Hoy la Iglesia dedica la liturgia especialmente a la “memoria de todos los fieles difuntos”. Y lo hace el día después de la Solemnidad de todos los Santos. No podemos desligar esta memoria menor de hoy de la Fiesta Mayor de ayer. Nosotros, los que vamos de paso por este mundo (Iglesia peregrina) vamos hacia un lugar, una meta: la comunión de los Santos (Iglesia triunfante).
La
muerte como tabú
Es extraño celebrar un día de difuntos. Parece un día consagrado al pesimismo, a la contemplación angustiosa de la derrota de la vida. La muerte, y el dolor físico y/o moral que conlleva, son en nuestro tiempo acontecimientos que queremos quedar al “margen”. Si hasta no hace mucho era “tabú” (prohibido) todo aquello relacionado con el misterio del origen (sexualidad, nacimiento), hoy podemos decir sin duda que el “tabú” se ha trasladado al misterio del final (la muerte).
Parece como si en nuestra cultura quisiéramos conjurar (hacer desaparecer) el dolor y la muerte negando su existencia. Así, escondemos el dolor y el sufrimiento en las camas de los hospitales, en los asilos, en los psiquiátricos, etc... Incluso el florecimiento de la fiesta pagana de Haloween no deja de ser un signo de la estupidez humana que pretende ocultar una realidad que desagrada especialmente a los no-creyentes. Escondemos lo que no es de nuestro agrado negándonos a mirarlo de frente. ¿Porqué? Porque tal vez el dolor, las contrariedades de la vida, la muerte, son demonios que ponen al descubierto la banalidad de nuestras vidas atadas al consumismo.
Acostumbrados a ver la muerte virtual en los
medios, supone un tremendo golpe toparse con la muerte.
Las nuevas generaciones ni siquiera saben cómo leer y encajar la muerte de los
suyos; cuando sucede encuentran y tienen pocas palabras de esperanza, y, en
medio del desconcierto, muchos recurren a la huida hacia atrás: “comamos y bebamos que
mañana moriremos”.
No se educa para afrontar la “realidad de la muerte”. El lenguaje siempre ha sido limitado para expresar los sentimientos de pésame y dolor, pero las costumbres sociales nos están llevando cada vez más a pasar cuanto antes el trago amargo de la muerte de los nuestros y seguir nuestra vida como si nada. El “imaginario” y el lenguaje que nos ha servido tradicionalmente para hablar de la muerte (ir al cielo, descansar en Dios, paraíso, vida eterna,...) se ha vaciado de contenido, sin que ningún otro lo substituya.
Mirar la vida desde la muerte no es abandonarse al pesimismo.
Y no es que la muerte
deba obsesionar la existencia y paralizar la tarea de los vivos. Pero sí
debería de servir de revisión serena acerca de los parámetros que aplicamos a
la vida. La reflexión sobre la muerte
es necesaria para aprender a vivir. La vida que olvida la muerte corre el peligro
de detenerse en “tonterías”; corre también el peligro de ser manipulada, de ser
“desvivida”, de “perderse”, si no es consciente de su limitación y su
finalidad.
Son muchos los
testimonios de personas que, tras salir de una enfermedad, de una operación, de
un accidente... que les colocó en la frontera de la vida y la muerte, cambiaron
de valores. Descubrieron hasta qué punto no eran dueños de su vida, hasta dónde
habían equivocado el norte; incluso llegaron a ver cómo estaban siendo
manipuladas por una sociedad sólo interesada en sus capacidades productivas y
consumidoras. En la cercanía de la muerte descubrieron de lo que no debería ser
su vida y lo que realmente merece la pena, lo que importa sobre todo.
Mirar la vida desde la
muerte no es abandonarse al pesimismo, sino construirse en esperanza desde el
realismo. Somos limitados, nos necesitamos unos a otros, está en nuestro propio
ser el proyectarnos más allá de la nada y el vacío al que parece condenarnos
nuestra cultura. Si al final no hay nada, la vida es “para nada”; si al final
está la plenitud, la vida se llena de esperanza.
