jueves, 29 de septiembre de 2022

Fe y obras (Domingo 2 de Octubre)




 
La más importante de las tres virtudes teologales, y la que más de moda está siempre,  es el amor (entendido como “obras son amores”), pero no podemos menospreciar el valor de las otras dos virtudes: la fe y la esperanza. En defensa de estas dos hermanas menores me atrevo a decir que si las buenas obras del amor escasean en una sociedad o en una persona, es porque escasea la fe y se ha relajado la cuerda de la esperanza. Porque ¿hay algún desconfiado o desesperado capaz de sacar amor de su corazón?
 
La fe pura se muestra en el amor gratuito
 
Las lecturas que propone la liturgia de  hoy apuntan a una reflexión sobre la fe y su relación con las obras.  

¿Qué decir de la fe? Lo primero que se me ocurre, echando mano del evangelio, es que la fe tiene poder; más en concreto: la fe da el poder de las obras. El motor primero de cualquier tarea está en la fe que empuja a realizarla; y con la fe también empuja la esperanza sentida en el presente de verla realizada en el futuro. 

Para ilustrarnos acerca de la fe y su relación con las obras Jesús nos pone hoy una comparación y nos cuenta una parábola. Vayamos primero a la comparacion:
 
"Si tuvierais una fe tan grande como un grano de mostaza y dijerais a ésta higuera: Arráncate y trasplántate al mar, él os obedecería".
 
Esta comparación  te pone en evidencia: no tienes fe, o si la tienes es muy escasa. ¿De veras crees que si le dices a la higuera que se plante en el mar te obedecerá? Por eso necesitas que tu fe se vea aumentada, como pidieron los apóstoles: "¡Señor, auméntanos la fe!". Porque se necesita de la fe para la poner en acto el amor que conduce a la salvación. La primera lectura te lo está diciendo: "el altanero no triunfará; pero el justo por su fe vivirá" (Habacuc 13,4). Muy parecidas palabras nos dice san Pablo en sus cartas: "El justo por la fe vivirá" (Rm 1,17; Gal 3,11).

Pero ¿no habíamos quedado en que al final seremos juzgados por nuestras obras? Pues sí, "por las obras de la fe"; porque la fe sin obras está muerta, pero también las obras sin la necesaria fe y humildad, es decir, las obras soberbias del hombre, matan la fe y conducen a la perdición. Si ya te vales por ti mismo, si tus obras son merecedoras de la salvación, ¿para qué quieres la fe? Quien cree salvarse por sus solos esfuerzos, ¿no está haciendo inútil la muerte de Cristo? Si no necesitamos de Él, ¿para qué murió? Si el poder de salvarse está en nuestras manos, ¿para qué hubo de cargar con nuestros pecados? (Is 53,4; 1 Pe 2,24).

Cuando ponemos la confianza en nuestras obras estamos haciendo inútil la muerte de Cristo, y nos equivocamos, porque "si el Señor no construye la casa (si él no nos sostiene y anima) en vano se cansan los albañiles" (Sal 126,1), y Jesús dijo que "sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5).

Y aquí viene el porqué a la enseñanza sobre la fe el Señor le añade una parábola:

«¿Quién de vosotros, que tenga un criado arando o pastoreando, le dice cuando llega del campo: Pronto, ven y siéntate a la mesa? Más bien le dirá: Prepárame de cenar, y ponte a servirme hasta que yo coma y beba. Después comerás y beberás tú. ¿Tendría que estar agradecido al criado porque hizo lo que se le había ordenado? Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os haya ordenado decid; Somos unos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer". 

¿Qué enseña esta parábola? Algo tan simple como que, por muy bien que hagamos todo, no hacemos nada extraordinario. Si nuestras obras tienen algún valor es porque el Señor se lo quiera conceder.

 Este ejemplo del "pobre siervo", desligado de la dinámica de la fe, es escandaloso para la sensibilidad moderna tan dada a reclamar derechos y reconocimientos públicos. Un criado (un siervo-esclavo) no tiene nada que esperar de su Señor, no adquiere ningún derecho por su trabajo; cuando lo ha hecho todo lo único que le queda es el reconocimiento de su insignificancia «somos unos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10).


Nos enseña así Jesús que la fe pura obra sin esperar nada a cambio, o lo que es lo mismo: una fe pura se plasma en un amor puro, un amor que da sin esperar premio, algo escandaloso para una cultura donde las relaciones se mueven en el ámbito del "doy para que me des". 

 
La parábola del siervo fiel muestra que lo que nos redime es la fidelidad al Señor, la fe puesta en Él, el reconocimiento de nuestra pequeñez; o sea, la humildad de la fe. Desde ahí podemos vivir el amor verdadero, el que actúa sin esperar nada.

"El amor verdadero -dice san Bernardo- no es un contrato, ni el fruto de un pacto, sino que brota y se manifiesta espontáneamente. El amor verdadero encuentra en sí mismo su satisfacción. Su premio es el mismo objeto amado. Al que todavía no ama, se le estimula con un premio. A los niños hay que incitarlos a hacer las obras de amor motivándoles con la promesa de un obsequio.

En la vida ordinaria atraemos con promesas y premios a los que se resisten, no a los que se deciden espontáneamente. ¿Se nos ocurre ofrecer una recompensa a los que están deseando realizar una cosa? ¿Se le da un premio a la madre que está deseando amamantar a su hijo? ¿Se premia al que, teniendo sed, bebe? ¿Se le da un premio al que construye su propia casa, o al que tala sus propios árboles? ¡No! El premio es el mismo objeto amado. Con mayor razón, quien ame a Dios no buscará otra recompensa que no sea el mismo Dios. Si espera otra cosa, no ama a Dios, sino aquello que espera conseguir”. 

¿Cómo es nuestra fe? Dice Jesús, para distinguir a los verdaderos entre los falsos profetas, que «por sus obras los conoceréis» (Mt 7,16), y hoy podemos decir que por la actitud que tengas a la hora de hacer las obras que Dios quiere,  puedes conocer tu fe.

