sábado, 2 de febrero de 2019

Presentar los niños a Dios (2 de Febrero)

 
Reintroduzco en el blog la entrada que ya existe de fecha 2 de Febrero de 2013. Tal vez interese de cara a reflexionar y celebrar este día de la Presentación del Señor.

UNA REFLEXION
 
 
El día 2 de Febrero, con motivo de la celebración de la fiesta de la Presentación del Señor (cuarenta días después del Nacimiento), está progresando la buena costumbre, cada vez más arraigada entre los fieles, de presentar al Señor a todos los niños bautizados en el último año.

Presentar los niños
 
No vendría mal que consideremos brevemente el significado cristiano de esa “ofrenda”; porque ofrecer los niños a Dios no es un acto baladí sino que, bien entendido, tiene un hondo calado religioso. La palabra “presentar” tiene diversas acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española, y hay algunas de ellas que pueden servirnos para entender la significación de lo que hacemos al llevar a los niños a la Iglesia y presentarlos al Señor.


 Presentar, según el diccionario, es “hacer manifestación de algo, ponerlo en la presencia de alguien”, “dar gratuita y voluntariamente algo a alguien”, “ofrecer, dar”, proponer a alguien para una dignidad, oficio o cargo”, “introducir a alguien en la casa o en el trato de otra persona, a veces recomendándole personalmente”, “ofrecerse voluntariamente a la disposición de alguien para un fin”, “dar el nombre de una persona a otra en presencia de ambas para que se conozcan”, “comparecer ante un jefe o autoridad de quien se depende”. ¿Qué significa, pues, “presentar los niños al Señor”?. Podemos releer las definiciones situando como interlocutor de la presentación a Dios y tendremos una respuesta bastante acertada.
 
Presentar un hijo ante el Señor es llevarlo a su presencia de una manera ritual, pero a una cultura como la nuestra que valora en tan poco lo simbólico, hay que recordarles a los  padres que con ese acto se comprometen a esforzarse para que ese niño o niña vaya acercándose a Dios; se trata, en definitiva, de dar a Dios gratuitamente lo que gratuitamente se ha recibido: nuestro hijo.
 
Presentarlo a Dios es proponer a Dios que le de éxito en su vida, que ocupe en el mundo el lugar que más le dignifique (que no quiere decir el cargo de más poder y prestigio humano, sino el que más le convenga para ser feliz); presentar un hijo al Señor es mostrar interés por introducirlo en el trato con Él por la oración y la escucha de su Palabra; es ofrecernos nosotros mismos para la tarea de acercar a Dios a ese niño; es pronunciar el nombre de mi hijo ante Dios para dárselo a conocer; finalmente, presentar un niño al Señor es comparecer ante Dios sabiendo que tanto la vida del hijo como la propia dependen de él, aspirar a que las cosas no sean como nosotros queremos que sean, sino como Dios las quiere. Tener esto claro es ser un hombre de fe.

 ¿Hacia quienes llevamos a nuestros hijos?

 A lo largo de su infancia le presentamos al niño a muchas personas, buscando lógicamente que el niño capte algo de ellas; normalmente se trata de personas, reales o mediáticas, que son modelo de éxito en la vida según el criterio de los padres. ¿Ante quienes llevamos a nuestros hijos?, ¿a quienes le ponemos delante?, ¿a quienes les ofrecemos como modelos a seguir? Futbolistas, músicos, actores, deportistas, etc. suelen ser idolatrados por nuestros jóvenes. La catequesis mediática (publicidad en TV, internet, radio, prensa escrita, etc) va en esta línea, y las horas dedicadas por los niños a esos medios son abundantes. Nuestros hijos se empapan diariamente de basura televisiva, especialmente los fines de semana, puentes y vacaciones; y además viven entre semana el agobio de las horas extras de kárate, inglés, música, fútbol, teatro, etc. “Es que al niño le gusta”, solemos decir.
 
 


A un niño le puede gustar una cosa u otra, pero los gustos de un niño son muy manipulables, y en la elección de esas actividades extraordinarias de formación me temo que más que los gustos del niño pesan las frustraciones personales de sus progenitores. El padre quiso ser músico y no pudo o no supo, ¡que lo sea mi hijo!, el padre quisiera haber sido un futbolista de renombre, y no pudo, ¡que lo sea mi hijo! … ¿Qué ocurriría si, por un error del destino, poco inclinado a lo religioso, al niño le diera por decir que quiere ser sacerdote, o misionero, o monje de clausura; o que quiere ir a misa?
 
 
Por lo general los gustos del niño en este tema no cuentan, porque, tal como está el panorama, a los padres no les gusta ese camino. Basta ver cómo acercan a sus hijos a la catequesis de Primera Comunión con un enfoque más consumista que religioso, más por costumbre que por convencimiento. Hay que estar ciego para no verlo. Aquí sí que se deja libertad al niño: “Bueno, cuando sea mayor que decida si quiere ir a la Iglesia o no”. Porque eso lo debe elegir el niño -dicen los padres- aunque en el resto de temas solemos decidir los mayores. En el fondo no se hace sino justificar en el niño su propia indiferencia religiosa. El valor dado a la fe es mínimo, y como tal lo perciben los niños.

 No nos vendría mal, en la fiesta de la Presentación del Señor, considerar seriamente qué significa presentar los niños al Señor, que no es otra cosa que hacer pública una opción que ya se hizo en el bautismo: renovar el compromiso de educar a los hijos en la fe. En el día de su bautismo, como en este día los niños fueron presentamos al Señor; pero no termina ahí el compromiso de los padres y padrinos cristianos cuando éstos lo son de veras; ahora toca hacer presente al Señor en la vida y en la inteligencia de ese niño que se presenta; enseñar al niño a leer los hechos desde el evangelio y a vivir en presencia del Señor.

¿Cómo hacerlo? Primeramente procurando los padres y padrinos una vida de presencia de Dios; ser y procurar ser cada vez más personas de fe. En las parroquias percibimos un gran abismo que sufren los niños a la hora de recibir catequesis. Salvo honrosas excepciones se les está proponiendo a los niños como modelo a los ídolos de este mundo, a los “personajes” de éxito fácil y enriquecimiento súbito; ¡ah, si yo tuviera esa suerte!

Los niños, en su ingenuidad, siguen las pautas que los mayores les dan, y cada vez son más los niños que no hacen nada si no es a cambio de algo. El dios-dinero va ganando terreno. ¿Cómo van a entender el mensaje de Jesús de Nazaret que les habla de paciencia, renuncia, generosidad, perdón al enemigo, etc.? A la hora de verdad ¿qué dios presentamos a los niños?: ¿al Dios de Jesucristo o al dios de la buena fortuna que me procure el éxito personal a costa de quien sea, o al que me seduce con sus anuncios consumistas? 

En la Iglesia en los últimos decenios se está hablando de Nueva Evangelización. Evangelizar no es enseñar una doctrina. De doctrinas está el mundo desbordado, y no hablo solo de doctrinas religiosas, también laicas. Basta ver cómo incluso en los centros educativos donde las clases de religión y los actos religiosos no son bien recibidos, las catequesis de “halloween” (que nadie sabe qué significa) o de carnaval (¡vive y no te preocupes de más!) son acogidas con un entusiasmo digno del sinsentido nihilista de la posmodernidad.

