jueves, 20 de octubre de 2022

Fariseísmo y humildad (23 de Octubre)

 

 Fariseísmo

El domingo pasado proclamaba la liturgia la parábola de la viuda insistente y “remachona” y el juez negligente y perezoso (cf Lc 18,1-8). Narró Jesús esta parábola  “para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”. Concluía Jesús que si aquel juez, “que ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, escuchó las súplicas de la viuda ¿No va a hacer Dios “justicia a sus elegidos que le gritan día y noche”?

El evangelio de hoy comienza también dando razón de la parábola que se va a exponer; en este caso “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás” (Lc 18,9). Se dirige claramente a los fariseos, grupo social y religioso muy bien delimitado en su tiempo, cuyas actitudes ante Dios y el prójimo retrata con este ejemplo.

El fariseísmo consiste en sentirse justificado y puro, distinto a los demás: “no soy como los demás” (Lc 19,11), y todo por considerarse un fiel cumplidor de las leyes y formas religiosas: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” (Lc 9,12). Fariseo es el que cumple el mínimo exigido y se cree perfecto,  el que habla de una manera jactanciosa y actúa luego miserablemente, un hipócrita.

El fariseo es, en expresión del papa Francisco,  un hombre "descentrado"; Su corazón debería estar en Dios, meta de toda oración y vida cristiana; pero no es así, su corazón está en sí mismo. Por encima de Dios coloca su propia perfección. Eso le hace orgulloso: ora erguido, desafiante, situándose a la altura de Dios (¿o por encima?); sus palabras más que dirigidas a Dios parecen hablar a su propio “ego”; está tan lleno de “perfecciones”, de cosas que cree ha cumplido y va a seguir cumpliendo, que no tiene espacio en su vida para Dios, y mucho menos para el prójimo, al que desprecia: “Te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano” (Lc 19,11).

 
El fariseísmo es una enfermedad del alma, una equivocación que no solo destruye a la persona que lo sufre, sino  también a los que queriendo acercarse a Dios  no logran hallar el camino, porque el fariseo se lo oculta. Podemos recordar aquel pasaje del ciego de nacimiento en Jn 9, donde los fariseos son las fuerzas de las tinieblas que quieren apagar la luz que es Cristo. "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que sí quieren" (Mt 23,13).

Evitar el fariseísmo es una grave responsabilidad para cada cristiano y para toda la Iglesia. Una iglesia que quiera ser evangelizadora tiene que comenzar por arrancar de sí cualquier resquicio de fariseísmo. Ella misma, como institución al servicio de Cristo, ha de examinar si vive centrada en sí misma o en Dios y su reino, si es autorreferencial y se predica a sí misma o predica el evangelio de Dios. En la sinceridad y coherencia de la fe propia y la predicación consecuente se juega mucho el cristiano y la iglesia a la hora de evangelizar.

 
Humildad
 
Jesús, confronta la actitud farisaica con otra más apropiada, que es la humildad, la cual  supone una gran dosis de sinceridad para con uno mismo y para con Dios. Es la postura que muestra el publicano de la parábola, persona considerada pecadora en aquellos ambientes. Sin embargo la parábola da a entender que el publicano, que no es perfecto ni presume de ello,  camina hacia Dios; lejos de orar erguido, desafiante, como si fuera el dueño del templo, lo hace quedándose atrás “y no se atrevía ni a levantar los ojos”(Lc 19, 1).

El publicano  no se siente amo de la casa de Dios sino  indigno de estar en ella; Dios le impresiona; y, lejos de hablar de sí mismo dedicándose a contemplar sus “riquezas”, pone ante  Dios  su “vacío”: “Ten compasión de este pecador” (Lc 19, 13); Su “vacío de Dios” se convierte en un “vacío para Dios”, un lugar adonde Dios puede acceder y accede; por eso “bajó justificado” (Lc 19,14), es decir, escuchado, atendido, acompañado de Dios.

Para el publicano el único perfecto es Dios, y la única perfección posible es buscarle siempre y hacerle sitio en la propia vida.

¿Dónde me sitúo?
 
a) ¿Me veo reflejado en el soberbio fariseo? Así será si miro a los demás por encima del hombro. El fariseísmo es un pecado que el Señor denunció con dureza; tal vez porque no  daña sólo al que lo sufre, sino que además, en el caso de personas que están llamadas precisamente a dar testimonio (sacerdotes, padres, maestros, educadores…), supone un daño añadido hacia los débiles (catecúmenos, niños en formación, hijos, etc.).

Santa Teresa de Jesús habla de la soberbia -ella la llama “engreimiento”- como uno de los cánceres más dañinos de la vida espiritual. 

“El modo en que el demonio puede hacer mucho daño sin que nos demos cuenta es haciéndonos creer que tenemos virtudes que no tenemos, que esto es pestilencia… ; parece que damos y servimos y que está el Señor obligado a pagar, y así poco a poco esto hace mucho daño, porque por una parte se debilita la humildad, y por la otra nos descuidamos de adquirir esa virtud, porque nos parece que la tenemos ya ganada”. (Camino 38,5).
 
¡Pestilencia! Cuando la fachada humilde oculta el fondo soberbio huele mal, es el olor del corazón corrompido por la refinada maldad del fariseo.  ¿Soy de los que creen que Dios está obligado a pagarme todo lo que hago por él? ¿Cómo huele mi vida: olor putrefacto o suave olor de Cristo?
b) ¿Cómo ando de humildad?  El humilde tiene conciencia de que todo lo que posee lo ha recibido; se da cuenta de su necesidad de Dios y de los demás. Ha aprendido que no es nada sin el Otro y sin los otros. La humildad es la base de una buena relación con Dios y con los demás, y el cimiento de la vida eclesial, porque considera a Dios como lo que es: la suma verdad, bondad y belleza, y al prójimo como a un igual, un compañero de camino.
 
Volviendo a santa Teresa, ella sostiene que si hay una virtud cristiana básica, es decir que ha de estar en la base de  la vida del cristiano y de toda comunidad, esa es la humildad: 

No penséis, amigas y hermanas mías –les dice a sus hijas del Carmelo- , que serán muchas las cosas que os encargaré… Solas tres me extenderé en declarar…: la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas” (Camino 4,4). 

La humildad es la principal virtud –dice- y abarca a todas las demás. Si decimos que amamos y que vivimos la pobreza, pero no nos vemos humildes, es que no hemos entendido nada.
 
* * *
 
El camino del discípulo ha de ser el de su maestro. Jesús vivió en humildad: “siendo de condición divina no alardeó de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su grandeza y tomó la condición de siervo” (Flp 2,6-7). Vivió Jesús centrado en el Padre, cumpliendo su voluntad (cf Mt 26,42). En la Eucaristía podemos contemplar este misterio de la “humildad de Dios”; misterio de la Encarnación, Dios-humilde en el pan y el vino.

Vacíate de tus engreimientos y, con el publicano, dile: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma quedará sana”. Dios puede concederte el don de la humildad si se lo pides de corazón. Te lo ha dicho la primera lectura y el salmo: “El Señor escucha la súplica del oprimido... el juez justo le hace justicia” (vv 26.22); “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha” (cf Sal 34,7)

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Otro comentario a este evangelio, con unas referencias al final de cara a la Jornada Misionera de hoy (DOMUND) en: 


 Octubre 2022
Casto Acedo

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