Hombre de fe pura es el que trabaja, no por la paga que espera, sino porque es su vocación, porque se ha enamorado de Cristo y no le queda más remedio que dejarse arrastrar por la seducción de su mensaje.

Hombre de fe auténtica es el que se relaciona con Dios como con un amigo al que uno acude y al que sirve sin esperar premios ni recompensas. Hacer y realizar lo que agrada al amigo es ya una recompensa, porque la virtud tiene en sí misma su paga.
 
 Vivir la gratuidad
 
 En este punto hemos de preguntarnos cada uno: ¿Cómo entiendo mi vida cristiana?: ¿como un contrato?, ¿la entiendo como un negocio, una inversión a largo o corto plazo, de la que espero obtener algún beneficio?, ¿creo que me merezco algo por mis buenas obras? «El hombre injusto (pecador) tiene el alma hinchada», dice el profeta (Hab 1,4a). Está hinchado por la soberbia de las obras, inflado de creerse el mejor, el más laborioso y bondadoso, el que nunca se equivoca, el perfecto. Por eso no soporta que la gente no le adule y le ignore; por eso se rebela cuando alguien le critica, porque se siente un desgraciado al que nadie agradece todo el bien que hace. Se siente abandonado; "no me quiere nadie", parece decir. Tan ocupado en contabilizar sus propios méritos él mismo es incapaz de amar y se ahoga en su propia soberbia.


Jesús nos invita a entender la vida desde la gratuidad; "todo es gracia"; soy un "pobre siervo"; aunque fuera el hombre más bondadoso del mundo no me merezco nada y todo lo que recibo es un inmerecido don de Dios, nunca mérito mío. «El justo vivirá por su fe» (Hab 1.4b). Tengo fe cuando considero que el simple hecho de que Dios se haya fijado en mí es paga suficiente paga para cualquier sacrificio que hubiera hecho. 

* * *
"Señor, auméntame la fe» 
 Aumenta mi confianza en Ti.
Que aprenda que lo único
importante es tenerte a Ti.
Que descubra tu gracia, 
que todo me viene de Ti y es tuyo.
 Que mis relaciones humanas
vayan siempre acompañadas
de la gratuidad del amor
que da sin exigir.
 Dame vivir con fe

y amor cristianos”


Octubre 2022
Casto Acedo

lunes, 29 de agosto de 2022

Discernir el seguimiento de Jesús (4 de Septiembre)


Clickar sobre las citas para leer las lecturas del día:

"Mucha gente acompañaba a Jesús" (Lc 154,25). A su paso por los pueblos de Palestina solía formarse un procesión numerosa. Entre los que se acercaban había personas muy seguras de sí, pero también indecisos, tibios, seguidores de medias tintas. Jesús, sorprendido por su éxito con todo tipo de público debió preguntarse qué esperaban realmente de él. Tal vez por ello consideró oportuno pararse a discernir y hacer una selección.
 
Cuando se da un crecimiento tan cuantioso de discípulos no se puede evitar la sospecha de que no todos sigan al maestro con intención desinteresada. ¿Han captado bien su proyecto de Reino? ¿Conocen de verdad las duras implicaciones que lleva consigo vivir a fondo el Evangelio? La mayoría, tal vez todos, no debían tener muy claro lo que implicaba el seguimiento de este nuevo profeta. ¿No se habrían precipitado al tomar la decisión de ir tras él? 

Temiendo que sus seguidores no fueran conscientes de las exigencias que implicaba ser discípulo, Jesús se vuelve y les plantea la seriedad de  su propuesta,  marcada por unas renuncias que no todos estarán dispuestos a aceptar. 

Saber a dónde te quiere llevar Jesús

Pues bien, también tú sigues hoy a Jesús. Te ha seducido su palabra y su modo de vida y estás en camino con Él. Pero antes de seguir adelante has de aplicar el corazón y la mente para calcular debidamente aquello a lo que te comprometes si quieres ser de veras un auténtico cristiano. 

¡Párate un momento!, parece decirte hoy Jesús, ¡reflexiona un poco, porque la vida a la que llamo no te la puedes tomar a la ligera, sin una evaluación detenida y en profundidad! Si tu seguimiento es superficial puedes terminar siendo el hazmerreir de los que te observan, que “se burlarán diciendo: ´este comenzó a edificar y no pudo terminar´” (Lc 14,29-30). 

Lo primero es saber hacia dónde te quiere llevar Jesús. La meta es Jerusalén, lugar de la resurrección, pero también lugar de la pasión y de la cruz. Jerusalén es el momento y el lugar en que la renuncia se hace total; ahí Jesús lo deja todo para ir al Padre.
 
Has de saber que ser discípulo lleva aparejada la cruz. “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, ... no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26); muchas veces serán tus padres y hermanos, o tu esposo o  esposa, o tus compañeros de trabajo, los que no comprenderán tu fe y serán cruz para ti (cf Lc 12,51-53). La incomprensión de los tuyos acarrea conflictos y sufrimientos especiales que has de asumir. “El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26-27): con estas palabras Jesús anuncia la sabiduría de la cruz; y te dice que ser signo de contradicción en medio del mundo no es tarea fácil, pero sí conveniente cuando se trata de confesar a Dios y resituarlo en la historia.
 
El mismo Jesús experimentó esta cruz, él mismo dejó a un lado todos los bienes y puso al Padre Dios por encima de su madre y sus parientes, lo cual no le libró de conflictos con ellos, hasta el punto de que cierto día “sus parientes fueron a hacerse cargo de él, pues decían que estaba loco" (Mc 3,21).



Calcular las propias fuerzas
 
Una vez sabido hacia donde te quiere llevar Jesús, lo segundo es pararte a pensar si con los “materiales” que tienes puedes alcanzar la meta que te propone. ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a abandonarme a Dios? (fe) ¿Qué espero de él? (esperanza) ¿Cuánto estoy dispuesto a dar? (amor).
 