Más o menos conscientemente enseñamos a los niños la doctrina del “no hay verdad, hay vida; hay que vivir que son tres días”. Hay algo, no obstante, que estas celebraciones enseñan a los que andamos en religión: su vitalidad, su manera de conectar con el interés de la gente. Bien es cierto que los medios de comunicación ayudan a ello con su publicidad directa o indirecta, pero queda claro que la reacción popular y el éxito no está en la doctrina inexistente en las citadas fiestas: ¿qué enseña halloween en un mundo “desencantado” (desespiritualizado)? ¿qué sentido tiene el carnaval en un mundo de hedonismo y consumismo constantemente? La clave está en la vida. Falsa o verdadera vida, pero vida. ¿Tienen vida nuestras catequesis? ¿Rebasan el nivel doctrinal y llegan a tocar la fibra humana y social? ¿Sigue siendo el evangelio motor de transformación para bien?


Hablar de Dios a los hijos 

 En la fiesta de la presentación del Señor, cuando ponemos a nuestros hijos ante Dios, deberíamos tener en cuenta qué modelos de vida (personal y social) les vamos a ofrecer. Muchos de los que participan en el acto de ofrecer a su hijo en este día al Señor lo harán, como ocurrió con el bautismo, por pura costumbre. Tal vez por superstición, pensando que Dios quiere más a unos niños que a otros y ganarse así su atención sobre el suyo.

La fe es un don de Dios, ciertamente, pero toca a cada uno cultivarla y hacerla germinar en su vida; es como los hijos, son don de Dios, y quien piense lo contrario verá con los años que se equivocaba; a los padres y a la Comunidad Cristiana nos toca cultivar esas vidas y hacerlas germinar en personas alegres y responsables, miembros felices de una comunidad y una sociedad edificada según el modelo de Jesús: libre, unida y esperanzada.  

Para terminar, perdonad mi reiteración: no olvidemos que presentar a los niños al Señor es comprometerse en hacer presente al Señor en la vida de los niños. Hablar de Dios a los hijos. ¿Teoría? No, práctica. Si ayudas a tu hijo a leer su vida en clave evangélica le habrás dado el regalo más grande que un padre puede dar. Le habrás enseñado a vivir centrado en la realidad de su ser, abierto a los otros, inmune a los engaños de los falsos dioses, agradecido de todo lo que tiene, feliz de vivir. Será un buen hijo, insumiso a la violencia y al mal, leal en sus compromisos. Será, en definitiva, un fiel seguidor de Jesús de Nazaret, modelo de excelencia espiritual y moral para un tiempo más amante de ídolos que de profetas.
Reza conmigo:
 
"En tus manos, Señor, pongo a  mi hijo (hija) N.
Tú me lo (la) diste
y ahora lo/la presento y te lo (la) ofrezco a ti.
 
Sé lo que me gustaría para él (ella):
una vida feliz y saludable;
pero ¿cómo poder darle eso?
Ven en ayuda mi ignorancia y debilidad.
 
Dame paciencia para educarlo (educarla) bien.
Que te conozcan Ti como sú único Dios,
el Dios de la vida y el amor,
el Dios de la libertad y la felicidad,
el Dios de la verdad y la vida.
En tus manos pongo a mi hijo/hija
sabiendo que no quedaré defraudado (defraudada).
Amén.
 
Casto Acedo Gómez. paduamerida@gmail.com. Febrero 2019
 




jueves, 10 de enero de 2019

Bautismo del Señor (13 de Enero)


El domingo pasado celebrábamos la Epifanía. Y en el Evangelio contemplábamos a Jesús-niño, en Belén, adorado por unos magos de oriente, y recibiendo unos regalos significativos: oro (ofrenda al que es Rey) incienso (para quien es Dios) y mirra (regalo para el hombre que es Jesús , y que recuerda el rito de perfumar el cadáver, en alusión clara a algo tan humano como la muerte, de la que también participará este niño).
 
La vida oculta.
 
Hoy el pasaje del bautismo de Jesús en el Jordán a manos de Juan da un salto en el tiempo y en el espacio, y encontramos a Jesús unos treinta años más tarde a orillas del río Jordán.  Los evangelios no dicen nada de la adolescencia y juventud de Jesús;  sólo hablan de un viaje a Jerusalén con sus padres, a los doce años, cuando el niño empezaba a ser alguien en la comunidad de los adultos y recibía el beneplácito para proclamar las escrituras en la sinagoga; a esa edad san Lucas nos presenta a Jesús enseñando a los doctores de la ley en el templo (cf Lc 2,41-52); pero este pasaje, que forma parte del evangelio de la infancia, no merece mucha credibilidad histórica; es más bien fruto de interpretaciones posteriores para resaltar el ser y la misión del niño-Dios.

Nos preguntamos: ¿Qué ha pasado en el periodo de tiempo intermedio, desde el nacimiento hasta la aparición en el Jordán? ¿Qué experiencias ha vivido Jesús en su infancia, adolescencia y juventud? Y no hay respuesta concreta a estas preguntas. Con razón se llama a este periodo el de la vida oculta de Jesús. Y esta vida oculta es también misterio, evangelio, buena noticia. No por ser conocida una cosa es susceptible de que aprendamos algo de ella. Es un gran testimonio que Dios hecho hombre pase en el ocultamiento unos treinta años y sólo tres (según san Juan) o uno (según los sinópticos) de vida pública. Dios se hizo hombre y, de hecho, como prácticamente todo ser humano, tuvo una vida  anónima, escondida, sin fama ni publicidad.
 
En esos años podemos imaginar a Jesús como un niño normal de su tiempo, como un joven que va madurando humanamente, aprendiendo su oficio, conociendo la realidad en la que se mueve, los problemas de su entorno, sensible a las alegrías y a los sufrimientos de sus vecinos. Podemos sospechar a Jesús en el silencio de Nazaret; contemplativo que abre los ojos y ve como la vida se mueve a su alrededor: amas de casa como su madre que amasan el pan poniendo la levadura y barren su casa buscando la moneda perdida; jornaleros que esperan ser contratados al amanecer; labradores que siembran el trigo, que cosechan y limpian el grano de la paja; vecinos que llaman en la noche a pedir un pan que necesita porque ha tenido un imprevisto; pastores que pasan el día entero buscando una oveja que se le ha perdido; hacendados que construyen grandes graneros para almacenar la cosecha,; novios que se casan y vecinos que fallecen y son sepultados; etc...  Sus años de predicación dan a entender que el joven Jesús no vivió ignorante de su mundo, sino abierto a la realidad que bullía a su alrededor; con esa apertura de mente y de corazón  adquirió una sabiduría que no dan los libros sino la vida. En sus años de Nazaret escuchó la "música callada" de Dios que en el silencio compone la sinfonía de su Reino.  

