha sobrellevado con paciencia ejemplar, se ha ido un hombre que vivió la obediencia evangélica en profundidad. Dócil a la voz del Espíritu. Basta hacer un recorrido por las parroquias y otros ámbitos donde ejerció su ministerio para comprobar la huella que fue dejando. Las personas que se acercaron a él buscando el consejo o la gracia de la penitencia quedaron encantadas por la acogida que recibían. Quien se acercaba a Antonio se sentía amado, escuchado, respetado, porque Él había captado de una manera especial que el reino de Dios, el mismo Jesucristo, es ante todo misericordia, y la vocación que él había recibido y aceptado era la de ser misericordioso como lo fue el Maestro. Nunca se escandalizó de las debilidades ajenas, tal vez porque él también se sabía débil, pobre entre los pobres; por eso su atención y escucha a jóvenes en su primera etapa y a los ancianos en sus últimos años de capellán en el Asilo de ancianos, no fueron impostadas sino auténticas.

Quiero terminar comparando a Antonio con otro sacerdote que fue muy querido en la ciudad de Mérida: el padre Panero, redentorista. Puede que a alguno le sorprenda la comparación. El padre Panero era un hombre en sus formas espiritualmente anclado en el siglo XIX; daba la impresión de no haber pasado en ningún momento por el concilio Vaticano II; pero ¡qué más da cuando lo importante es la coherencia de vida y la entrega! Ahí estaba el padre Panero cuando un enfermo o cualquier otro problema humano personal o familiar le reclamaban. Antonio Paniagua se formó y asimiló las directrices teológicas, litúrgicas y pastorales del Concilio, y desde esas claves practicó también la misericordia. Ambos sacerdotes son y serán recordados no por su ideología (conservador uno, progresista otro) sino por su vida. Ya lo dijo san Juan de la Cruz: “al atardecer de la vida te examinarán del amor”; te examinarán y te recordarán por tu amor, todo lo demás será accidental.

Una oración y un recuerdo para Antonio. Desde un cielo verde, luminoso, limpio como el valle de Solana de Ávila en la Sierra de Gredos nos sonríe y nos dice: “No lo olvidéis, Jesucristo y el bicarbonato … también los apóstoles … pero sobre todo Jesucristo”. ¡Descansa en paz, Pani!

Casto Acedo. Agosto 2011paduamerida@gmail.com. 7344

miércoles, 8 de junio de 2011

Los dones del Espíritu (Pentecostés)

Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, de quien el credo cristiano dice que es: “Señor y dador de Vida, que procede del Padre y el Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. Nuestra Iglesia tiende a olvidar la persona del Espíritu Santo concediendo un lugar más preponderante a las personas del Padre y del Hijo. ¿Quién es el Espíritu Santo? San Pablo, en uno de sus viajes misioneros, a los cristianos de Éfeso “les preguntó: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe? Ellos contestaron: Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo” (Hch 19,2). No es nuestro caso. Nosotros, aunque haya sido a golpe de catecismo, sí hemos oído hablar del Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad. Pero, decir que “Dios es Espíritu” (Jn 4,24) ¿no nos sugiere más bien una idea abstracta de Dios?, ¿qué significa el Espíritu Santo para nuestra vida?

Dios va desvelando su rostro en las distintas etapas de la historia de la Salvación: primero se revela como el Padre creador y protector, luego como el Hijo redentor y en una tercera etapa, como el Espíritu santificador y vivificador. Espíritu que ya se revela en el soplo de la Creación (Gn 1,1), en los profetas y en la vida de Jesús, pero de forma solemne adquiere protagonismo en Pentecostés. El Espíritu Santo es Dios mismo, su energía realizando su obra de Salvación, haciendo patente su poder en la Iglesia y en el mundo. Es difícil hacerse una imagen de algo tan etéreo como el Espíritu, por eso la tradición bíblica, para visualizar su presencia, ha recurrido a imágenes: el viento (Gn 1,1), el fuego (Hch 2,3), la paloma (Mt 3,16), la luz (Hch 9,3), el agua (Jn 7,37), etc. Con estos símbolos se quiere visibilizar al invisible, al que es como “el viento, que sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3,8); tan así es el Espíritu Santo que sólo podemos dar razón de Él contando cómo fue su paso por nuestra vida, diciendo a los demás cómo nos abrió los ojos del alma, cómo lo sentimos fuerte en aquel momento difícil o cómo nos inundó de gozo al vislumbrar su grandeza.