Se trata de calcular tu patrimonio espiritual. Para prevenirte del ridículo de querer y no poder, para evitar que hagas el ridículo, Jesús te advierte: ser discípulo compromete seriamente. No basta dedicarle un tiempo o unos recursos determinados, hay que invertir todo lo que se tiene. Jesús reclama una donación total, un corazón indiviso a su servicio.  Para ello hay que pensar y calcular bien; como el que construye una torre o se prepara para la guerra: ¿tendré el dinero suficiente para construir mi obra? ¿Podré vencer al enemigo con el armamento y la tropa que tengo? Ser discípulo te pide un discernimiento personal de las propias virtudes, no sea que, al final, tus buenas intenciones fracasen y seas la burla de tus vecinos.
 
Llega el momento en que debes preguntarte: ¿Estoy dispuesto a llegar hasta el final? ¿Qué tendré que dar -a qué tendré que renunciar- para ser discípulo de Cristo? ¿Qué está ocupando mi corazón, mis pensamientos, mi tiempo, etc., que me impide corresponder a Cristo? (Puedes hacer una lista de cosas que te sobran). Sabes que renunciar a todo por Jesús es una cruz; pero también sabes que el Señor te dice: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (cf Mat 11,28-30).

Invertir en el proyecto del Reino es vaciarme para que el Padre Dios y su Reino ocupen todo mi espacio vital, desapegarme de toda rémora, renunciar a todo, colocar en un segundo nivel de atención todas las cosas e incluso a todas las personas que puedan obstaculizar mi voluntad de seguir a Jesús. En un corazón vacío de cosas y lleno de Dios habitará el Espíritu Santo, que alimenta la fe, la esperanza y la caridad necesarias para construir la casa y vencer en la batalla.

* * *

Mucha gente sigue "los pasos" de Jesús en las procesiones de semana santa, fiestas patronales, etc. ¿Qué pasos? La palabra "paso" tiene 37 acepciones en el diccionario de la RAE. Uno de ellos es el de 
"lugar o sitio por donde se pasa de una parte a otra", otro habla de "efigie o grupo que representa un suceso de la Pasión de Cristo, y se saca en procesión por la Semana Santa". Tal vez tú estés entre los que ya has decidido  pasar tu vida a la parte de Jesús y has hecho de Él el paso, la puerta, de tu salvación (cf Jn 10,6-9);  o puede que estés entre la multitud que sigue las procesiones con devoción. Si eres de estos últimos, mira como Jesús  se vuelve a ti y te habla; escucha con atención las palabras del evangelio de hoy.  Va mucho de "seguir " a "seguir", de seguir unos ritos y tradiciones folklóricas, seguir unos pasos rituales y procesionales,  a seguir a una Persona. ¿Qué es para ti ser discípulo de Jesús? ¿Satisfacer tus necesidades religiosas con un conjunto de prácticas piadosas? ¿O "pasar" de todo aquello que mata tu libertad para estar con Jesús y hacer de tu vida una imitación de la suya?  

No es extraño que los ateos y los no-cristianos se burlen de los que se dicen seguidores de Jesús pero no viven como Él vivió. Se burlan de quienes se las dan de constructores de torres y presumen de ser reyes victoriosos; pero en realidad la torre da pena verla, y en el  parte de guerra constan más derrotas que victorias.

Es hora, pues, de hacer balance. Hora también de dar el paso hacia Jesús. La empresa merece la pena, pero si no dispongo de las capacidades requeridas y de la disposición necesaria para llevarla adelante, mejor es dejarlo. Cristo no quiere seguidores tibios; un cristiano mediocre es más una rémora que una ayuda. “Deja todo –te dice Jesús-, carga con la cruz y ven detrás de mí” (cf Lc 14 26-27).

Feliz Domingo
 
Septiembre 2022
Casto Acedo 

jueves, 7 de julio de 2022

El Samaritano Compasivo (10 de Juliuo).

 
Suelo acercarme a cualquier texto bíblico haciéndome tres preguntas básicas: ¿Qué me dice el texto sobre Dios? (Teología) ¿Qué aprendo sobre mí y mis hermanos? (Antropología) Y ¿qué me exige? (Moral). E indudablemente, la parábola de El samaritano conmpasivo (Lc 10,30-35), es muy rica no sólo porque nos enseña cómo hemos de actuar ante el prójimo necesitado, sino también por lo que nos enseña sobre el ser de Dios y el ser del hombre.
 
1. Dios
 
Lo más habitual es que tendamos a hacer una lectura moral de esta parábola. Y no cabe duda de que la enseñanza de Jesús va directamente a ello: "¿Quién es mi prójimo? ... El que practicó la misericordia ... ¡Anda y haz tú lo mismo!".   Pero la tradición de la Iglesia admite también otras lecturas, como la que hace Orígenes en su comentario al evangelio de san Lucas. 

Se trata de una lectura alegórica en la que el samaritano es identificado con Jesucristo, o sea, con el mismo Dios encarnado. Desde esta perspectiva  puedo sacar enseñanzas más teológicas que morales, y dichas enseñanzas me servirán para encontrar una causa, un por qué, un motivo y sentido para mi deseo de ser compasivo. Así dice Orígenes:
"El hombre que baja representa a Adán, Jerusalén el paraíso, Jericó el mundo, los salteadores las potencias enemigas, el sacerdote a la Ley, el levita a los profetas y el samaritano a Cristo. Las heridas son la desobediencia, la cabalgadura el cuerpo del Señor, la posada abierta a todo el que quiera entrar simboliza a la Iglesia. Además, los dos denarios representan al Padre y al Hijo; el posadero al jefe de la Iglesia encargado de su administración; en cuanto a la promesa hecha por el samaritano de regresar, figuraba la segunda llegada del Salvador" 