También podemos imaginar la evolución interior de Jesús. Tal como afirman muchos teólogos, el vecino de Nazaret fue tomando conciencia progresiva de su filiación divina,  hasta sentir esa realidad tan hondamente que no puede menos que dejar su tierra e irse a expandir por todos lados la compasión divina que ensanchaba su corazón. Sintió como suyos los sufrimientos e inquietudes de sus contemporáneos, se compadeció de ellos porque los vio  "como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9,36), y tomando como suya la voluntad de Dios Padre, movido por el Espíritu Santo (Lc 3,18), decidió salir a liberar a los oprimidos por el mal (Hch 10,38). Todo un ejemplo de lo que debe ser la vida espiritual para cualquier cristiano: crecer en el silencio, abriendo los ojos a Dios y a la realidad que nos rodea y en la que Dios habla, tomando conciencia de la filiación divina otorgada en el bautismo,  y, desde esa conciencia, empeñarse en una vida de compasión y misericordia para la construcción de un mundo más justo.
 

El bautismo en el Jordán: siervo de Dios
 
En el evangelio de hoy  contemplamos a Jesús, ya adulto, alineado en el grupo de los que acuden a Juan Bautista para recibir el bautismo de conversión que éste predicaba. ¿Tiene sentido que Jesús, que es Dios, que no tiene pecado, se deje bautizar por Juan? La única explicación es que Jesús, que no es pecador, colocándose en la cola de los pecadores, quiere manifestar que está con ellos, que ha venido para meterse entre los pecadores y cargar con sus pecados.

 Dirá san Pablo que Dios “al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). Hacia esta misma interpretación nos quiere llevar la lectura del profeta Isaías: “Mirad a mi siervo” (Is 42,1). En el bautismo Jesús se une al movimiento de Juan, que busca la conversión del hombre, el cambio de vida: “Te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos a los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas” (Is 42,6b-7). Jesús será el autor del cambio, del paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida que está llamado todo hombre. 

Jesús no salvará a la humanidad por decreto-ley sino por el camino de la encarnación, él mismo se unirá al grupo de los pecadores; no tiene pecado, pero vivirá el sufrimiento y la muerte,   consecuencias evidentes del pecado. Asumiendo el ser total del hombre, lo salvará. Una magnifica lección para todos nosotros, un principio que debería regir nuestra vida personal, social y pastoral. No se puede salvar lo que no se asume, lo que no se hace propio. ¿Entendido el mensaje? El Jesús que entre los pecadores se acerca a Juan Bautista, aunque él no conocía pecado ni necesitaba conversión, es el mismo Cordero de Dios, que carga (asume) los pecados de la humanidad entera,  y con su entrega de amor total (perdón) la redime. A la cruz apunta el bautismo. 

Así es. La persona de Jesús, vista desde la perspectiva del Siervo de Yahvé, nos da pie a reconocerle, ya desde el inicio de su vida pública en el Jordán, como aquel que será crucificado por nosotros y por nuestros pecados (cf Gal 3,13); el mismo Bautista lo presenta a los suyos diciendo de Él que es "el Cordero de Dios" (Jn 1,29). La imagen que más arriba acompaña este texto, La crucifixión, de Matthias Grünewald, resume esta enseñanza presentando al Bautista señalando con el dedo  al que por nosotros muere en la cruz. Para eso ha venido, para ser siervo de los siervos, para cargar con nuestras injusticias y maldades.
 
 

Nuestro bautismo
 
“Se oyó una voz del cielo: Tu eres mi hijo amado, mi preferido” (Lc 3,22). Una voz que bien podría oírse descendiendo del cielo en el momento en que Jesús muere en la cruz. Jesús es el Hijo de Dios. También nosotros, por el bautismo, somos hijos de Dios. Y también de nuestro bautismo dimana una llamada a vivir para y morir para los demás, una exigencia de servicio en favor de los hermanos. A la cruz apunta también nuestro bautismo.
 
Desde la exigencia de entrega y generosidad,  en línea con el ser y la misión de Jesús, hemos de recuperar el significado del bautismo que recibimos. Junto con la Eucaristía, este sacramento, está considerado uno de los más importantes. Sin embargo, es poco valorado, reflexionado y asumido. Solemos celebrar los aniversarios de boda o de nacimiento, pero poco sabemos acerca del día en que recibimos nuestro bautismo; la mayoría ignora incluso la fecha en que fue bautizado; algunos incluso el lugar. Son signos evidentes de la poca importancia que concedemos a este sacramento. Y no sólo es minusvalorado individualmente, da la sensación de que la propia iglesia-institución lo tiene en poco, no porque el Catecismo lo considere irrelevante, sino por la escasa o nula exigencia a la hora de administrarlo. 

Para acceder al sacramento del Orden Sacerdotal, de menor importancia teológica que el bautismo, aunque de mayor calado institucional, se le exigen al candidato una serie esmerada de requisitos: estudios de teología, espíritu de oración, un comportamiento moral recto, testimonio de fe, etc... Sin duda se trata de requisitos muy necesarios para el ejercicio del ministerio sacerdotal. Pero contrasta esa meticulosidad con la ligereza con que se administra el bautismo de niños; tengamos en cuenta que, aunque prácticamente toda la teología bautismal se hace teniendo como telón de fondo el bautismo de adultos, en la práctica normalmente se bautiza mayoritariamente a niños, haciendo de la excepción regla.

Para el bautismo de un niño no se exige a los padres más que el hecho de que lo pidan y, en última instancia, que asistan a una o varias charlas de dudoso valor para un discernimiento serio. ¿No estamos ante una contradicción? Ni siquiera la exigencia de unos padrinos confirmados nos sirve de garantía, dado que el sacramento de la confirmación tampoco asegura una fe madura, y el ritual del bautismo pide la fe y el compromiso de los padres; de los padrinos sólo exige el compromiso de la ayuda para educar en la fe.

Habría que preguntarse si el descenso del número de bautismos en nuestra iglesia no es debido al bajo discernimiento que se aplica al administrarlo. Tal vez la rutina y la costumbre de bautizar por sistema sea la consecuencia lógica de la perdida de significatividad de este sacramento. Cuando lo reducimos a acto meramente social, desligado de su conexión vital con la Palabra que alimenta la fe y la Caridad (comunión con el amor de Jesucristo) que le da crecimiento y madurez a la vida, no podemos extrañarnos de que muera por inanición.
* * *
La Fiesta del Bautismo del Señor nos puede servir de acicate para redescubrir el valor y el significado del sacramento del bautismo y dignificarlo tanto en su fondo (repensar la relación fe-bautismo) como en su forma (bautismo de adultos, o de niños que tengan verdaderamente garantías de que recibirán la formación cristiana adecuada).
 
¿De qué sirve el sacramento del bautismo sin la posibilidad de una toma de conciencia progresiva de que somos hijos de Dios? Un catecumenado adecuado, antes del bautismo en los casos de bautismo de adultos, o con la mayoría de edad en los casos que fueron bautizados en su infancia, es algo irrenunciable si queremos ser fieles a la misión de Jesús. Se trata de conectar el signo bautismal, la fe, con la vida. 
 