A Dios Espíritu Santo se le conoce por y en sus dones, que tradicionalmente se han resumido en siete y que brevemente señalaremos y comentaremos, y se le experimenta por sus frutos: “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre, y dominio de sí mismo” (Gal 5,22-23). Estas experiencias nos hacen sentir y vivir la presencia del Espíritu de Dios en nuestra vida, porque son obra de Dios, y si a los hombres se les conoce por sus frutos (Mt 7,16), también a Dios.

Estos son los dones del Espíritu:

1º Don de SABIDURÍA: Jesús dijo en una ocasión: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. (Mt 11,25). Es El Espíritu de Dios quien nos lleva a la sabiduría; sólo por Él podemos comprender la sabiduría de la cruz (1 Cor 1,20-25), su misterio, su significado y sentido. Y quien lo conoce no puede menos que agradecer y gozarse en tan gran conocimiento. De ahí que san Pablo desee a los efesios que Dios les conceda “espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente y que ilumine los ojos de su corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que fueron llamados por él” (Ef 1,17-18).


2º Don de INTELIGENCIA: El Espíritu Santo es el “Espíritu de la verdad” (Jn 15,26). Para sanar las mentes embotadas (Mc 6,58;8,17) por la mentalidad del mundo, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la inteligencia de Dios. Como hombres somos animales racionales, y lo que nos distingue del resto de los animales es el don de la inteligencia, por ella Dios nos hace partícipes de su mismo Espíritu.

3º Don de CONSEJO: “Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente; tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré” (Sal 15,17-18). El Espíritu aconseja. Muchas veces recurrimos a Dios buscando salida en la tribulación o en las encrucijadas difíciles de la vida. Lo hacemos con la práctica de la oración, meditando la Palabra, en el diálogo con un director espiritual, en la conversación con un amigo, etc. Y hemos sentido como el Espíritu Santo nos aconseja, nos ilumina y nos orienta para actuar como conviene.

4º Don de FORTALEZA: Los apóstoles, como nos cuenta el libro de los Hechos, se encontraban encerrados en una casa por miedo a los judíos. Estaban abatidos por el temor y las dudas; pero cuando reciben la fuerza de Dios se transforman en hombres valientes y decididos (cf Hch 2). El mismo Espíritu que fortaleció a Sansón para romper las cuerdas que le ataban (Jue 15,14) y le capacitó para empujar las columnas que aplastaron a sus enemigos (cf Jue 16,28-30) es el que desató los corazones timoratos de los Apóstoles y los lanzó a dar el testimonio del Reino. Los que le reciben pueden decir con verdad: “el Señor es mi fuerza, mi roca, mi alcázar, con Él a mi derecha no vacilaré” (Sal 118,14).

5º Don de CIENCIA: Hay una ciencia experimental (matemáticas, biología, física...) y una ciencia experiencial que se inserta en lo íntimo del hombre. Esta última se alimenta en la experiencia de las cosas espirituales, que no se derivan tanto del saber cuanto del sabor de la vida. San Ignacio de Loyola definió esto de modo sublime cuando dijo que “no el mucho saber satisface y harta el alma sino el sentir y gustar las cosas de Dios internamente” (EE,2). A la ciencia del Espíritu serefiere San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual cuando hace exclamar al alma : “En la interior bodega de mi Amado bebí... allí me enseñó ciencia muy sabrosa”. La ciencia de Dios supera con creces las ciencias positivas, porque éstas indagan y explican el origen y funcionamiento de la vida, pero la ciencia de Dios da sentido y consistencia al existir.


6º Don de PIEDAD: Ser piadoso es ser misericordioso; todo acto de piedad para con el prójimo, toda misericordia, es signo de la presencia del Espíritu Santo. “Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus negocios” (Sal 112,5). ¿Quién tendrá piedad del hombre injusto? ¿Quién podrá perdonar al enemigo si no recibe la fuerza de lo alto? El Espíritu nos hace personas piadosas, término que se ha devaluado mucho; muchos entienden que la persona piadosa es de carácter débil; y no es así. El don de la piedad hace al hombre atrevido y revolucionario, capaz de situarse ante Dios reconociendo sus propios errores para corregirlos, y ante los hombres para hacerse uno con ellos, especialmente con los que más sufren.
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7º Don de TEMOR DE DIOS: Que no es miedo. Dios no es un juez del cual huir. El miedo es producto del pecado que suscita en nosotros la idea de un Dios  rencoroso y vengador, hecho a nuestra imagen. El Temor de Dios es el respeto necesario debido al Santo entre los Santos, es la cualidad que nos preserva de la banalización de la fe, de la irreverencia, de la superficialidad religiosa. El santo Temor de Dios nos mueve al respeto de todo lo sagrado y misterioso que se revela en Dios; y desde la fe el temor de Dios nos conduce al respeto y amor que también merece todo hombre, imagen de Dios. 
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Ya sabes algo más del Espíritu Santo, aunque todo saber sobre Dios es siempre incomparable con su realidad. En el tiempo de la Iglesia  toca ser espirituales, es decir, hombres que se dejan llevar por el Espíritu de Dios. ¿Hacia dónde? Hacia delante con Jesús. El Espíritu sigue haciendo presente al crucificado y resucitado. Entre los dones y regalos del Espíritu podemos contar también con la Eucaristía. El misterio que acontece en su celebración es obra del Espíritu: “Santifica estos dones con la efusión del Espíritu” (Canon de la misa), es más, yo diría que la Eucaristía es el don del Espíritu por excelencia, porque igual que el Espíritu Santo obró el milagro de la encarnación en el seno de María, también en la Iglesia obra este milagro del Sacramento por el que Cristo, “que contiene en sí todo deleite” (todos los bienes) llega a nosotros. El Espíritu de Dios se nos da en la Eucaristía. En pentecostés oramos diciendo: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. En la Eucaristía esa oración es escuchada; el mismo Espíritu Santo que estaba en el principio creando (Gn 1,1) sigue actuando entre nosotros redimiendo al mundo y a la humanidad.