Orígenes comenta ampliamente este texto, subrayando el eje cristológico de la parábola. Recuerda que los judíos en el evangelio de Juan dijeron a Jesús: «Tú eres un samaritano y poseso del demonio». Ve también en la cabalgadura una alusión a la encarnación: la cabalgadura es el cuerpo del señor, que «se dignó asumir la humanidad, y llevar nuestros pecados»... «Este guardián de nuestras almas se mostró realmente más cercano a los hombres que la Ley y los profetas, teniendo misericordia del que había caído en manos de los salteadores y fue su prójimo no tanto en palabras como en actos». (cf ORIGENES, Hom. in Lucam: SC 89, Cerf, Paris 1962,403-409
)
 Siguiendo esta interpretación de Orígenes, aprendo  que Dios es y se revela encarnándose como buen samaritano que tiende la mano al hombre derrotado. Dios Padre, viendo como el pecado se había apoderado de la humanidad dejándola malherida, viendo mi pecado, se compadece de mí y envía a su Hijo Jesucristo (cf 1 Jn 4,7; Gal 4,4-7) que me ha curado con sus sacramentos (el vino y el aceite), carga conmigo y me ha traído a la posada de su Iglesia, donde sigo siendo atendido por los ministros y los demás hermanos mientras esperamos en comunidad  su vuelta.
 
 El samaritano compasivo, pues, es Jesús, Dios hecho hombre, que se detiene ante el pobre, cura al enfermo y sana las heridas del pecador. Dios se ha preocupado por mí,  ha lavado mi pecado en el Bautismo, me ha puesto en su Iglesia, donde me sigue cuidando con sus sacramentos, especialmente alimentándome con la Eucaristía. El Dios de Jesucristo, mi Dios, es compasivo.

 
2. Yo mismo

También la parábola del samaritano me enseña algo sobre el hombre, sobre mí mismo, porque desenmascara mi condición pecadora poniendo en evidencia mis argucias más o menos conscientes para dar la espalda a la realidad del sufrimiento ajeno.

Yo soy, como casi todos los hombres, un levita que ha hecho de su vida cristiana una cuestión de leyes y doctrinas (credo). Mientras discuto sobre las cualidades de Dios, sobre los términos más adecuados para referirse a la Trinidad, sobre las condiciones propicias para hacer una oración provechosa, sobre dónde están los límites o los matices morales de tal o cual situación, mi hermano se desangra a mi lado. Esto me hace ser parte de un mundo enfermo, mentiroso, que escenifica ceremonias y predica solidaridad mientras mira impasible el sufrimiento de millones de personas del tercer y cuarto mundo, soy parte activa de lo que el Papa Francisco llama "la globalización de la indiferencia"; amparado en la masa estoy más cerca de la indiferencia del escriba y el fariseo que de la solidaridad del samaritano de la parábola.  

Sentada en su cátedra, nuestra sociedad hace del racionalismo y de los análisis psicológicos, sociológicos y económicos la vaca sagrada que lo arregla todo sobre el papel y justifica la inacción esperando que comiencen a compartir los otros. Vivimos tiempos de voluntad débil. Dando un sutil rodeo retórico y logístico injustificable nos alejamos de los lugares donde se encarna el sufrimiento. Nuestra actitud de falsos sacerdotes (a Dios rogando y con el mazo dando) y orgullosos levitas (políticos de oficio)  queda al descubierto en la hipocresía de nuestra civilización.

Cuentan que algún intelectual de izquierdas acusó en su día a santa Teresa de Calcuta de dedicarse a poner parches a la herida de la pobreza pasando por alto el análisis detallado de sus causas y la consiguiente lucha contra ellas; y dicen que ella, con su habitual sabiduría respondió: «Mientras vosotros (los políticos, los hombres de letras) buscáis soluciones al problema -algo por su parte muy digno- yo me dedicaré a recoger moribundos y a salvar las vidas de los niños que son arrojados a la basura». Buena samaritana que comprendió que Dios se hace “prójimo” en los pobres; más técnicamente dicho: comprendió que el pobre es lugar teológico, sacramento de Dios, y que limitarse a hacer demagogia con su situación es una blasfemia.

La parábola del samaritano bueno no sólo pone en evidencia a la sociedad política también,  desenmascara al falso “hombre religioso”, el hombre sacerdotal (clerical, diría yo) que me puede poseer y convertir mi vida espiritual a dulce consumo de teologías morales, ritos y ceremonias.  Mientras presumo de dedicar tiempo a la oración, mientras me angustio por cumplir puntualmente con mis ayunos y abstinencias, y mientras hago de los pequeños detalles de la liturgia una cuestión de vida o muerte, me olvido de los problemas que oprimen a aquellos que están a  mi lado. Como el sacerdote de la parábola, con un rodeo litúrgico y una proclama de buenas intenciones justifico mi indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Es curioso que en las parroquias andemos más preocupados por horarios de misas, rúbricas, modos de celebración o devociones, que por el hecho de que no haya comunión entre los parroquianos. Es mal síntoma que encontremos fácilmente colaboradores para la liturgia y la catequesis –aunque para esto cada vez con más dificultad-, pero resulta más dificultoso encontrar colaboradores para una Caritas liberadora que se baje de la cabalgadura, se detenga ante el pobre, lo sane, cargue con él y le lleve a la posada para que tenga una vida digna. Dedicar tiempo al pobre no es humanamente tan gratificante como subir al presbiterio en una celebración solemne, o recibir parabienes al final de un proceso catequético bien llevado, pero "si no tengo amor no soy mas que un metal que resuena o un címbalo que aturde" (1 Cor 13,1), si olvido la caridad no habré entendido nada.


3. Mi Dios, mi prójimo
 
Nos falta mirar el evangelio de hoy desde la perspectiva moral: ¿Qué me exige la parábola del samaritano? Lo primero: un cambio de mentalidad en mi concepto de Dios. La conducta del ser humanos para con el prójimo depende mucho de su imagen de Dios. Solemos tener una imagen más o menos opresora de Él. Pero si el mandamiento principal de la ley de Dios es “amar a Dios” y “amar a tu prójimo”, la única imagen de Dios que puede armonizar ambos mandamientos es el amor y la bondad. Dios es “amor en acto”.