Ya lo hemos dicho, cada vez son menos los niños que reciben el bautismo, y menos también los bautizados que consideran la fe en Jesucristo como algo importante para ellos; la vida matrimonial y familiar, la vida económica, laboral, o de relaciones sociales se desliga cada vez más de la norma cristiana. ¿No suponen estos datos una llamada apremiante a redescubrir nuestra fe bautismal? Responder a este reto es un camino largo donde está en juego la identidad cristiana en un mundo de pluralismo cultural y religioso. El primer paso para una renovación de nuestra espiritualidad cristiana bautismal está en mirar y seguir a Jesús de Nazaret, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y, con él, asumir nuestra realidad y llevarla adelante con el mismo estilo del Crucificado-Resucitado.
 
 
 
 
Casto Acedo Gómez. Enero 2018. paduamerida@gmail.com.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Santa María. Madre de Dios (1 de Enero)


Sostener que la Virgen María es madre de Dios es  una afirmación muy fuerte para oídos profanos. A los que estamos habituados a escucharla no nos sorprende, pero a quien lo escucha por vez primera no puede menos que escandalizarle. Surgen las preguntas:  si María es Madre de Dios, ¿quiere decir que Dios no ha existido hasta que ella lo da a luz? Si Dios nace de María, ¿no será María anterior y mayor que Dios? ¿Necesitó Dios de María para existir?
 
Habituados a sabernos católicos no nos hemos preguntado nunca estas cosas; nos han dicho que María es madre de Dios y madre nuestra, y punto. Pero debemos entender bien éste título de María, sobre todo porque puede que nos veamos en la necesidad de dar razón de nuestra esperanza (1 Pe,3,15) a algún hermano de la Iglesia Evangélica, o a los testigos de Jehová (que tanto se escandalizan de nuestras devociones marianas y nos acosan con sus lecturas fundamentalistas de la Biblia), a alguien de la comunidad musulmana cada vez más presente entre nosotros,  o simplemente a alguno de tantos ateos o indiferentes a la fe que gustan de ponernos en aprietos más o menos intelectuales cuando tienen oportunidad.
 
Él título "Madre de Dios"

Para comprender el sentido del título de María como “Madre de Dios” hemos de remontarnos a su aparición en la historia de la Iglesia.  Yendo al origen  encontramos que el título, aplicado a María, viene del siglo V, y es consecuencia de los debates sobre la doble naturaleza (divina y humana) de Jesús. En el Concilio de Éfeso (451) se afirma la unidad indisoluble de la humanidad y divinidad en la persona del Verbo (Jesucristo). Por tanto, si no queremos admitir separación entre lo divino y lo humano en Jesucristo, hemos de terminar por admitir que el que nace de la Virgen María no es sólo el hombre Jesús al que se le ha adherido el Dios Jesús, sino el Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios y hombre verdadero.

No hay inconveniente, pues, en llamar madre de Dios (theotokos, en griego) a la santa Virgen María, pero matizando el sentido en el que se le aplica ese nombre: porque dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne. “La divinidad y la humanidad constituyen para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad... Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre El el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen” (De la Carta de san Cirilo a Nestorio, DZ 111).

Es significativo que el título de Madre de Dios se desprenda de los debates sobre la identidad del Hijo, y en concreto de la defensa de su humanidad contra quienes no estaban dispuestos a admitir el misterio de "Dios hecho carne".

La vida de María, desde la anunciación-encarnación, permanece asociada a Jesús y a su misión; su ser Madre está en función del envío o venida del Hijo para la salvación de los "hijos". Por ello, tal vez las imágenes más acertadas de María son aquellas que la presentan ofreciendo al niño y como diciendo: aquí tenéis la razón de toda mi vida, aquí tenéis lo mejor que os puedo dar, un don que me supera incluso a mí misma… aquí tenéis al Salvador, el remedio de todos vuestros males.

María vivió su maternidad como una experiencia no sólo humana, sino también divina. No vivió su gravidez sólo como plenitud de realización en la maternidad humana, sino también como experiencia de plenitud de Dios (llena de gracia). Desde su maternidad se convierte en esclava humilde al servicio del reino de Dios encarnado en su Hijo.

¿Qué significado podemos darle nosotros hoy a la figura de María como madre? Podemos seguir viéndola como la vieron los santos Padres: como portadora de un mensaje de salvación, mejor aún, como la que nos trae al mismo Salvador. Es María de la Na(ti)vidad, porque en ella y por ella nace Dios-con-nosotros.
 
Celebrar  María es imitarla.

A las puertas del nuevo año que iniciamos María, madre de Dios y madre nuestra,  puede servirnos de camino hacia Cristo; en este nuestro caminar por la historia cada año celebramos las virtudes y los misterios que vivió María (Inmaculada, Anunciación, Visitación, Purificación, Dolorosa, Asunción...) con el objetivo de unirnos a ella  y  vivir como ella los misterios de Cristo.

¿Cómo podemos imitar a María en nuestra vida?:
 
-Estando atentos a la Palabra de Dios: el nuevo año puede ser realmente nuevo si nos dejamos penetrar por la novedad del Evangelio, que no es otra que el Espíritu y la vida de Jesús de Nazaret. El que escucha la Palabra y la cumple cimenta su vida sobre la roca (Cristo). Ahí se asentó María, por eso se mantuvo en pie junto a la cruz (Jn 19,25). 

-¿Queremos un año de dicha, de felicidad, de bienaventuranza? Pidamos al señor que nos aumente la fe. “Dichosa tú porque has creído” (Lc 1,45); la felicidad no es posible sin la fe. La contemplación de los misterios de Dios, de las maravillas que hizo en María y sigue haciendo en la Iglesia, alimenta nuestra fe y esperanza. ¿No es un buen propósito dedicar cada día del nuevo año , o al menos cada semana, un tiempo concreto a la contemplación de Dios? Tenemos tanto que hacer que no podemos menos que iniciar el día con una oración que sosiegue nuestro espíritu, nos conecte con la realidad, nos lance a la acción y unifique en Dios todo lo que hacemos.


-Y no podemos olvidar con María el ponernos de parto, aunque sea doloroso. Todos estamos llamados en este año a “dar a luz a Jesús”; ¿cómo? Llenándonos de la gracia de Dios, como María, siendo en medio de la noche signos de esperanza para los que viven en la tiniebla del dolor, de la opresión, víctimas de la mentira; viviendo las obras de misericordia (dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, acoger al peregrino, vestir al desnudo, enseñar al que no sabe, etc.) como las vivió María, que supo mucho del Dios que “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52). María es madre; la Iglesia (nosotros) también es madre. Como iglesia cada cristiano está obligado a entregarse con cariño maternal a los más débiles.
* * *
El día 1 de Enero la Iglesia se pone con María en oración pidiendo también por la paz; la pide a Dios Padre, que nos envía al Príncipe de la paz, Jesucristo; y nos pide la paz también a nosotros;  no estamos autorizados a guardarla en nuestro interior la paz que Dios nos da, sino que hemos de ponerla al servicio de los hombres. Porque, con María, somos llamados a ser constructores de paz.
 