Casto Acedo. Junio 2011. paduamerida@gmail.com 4293

miércoles, 25 de mayo de 2011

Horario de misas Parroquia San Antonio de Padua de Mérida (Badajoz)


HORARIO  DE MISAS

--------------------- INVIERNO ---------------------

Diario
a las 7 de la tarde
 
Sábados y vísperas de festivo
a las 7 de la tarde
 
Domingos y festivos
a las 12:30 de la mañana

------------------- VERANO -------------------


Diario
a las 9 de la tarde
 
Sábados y vísperas de festivo
a las 9 de la tarde
 
Domingos y festivos
a las 12:30 de la mañana

Trav Luis Alvarez Lencero s/n
tf. 608 815208
MERIDA

Cultos en honor de san Antonio de Padua



Del 10 al 13 de Junio

Día 10, Viernes a las 21 horas.
Preside la Eucaristía P. Jesús Hidalgo López, C.SS.R
Párroco de Ntra. Sra. del Perpetuo Socorro.

Día 11, a las 21h.
Día 11,Sábado, a las 21 horas.
 Preside la Eucaristía D. Casto Acedo Gómez.
Párroco de San Antonio y Don Álvaro.

Día 12, Domingo, a las 21 horas.
Preside la Eucaristía Fr. José Arenas Sabán, O.F.M.
Párroco de los Santos Servando y Germán.

Día 13 de Junio, a las 21 horas
FIESTA DE SAN ANTONIO
Preside la Eucaristía D. Francisco Sayago Brazo.
Párroco de Cristo Rey y vicario episcopal.

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Después de la Eucaristía compartimos Sangría con unos aperitivos que llevaremos.

¡TE ESPERAMOS!

viernes, 20 de mayo de 2011

"El Padre y yo somos uno" (Domingo 22 de Mayo)

¿Pueden pasar semanas, meses, incluso años, viviendo juntas dos personas y a pesar del tiempo y la cercanía decir que no se conocen? ¿Se puede compartir, camino, mesa y casa con alguien sin llegar a  conocerlo en profundidad? Pues sí. La experiencia nos enseña que dos personas que comparten muchas cosas (esposos, hermanos, compañeros de estudio o trabajo, etc.) pueden no llegar a compartir lo más sagrado de ellos: su vida interior. Se comparten cosas (tiempo, dinero, espacio, aficiones, ideas...incluso los propios cuerpos, como en el caso de los esposos y/o amantes), y sin embargo, el corazón, la identidad personal del otro, puede resultar ajena, extraña, lejana.

Algo así le pasó a Felipe. Había compartido con Jesús el camino, la mesa, la compañía, le había escuchado una y otra vez hablar del Padre, le vió hacer milagros, le había sorprendido su sencillez y al tiempo su grandeza, su sometimiento a la voluntad del Padre y a la vez su libertad inaudita ante los hombres, pero no le conocía, no había entrado en el misterio de Dios que era Jesús. Por eso, en su ignorancia se dirige a Jesús con una oración de petición: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Y Jesús le “replica”, como reprendiéndole a la vez dura y cariñosamente: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,8-9).
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Felipe, discípulo y apóstol, ha seguido a Jesús en sus caminos, le ha escuchado, pero no le ha conocido en su identidad íntima. Nosotros también podemos llevar años siguiendo a Jesús, oyéndole, contemplándole en su camino entre los hombres, viendo sus milagros... pero aún no hemos descubierto que Jesús es el rostro visible del Padre Dios. Jesús es Dios hecho hombre; tal vez esta misma afirmación, a fuerza de ser oída y proclamada, haya perdido su fuerza y ella misma ejerza de velo que impide a la fe ver con nitidez. Jesús es Dios; acercándonos a Él, conociéndole, conocemos y nos acercamos al corazón de Dios, a su misterio. La catequesis más excelsa sobre el Padre Dios es la que nos da el Hijo Dios. Los evangelios son la plasmación de la vida de Dios con nosotros, o mejor, del Dios vivo entre nosotros, porque nosotros no creemos en un Dios lejano y ajeno, sino cercano y familiar, que comparte nuestras vidas y puede ser contemplado en nuestra historia.