También debo matizar mi idea de prójimo, que es cualquiera que está cerca de mí y tiene una necesidad (cualquier necesidad); ahora bien, la proximidad no se mide por los metros sino por la capacidad de aproximación solidaria a las víctimas. “No se trata saber quién es mi prójimo sino de (saber) si yo soy capaz de mostrarme como prójimo” (Bernard Sesboüe). El prójimo es “el que practicó la misericordia con él”. Ponerme de parte de las víctimas me hace “prójimo”, me convierte en sujeto moral y responsable, me hace más humano. No hay más “humanidad” que la que se compadece del sufrimiento de todos.

El comportamiento del samaritano pone ante mis ojos el hacer de Dios, que es misericordia; "el mirar de Dios es amar", dice san Juan de la Cruz. Esta es la primera lección que me da el evangelio de este domingo: Dios es amor, y el que le conoce es porque lo ha sentido así; como un Dios buen samaritano que, compadecido de su desdicha se le ha acercado y le ha sanado. Un Dios “prójimo” que se revela en la acción: curando heridas.

Si esto es así, si Dios es amor; y si he sido creado "a imagen y semejanza de Dios" (Gn 1,27), he de asumir que mi ser original -mi identidad antes de ser herido por el pecado- es también amor. Sólo amando puedo recuperar el paraíso perdido donde vivir en armonía con Dios y con el prójimo:

* viviendo en el amor  llegaré al conocimiento de Dios,  “quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,9);

* al amar me conozco a mí mismo en mi ser más profundo, porque he sido creado para amar, y solo amando soy yo mismo, me encuentro conmigo, vivo centrado en mi ser; cuando no amo no sólo me alejo de Dios y del prójimo, también  estoy descentrándome, abandonándome, perdiéndome a mí mismo.

* y también amando conoceré a mi hermano, porque el amor me acerca al verdadero conocimiento del prójimo, al que veo y siento como hermano. 

 
* * *
Dios se ha cruzado en tu camino, Jesucristo es el buen samaritano en el que puedes ver a Dios y te puedes ver a ti mismo, síguele; no busques excusas ni en tus filosofías ni en tus rezos, Él “pasó haciendo el bien curando a todos los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38). “Anda, ¡haz tú lo mismo!” (Lc 25,37).

 Julio 2022
Casto  Acedo  

miércoles, 8 de junio de 2022

Santísima Trinidad (12 de Junio)


Pasado el domingo de Pentecostés, que señala el fin de la Pascua, la liturgia de la Iglesia nos regala la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Se trata de la única fiesta de la Iglesia que no conmemora un hecho salvador concreto, sino un dogma de fe: la unidad de Dios en una trinidad de personas. 

La primera vez que encaré esta fiesta con seriedad fue al verme obligado a preparar la novena y la fiesta patronal de Trujillanos (Badajoz), de cuya parroquia, puesta bajo la advocación de la Santísima Trinidad, fui párroco durante siete años y de la que ahora vuelvo a serlo. No sabía entonces si hablar de la Trinidad como “patrón” o como “patrona”; además, ¿cómo decir algo de la Santísima Trinidad más allá del hecho de intentar aclarar la nomenclatura tan complicada que se mueve en torno a esta definición dogmática: unidad, trinidad, personas, naturalezas, procesiones, relaciones, etc.?
 
Dejando a un lado el barullo de conceptos y proposiciones teológicas que se mueven en torno a este dogma, que confieso que entonces, recién salido del seminario, me confundían más que me aclaraban, opté por hacer una lectura de la Trinidad recurriendo a la experiencia que el cristiano tiene de Dios al ritmo de su revelación progresiva como Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿De dónde partió la idea? Pues no recuerdo siquiera si había leído algo al respecto. Son esas cosas que uno va asumiendo y acaba por hacer propias, tan de uno mismo que olvida la procedencia.
 
Confieso ahora que la predicación que hice entonces, y que ahora transcribo, puede pecar de modalismo -herejía que consiste en decir que cada persona de la Trinidad no es sino un modo de mostrarse ante los hombres, es decir, tres máscaras que usa el Uno para darse a conocer- , y más que trinitaria sea ésta una reflexión particular sobre cada persona divina, pero no creo que eso disminuya el valor que puede tener como ejercicio meditativo para este día.
 
A don Pablo Barrachina, obispo que fue de Orihuela-Alicante, le oí en una misa crismal,  que “los curas no deben dejar de predicar cada domingo, aunque corran el riesgo de decir herejías”, una forma muy directa de advertir que más importante que los matices doctrinales son la buena voluntad y el empeño puestos en acercar a Dios a los hombres. Y eso es lo que hice y procuro hacer en cada predicación. Como conservo el escrito de aquella primera predicación sobre la Trinidad, paso a transcribirla enriquecida con lo aprendido con el paso de los años. Puede parecer larga, pero me resisto a recortarla.
 
* * *
 
Dios se ha ido revelando progresivamente a los hombres como Trinidad; y no sólo se ha ido dando a conocer por etapas en la historia de la salvación que nos narra la Biblia, sino que también se da a conocer poco a poco al compás de nuestro crecimiento afectivo-psicológico; así, el hombre suele descubrir los matices de cada una de las personas trinitarias paulatinamente, como imbricándose en su particular biografía espiritual.


Dios Padre
y la espiritualidad del niño
(Dios sobre nosotros).
 
El niño nace frágil, necesitado. No puede sobrevivir sin unos adultos, normalmente el padre y la madre, que le protejan del hambre, del frío y de los demás peligros externos. Y cuando va llegando al uso de razón y queremos hablarle de Dios recurrimos espontáneamente a la imagen del padre. "Dios -le decimos- es tu Padre, el que te ha dado la vida, el que te cuida y te protege".
 
Lo mismo que un niño necesita normas que le den seguridad y le ayuden a caminar sin riesgos por la vida, así el Dios Padre Todopoderoso y Creador, revelado en el Antiguo Testamento, se muestra como el origen y protector de la vida. La catequesis de la primera infancia encuentra en la primera persona de la Trinidad un gran apoyo para comprender a Dios.