Adelante, pues, sé valiente e invoca el nombre del Señor pidiéndole su favor y su bendición, para que nos proteja, nos ilumine, nos de luces para saber conducirnos y nos procure la paz (cf Num 6,23-27). Con santa María, madre de Dios.

Casto Acedo. Enero 2018. paduamerida@gmail.com

lunes, 24 de diciembre de 2018

Familia cristiana (Reflexión)

En otro momento, con motivo de la fiesta de la Sagrada Familia escribí sobre lo específico de la familia cristiana. Me remito a ella como esquema general para una reflexión acerca de la identidad de un matrimonio y familia cristianos. Puedes acceder clickando en
Lo que sigue es una reflexión muy específica sobre un problema que preocupa a una generación de padres que ven como sus hijos optan por modos de vida familiar que ellos no consideran plausibles.
 
Cambios en el modo de vivir en pareja. 


En estos días de celebraciones tan familiares está más que justificada una reflexión sobre la importancia de la institución familiar. Como cristianos no podemos cerrar los ojos y sentirnos ajenos a los cambios sociales que se están produciendo en nuestro entorno sobre el modo de entender el noviazgo, el matrimonio y la familia misma. Muchas personas sencillas, sobre todo padres, que recibieron una educación asentada en los principios cristianos de la sacralidad, fidelidad e indisolubilidad del matrimonio y la familia, andan desorientados y no saben cómo reaccionar ante el modo nuevo en que sus hijos enfocan estas realidades.

 Relaciones sexuales a temprana edad, sin haber cuajado siquiera una mínima síntesis vital entre sexo y amor, parejas de hecho, divorcio a la carta, generalización de convivencia prematrimonial, unión civil legal (¿matrimonio?) entre personas del mismo sexo, etc., hacen que muchos padres, e incluso la misma jerarquía eclesiástica, se vean desorientados y se pregunten con cierta culpabilidad: ¿en qué nos hemos equivocado?, ¿qué hemos hecho mal?, ¿cuál es la razón de nuestro fracaso a la hora de transmitir nuestro modelo de familia?


Aunque con matices yo diría, en descargo de padres y prelados que se angustian por su supuesto fracaso, que no deberían sentirse más culpables que víctimas. Nuestros hijos son nuestros, pero también lo son de la libertad; quiero decir con esta frase tan manida que no tienen que seguir necesariamente los preceptos y esquemas de comportamiento que como padres o Iglesia les hemos querido inculcar. La presión del ambiente social y mediático (cine, televisión, redes sociales de internet, etc) es determinante en la juventud de los últimos años, y por esos medios les ha llegado una visión de la vida muy distinta a la que la mayoría de nosotros recibimos y quisiéramos para ellos.
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Lo bueno y lo malo de la nueva situación.
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La visión de los jóvenes no deja de tener su parte positiva; aunque tampoco carece de elementos negativos. Es positiva la apertura que se ha dado en lo referente a la sexualidad y la consiguiente ruptura del tabú que suponía en otros tiempos cualquier tema relacionado con ella. Tal vez el miedo a hablar de lo afectivo y sexual, propio de la generación de muchos padres, ha sido un impedimento grande a la hora de dar una correcta educación para el amor a los hijos. ¿Cómo enseñar la riqueza de la sexualidad como expresión del amor total?, ¿cómo transmitir a los hijos una visión positiva del sexo si quienes la han de transmitir no la han recibido?

Por ello, tal vez hay unas preguntas previas que habríamos de hacernos: Los comportamientos sexuales de las generaciones pasadas ¿se asentaban en convicciones morales derivadas de la fe, o eran simplemente convencionalismos?, ¿se guió la generación de los padres por la convicción personal o más bien por cierto miedo de origen religioso o por la presión social existente en su momento? ¿No habrían tomado muchos de entre los padres de los jóvenes de hoy la decisión que sus hijos toman ahora si en su día se les hubiera facilitado? El índice de divorcios y rupturas de convivencia entre personas de edad avanzada indican que posiblemente sí. Pero, a lo que vamos: sin duda, el hecho de que la elección del modo de vida en pareja sea más libre, es algo positivo. En esto, como en otros ámbitos de la vida (profesión, amistades, etc), las imposiciones suelen ser nefastas.
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Tan malo es pecar por defecto como por exceso. Lo negativo en todo esto que se ha dado en llamar "libertad sexual" puede estar en la sobrevaloración de la cantidad sobre la calidad, en la reducción de lo sexual a lo físico, y en la banalización del matrimonio que, en la mentalidad de muchos jóvenes se reduce a “matrimonio de conveniencia”. Aunque esta expresión se aplica generalmente a quien se casa por interés económico o social, también me gusta hacer notar que son muchos los jóvenes que buscan la forma de convivencia que más convenga a sus intereses particulares. “Viviré contigo mientras haya amor”, entendiendo que el amor es un simple sentimiento de bienestar personal ajeno al sacrificio y la renuncia; “viviré contigo mientras convenga a mi gratificación, a mi interés particular”. Matrimonio de conveniencia. 

 La propensión a poner como eje de la vida la propia satisfacción material, psicológica y espiritual, idea alentada por el consumismo, y la consiguiente incapacidad para soportar con paciencia los defectos del prójimo o prójima, abren la puerta al miedo a casarse (entendido en el sentido negativo como "atarse"). En el fondo ¿no es miedo al amor entendido como donación? ¿No se esconde el rechazo al esfuerzo y sacrificio que supone vivir para el amado o amada?

La mayoría de los jóvenes de hoy, inmersos en el relativismo ambiente, no creen en el “amor para toda la vida”. Pero ¿y los adultos? ¿creen en el matrimonio para todo la vida?, ¿o creyeron en él y ya han dejado de creer? El divorcio es un fenómeno bastante extendido entre los mayores, lo cual quiere decir que muchos de sus hijos han vivido la experiencia de familias rotas y desestructuradas. Muchos reciben de sus padres la herencia de un fracaso matrimonial mal gestionado del que quieren prevenirse precisamente cerrándose a la idea de casarse.
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Cómo situarnos cristianamente.
 
¿Cómo enfocar cristianamente la circunstancia de los hijos que optan por la convivencia en pareja sin compromiso matrimonial ante el altar? Desde luego, cuando se trata de opción por el matrimonio civil habría que considerar que si la experiencia de fe es inexistente es sin duda la mejor opción. Cuando algún  sacerdote o un cristiano comprometido manifiesta su escándalo por el aumento de divorcios suelo decir que, más que escandalizarnos por ello, deberíamos hacer examen de conciencia, porque a la mayoría de esos que se han divorciado los hemos casado nosotros: ¿no los bendijo la Iglesia -padres, comunidad, párroco- al celebrar el sacramento?, ¿con qué discernimiento?, ¿no hemos casado “por la Iglesia” a todo el que lo solicitaba, incluso sabiendo de su baja religiosidad? ¿Por qué no nos escandalizó el hecho de que hasta hace poco prácticamente todos los matrimonio se hicieran por la Iglesia y sin embargo las iglesias fueran paulatinamente vaciándose los domingos?