Con  Felipe, Tomás también pide explicaciones. Tomás es un apóstol que resume en sus actitudes algo tan humano como son las dudas de fe. “Los discípulos le decían: -Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20,24-25). Había escuchado con atención las palabras de Jesús: “os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y a donde yo voy ya sabéis el camino” (Jn 14,3-4); y Tomás pide aclaración: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Y Jesús le responde: yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 5-,6). Jesús revela a Tomás y al tiempo nos revela a nosotros algo inaudito: para ir al Padre no hay unos caminos (moral, normas de comportamiento), ni unas verdades (dogmas, filosofías, doctrinas), ni unas vidas (las que dan el dinero, el placer, la soberbia, tec.) sino que la fe cristiana se apoya en una persona: Jesucristo. No importa tanto que nosotros salgamos a la búsqueda de un camino, una verdad o un amor, cuanto que dejemos que el Camino, la Verdad y la Vida, es decir, la persona de Jesús, entre en nosotros. Se trata de dejarnos encontrar por Dios (dar paso a la gracia), más que encontrarlo nosotros (obcecarnos en el cumplimiento de la ley). Tomás y Felipe buscaban, pero su vida no cambió definitivamente hasta que ellos mismos se dejaron encontrar por Dios en Jesús.
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Lo definitivo en el seguimiento no son las normas o leyes  a seguir, sino Aquel a quien se sigue ("Yo soy el camino"); la última palabra no la tiene el hombre, sino Dios Padre que se ha dado a conocer en el Hijo  ("Yo soy la Verdad"); y la vida eterna no consiste en que nosotros amemos, sino en que Él nos amó primero en Jesús ("Yo soy la vida"). Ser discípulo no es seguir un manual de instrucciones sino dejarse embaucar por Jesucristo y su modo de vivir que avalan su identidad: “Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre en mi. Si no, creed a las obras” (Jn 14,11). Cuando el evangelio de san Juan parece excesivamente volátil da un giro y toma tierra: creed a las obras. ¡Qué verdad más grande! Las obras de Jesús, en especial su misericordia para con los más débiles y menos amables, dan consistencia a sus palabras. Teología de la acción. ¿Sería de fiar Jesús cuando nos dice que creamos en él si su biografía no nos hablara de que era un hombre de Dios? Jesús nos revela su relación con el Padre: “Yo estoy en el Padre y el Padre en mi” (Jn 14,11); “El Padre y yo somos uno” (Cf Jn 17,22). Jesús es Dios. No podemos negar su divinidad, porque eso sería negar sus obras, que son de Dios.
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Él se va y aquí quedamos  nosotros. Es la hora de los discípulos, el momento de nuestra fe y nuestro testimonio: “Os lo aseguro: el que cree en mi, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores” (Jn 14, 12). Quien cree en Jesús hace las obras que Él mismo hace. ¿Es nuestra vida como la suya? ¿Vivimos entregados al servicio de Dios y de los hermanos? ¿Hacemos, como Jesús, las obras de Dios? ¿No? Entonces nos falta fe. Porque la falta de tiempo dedicado a la contemplación-oración y la falta de energía para una vida cristiana activa (trabajo por el Reino de la verdad, la justicia y la paz) suele tener como causa la falta de fe.  Tal vez tenemos una inteligencia exclusivamente humana de Jesús; nos da la sensación de que lo único que nos queda tras su muerte es el “ejemplo de su vida” como una ley suprema a seguir. Y nadie alaba ni reza a una ley; ni recibe vida de ella. Sólo cuando, junto con la humanidad de Jesús crucificado, confesamos la divinidad de Jesús resucitado, nuestra vida de cristianos adquiere el dinamismo propio de hijos y de esposos enamorados en contraposición a la vida de esclavos. La Pascua nos sigue invitando a creer desde las obras de Jesús y a obrar según nuestra fe en Él. Con Tomás y Felipe, pregunta, aclara tus dudas y síguele.
Casto Acedo Gómez. Mayo 2011. paduamerida@gmail.com 3517

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...