Como un niño necesita de la seguridad de un Padre, de normas que rijan su conducta, de premios y  castigos que la evalúen, así Dios se muestra en el Antiguo Testamento como aquel que da unas leyes y mandatos que garantizan el orden y dan seguridad a quien aún no ha madurado y se mueve en una religiosidad de moral heterónoma, centrada en buscar lo mejor fiándose de las normas que nos da quien sabemos que nos quiere.

Este Dios Padre, que da leyes, que ofrece la seguridad de un hogar a quien sigue sus mandatos, es el Dios sobre nosotros, Dios arriba, al que hemos de obedecer, porque en ello nos va la vida. Nuestra oración al Padre suele ir en la onda de pedir protección y seguridad.
 
 
Dios Hijo,
y la espiritualidad del joven
(Dios con nosotros)
 
El joven es rebelde por naturaleza. La segunda persona de la Santísima Trinidad es sin duda la favorita para quien empieza a desligarse de la tutela paterna y busca nuevos caminos entre los amigos y en ambientes nuevos alejados del calor del hogar. Al joven le gusta la aventura, el riesgo. Por eso, a la hora de hablarle de Dios no hay nada mejor que hablarle de Jesucristo, el Hijo.

El adolescente y el joven  aún no ha sido corrompido por el sistema social de los adultos y en Jesús encuentra el modelo de rebeldía frente a la hipocresía política y religiosa, un marginado, como él mismo se siente,  a quien quiere seguir. Reconoce a Dios en Jesús y como él se embarca en la tarea ingrata de purificar al mundo de la falsedad para construir una realidad más humana y humanizadora. El joven es crítico con todo lo que le parece viejo y, como Jesús, quiere arrojar del templo todo lo que le parece falso.
 
 Al joven le enamora el Dios con nosotros, el Hijo, Dios hecho hombre e implicado de lleno en la historia de los hombres. Con Él se cambia la mirada de la fe, que no se dirige ya de manera eminente hacia el cielo sino a la tierra. “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). “Os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). El descubrimiento de Dios con nosotros es bandera de una espiritualidad que va dando pasos hacia delante. La oración del joven tiene mucho de entusiasmo por la persona de Jesús y de confianza en que estando con él despuntará un mundo mejor.
 
 
Dios Espíritu Santo,
espiritualidad adulta (Dios dentro de nosotros)
 
Con la perseverancia en la fe llega el hombre maduro. No es cuestión de años, sino de experiencia, de cambios psicológicos y afectivos que vienen con los avatares de la propia vida. Hay quien madura a los quince y quien no lo hace hasta los últimos años de su vida; también hay quien no madura nunca.

Tras la búsqueda de la felicidad en el sometimiento a las normas y leyes, y tras el desánimo del joven al que la realidad le hace experimentar que tarda en venir a nosotros el tan esperado Reino de la justicia y la paz, llega el momento de la reflexión, de la introspección.

Abandonando la tendencia impulsiva y un tanto gregaria que vive en la juventud, el adulto se adentra en su interior y busca su personalidad propia, su espíritu. Y ahí, en esa búsqueda se encuentra con el Espíritu Santo, Dios interior intimo meo (más interior a mí que yo mismo) que dice san Agustín. Dios siempre estuvo ahí, en su interior, y ahora es consciente de ello. Como el mismo san Agustín puede decir: "tu estabas conmigo, pero yo te buscaba fuera y no te encontraba".

El Espíritu Santo, en diálogo con nuestro espíritu, ayuda al encuentro con el propio ser, purifica la propia imagen enseñándonos lo que somos y dejándonos ver el verdadero rostro de Dios. Sin él nunca hubiéramos conocido ni al Padre (cf Rm 8,14-17) ni al Hijo (cf Mt 16,17); sin el Espíritu Santo el hombre no se conocería ni siquiera a sí mismo.

Además de Dios sobre nosotros, y Dios con nosotros, también Dios está dentro de nosotros, inhabitándonos. Tomar conciencia de la presencia de Dios en el propio ser, vaciarse de los ídolos que nos ocupan para permitir que vaya ocupando su lugar preeminente en la interioridad del corazón, es signo de madurez espiritual.
  
Sin rechazar a Dios creador y protector (Padre), ni a Jesús encarnado como hombre entre los hombres (Hijo), el hombre espiritualmente maduro llega a la plenitud de su fe entrando en relación personal profunda con Dios y consigo mismo en la oración y el ejercicio espiritual. Contemplando a Dios se contempla a sí mismo en su ser original (antes del pecado), pues ha sido creado a su imagen. Bautizado en el Espíritu pone a Dios en la cima de su vida, y abandona la superficialidad de las leyes y de los compromisos sociales que hasta entonces se imponía a sí mismo como una carga moral.
 
El cristiano maduro no es que niegue los mandamientos y la obligación de estar con el mundo, sino que por su visión de las cosas y por su nueva relación con Dios cambia de perspectiva, y encuentra sentido y fuerzas para vivir de una manera que antes le parecía imposible. Ahora sigue siendo fiel a los mandamientos del Padre y comprometido en la causa del Hijo, pero no desde el miedo al castigo ni desde el voluntarismo ni el temor al desánimo en la lucha social; la oración del hombre maduro, más que de petición desesperada, es de acción de gracias y alabanza, porque ha experimentado en sí mismo que “Dios es”, y si "Dios es" no hay que tener miedo al fracaso, porque Él ya ha vencido al mundo (cf Jn 16,33).
 
* * *

Concluyendo

 La revelación progresiva de Dios, su experiencia, nos puede ayudar a profundizar en nosotros mismos y a enriquecernos participando de la triple personalidad de Dios, de su Trinidad, pero ¡ojo! sin olvidar que también es Unidad.
 