Me parece lógico el hecho de que los matrimonios por la iglesia hayan descendido alarmantemente en los últimos años; nos hemos dedicado a casar (sacramentalizar) sin molestarnos en acercar la persona de Jesús a las parejas (evangelizar) para que aprendan a leer su relación en clave de amor cristiano. De este modo la identidad cristiana del matrimonio ha quedado muy dañada. Si Jesús y su modo de amar no forma parte de la vida de una pareja, por muy religiosa que sea la ceremonia de la boda, no hacemos sino echar en saco roto la gracia de Dios (cf 2 Cor 6,1-10).

Con las cosas así, unos criterios a la hora de evaluar y enjuiciar la nueva situación: .

 
a) La misericordia como principio. Cuando nos enfrentamos a la opción por la unión sin compromiso matrimonial siquiera civil que hacen algunas parejas, o a los casos de uniones homosexuales, o a divorcios de personas que nos son cercanas, nos queda  una clave teológica muy apropiada: la misericordia. Se trata de respetar, amar y estar siempre abiertos a la comprensión y acogida de quienes han elegido un camino que consideramos poco ortodoxo desde nuestras claves religiosas.

Ser misericordioso supone emitir un juicio; pero el juicio sobre los hechos no exige necesariamente la condena de la persona, tal como hizo Jesús con la pecadora que acude a lavarle los pies a casa de Simón (cf Lc 7,36-47), o con la mujer adúltera: "Yo tampoco te condeno, vete y en adelante no peques más" (cf Jn 8,1-11); con esta sentencia Jesús condena el adulterio, pero no a la mujer adúltera, a la que ama e invita a la conversión. "No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros." (Mt 7,1-2).  Evidentemente se refiere a "no emitáis un juicio de condenación",  porque tal actitud se opone a la mirada misericordiosa de Dios; el juicio a la persona, en última instancia, corresponde sólo a Él: "No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón" (1 Cor 3,5). Y no pienses sólo en tinieblas ajenas.
 
b) El matrimonio cristiano como alternativa. Sé que esto de respetar y mantener los propios principios y creencias no es fácil, sobre todo cuando del otro lado no se valoran del mismo modo opciones cristianas como la castidad o la fidelidad, o la indisolubilidad y fecundidad matrimonial. Como en los primeros siglos, la Iglesia está llamada a ser hoy en este campo, como en tantos otros, una comunidad marginal, que no quiere decir marginada. Decir que la Iglesia es “marginal” no es definirla como comunidad que para vivir sus valores haya de huir del mundo o situarse en una esquina; a eso llamaríamos “marginada” por su propia decisión; sociedad ”marginal” quiere decir “que vive en la frontera, en los márgenes de su sociedad, ni se integra, ni se evade, ni se encierra, porque presenta unos valores alternativos y no renuncia a influir y cambiar la sociedad” .[1]
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Convenzámonos de una vez por todas de que nuestra sociedad no es mayoritariamente cristiana; son mayoría los bautizados, pero el evangelio no es la clave interpretativa común de nuestro mundo. La economía y otros poderes mandan, y marcan el ritmo de nuestros criterios morales y nuestras relaciones. En estas circunstancias nos toca dar testimonio con el ejemplo, profundizando y viviendo la riqueza del amor cristiano en el seno del matrimonio y la familia, donde la persona amada es prioritaria, los hijos no son un capricho sino un don de Dios, y las crisis de convivencia tienden a ser consideradas como oportunidades para fortalecer el amor.
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Como proclama san Pablo en su himno de 1 Cor 13, “el amor es paciente y benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta: no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca” (4-8). Cambiemos en este texto la palabra “amor” por la palabra “Dios”, y releamos el texto. Dios es amor. Si ponemos a Dios en la vida matrimonial y familiar, si nuestra valoración sobre los nuevos modelos de vida familiar se guían por una lectura creyente, con los matices de búsqueda de Dios y de denuncia profética en los hechos que analizamos, si cuando se trata de las personas nuestros juicios rezuman misericordia, estaremos dando pasos para ser levadura en la masa (cf Mt 13,33; Gal 5,9). Ser levadura; edificar familias firmes en la fe, alegres en la esperanza y fuertes en el amor, esa es la alternativa cristiana, la respuesta a los retos que nos plantean las nuevas situaciones familiares.
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Casto Acedo Gómez. paduamerida@gmail.com. Diciembre 2015.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Rey de la verdad y el amor (Cristo Rey)

 
El reino de Dios no es un reino político sostenido por un ejército y una fuerza policial; ni tampoco se trata de un estado mesiánico en el que hay un rey vengador que, en línea con las esperanzas erróneas del pueblo judío, vendría a mostrar su fuerza avergonzando y confundiendo a los que no creen el anuncio de su venida. El reino de Dios no tiene su fundamento ni en una idea ni en una determinada acción político-social, sino en una persona: Jesús, que no viene a establecer ningún “sistema” sino a mostrar el rostro humano y cercano del Padre.

Un rey crucificado


Contemplando la palabra y las acciones de Jesús de Nazaret podemos comprender qué clase de reino es el que predica y pretende: nace pobre y humilde en Belén, vive anónimamente en Nazaret, se vuelca en el servicio a los excluidos de su tiempo, anuncia el amor (misericordia) de Dios Padre, y termina sus días siendo contado entre los últimos, condenado a muerte y crucificado. San Pablo dirá luego que “la fuerza se muestra en la debilidad” (1 Cor, 1,25.27; 12,10). Este es el Reino que predica Jesús: el reino de los pobres, de los débiles, del amor, significado en el Rey Crucificado que a la violencia responde con el perdón y la paz.

El título de Rey aplicado a Jesús hay que leerlo contemplándolo en su pasión y muerte. La primera carta de san Pablo a los Corintios nos da una pista: “El lenguaje de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es poder de Dios… Lo que en Dios parece debilidad, es más fuerte que los hombres” (1,18.25). Mirando a Cristo mientras recibe el “homenaje” de los soldados con sus bofetadas, burlas y salivazos (cf Jn 19,1-3), viendo la escena del Ecce homo: “aquí tenéis a vuestro rey” (Jn 19,5), u observando “al que atravesaron”, podemos contemplar al Rey. Por cetro: una caña; la corona: de espinas; el manto: color púrpura (ensangrentado); el trono: una cruz de tosca madera. Como fondo de la escena un enorme cartel: Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos (INRI) (cf Jn 19,19).

Lejos de ser una fiesta de triunfalismo político-social, la solemnidad de Cristo Rey es un canto al triunfo seguro del amor y el servicio generoso sobre el odio y el poder abusivo. La dignidad de Cristo en la cruz es la dignidad del amor hasta el extremo, la auténtica dignidad “real”. Sólo el amor nos hace dignos.