Pensar la muerte y
pensar desde la muerte.
A nadie le
deseamos ningún mal. Pero la muerte de
nuestros allegados, a los que realmente queríamos, y cuya partida nos ha
dolido como si nos arrancaran algo nuestro, debería hacernos pensar en la muerte y pensar nuestra existencia desde la
muerte.
Pensar y aceptar que el dolor, el sufrimiento y la muerte están ahí y
reconocerlo es el primer paso para eliminarlo. ¡No os dejéis embaucar
por una sociedad que esconde estas realidades y que predica un futuro
paradisíaco e indolente! Hay sufrimiento, hay dolor... hay muerte. Mucha gente
sigue sufriendo y sigue muriendo. Están entre nosotros, sufren a escondidas
(nuestra cultura rechaza a los que se muestran enfermos y débiles; por eso
muchos no desahogan su dolor), o nosotros mismos los escondemos por no sé qué
intereses. No tengamos miedo a reconocer nuestros propios dolores y
sufrimientos, a aceptar nuestras contradicciones. Y tampoco tengamos miedo a
pedir a Dios que nos salve, que nos saque del dolor y de la muerte. Nuestro
Dios es el Dios de la vida.
Como seres humanos deberíamos
también pensar y meditar sobre el valor
(los valores) de la vida: la familia, la amistad, la paciencia, la
bondad... Cuando fallece un conocido tendemos a resaltar todo lo bueno y a
olvidar lo menos bueno de sus vidas. Qué bueno será que hiciéramos eso siempre.
¿Porqué no buscamos lo bueno sabiendo que eso es lo que queda?
Además, la muerte debería
lanzarnos a la contemplación sobre el
“más allá”.
Sí, a meditar sobre las “cosas últimas”. ¿Qué valor tiene una vida que termina
con la muerte? ¿Merece la pena? ¿No habrá de ser considerada un fracaso?
... Un no creyente carece de algo que
nosotros poseemos, algo cuyo valor no solemos considerar: la fe en la vida
eterna. ¿No está el olvido-ocultación de la muerte relacionado con el descenso
de la fe?. “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni mente alguna puede concebir lo
que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9).
La muerte
también nos debe llevar a meditar sobre
los misterios cristianos. El seguimiento de Jesucristo, su vida y su
enseñanza, nos dice que “resucitó al tercer día”. Y este artículo de nuestra fe
es de tal importancia que “si Cristo no ha resucitado –dice san Pablo- vuestra fe carece de sentido... Si nuestra esperanza en Cristo no va
más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1
Cor 17.19). Para un cristiano la muerte, enfocada desde la resurrección, queda
despojada de derrotismo y de negatividad; la muerte es parte del proceso de
paso (Pascua). “Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos (Tm 2,8)
... Si con Él morimos, viviremos con Él (Rm 14,8)”.
Pedir la resurrección.
Hoy no celebramos la derrota del hombre. Conmemoramos a nuestros hermanos difuntos
desde nuestra fe en la resurrección. No penséis en vuestros familiares y
amigos difuntos en clave de corrupción y muerte, sino en clave de resurrección
y vida. En clave de Pascua: “Porque si hemos sido injertados en Cristo a
través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección” (Rm 6,4).
Pidamos la resurrección
para nuestros difuntos hoy:
“Dales, Señor, el descanso eterno”; y pidámosla para los que aún viven entre nosotros (recemos por los vivos, y
actuemos para eliminar el dolor y la muerte que nos rodea); pidamos la
resurrección, finalmente, para nosotros mismos: la muerte no es
sólo física, también acecha al espíritu. Un espíritu que no alienta, que está
apagado, hundido, deprimido, es un espíritu muerto.
Señor Jesús, ¡resucita y da la vida eterna a nuestros hermanos difuntos! ¡Resucítanos a nosotros, Señor! ¡Ponnos en el camino que conduce a la vida eterna! Y tú, María, Madre de Dios y madre nuestra, “ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Amén.
Casto Acedo, Noviembre 2022



Gracias por tu reflexión oportuna y profunda.
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