Quedarse sólo en una espiritualidad del Padre es propio de cristianos timoratos y legalistas que necesitan constantemente que les digan qué pueden y qué no pueden hacer; vivir sólo del Hijo encarnado conduce a un frustrante activismo político y social sin Ley ni Espíritu de libertad que lo guíe y aliente; encerrarse en una vida de interioridad sin aceptar la voluntad del Padre y sin optar decididamente por los pobres, supone caer en un iluminismo y quietismo estéril. Dios es Uno y Trino; se revela progresivamente, se experimenta escalonadamente, pero no se pueden separar los escalones sin riesgo de que el ascenso espiritual se precipite en el vacío.

Dios es Trinidad. Más allá de todo lo que he dicho de cada una de las personas de la Trinidad,  que he pretendido iluminar desde la experiencia-vivencia subjetiva de la fe, Dios es Misterio. Y misterio no quiere decir "oscuridad" sino "luz cegadora", algo tan grande que, como ocurre con el amor o la libertad, se puede experimentar pero no entender ni explicar con palabras. Es más, cuando el hombre cree poseerlo es señal de que lo ha perdido; porque Dios es inabarcable, lo más grande, y no se deja atrapar en conceptos y corazones limitados.


Los más viejos y devotos del pueblo de Trujillanos, que de teologías trinitarias saben poco (¿o mucho más que los teólogos?), cuando comparan a su patrón (¿o patrona?) con los de otros pueblos, (con la Virgen María en sus diversas advocaciones o con los santos), suelen tener una lección bien aprendida: Por muy importantes que sean los patronos o patronas de los demás pueblos, nosotros tenemos al más grande, porque es Dios, y no hay nadie más grande que Él.
 
Están orgullosos de su imagen de la Santísima Trinidad; clásica, con su Padre monarca de gesto a la vez dulce y severo, cetro en su mano izquierda, impartiendo bendiciones con la derecha, barba encanecida y corona triangular, signo trinitario; el Hijo sentado a su derecha con la cruz en una mano y con la otra, llagada, sobre el pecho, invitándonos como a Tomás: "trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente" (Jn 20,27); y el Espíritu Santo en forma de paloma entre ambos, irradiando su luz creadora y redentora sobre el Misterio mismo de Dios y sobre la vida de los hombres.
 
Con esta imagen los trujillaneros contradicen el primer mandamiento del decálogo (“No te harás imagen ninguna de Dios”. Ex20,4), pero no cabe duda de que, evitado el fanatismo de la idolatría de la imagen, les ayuda a crecer en la fe. 
 
¡Feliz fiesta de la Santísima Trinidad!

 Junio 2022
Casto Acedo

sábado, 2 de abril de 2022

Compasión y paz (3 se Abril)

Comentario a partir del texto de 
Lc 8,1-11 (La mujer adúltera)


Un ambiente de odio

Nos lanzamos como fieras al linchamiento de Vladimir Putin acosándolo con las piedras de la ira y la indignación. Alentados por la propaganda occidental nuestro corazón se va llenando de odio al ruso, como si el odio al enemigo fuera sanador y sólo dañino cuando se dirige a las "amigos" (?).

Es lógica y buena la “santa indignación” ante el sufrimiento que provoca la guerra y sus causantes. Esta indignación fue la respuesta de Jesús a los mercaderes del templo (cf Mc qq,15-17 y par). La “santa indignación” ennoblece, pero ¡cuidado con el odio!, porque el odio degrada a la persona aunque se dirija a quienes hacen el mal. El odio alimenta la violencia del corazón cargando las armas que luego se disparan. Es justo odiar el pecado, pero no es bueno odiar al pecador.

Cuando a Jesús le presentan una mujer sorprendida en adulterio, lo que mueve a sus acusadores es el odio. ¿A quien? Tal vez odiaban a la mujer por saltarse el precepto de la ley mosaica que obliga a la fidelidad; o tal vez a quien odiaban era a Jesús, que con su predicación y sus maneras estaba poniendo en evidencia su falsedad; no podemos descartar tampoco el hecho de que se odiasen a sí mismos; una vida de hipocresía no puede ser nunca satisfactoria; de hecho el final de la historia deja ver la insatisfacción en que vivían los  acusadores.

Sea como sea, el ambiente de represión contenida que respira la escena del evangelio de hoy, y la respuesta de Jesús a la situación, muestra con evidente nitidez que el principal enemigo a batir no son los escribas y fariseos, tampoco el incumplimiento de la ley, sino el rechazo y el odio. No importa la excusa que tengamos para odiar, las células de odio son siempre portadoras de un cáncer maligno que tiende a la metástasis. Hay que sanar esa herida.


No alimentes el odio

Hay que precaverse y no alimentar el odio. No odies ni a V. Putin ni a nadie, porque todo odio envenena. Y el mejor antídoto para ello es apuntarnos a la práctica de la compasión y la misericordia. Esta es la medicina: ser compasivo, comprender y perdonar a quienes vemos enfermos de odio, porque sabemos que nadie es ni puede ser feliz mientras el escorpión del odio aguijonea sus entrañas. Ser compasivo con todos y también conmigo mismo, porque también me equivoco y necesito perdonarme y ser perdonado; nadie está libre de pecado para apedrear alegremente a nadie. 

Podríamos hacer una reflexión de este evangelio aplicada a  cómo asimilamos la inesperada guerra de Ucrania. La mujer del evangelio cometió adulterio al saltarse los principios de la ley que le obligaba a ser fiel a su marido; Europa también se saltó los principios “democráticos” al no tener en cuenta al pueblo ruso y apoyar interesadamente a sus oligarcas. Como buen fariseo ha sido fiel a la ley, pero no a su espíritu. Los privilegiados de la nueva nomenklatura rusa  se apoderaron de las riquezas del país de origen con el beneplácito de quienes también nos aprovechamos de su gas y su petróleo; los rusos ricos fueron recibidos como socios preferentes en los círculos financieros occidentales, les concedimos la acogida y la bendición reservada para quienes ponen en nuestras arcas los dineros, sin tener en cuenta su procedencia. Las autoridades occidentales muestran su falsedad en estos días: ahora se expropian bienes a quienes hasta hace poco se les concedía todo tipo de privilegios. Los que fueron recibidos entonces con parabienes son despedidos ahora con improperios. ¿Sirve esto para lavar nuestra conciencia? No mientras sigamos sin corregir nuestro culto al capitalismo.