Con su muerte en cruz Cristo ha conseguido la bienaventuranza de los pobres. Porque sólo desde la grandeza del amor-dolor de la cruz podemos entender el sermón del monte. Los pobres, los perseguidos por causa de la justicia, los que sufren, lo que trabajan por la paz, (cf Mt 5,1-12)… son dichosos porque participan de la vida de Dios crucificado; con Cristo crucificado los últimos del mundo pasan a ser los primeros (cf Mt 20,16). 

 El reino de la verdad lucha contra el de la mentira.

 
Vivimos tiempos de relativismo en todos los sentidos: filosófico, religioso, moral… No se admiten verdades absolutas y tampoco monarcas absolutos. La verdad se ha empobrecido, se ha reducido a “racionalismo” y a “cientificismo”. La verdad está sólo en lo que podemos racionalizar o medir. ¿No es un concepto demasiado pobre esa “verdad”?¿Acaso el mucho razonar y cuantificar nos dará la vida? ¿Calmará mi dolor la explicación científica y razonable de mi enfermedad? ¿Dará solución a los problemas del mundo (norte-sur, inmigración, crisis económica, "cultura del descarte", desahucios, terrorismo y violencias de todo tipo) el estudio pormenorizado de sus causas y los proyectos de solución técnicamente perfectos? Lo dudo. Y si ahí, en las medidas, los cálculos y los raciocinios no está la verdad que nos libra de la oscuridad del túnel, ¿dónde encontrar la salida?

Pues digámoslo sin tapujos, a pesar de que los tiempos no parecen simpatizar con la palabra: "Dios" es la verdadera respuesta a nuestros interrogantes más profundos. Y con Cristo llega el Reino de Dios, Reino de la Verdad. La vida de Jesús fue una continua lucha contra la mentira de sus contemporáneos. Algunos, como Nicodemo, Zaqueo, Pedro, Mª Magdalena o Mateo, dejaron de engañarse y se pasaron a la verdad, pero otros siguieron obstinados en la mentira de sus prácticas religiosas y sociales legalistas, y, cuando les llegó la hora de enfrentarse con la verdad, quisieron aniquilarla crucificando al que la encarnaba y predicaba. Pero fracasaron en su empeño. En Cristo crucificado y rehabilitado en la resurrección podemos ver que Dios está dispuesto a todo, incluso a morir para poner en evidencia la Verdad más sobrecogedora y absoluta: Dios es amor sin límites.

Las fiesta de Cristo Rey (habría que decir mejor día del Reino de Dios) pone ante nosotros la verdad de Dios: Cristo crucificado. "Yo soy la verdad", había dicho. Se trata de una verdad de un orden distinto al racional y científico, una verdad esencial, la verdad del amor, en la que encuentran apoyo todas las demás  verdades. Porque "si conociera todos los secretos del mundo y todo el saber, si no tengo amor no soy nada" (cf 1 Cor 13,2)

 
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La verdad es un estilo de vida, una persona (Jesucristo), un misterio (el misterio del Reino) que supera el conocimiento racional, pero que puedes gustar y vivir. Los hombres solemos tener miedo a “la verdad”. ¡No tengáis miedo! (cf Mc 16,6; Lc 12,4; Mt 14,17, etc).  


Dice el salmista: “El Señor reina, vestido de majestad” (Sal 92,1). A este Señor que reina, ábrele el corazón, y los oídos para escuchar su palabra. “El que es de la verdad escucha mi voz”. Tiene mucho que decirte. Mostrándote la "Verdad" te dará a conocer "tu verdad", porque sólo en Él encuentra sentido tu existir. Y te sanará con su fuerza, porque “su poder (amor) es eterno, no cesará. Su reino no acabará” (Dn 7,14).

Como anticipo de lo que te espera, como prenda del día en que lo verás todo con claridad,  te invita cada domingo al banquete de su Reino. ¿Te perderás este regalo?.
 
Casto Acedo Gómez. Noviembre 2018. paduamerida@gmail.com.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La fiesta de los justos (Domingo 18 de Noviembre)

 
Dn 12,1-3; Sal 15,5.8-11; Hb 10,11-14.18; Mc13,24-32.

  


"Después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán” (Mc 13,24-25). Una lectura literal de este texto da cierto respeto, sino miedo. Pero sería un error interpretar esto como una amenaza, hacer de ello un motivo para llamar a la conversión por el temor antes que por el arrepentimiento y la compunción. Pobre servicio haríamos a la fe si leemos este texto de san Marcos en clave de “desquite y venganza” de Dios, cuando el Evangelio es “buena noticia” del mismo Dios y como tal se presenta ante nosotros. Pero ¿dónde está en este evangelio la “buena noticia”? Vayamos por partes.

 
El triunfo del bien sobre el mal.

Estamos terminando ya el año litúrgico. Y en estos domingos finales, los textos litúrgicos nos van hablando de las “cosas últimas”. Ya el domingo pasado, en cierta manera, se nos hablaba también de esas cosas, porque al presentarnos a los maestros de la ley, que buscan los primeros puestos y que les honren en las plazas, y al contrastar la figura de los ricos que echaban monedas en el templo con la viuda que echaba todo lo que tenía (cf Mc 12,38-44), Jesús ya advierte sobre qué es lo definitivo a los ojos de Dios.

Entre ese evangelio del domingo pasado y el de hoy san Marcos coloca un discurso amplio de Jesús al hilo de unas apreciaciones que le hacen los discípulos: “Maestro, mira qué piedras y qué construcciones” (Mc 13,1), le dijo uno de sus discípulos al salir del templo, y Jesús aprovecha para poner en evidencia la vanidad de las construcciones externas: “¿Ves esas grandiosas construcciones? Pues no quedará aquí piedra sobre piedra” (Mc 13,2), las grandes construcciones, así como los ricos que las edifican y sustentan, están destinadas a desaparecer, y quedará la nueva creación donde lo pequeño y sencillo, como la viuda del templo, pervivirá. 

Más tarde, estando sentado en el monte de los olivos contemplando el templo, “Pedro, Santiago y Juan le preguntan: ¿Cuándo ocurrirá eso y cuál será la señal?” (Mc 13,1-4). Y Jesús aprovecha para dar a sus discípulos unas enseñanzas sobre los tiempos finales (discurso escatológico en Mc 13,5-23). Esta enseñanza se puede resumir en estos puntos:

*La historia tiene que pasar todavía por grandes tribulaciones -guerras, terremotos, hambre- (5-8); 

 *El mal se enseñoreará de la tierra (14-20);

*surgirán falsos mesías (21-23);

*vosotros vais a sufrir persecuciones, pero el que persevere se salvará (9-13).