Nuestra soberbia europea estaba convencida de que ya lo teníamos todo controlado con nuestras filosofías pacifistas y nuestra supuesta superioridad moral. Seguros en nuestras hermosas retóricas humanistas nos hemos descuidado y hemos permitido que el odio se fuera extendiendo por nuestras ciudades.  Ha ido creciendo en lo oculto, abonado por el individualismo, la cultura del descarte, la corrupción política, la ambición de poder, el consumismo, la lectura materialista y economicista de la historia, la aniquilación de la verdad, etc. Con estos venenos ha ido fermentando el odio en el corazón de Europa; y en todo corazón enfermo anida la frustración y de ésta emerge la guerra, reacción violenta propia de vidas infelices.

Como interesados (e ingenuos) europeos también hemos de entonar el mea culpa de la guerra. Europa está enferma. Lleva enferma mucho tiempo. Enferma de avaricia, de gula, de soberbia, de odio, de vanidad.  El velo de narcisismo y consumismo que entorpece su mirada le impide ver la realidad.  Pero la guerra de Ucrania ha venido a desvelar a las claras la enfermedad y sus orígenes. Las guerras no salen de la nada. Tampoco de un "iluminado" que se lanza a la aventura; éste es solo la chispa que detona la bomba; la guerra solo es posible cuando una sociedad da la espalda a la justicia y cierra los ojos ante los males de los otros (léase  Chechenia, Siria, Crimea, etc., para el caso que nos ocupa). El pecado de omisión, propio de los fariseos, es el mejor caldo de cultivo para el deterioro de la convivencia. Cobijado bajo él va echando sus raíces la desigualdad, el rencor y la división, padres de la guerra.

En el Evangelio que nos ocupa vemos como Jesús desactiva el odio acumulado en el corazón de escribas y fariseos. ¿Cómo lo hace? Enfrentándolos con su propia interioridad; poniéndoles ante el espejo de sus vidas. “El que esté libre de pecado, lance la primera piedra”. Implícitamente les dice: no sanarás con más veneno tu corazón envenenado; el odio sólo puede generar más odio; cuando descargas las piedras de tu frustración sobre otros no haces sino aumentar tu oscuridad. Es mejor, dice Jesús, que aceptes tu responsabilidad, que admitas tus errores, que abraces la virtud de los pacíficos: la humildad.

Los escribas y fariseos del evangelio, comenzando por los más viejos (¡ya da a entender la escritura que el diablo es viejo en años y en maldad!), tuvieron la honradez de ir soltando las piedras (¡qué grande este gesto de soltar odios!). Volvieron a casa avergonzados. Reconocieron su derrota, y para muchos este debió ser un primer paso para volverse a  Dios.


Practicar la compasión 

Y Jesús, sólo ante la mujer, avergonzada ésta también por su falta, dijo en voz alta lo que ya los que se fueron habían oído en su corazón: “¡Vete y en adelante no peques más!”. No merece la pena odiar, no merece la pena mentir al propio esposo o esposa. Lo único que puede salvarte y salvar a Europa del desastre es la verdad de la compasión y la misericordia.  Compadecerte de ti mismo, y darte la oportunidad de un giro a tu vida soltando las piedras y usando las manos para acariciar, ayudar y amar. Este es el remedio contra la guerra. Muchas iniciativas de ayuda y apoyo a los que sufren sus consecuencias están dando testimonio de ello.  

Pudo Jesús responder violentamente a las amenazas de quienes le provocaron lanzando  misiles de maldición ¿Qué pensaría y escribiría en el suelo mientras se decidía a responder? Se dio tiempo para meditar, para calmar su ánimo. Y escogió el camino de la bendición, del desarme, el diálogo, la paciencia y el perdón. Es un camino más largo para atajar el problema, pero es el menos destructivo y a la larga el más beneficioso.

La guerra de Ucrania -¡Dios quiera que acabe pronto!- debería de hacernos pensar en las bases sobre las que estamos cimentando nuestra civilización, que sufre una tremenda crisis espiritual. Resulta paradójico que en tiempos en los que parece que se está dando cierta importancia al cultivo de la interioridad como fuente de felicidad los planes de formación de los gobiernos y las lecturas políticas que se hacen de la situación sean mayoritariamente económicas; como si todo fuera cuestión de espacios exteriores y crecimiento económico. Olvidamos que es "del corazón del hombre de donde salen desalen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios,  adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro". (Mc 7,21-23). El abandono de la vida espiritual y de todo lo que de bueno tiene la religión como transmisora del Espíritu no deja de pasar factura. 

Hay una asignatura que no debería faltar en nuestra formación: la historia y las claves de recuperación de nuestra tradición espiritual. Esta asignatura nos enseñaría a conocer y aceptar que no somos solo cuerpo, también somos espíritu, hijos de Dios creados para amar encarnados en una comunidad de hermanos, llamados por el Maestro a asumir como propias y propios las gracias y los pecados de la humanidad y a gozar y sufrir con ellos poniendo en manos de Jesús la vida para que Él la resucite.  

El próximo domingo comenzamos la Semana Santa, tiempo que nos invita a profundizar en todo esto.  En la liturgia de esos días entran en escena el odio y el amor. Hay momentos de Viernes Santo en los que parecerá que el mal las tiene todas consigo; pero a nosotros nos mueve una seguridad: Cristo, con su muerte, venció al odio. Y nos enseña el camino de la regeneración personal, social y política: “Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo”. Acércate al perdón de Dios, y compártelo perdonando a quienes te ofenden.  También a V. Putin. Y no te dejes engañar por la creencia de que odiándole estás creciendo en virtud. Aprende a compadecer y amar sin límites.

Abril 2022
Casto Acedo
208

Tabor y cruz (8 de marzo)

  Somos seres en búsqueda; los hombres nos pasamos la vida “buscando”. Buscamos la felicidad,  la suerte, un lugar para vivir, buscamos trab...