El final no verá el triunfo del mal sino del bien, encarnado en el Hijo del Hombre, Jesucristo, cuya luz brillará más que la luz de los astros -“el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo”-, y cuyo poder será superior a cualquier otro -“los ejércitos celestes temblarán”-. El final no será de muerte sino de vida, no será la victoria del mal sino la de la justicia (del justo): “Entonces verán venir al Hijo del Hombre con gran poder y majestad; enviará los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo” (Mc 13,24-25).
Cuando veas, pues señales de destrucción y de muerte, que parecen evidenciar el triunfo del mal, no te desanimes, porque el triunfo final corresponde al bien (optimismo cristiano). Cuando sucedan esas cosas “sabed que él está cerca, a la puerta”, es la parusía,[1] la llegada del Señor a la ciudad. Su venida no supone el fin de la historia, sino el fin del reino del pecado en el mundo, el triunfo de Dios y de sus santos (cf Ap. 19 ss). Es la fiesta de los justos. “Los sabios (justos) brillarán como el fulgor del firmamento” (Dn 3). “La Palabra de Dios” (Jesús) permanecerá, y con él todos el que le habéis escuchado y sois de los suyos (cf Jn 10,16). Por eso, porque eres de los suyos, lo que se anuncia en este evangelio es para tí  motivo de alegría.
 
Claves para la vida
 
De todo este lenguaje “apocalíptico” tienes la oportunidad de sacar algunas consecuencias concretas:  
 
1. Puedes empezar repitiendo algo que aprendías el domingo pasado a propósito de la viuda que echaba sus reales en el templo: Dios no mira las apariencias, sino el corazón (cf 1 Sam 16,7) de cada vida concreta y de los hechos personales y sociales. Por tanto, sitúate tú también en la mirada de Dios. Frente al pesimismo de los que creen que el mal es dueño y señor de todo, ponte en el optimismo de los que creen y saben que el triunfo de los buenos está garantizado por Jesucristo. Del pesimismo sólo sacarás pasividad; los hombres de acción nacen del optimismo. 



2. No te dejes cegar ni vencer por las apariencias de victoria que tiene el mal. Mira nuestro mundo y sus “construcciones”, sus tremendas torres de Babel: edificios monumentales al servicio del poder económico: bancos suntuosos, catedrales del negocio y santuarios del consumo; mientras, en la misma ciudad, o más al sur, media humanidad sobrevive como puede a la crisis económica, o directamente mueren o desesperan escapando de las guerras que asolan el mundo; en su huida les impedimos traspasar las murallas y alambradas que los países desarrollados hemos levantado para impedirles el paso.

Contemplando las soberbias construcciones de nuestro mundo, también los muros infranqueables, puedes oír la voz de Jesús: “¿Ves esas grandiosas construcciones? Pues no quedará aquí piedra sobre piedra.” (Mc 13,2a) Cuando dice esto Jesús está mirando el templo (cf Mc 13,1), con todo su significado religioso-político-social. Él ha venido para mostrar que Dios (Jesucristo) es el nuevo templo, y con Él todo hombre es “templo del Espíritu Santo”, con lo que indica de cara a la vida moral cristiana que lo único eterno es el amor a Dios y al prójimo, ambos amores de modo inseparable; un mandamiento de dos caras.

“Todo será destruido” (Mc 13,2b). Si al final todas nuestras construcciones ególatras están abocadas a la destrucción, ¿por qué nos empeñamos en seguir construyendo semejantes ídolos? ¿Qué quedará de todo esto y de mí mismo al final?
 
3. Si Jesús dice: “el cielo y la tierra pasarán, y mis palabras no pasarán”, ¿dónde debes poner tu esperanza y tus esfuerzos? Tal vez es hora de que escuches en serio la palabra de Dios, no movido por la angustia de la muerte sino por la sabiduría de la vida.
 
4. El hombre de hoy, como el de siempre, pero hoy tal vez más fruitivamente, busca la felicidad en el placer, en el equilibrio mental y sentimental, con una cierta “apatía new age” ante la vida y las cosas. Tú mira los acontecimientos personales y sociales desde Dios; eso te  ayudará alcanzar tu aspiración a la felicidad, pero sin caer en la “apatía”. Tu paz interior será el fruto de la lucha interior y exterior contra el mal,  con la certeza de la fe -¡sí, fe cierta!- puesta en que nuestro Señor ha obtenido ya la victoria. Afronta la vida sin miedos, con tranquilidad, con la garantía de que tienes un seguro de vida eterna en Jesús (cf 2ª lectura: Hb 10,11-14); ¿no es este seguro razón suficiente para viajar por los días trabajando con tranquilidad? Si Dios está contigo, y si tú estás con Él, ¿qué puedes temer? (cf Rm 8,31-39)
 

 
 
5. Finalmente, y enlazando con el tiempo de Adviento ya próximo: vigila, mantén los ojos atentos para descubrir en el mundo el rastro del monstruo que es el pecado, el maligno que se esconde bajo aspecto de dinero, poder, placer ególatra, falsa libertad,…, luces con luz caduca; permanece también con la mirada abierta  a la justicia debida al pobre, las manos tendidas al justo injustamente perseguido; los ojos  en Cristo y las manos en el arado, trabajando en la viña del Reino.
 
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Cuando llegue el momento de la parusía personal –tu propia muerte-, o colectiva –fin de los tiempos-, recuerda que Cristo no viene a destruirte, sino a recogerte, “a reunir a sus elegidos de los cuatro vientos” (Mc 13,27) para hacerte partícipe de su gloria.

La parusía, la llegada del Rey victorioso que trae para sus súbditos beneficios excepcionales, se vive como prenda en la Eucaristía. El Señor viene. La Eucaristía es anamnesis -recuerdo, memorial- de que toda la salvación y gracia ha sido realizada ya por Cristo Jesús en la Pascua; estar en la misa y vivirla, es anticipar el gozo de aquel día en que el señor vendrá definitivamente; mientras llega ese momento celebramos la fiesta de los justos, la eucaristía, que adelanta el final, y nos hace esperar sin angustia el día en que llegará nuestro Salvador para hacer nuevas todas las cosas (cf Ap 21). “¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, señor, Jesús!”.

 
[1] Al acto finalizador de la historia como acontecimiento se le designa habitualmente en el NT como la parusía. Se trata de una palabra griega (derivada del verbo pareimi= estar presente, llegar) y que significa, bien la presencia, bien la llegada de personas, cosas o sucesos. En el mundo griego la palabra designaba tanto el descenso o la manifestación de personas divinas en la tierra, como las visitas de los reyes y príncipes a las ciudades sometidas a su imperio. Se trata, por tanto de una manifestación triunfal, de un despliegue solemne en un ambiente festivo. En la época imperial romana, el césar es saludado en su parusía como señor y portador de salvación. El pueblo aguarda con expectación su venida, puesto que espera conseguir con ella beneficios excepcionales. Todas estas circunstancias dan a la parusía un carácter netamente jubiloso y festivo. Los escritores del NT utilizan la palabra parusía en sentido religioso; salvo en una ocasión (2 Ts 2,9), designan con ella el advenimiento glorioso de Cristo al final de los tiempos, conectado con el fin del mundo (Mt 24,3.27.37.39; 1 Tes 2,19; 3,13; 4,15; 2 Tes 2,1.8; 2 Pe 3,4.12), con la resurrección (1 tes 4,15; 1 Cor 15,23) y con el juicio (1 tes 5,23; St 5,7.8; 1 Jn 2,28).
 

 
Casto Acedo Gómez Noviembre 2015 , paduamerida@gmail.com.

Tabor y cruz (8 de marzo)

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